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Sueños, pesadillas y colaboración

Cuando comenzó esta crisis que amenaza con haber venido para quedarse –quizás convendría ir buscándola otro nombre más longevo- asomaron todas las miserias que habían estado agazapadas bajo la pátina deslumbrante de la bonancible economía. Las empresas que mucho o poco tenían que ver con la logística o con alguno de los eslabones de la cadena de suministro, no fueron ajenas a esta debacle, a la que no importó la filiación sectorial. Así, algunos fabricantes de carretillas elevadoras, redes de distribuidores de equipamiento de manutención –grandes y pequeñas-, fabricantes de estanterías, promotores logísticos, transportistas, operadores, consultores, fueron cayéndose del pedestal con más o menos estrépito o, con suerte, fueron comprados por otros más afortunados…o más acertados. Lo que todavía está sucediendo.
Muchas –quizás la mayoría- de estas desapariciones (que queramos o no dejan invariablemente tras de sí una parte del tejido logístico) fueron recibidas por los todos con un “no me extraña” o con un “eso no podía durar”, a los que seguían justificaciones más o menos acertadas o documentadas, pero siempre bajo la sombra de la insostenibilidad.
Este lobo de enormes orejas que es la recesión nos ha enseñado que las locuras se pagan, que no se pueden conculcar las leyes del mercado, que se avanza poniendo un pie por delante de otro, que la presunción es una mala compañera de viaje, que la colaboración existe y que una política de decir lo que hago y hacer lo que digo, mejor si es en compañía –COLABORACIÓN otra vez- no solo es deseable sino que también puede ser un chaleco salvacrisis.
He escuchado hace muy poco en un foro sobre almacenamiento automático celebrado en Madrid las palabras colaboración, socio, implicación, entendimiento, y expresiones muy de moda como win-win; pero apenas unos días después en otro foro, logístico también, me ha sorprendido escuchar la queja de quienes, por el contrario, dicen que la empresa es la que debe decidir qué herramientas de software instala y qué funcionalidades deben aportar y no su proveedor; que el diseño de un almacén depende de la estrategia que tenga la empresa y no de las cualidades que proponga el instalador; que la tecnología –que a veces deslumbra- por más probada que esté, puede no ser la solución…
La pérdida de tejido logístico, la desaparición de empresas y el retroceso –aparente- en el desarrollo de este sector sólo podremos darlo por bueno si los fabricantes, suministradores, desarrolladores, consultores, operadores, actores en fin de la cadena, aprenden a conjugar al unísono el verbo colaborar, el adjetivo buenas y el sustantivo prácticas. De otro modo lo que puede ser una cura de sueño tras un atracón, puede convertirse en una pesadilla de la que nos despierte un título cinematográfico: “volver a empezar”.

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