Logística de bajos vuelos

Desde que a mediados del siglo pasado la logística y quienes la gestionan tomaran conciencia de su importancia y del auxilio que aportaba en múltiples labores, una de sus características intrínsecas ha sido su capacidad para absorber tecnologías emergentes y aplicarlas en la cadena de suministros rápidamente.

La informática y con ella el software, la robótica, los vehículos autónomos, la realidad virtual y aumentada, la automatización en múltiples registros, la captura de datos o la gestión de rutas merced al GPS, son algunos ejemplos de ello a los que podríamos añadir un largo etcétera.

Ahora empiezan a irrumpir en nuestro entorno profesional los drones. Al hilo del desenfreno en el que nos has tocado cohabitar, estos vehículos autónomos voladores han pasado en un abrir y cerrar de ojos de juguetes más o menos sofisticados, a estar presentes en múltiples aplicaciones industriales, desde la filmación para medios de comunicación a las inspecciones de seguridad en líneas de alta tensión. Y las aplicaciones se acumulan. La imaginación es el límite.

En España ya hay varias experiencias piloto en nuestro sector, ligadas a la distribución de paquetería. De momento. Y muchas otras que aún pasan desapercibidas por su carácter experimental o incipiente, pero que no tardarán en llegar. Hoy son sólo una prueba; mañana todo el mundo las usará. El “juguetito” es cada vez más serio y no parece tener barreras. Ha venido para quedarse. Eso es seguro. Y no sería de extrañar, dados los antecedentes, que fuera la logística, callada, opaca socialmente, pero insustituible, la que recogiera gran parte de sus aplicaciones, tan silenciosa como hábilmente, sin mucho ruido, como los propios drones.

Nosotros queremos poner nuestro granito de arena a esta irrupción tecnológica, que los límites de la seguridad aérea circunscriben a vuelos a baja altura. Por eso, con la colaboración del Centro Español de Logística (CEL) organizamos este miércoles, víspera del Día Europeo de la Logística –y con ese motivo onomástico- una mesa redonda para escuchar, debatir, aportar pero, sobre todo aprender y poner en común qué sabemos de los drones y qué pueden hacer por la distribución y la intralogística. De su desarrollo, ya que se celebra a puerta cerrada, daremos buena cuenta a través de nuestros canales impresos y on-line. CeMAT, Air Drone Logistics y Dimensia, se han unido a este inciativa.

La aplicación de los drones en logística está por hacer. Pero no se descuiden, que hoy medimos la implantación tecnológica en meses y puede que muy pronto estemos viendo estos artefactos cotidianamente y tarareando el “volare” de Domenico Modugno mientras deambulan grácilmente sobre “el azul pintado de azul y tan felices” ¿Me acompañan? “Nel blu di pinto di blu, felice di stare lassù”.

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Un año de seis meses

Ahora que a nuestro presidente en funciones se le ha ocurrido plantear como nueva la idea de un horario laboral y general más europeo, podría también idear un año de seis meses, al menos en el ámbito profesional. Claro que esta idea necesitaría de un consenso internacional, pero ya que se proponen tantas ideas peregrinas, una más y refrendada por la fuerza de los hechos, tendría oportunidad de ser tenida en cuenta. Digo yo.

La fuerza de esos hechos la dicta el calendario y se da en casi todos, por no decir en todos, los sectores profesionales. Con seis meses, como mucho, tenemos bastante. Agrupamos –más bien agolpamos- la inmensa mayoría de las citas profesionales, ferias, congresos, eventos, jornadas, etc. en esa estrecha franja temporal, como si no hubiera más, como si una invisible barrera impidiera salirse de ahí, e incluso nos sorprende que se utilicen otras fechas fuera de esa horquilla. Y así, tan contentos, todos con la lengua fuera.

Esa horquilla incluye los meses de marzo, abril, mayo y junio; y los de octubre y noviembre. Y a veces incluso de estrecha más pues la Semana Santa (cuatro días de asueto que se convierten “milagrosamente” en diez o quince) saca algunos días más de ese año “profesional” de seis meses.

¿No me creen? Tomen nota. Estamos a 11 de abril. De aquí al 9 de junio –menos de dos meses- los profesionales del sector logístico tenemos los siguientes compromisos profesionales: Debates ICIL, Día Europeo de la Logística, Encuentro Nacional de Distribuidores y Alquiladores de Carretillas, Jornadas CEL, feria CeMAT y feria SIL. Quedarán para esos dos meses de octubre y noviembre el Encuentro Empresarial de UNO (en 2015 fue el 30 de septiembre), el Congreso de CETM y la feria Logistics. Y seguro que se me escapa alguna cita profesional que aún estreche más el calendario.

La buena noticia es que con esta concentración, poco queda fuera y, si sobrevivimos, nos queda otro año de seis meses para trabajar a ritmo “caribeño”, para conciliar horarios, para llegar pronto a casa, para echarnos la siesta (según los rotativos europeos), para vacaciones, puentes, acueductos y para tomarnos la vida laboral y familiar con mucha tranquilidad, sin prisas ni estrés ¿o no les pasa a ustedes?

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El cada vez más extraño baile de máscaras

La primera noticia de este lunes 4 de abril de 2016, en Cuadernos de Logística, es la publicación de los resultados de la encuesta que hemos realizado entre nuestros lectores sobre el efecto que la falta de Gobierno actual tiene sobre su actividad empresarial. Han pasado 106 días desde las elecciones del 20 de diciembre y nada de nada. Y eso preocupa a empresarios y profesionales ¿o no?

No me han sorprendido en nada los resultados de esa encuesta: a la mayoría del sector logístico le afecta negativamente el “desGobierno”. Es la respuesta obvia, lógica y académica.

La que no es tan académica es que casi un 40 por 100 de los que han opinado –significativo, muy significativo- ha optado por lo que yo llamo una respuesta o un efecto (más bien la falta de él) a “la italiana”, si tenemos en cuenta que, históricamente, los continuos cambios de Gobierno en el país transalpino han producido un statu quo desde los Alpes hasta Sicilia en el que la política y el Gobierno italiano van por una lado y la economía y sus empresas, por otro. Es decir que, en nuestra encuesta a 4 de cada 10  no les afecta, o pretenden que no les afecte, la falta de Gobierno constituyente. Un “dedícate a perder tu tiempo, si quieres: yo no puedo hacerlo con el mío”

Estos muchachos y muchachas de amplia labia y escasa productividad, los nuestros –casta o no-  a los que se les encargo hace más de tres meses hacer una sola cosa sobre la que han mostrado incapacidad manifiesta, se lo están ganando a pulso. Y no es de ahora. Su dolce far niente está produciendo otro, el de quienes, cada vez más, huyan de la res pública, que diría Aristóteles.

Si el papel lo aguanta todo, la política más. Ni contigo ni sin ti. Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Hoy eres un sectario y mañana y potencial socio de Gobierno, etcétera, etcétera.

No sé si hay líneas rojas entre unos y otros, lo que sí creo que hay, y les une, es una enorme mancha marrón, informe, cada vez más apestosa.

No es de extrañar por ello, que todo este “baile de máscaras” –en el que nadie es lo que parece- sea cada vez más extraño (ajeno) para todos los demás, que cada vez más se extrañen (destierren) a otras causas y lugares y que ya no sorprenda que más y más –recuerden un 40 por 100- extrañen (rehuyan) la política.

Lo único que sostiene a este Babel y le da cierto predicamento es la inversión pública, las infraestructuras, el BCE y su máquina de hacer dinero: por ahí nos tiene cogidos por donde más duele… que si no.

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Los vecinos del 1º Derecha no nos dejan en paz

En apenas cien años hemos pasado de descubrir aún zonas desconocidas del planeta, a convertirlo en una aldea global. En ella ocupamos –este país- una casa común europea en la que nos ha tocado un piso con vistas al mar, a varios mares, en el Primero Izquierda, y un par de tabiques de vecindad. Con nuestros vecinos de la pared de poniente, el 1º Exterior Izquierda, no tenemos problemas. Son pocos y callados. Pero no ocurre lo mismo con los de la vivienda del Primero Derecha, en la pared norte. Nunca han sido buenos vecinos.

Envidian nuestras vistas y que nuestra vivienda sea mucho más cálida. Y también envidian a otros vecinos, sobre todo a los del piso del Centro Derecha, un dúplex en la zona noble de la casa (antes fueron dos viviendas, ahora una sola), donde se suelen decidir los asuntos de esta nuestra comunidad de vecinos.

El problema es que para salir del edificio, para ir a trabajar, a divertirnos o a las reuniones de vecindad, casi siempre tenemos que pasar por el pasillo del molesto vecino. Gente con posibles pero algo venida a menos, que quizás por ello tiene un carácter más bien agrio y protestón. Que si debemos de pagar por pasar por su rellano, que si nuestros inquilinos toman lo que no deben y por eso son tan buenos deportistas, que si vendemos frutas y verduras a los del Centro Derecha (los ricachones) antes de que puedan hacerlo ellos…

En fin, que han puesto un portero que casi es un gendarme, sentado en su rellano, y nos hacen la vida imposible: a nosotros y al resto de vecinos que pasamos por ahí. A este paso tendremos que salir de casa solamente nadando, por la piscina que da al este o por el estanque del norte, o volando desde la azotea.

La presidenta de la Comunidad, doña Ángela, que vive en el “pisazo” del Centro Derecha, debería tomar cartas en el asunto. El problema es que es bastante amiga de Paco, el molesto vecino propietario y no siempre se atreve a reprenderle.

Hubo un tiempo en el que quienes habitaban tanto el Primero Izquierda -nuestro piso- como  el Primero Derecha –el molestísimo vecino- eran aristócratas con dinero y poder, incluso hubo un matrimonio, hace muchos, muchos años, que emparentó ambas familias y llegó a plantear derribar el muro entre ambas viviendas, pero es un muro de carga y hubiera exigido demasiada obra. Desde entonces han sido más las rencillas del vecino, que sus favores.

Si no fuera porque somos una comunidad de vecinos, cualquiera diría que somos un país que exporta a través de la carretera y que nuestros camiones cargados de mercancías como parte del un flujo logístico incesante, para llegar a otros países, no tuvieran más remedio que pasar por el país vecino y que eso ocasionaría una “guerra comercial”, en la que ese país de paso irremediable, utilizaría de vez en cuando malas artes, como la interpretación torticera de las Leyes… cualquiera lo diría.

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De enchufes, morados y networking

Hace unos días escuchaba en una emisora de radio una conversación tertuliana en la que se ponía sobre la mesa algo que unos de los asistentes llamó “esa costumbre tan española del enchufe”. A poco de mencionarlo todos los partícipes estuvieron de acuerdo en denostarla como algo impropio y muy “made in Spain”. La tesis común era radical y todos cerraron filas en torno a ella. Lo que me llamó más a la atención era que, aunque uno de los conversadores intentó esa distinción, finalmente todos “acordaron” que no había diferencia alguna que hacer entre lo público y privado, entre la designación a dedo y la sugerencia. Todas eran prácticas deleznables. Yo creo que no.

Veamos. Desde luego que en lo público debe prevalecer absolutamente la transparencia en la designación de cargos y que deberían ser los méritos los que hablaran por él o los candidatos, y no ser amigo de, hijo de, sobrina de, o sencillamente estar pagando con esa designación un favor realizado. Esta forma de proceder tiene su figura delictiva.

Otra cosa es el ámbito privado y, si bien, lo deseable es que los méritos hablen casi exclusiva e igualmente a favor de los aspirantes a cualquier puesto de trabajo –que a la postre, obviamente, es lo que buscan los empleadores- allá cada cual con su oferta de trabajo y las decisiones que tome. No creo en el intervencionismo y mucho menos en el ámbito privado, ya sea empresarial o estrictamente personal. Ahí, que cada palo aguante su vela. La figura protectora y subvencionadora de “papá Estado” me repugna.

En todo caso, creo que los contertulios del programa radiofónico y todos los que –al menos de cara a la galería- se ponen morados defendiendo esas obviedades, olvidan algo o confunden “churras con merinas”. Esos que ahora parecen haber inventado la rueda de la decencia y la honestidad, no tienen en cuenta en su discurso que la vida profesional está hecha, afortunadamente, de relaciones -eso que llamamos “networking”- y que esas relaciones suponen oportunidades y esas oportunidades, negocios, mejoras, desarrollos, evoluciones. Y que si yo busco un buen profesional (él o ella) y tú lo conoces y me lo presentas. Bienvenido sea. Y todo eso no solamente es legal, además es deseable.

Tan deseable que si no fuera por eso muchas ferias profesionales, de logística y de otros ámbitos y sectores, muchos congresos y foros –sin ir más lejos los de la semana pasada de AECOC sobre distribución urbana y transporte- se quedarían prácticamente en nada, porque con la cantidad de información que se produce y recibe cada segundo, en esos encuentros es difícil ya encontrar algo nuevo o, por lo menos, no es el único objetivo de los organizadores, me parece (de serlo los programas serían diferentes).

Así que, cuidado con no llamar a las cosas por su nombre, cuidado también con meter todo lo que hemos hecho hasta ahora, indiscriminadamente, en el mismo saco de podredumbre, y “un poquito de por favor” a la hora del análisis y de nuestra comparación con lo que se hace ahí fuera.

Relación (profesional) es traslado de conocimiento. Si alguien, en el ámbito profesional, puede permitirse despreciarlo, que levante la mano.

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Alquila, que luego ya si eso…

El mercado español de bienes de equipo, infraestructuras y servicios, ha sufrido una profunda transformación en los últimos años, de la que la crisis sólo ha sido responsable como “acelerante”. Me refiero al cambio de modelo de compra por el de alquiler. Del coste fijo al variable. Ha ocurrido en la maquinaria industrial, en la de obras públicas y construcción, en las naves industriales y logísticas, en las flotas de las empresas, en equipamientos como hardware y servicios como el software y, desde luego, también, en las carretillas elevadoras.

Quién te ha visto y quién te ve, podría ser el lema de este último mercado, el de los equipos de manutención, que ha cambiado tanto en las últimas dos décadas que hoy su reparto entre venta y alquiler es casi exactamente el opuesto al que era veinte años atrás. En eso también nos hemos alineado a otros mercado europeos.

Pero este advenimiento al alquiler no ha traído consigo en muchos o al menos algunos casos –los suficientes para que su efecto sea visible- las buenas prácticas que acompañan cualquier mercado. Voy a hacer de españolito (el que critica como nadie su propio país) o simplemente de notario, como prefieran, pero la realidad ¿generalizada? es que en España tenemos el mismo respeto al bien alquilado que al bien público. O sea: lo que no es de nadie –en concreto- porque su uso es público o alternativo, variable y temporal (alquiler), no merece la misma atención y cuidado que lo que sí lo es y, desde luego, mucha menos que lo que es de uso privado.

No me quiero poner estupendo, porque también hay clientes y empresas que alquilan carretillas, que saben lo que hacen y por qué, y cuidan ese bien que les proporciona lo que necesitan para su negocio. Pero es que sigo oyendo con frecuencia quejas sobre el mercado de alquiler de equipos que no se pueden obviar, algunas tan agrias que vaticinan “que esto está llegando al límite”.

Mal uso y peor cuidado de las máquinas; la increíble falta de formación oficial reconocida para los carretilleros, con lo que ello supone de riesgo, inseguridad, siniestralidad, etc.; contratos de alquiler demasiado inespecíficos que siempre favorecen al “infractor”; imposibilidad de trasladar costes por malas prácticas del bien alquilado una vez retirado; poca “cultura” de revisión de máquinas al concluir su uso, etc.

Tenemos un problema, o muchos, que por lo pronto intentaremos poner sobre la mesa –al menos a modo de temas de reflexión- en el III Encuentro Nacional del Distribuidores y Alquiladores de Carretillas Elevadoras que celebramos el próximo 18 de mayo. Pero, aunque esto pueda ser un principio, no será suficiente.

Algunos de esos problemas como el mal uso y cuidado oigo que son culturales. Desde luego que no: son de simple educación elemental. Otros, para resolverse, pasan por la unión del sector y la articulación de prácticas comunes que son muy fáciles de copiar, al alquiler de automóviles, por ejemplo. Y otros, como el carnet de operador, son de responsabilidad exclusiva de las administraciones.

Lo que no podemos permitir es que se apriete más y más la soga sobre el gaznate del alquilador, grande o pequeño, multinacional o pyme, ni seguir viendo como se alquilan carretillas desoyendo las buenas prácticas e incumpliendo las condiciones, porque es fácil y no pasa nada: Alquila, que luego ya si eso…

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Precaución amigo conductor

La automatización es imparable. La gestión informática de máquinas y vehículos no solo ha venido para quedarse, ha venido para quedarse y puede que sola. No es nada que deba sorprender en exceso. Vivimos ya inmersos en la automatización, casi sin darnos cuenta, la tenemos a nuestro alrededor e interactuamos con las máquinas con toda naturalidad. Si acaso queda un último reducto de “humanidad” en el binomio hombre-máquina, el que corresponde a los vehículos. Pero este también será conquistado.

Ya hay ferrocarriles metropolitanos y trenes de corto recorrido sin conductor; aeroplanos (drones, aviones espía, etc.) sin piloto; sumergibles sin capitán; vehículos automáticos en almacenes sin operador (AGVs, LGVs, etc.)  y se hacen pruebas con automóviles y otros vehículos de transporte autónomos.

La semana pasada, en Hannover (Alemania) de presentaba una nueva edición de la feria internacional de logística CeMAT y de manera consecutiva Toyota mostraba lo que será su gran stand para la feria y, de paso, su estrategia para el futuro inmediato. Automatización, conexiones smart o informatización, son los términos sobresalientes para este fabricante de carretillas elevadoras y equipos de manipulación y arrastre.

En esa presentación pregunté al máximo responsable en Europa de TMH, precisamente, por el papel del carretillero en el futuro, en este escenario de creciente autonomía de las máquinas. La respuesta fue que, aunque crezca la automatización, siempre habrá aplicaciones donde sea necesario su concurso. No sé si fue una respuesta políticamente correcta (los fabricantes de equipamiento tienen un enorme respeto a ser identificados como “reemplazadores” de mano de obra) o era en verdad su opinión. A mí el cuerpo me pide, a bote pronto, discrepar de esta afirmación. Aunque por otro lado veo, igualmente, que esos fabricantes de carretillas y otros vehículos siguen dedicando tiempo, esfuerzo y diseño para el operador de las máquinas y su entorno.

Creo, en todo caso, que hay que ver esta tendencia a la automatización en cierta perspectiva y con naturalidad. Los automatismos procuran procesos más eficaces y nos liberan de tareas duras, recurrentes y engorrosas.  El hombre se asegura, por ello, el papel del diseño y en el corto plazo el de un conductor más y mejor formado para interactuar con máquinas de mayor peso tecnológico y mejores “habilidades”. En eso hay coincidencia.

Pero precaución, porque el futuro, con frecuencia, desconoce nuestras previsiones.

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Controlar a los controladores que controlan a los controladores

La pasada semana hemos concluido un ciclo de jornadas logísticas en colaboración con el Instituto Logístico Tajamar. La última se circunscribía a la tecnología aplicada a la cadena de suministros, una íntima relación que define hoy a la logística, su carácter, auxilio y soporte tecnológico.

En una de las ponencias en concreto se habló de una determinada familia de herramientas (aplicaciones de software) cuyo objetivo es controlar procesos ya de por sí automatizados (y gestionados a su vez por otras aplicaciones de software) y con la información recogida en tiempo real o acumulada por periodos de tiempo o subprocesos, corregir desviaciones y tomar decisiones para mejorar esos flujos.

Lo que puede parecer un contrasentido, inicialmente, es decir dotarse de una herramienta para automatizar el control de un proceso ya automático que –digamos- no cumple con lo prometido, tiene todo el sentido si tenemos en cuenta que las inversiones de esos procesos automatizados son enormes y de su estricto cumplimiento (flujos, entregas en tiempo y forma, satisfacción del cliente, facturación, cumplimiento de objetivos, beneficios,… ) depende en muchos casos la supervivencia y el futuro de la empresa.

Algo parecido ocurre con el dinero público, el que manejan técnicos de la administración y los cargos públicos en su desempeño, venga o no de las arcas públicas, y el que desde manos privadas llega a la caja única vía pago de los obligados impuestos: transita por caminos ya prefijados en flujos continuos y “automatizados” (IVA, IRPF, Patrimonio, etc.).  Pero esta suerte de maquinaria es sumamente imperfecta por el uso humano. Esos caminos están con frecuencia poco iluminados y los flujos se “pierden” por oscuros recovecos antes de llegar a destino. La perfección en el mantenimiento de semáforos y señalética (Declaraciones de Renta, de IVA, Impuesto de Sociedades,… ) es en realidad una utopía por lo que es necesario acudir al recurso humano: especialistas revestidos de autoridad (Administración del Estado, Autonómica, Local, Inspectores de Hacienda, Especialistas de Guardia Civil y Policía) que regulen el tráfico y vigilen los caminos adyacentes para que nada se distraiga.

Estos días, miremos a donde miremos, parece demostrado que esos controladores no solo no son suficientes en número y atribución para evitar tanta pérdida, sustracción, o evasión, sino que algunos de ellos necesitan más control que el propio sistema: zorros vigilando gallineros. Y hay quienes afirman que en este estado de podredumbre tampoco podemos estar seguros de que  quien controle al controlador no necesite, también, control y así –“es que somos como somos”, oí hace muy poco- hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Ligthyear.

Barro para casa: ¿Cuántos kilómetros de Corredor Mediterráneo podrían haberse puesto en marcha con lo defraudado por Noos, Gúrteles, Bárcenas, Ratos, ERES, Valencias, Plazas, Fabras y compañía? ¿Cuántos por actuaciones del mismo pelo en la empresa privada? ¿Cuántas conexiones ferroviarias a puertos? ¿Cuántas ayudas en planes PIVE o Pima para venta de máquinas o vehículos? ¿Cuántas urbanizaciones de viales de plataformas logísticas? ¿Cuántas promociones a la exportación de equipamiento, estanterías o sistemas de automatización, por ejemplo? ¿Cuántos puestos de trabajo pueden sostenerse con todo ese flujo económico que se “perdió” entre el punto A y el B?

Ayer mismo oía en una tertulia que lo realmente preocupante es que todo puede no ser más que la parte visible de un iceberg. No sé a ustedes: a mí me asusta pensar que debajo puede haber mucho, mucho más.

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Elogio de la parsimonia

Este post se podría haber titulado, igualmente, Elogio de la lentitud o Elogio de la pereza. No he elegido ninguno de estos dos, sin embargo, porque ambos son títulos de sendos libros que recomiendo, sobre todo el primero, y no quería piratear la creación literaria. Los piratas para el Caribe. Pero eso es otro cantar. Vayamos al grano.

Me encontré hace unos días a un buen amigo que, digamos, ha pasado no hace mucho a la situación “de reserva”. Debe ser cosa de la edad, de la mía y mis coetáneos, pero cada vez me encuentro a mi alrededor con más personas que han cruzado la línea de la actividad por cuestión de la edad. Aunque mejor debería decir la línea de la hiperactividad. Muchos de ellos –era el caso del amigo encontrado- relatan que lo que más les cuesta es soltar amarras tras ¿vivir? una vida de permanente exigencia, de veloz desenfreno profesional, de corredores de fondo sin fonda en la que descansar. Cuesta –me dicen- desengancharse de esa mala droga –sobra el adjetivo, no la hay buena- que es el exceso de ocupación profesional: vivir para trabajar y no viceversa. A mi amigo le recomendé el primer libro.

Hay alguna iniciativa ya rodada en este sentido, pero me ciño al ámbito de la logística y se me ocurre que una suerte de consejo informal de expertos, sabios o mayores inquietos, tendría todo el sentido y serviría, por un lado, para ayudar a desenganchar, también para mantener un cierto grado de actividad, ligera y sin mayor compromiso –desde luego- y ligada al sector donde uno ha “servido”, igualmente, para continuar disfrutando de cálidos lazos profesionales que tantas veces llegan a lo personal o, quizás,  para crearlos y, de paso, para poner sensatez, conocimiento, sentido común, ideas ¡qué sé yo! en nuestro sector. Uno se da cuenta de lo absurdo que es despreciar tanta materia gris cuando se hace mayor.

Si las empresas tienen la obligación de desarrollar estrategias para formar a los mejores profesionales y retener sus talentos –algo que no siempre es fácil-, los sectores quizás la tengan de aprovechar la sabiduría de los que más atesoran, en el marco de la buena voluntad y ya ajenos a las presiones de la cuenta de resultados.

Por una vez, podríamos hacer de la lentitud, de la parsimonia del profesional, virtud. Plantéenselo, pero despacio.

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Líderes en incomparecencia

Uno de los signos que demuestran que un sector empresarial, profesional, tiene personalidad propia y razón de ser, es la aparición de un sentimiento de cohesión y colaboración que se produce en el seno de las compañías que lo forman. Entonces unos y otros se unen en torno a un colectivo con objetivos y funciones que, casi siempre, miran hacia fuera, aunque las fórmulas son muchas y esto último no es condición imprescindible.

Estas uniones son consustanciales a los profesionales que desarrollan una labor semejante y ya en la Edad Media eran reconocibles. Entonces  -y aún ahora- se les conocía como gremios, vocablo cuya raíz latina indica reunión de cosas o elementos muy cercanos.

En el sector logístico –incluyendo, como no, el transporte- podemos hablar casi de una situación de privilegio. Empezando por el transporte que –me dicen- cuenta con más de 300 asociaciones y grupos gremiales (sectoriales, locales, regionales, nacionales, supranacionales), pero también entre los fabricantes y distribuidores de equipamiento, de prestación de servicios logísticos, de investigación, hasta llegar a las más generales (y longevas) que agrupan buena parte de las actividades anteriores. Unos y otras no desmerecen al resto. Suman, que es lo importante, si bien en ocasiones parezca que compitan.

Pero sean grandes o pequeñas, generales o específicas, singulares o no, todas las que prestan un servicio a sus asociados y estos las reconocen como útiles, eficaces, defensoras del interés común y cohesionadoras, tienen un rasgo común: un equipo de gestión comprometido y un líder o lideresa que ejerce como tal. No se trata de un ejercicio de mera representatividad, de figurar en la primera línea del organigrama o de estampar su nombre en la correspondiente tarjera de visita. No. De él o ella depende, puede que mucho más que en su propia empresa, llegar a buen puerto en cada una de las singladuras de la travesía en las que va a ejercer como “capitán”. O el líder, o el caos. Ni más ni menos.

Pues bien, a pesar de los numerosos y ejercientes grupos profesionales y asociaciones que desarrollan una magnífica labor en el sector de la logística en su conjunto, existen algunas que han olvidado este principio, cuyos líderes no están casi nunca ni tampoco se les espera. Aunque aceptaron una responsabilidad, no la practican y la han delegado (conculcando el principio que lo impide), arrogándose, eso sí, el resto de prebendas del nombramiento que casi siempre le sirve para otros fines.

Además de minusvalorar, cuando no demostrar desconsideración o desprecio por el colectivo y cada una de sus individualidades, quienes “ejercen” de esta manera suelen hacerlo por dos razones igualmente impropias: fines políticos o intereses particulares relativos a su empresa o negocio. Medrar es su interés. Auparse más alto y más lejos utilizando el trampolín de la asociación. No descubro nada. Es una vieja canción. Pero no por conocida y repetida es menos indeseable. Ah y lo que llega a continuación también es “de libro”: los presidentes y presidentas que así actúan, destrozan o anulan en poco tiempo lo logrado por el colectivo en mucho más y con más esfuerzo.

Como las monedas, la lealtad gremial tiene dos caras. Y una de ellas consiste en echarse a un lado si nada hay que ofrecer al grupo. Si no se dispone de tiempo o el esfuerzo resulta imposible de sobrellevar o es simplemente tedioso, mejor hacerse a un lado.

Que yo sepa, nadie llega con grilletes al cargo de presidente de una asociación. Y nadie debería salir avergonzado por incomparecencia. Ningún sector lo merece. Este tampoco.

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