No diga Brexit, diga Sortie

Tan encelados estábamos en preguntarnos qué demonios buscaban los británicos con su referéndum UE sí / UE no, cuyas consecuencias –sobre todo internas- nadie había sopesado, que no nos hemos dado cuenta del gol que nos han metido los franceses en plena Eurocopa: a toda Europa. En fuera de juego, sin árbitro y con el portero maniatado.

Casi resulta un chiste lo del Brexit y el levantamiento de barreras aduaneras y burocráticas entre Reino Unido y el resto de Europa, si lo comparamos con la Ley Macron, en vigor en el país galo desde el pasado viernes 1 de julio. Bajo la justificación de defensa del salario mínimo para los trabajadores del transporte por carretera –oh la,la- nuestro vecinos, por los que pasa toda mercancía que va del norte a la Península Ibérica y/o África y viceversa, o de este a oeste y viceversa, se han sacado del dobladillo de la tricolor una ley de imposible cumplimiento. Llena de trampas y burocracia hasta lo exasperante, condena sin paliativos la libre circulación del transporte de mercancías por carretera por Francia para todo el que no sea francés y, con ello, conculca una de las mayores conquistas comunitarias, la también libre circulación de  personas, capitales y bienes hacia y a través de uno de los países miembros y fundadores de la UE, Francia, precisamente el que más se ha rasgado las vestiduras y más duro ha sido tras el Brexit británico.

Nosotros junto con nuestros otros vecinos, los portugueses, somos los que más tenemos que perder, ya sea a la hora de transportar por carretera hacia Francia u otros países, o a la hora de recibir mercancías por el mismo modo de transporte. Las protestas en el seno de la UE y de otros estados miembros han sido más bien tibias, especialmente de Alemania, seguramente por la estrecha relación actual franco alemana, representada  por Merkel y Hollande, que lideran de facto la UE.

En cuanto al Gobierno de España, en funciones, aunque esto ya va siendo una costumbre que no justifica la dilación ni la dejadez, no ha hecho nada de nada, seguramente porque estaba ocupado en meter mano a la caja de las pensiones: para hacer esto valgo yo también, mire usted. Y cualquiera.

Volviendo a Francia, cabría preguntarse si tras su entrada en vigor, las autoridades francesas están aplicando la Ley Macron a rajatabla, es decir, si también vigilan la enorme caravana ciclista del Tour de Francia y al transporte de material entre sedes y estadios de la Eurocopa de Fútbol ¿O ahí no porque quedaría feo?

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¿Para qué preguntas?

Miraba por la ventana, con un whisky en la mano, y se me antojaba que esa escasa distancia que ahora nos separaba y que podía alcanzar a simple vista en días claros, era enorme. Recordaba el porqué de mi decisión y cada vez me arrepentía más de haberlo hecho.

Al principio parecía que la cosa no iría demasiado lejos: las quejas de siempre. Que si pagábamos mucho y cada vez más por casi nada a cambio, que si otros terminaban decidiendo por nosotros, que antes éramos mucho más independientes que ahora, que se nos colaba todo el que quería, muchos de ellos indigentes, y luego no había quien los echara…

Y un día decidí que ya estaba bien ¿No habíamos tratado todo lo importante siempre así? Pues esta vez, también. Les pediría su opinión y que decidiese la mayoría. Fijamos un día en el calendario y así lo hicimos. Nunca pensé que el resultado fuera este.

Nos marchamos. Nos separamos. Pusimos tierra de por medio. En realidad un espacio físico que ya antes nos distanciaba, pero que ahora parecía mucho, mucho mayor. Y eso no era lo peor. No, porque además, casi sin darnos cuenta todo se nos había complicado por esta decisión estúpida, que yo había provocado después de una  noche de insomnio y harto de quejas. El transporte, la sanidad, la educación, la seguridad… todo más complicado, más caro e incierto ¡a cambio de vivir en un chalet en lugar de hacerlo en la urbanización!

No me costó mucho averiguar quién había votado qué en esta familia tan democrática ¡maldita sea! Mi hija Leyre, quedarse; mi hijo Gael, el mayor, irnos, él que casi nunca está en casa; mi mujer, siempre ponderada y midiendo cada dificultad y coste de convivencia, quedarnos, como yo; el problema es que los abuelos añoraban el pueblo y votaron por “irnos al campo”, ya ves que campo, un chalet vallado; ah y quedaba la tía Paula, a la postre la que decantó la balanza: una tía de mi mujer, soltera, que también vive con nosotros y que con tal de llevarme la contraria…

Y aquí estamos, tan cerca como lejos de donde hemos vivido los últimos cuarenta años, pero ahora más solos. Al médico del pueblo le cuesta venir hasta aquí; el del “super” que nos trae el pedido nos cobra un extra por hacerlo; no pasa un alma por estos lares y eso, sobre todo en invIerno, nos hace vulnerables e inseguros; dependemos de nosotros mismos para todo; no tenemos vecinos y, me temo, que perderemos también a los amigos de la “urba” que no entienden lo que hemos hecho.

Mi hija está cada día más enfadada, los amigos y la diversión lejos y más cara, la universidad, también;  los abuelos están empezando a arrepentirse, y la tía Paula ahora dice que, en realidad, ella no quería cambiar nada. No sé si podríamos dar marcha atrás. De momento aquí estamos, solos y lejos. Y sólo se me ocurre una cosa que me repito cada día ¿Para qué preguntas?

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Café para todos, por favor

Hay una evidencia en el Estado de las Autonomías que nos dimos merced a la Constitución de 1976, que este año cumple sus 40 primaveras: legislativamente ha servido para crear un galimatías en el que cada una de las 17 ha hecho de su capa un sayo, eso sí, sin distinción de tema o sector. Algo que se antoja incomprensible para propios y no les digo extraños. Una compañía extranjera no entiende que deba cumplir diecisiete reglamentaciones diferentes para establecerse en un mismo país. No he encontrado término opuesto a sinergia, que es lo que ocurre con esta situación. Habría que inventarlo.

Me viene esta disquisición, desesperada por inútil y desesperante por lo que entorpece, a propósito de una petición que hemos recibido, del todo lógica y que puede hacer mucho bien al sector de carretillas en España.

Recordarán los más habituales de nuestro boletín de noticias y web –de hecho se ha convertido en una de las noticias más leídas- como el director general de Industria, Energía y Minas de la Comunidad de Madrid, Carlos López Jimeno, anunciaba en el  III Encuentro Nacional de carretilleros del 18 de mayo pasado, la aprobación y puesta en marcha inmediata –a falta de cumplir con el siempre lento proceso burocrático- de un Plan Renove para el sector de carretillas, naturalmente en su ámbito de competencias: la Comunidad de Madrid.

La petición, de un distribuidor de carretillas levantino, es para que esta iniciativa de una sola Comunidad Autónoma se traslade, imite y desarrolle cual mancha de aceite en el resto del mapa autonómico. Y estoy seguro que no le faltan apoyos en otros lugares aunque no se hayan manifestado públicamente.

No soy partidario del “Estado de las subvenciones” salvo excepciones. Me parece que favorece la inoperancia, cercena el riesgo necesario para avanzar, se adentra en el terreno del amiguismo y el tráfico de influencias y discrimina. Sin embargo hay fórmulas como los Planes PIMA, PIVE o los Planes Renove (la Comunidad de Madrid ha puesto en marcha decenas, sí decenas) que en lugar de “salvar los muebles”, incentivan el negocio justo cuando se va a producir o ya se ha producido, ayudando tanto al que compra como al que vende.

El distribuidor de carretillas que mencionábamos nos solicitaba eco para su petición. Aquí está: café para todos, por favor. Quizás se quede en nada, quizás el galimatías autonómico se meriende esta iniciativa, o quizás sea otro brindis al sol como los que oímos en boca de políticos estos días, en un mitin tras otro. O quizás no. El Plan Renove para el sector de carretillas parecía un reto insalvable cuando empezamos a trabajar en él. Y aquí está. A veces la razón se impone.

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El selfie con Soraya

Las dos últimas semanas me las he pasado de feriante. La moqueta ha sido el suelo que he pisado, casi exclusivamente, durante ese tiempo. Un identificador ha colgado de mi cuello día sí y día también. Un hotel ha sido mi casa y la conversación más habitual que he tenido ha  versado sobre contactos y novedades. Para unos estos quince días han ido bien; para otros, no tanto. Ya se sabe que cada uno ve las ferias según les va en ellas. Yo, desde luego, lo que tengo muy claro, es que quienes dicen que las ferias no son como las de antes, yerran tanto como aciertan ¿Por qué?

Primero, porque son, es decir, porque siguen existiendo. Desde que asistí a mi primera feria profesional de logística –hace mucho tiempo- siempre he oído pronósticos de desaparición. Y no les digo desde que existe Internet. Para muchos era la puntilla que acabaría con ellas. Pero no solo no ha ocurrido: se han multiplicado en el tiempo, en la frecuencia y en el espacio. El mundo se hace pequeño y las ferias cada vez son más y están más cerca unas de otras, en fechas y lugares, como corros de setas en el otoño.

Segundo, porque aunque se hable en las ferias de novedades, cada vez son menos. Me refiero, a las de verdad. Primicias que te dejen con la boca abierta. Auténticas revoluciones en la maquinaria, en los sistemas, en la electrónica o la informática. Ya no se espera a una feria para el lanzamiento de una novedad que, a la velocidad del progreso, casi aparece cada día.

Y tercero, porque pese a todos esos hándicaps y profetas aún se sigue pensando –y mucho- en nuevas ferias. Y sigo hablando exclusivamente de ferias de logística y manutención. Se piensa en cómo hacerlas; cuándo y dónde; solas o en conjunto con otras complementarias; en recintos feriales o de manera exclusiva por parte de las marcas que tienen esa capacidad; en nuevos sub-sectores o para competir con otras ya existentes; donde se han hecho siempre o en lugares lejanos; con stands uniformes o de diseño libre; con actividades paralelas –muchas o pocas- o sin ellas.

Dos semanas de feria son muchos días. Muchos kilómetros de pasillos recorridos; muchas cuadrículas tachadas en un plano; muchos bocadillos infames entre pecho y espalda. Pero son, sobre todo, muchas conversaciones en apariencia informales, sonrisas, confidencias, apretones de manos, gentes sacadas de contexto -a veces a la fuerza- y lugares de naturaleza inhóspita colonizados temporalmente, vestidos para la mejor gala con unos decorados de cartón piedra y un suelo enmoquetado que es una maldición.

Que quieren que les diga, aunque para algunos las ferias ya no sean como las de antes, en eso del apretón de manos y la conversación, en el contacto personal con personas que apenas sí conocemos, seguimos siendo muy de antes, casi medievales. Vamos a las ferias porque vamos o por si acaso, seguimos escupiéndonos en la mano antes de dárnosla, seguimos midiendo las ferias por el ruido de la bolsa en la faltriquera, y seguimos hablando de tapadillo del próximo condenado a patíbulo en la Plaza del Castillo. Más o menos.

Como mucho habrán variado las formas, que no el fondo.  Si no, ya me dirán ustedes por qué todavía podemos encontrar en estos lugares, siempre improvisados, vendedoras de humo, charlatanas fascinantes rodeadas de su fiel público asombrado, acercándose a un pregonero para hurtarle hábilmente la atención de su público. O a una vicepresidenta en funciones hacerse un selfie por sorpresa con un  monologista, contratado por una empresa para celebrar su aniversario en SIL, que para el caso, es lo mismo. Medieval, totalmente medieval.

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Lo que nadie dice, pero nadie ignora

El entorno en el que nos hemos movido los últimos años, en los que hemos pasado de perseguir el sueño del Estado del Bienestar a añorar el del Pluriempleo, nos ha dejado la huella marcada a fuego de las cifras del paro, que sigue estando presente una vez superada la crisis. La herida ha sido tan profunda, que pese a la recuperación, firme según unos –este fin de semana se cifraba oficialmente el nivel de desempleo por debajo de los 4 millones, después de muchos años- precaria según otros, la consecución y retención del trabajo sigue siendo una de las mayores preocupaciones de los españoles y quizás de todos los países desarrollados.

Por ello, la sensibilidad ante los temas de empleabilidad, puestos de trabajo, longevidad y solidez de los contratos, poder adquisitivo de los trabajadores, primer empleo, etc. está muy por encima de otras cuestiones.

Así las cosas, cuesta hablar abiertamente de entornos o situaciones en los que se pierden o reducen empleos por el lógico devenir de los tiempos, el desarrollo tecnológico y el progreso. No hablo de las salidas de pata de banco de algunos próceres del entorno asociativo empresarial -CEOE para decirlo más claro- afirmando que el empleo estable es cosa del pasado: “tener un trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX” dijo su presidente. Una declaración que no aporta más que incertidumbre y torpeza. Hablo de otra cosa.

Hoy estoy a caballo entre dos ferias logísticas, la CeMAT de Hannover de la pasada semana y el SIL de Barcelona de esta. Pues bien, por lo visto en Alemania y por lo que -intuyo- veré en la feria logística de la Ciudad Condal, de lo que hablo es de una imparable automatización de procesos en logística y transporte, para muchas de cuyas tareas la actividad humana va a quedarse en mera intervención de control, que no es poco en calidad, pero sí lo será en cantidad.

Por cuestiones de imagen y marketing, las marcas fabricantes no lo refieren así, claro, rotundamente y sin ambages. No es apetecible que los colectivos laborales, especialmente los sindicalistas, las señalen como las culpables de la reducción de puestos de trabajo. Lo que no es más que una simpleza de cara al colectivo obrero. Pero lo cierto, en todo caso, es que estamos asistiendo ahora mismo a una nueva revolución de las ciencias aplicadas a la industria, apoyadas en la tecnología de la información y en la automatización. Y la manutención, la logística y el transporte (incluso por carretera), no son ajenas a ella.

Todos sabemos cuál es el futuro. Quizás no el cómo y no exactamente el cuándo. Pero no hay duda que el progreso se impondrá como lo ha hecho siempre. Lo hará igualmente en el manejo de mercancías, en la distribución de bienes, en su transporte y gestión. Lo que ya hacen en gran parte las máquinas y los sistemas hoy, lo harán totalmente y de forma autónoma, en un horizonte temporal cercano para nuestro reloj biológico.

Y para los agoreros apocalípticos esta sentencia: el único parecido de todo esto con los cataclismos relatados en novelas o películas de futuros inventados, será que dejará de producirse sólo si, precisamente, un maremágnum planetario nos devuelve al taparrabos. Y bueno, en ese caso, si es de cara al incipiente y caluroso verano que ya tenemos aquí, tampoco está tan mal.

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Los urinarios de la Plaza del Duomo de Milán

Si no ha quedado ahíto de Final de Champions League, si aún le quedan fuerzas para más, si no se ha sentido superado por la catarata de informaciones (nos han contado hasta la cantidad de urinarios que se instalaron en la Piazza del Duomo en Milán para los aficionados merengues y colchoneros), ahí va este post.

¿Alguien se ha preguntado qué logística hay detrás de una manifestación deportiva como esta? Si alguien lo ha hecho, seguramente no estaba entre los socios y aficionados madridistas o atléticos, que estos días se han imbuido del particular credo y liturgia de una final europea. Pero lo cierto es que en un evento como este, es mucho más lo que no se ve que lo que sí se aprecia, a pesar de los ríos de tinta y horas de imágenes que se han acumulado en las dos últimas semanas.

En primer lugar, la organización externa para la llegada, apretadamente escalonada, de los aficionados de uno y otro club y, para ellos, las “fan zone” en la capital milanesa, convenientemente separadas (en este caso 5 km), los flujos de tráfico, los servicios públicos, etc.

Después, la organización interna del estadio. En primer lugar, hace meses, el reparto “geográfico” paritario de las entradas de ambas aficiones por las gradas de San Siro. Y ya en los minutos previos al choque el flujo –sobre todo de entrada- de esos aficionados por ubicaciones y puertas separadas para favorecer la seguridad, las entradas y zonas VIP para los propios contendientes (R. Madrid y Atlético de Madrid), no solo los jugadores, para sus familias, para los invitados, las autoridades, etc. Las ubicaciones de los medios de comunicación, desde la posición de los comentaristas, los sets de directos, los photo-calls… Y los medios, personal e infraestructura para la ceremonia previa y para la celebración posterior (lonas, equipos musicales, medallas, lanzadores de confeti, etc.). Al final deberían ubicarse a unos 70.000 asistentes. Y nada de esto vale un pimiento si no está en el momento preciso y en el sitio justo. Es ahí y en ese momento, o no es.

Pero aún quedan otras logísticas, directa e inversa, a 1.600 km de Milán. La de la celebración de unos y la no-celebración de otros. Quienes vieran la retransmisión televisiva observarían que apenas concluido el choque, muy pocos minutos después, las imágenes nos mostraban una madrileña Plaza de Cibeles acordonada, una fuente perfectamente engalanadas con los colores y escudo del campeón, una “escalinata” para “coronar” a la diosa  y adyacente un enorme escenario montado frente al ayuntamiento capitalino. Nada de esto sucedió ni fue montado a velocidad sideral en los escasos minutos entre el pitido final y la conexión con la plaza, por supuesto. Todo estaba previsto, incluso los carteles con la palabra “Campeones” convenientemente tapados para evitar suspicacias y no favorecer la superstición.

Y mientras esta celebración calentaba motores y la plaza de la diosa del carro de los leones y sus aledaños se llenaban de aficionados, luz y color, a pocos metros de allí, en la Plaza de Neptuno, sucedía otro “espectáculo” igualmente exigente al que nadie prestaba atención informativa, el de la logística inversa y el desmontaje de un escenario que quedaría intacto. Por esta vez, el dios del tridente pasaría la noche sin más compañía que la de los operarios.

Es más, todo esto, toda esta logística, la milanesa y la matritense, sin contar la seguridad ni la prevención sanitaria, que tiene su propia, compleja y estricta logística, tanto de personal como de medios técnicos y equipamiento para transporte, urgencias y un largo etcétera.

Enhorabuena a los organizadores, a los responsables de la logística de la Final de la Champios League 2016, allí y aquí… ¡ah! y también a los campeones.

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El último tatuaje del portugués de turno

Cada vez queda menos espacio para la información. Para las noticias. No sé qué será de nuestra profesión periodística dentro de unos años. Lo que hoy arrasa no es saber, es suponer. Las redes sociales, para lo bueno y para lo malo, se hacen con el mando de las operaciones informativas. Aunque informar, informan poco, casi nada. La mayor parte es “postureo”, impostura, suposición, cotilleo, tirar la piedra y esconder la mano, señalar con el dedo.

Las gradas de Sevilla, junto a la catedral eran lugar de reunión de la ciudad más importante del mundo en su época, cuando no existía la prensa, allá por los siglos XV ó XVI, aunque lo mismo hubiera dado, porque casi nadie sabía leer. Allí se conocían y comentaban los últimos chismes de la Corte, de Las Indias, de estos y aquellos, se despellejaba a unos y encumbraba a otros: total, porque alguien con gracejo lo había dicho.

Es, poco más o menos lo que hacemos hoy. Antes “lo decía la radio”, salía en “el parte” y esa era la condición de veracidad; luego quien lo decía era “la tele” y por idéntica razón era indudable, no importa si era un “telediario” u otro programa. Ahora cualquiera es difusor de una inabarcable catarata de opiniones pobremente salpicadas de hechos, a través de canales universales como Twitter o Facebook sin importar su solvencia, pero la notoriedad es la misma que la de canales anteriores: para muchos si está en Internet es toda la verdad y nada más que la verdad.

Otra circunstancia, además, ha cambiado el panorama: las llamadas redes sociales están ligadas a medios y canales tradicionales y, a veces, o mejor, con frecuencia, es imposible distinguir un tweet difamatorio (con papeles de allende los mares o sin ellos) de una información o una noticia contrastada. Si los tetes no tienen patrón, San Benito debería serlo, porque una vez señalado…

Importa lo que se dice, no cómo se dice, ni que prueba, contraste o investigación se añada; importa si es trending topic, que es lo más de lo más de la información, la noticia del momento, aunque sólo se trate de saber qué significa el último tatuaje del portugués de turno; importa el “ruido”, las alharacas, eso que en periodismo es precisamente, lo que sobra, lo superfluo. Mientras, la calidad, el mejor tejido informativo, se deshilacha y enreda condenadamente como el sedal.

Frente al “hay que estar”, no importa por qué, frente al tweet supuestamente bien informado; a la imagen de usar y tirar que se hace viral, o al vídeo de Youtube, lo importante es saber discernir entre el rumor de la noticia, entre la información y la opinión y entre la sobriedad y la descalificación burda. Para eso –modestamente o no, como ustedes quieran- estamos unos pocos periodistas que procuramos esa ayuda cada vez más necesaria para filtrar e interpretar ese exceso de ruido, algo así como un mapa para enfrentarse al universo de Internet sin perderse.

Pero cuesta. Hacerse un hueco profesional en este bosque de redes sociales y pescar un  rayo de sol con el que medrar. Ser reconocido por la seriedad del trabajo, ya sea un producto físico, un artículo periodístico o un tweet. Y ser tenido en cuenta por la trayectoria de cada día y no por la gracia a la hora de escribir un Whatsapp, o por el ser amiguísimo o amiguísima que tiene mil amiguísimos en Facebook. A veces pienso que esos a los que siguen cientos o miles y que se dejan los pulgares en la pantalla cada minuto, no son más que modernos flautistas de Hamelín, al que por cierto, seguían las ratas, pero sólo lo pienso a veces.

Y para el que lo esté pensado, sí. El post en un blog como este es también una forma de comunicarse a través de las redes sociales. Y es opinión.

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Es que no se enteran

Bruselas ha reprendido sin paliativos a España por su falta de Gobierno y, por ende, de estabilidad. Ya saben las instituciones comunitarias de qué va eso (Bélgica, Grecia,…) y que supone en el corto y medio plazo para la economía nacional y, de paso, para comunitaria. Y aquí nadie se salva.

Los magníficos resultados económicos macro y micro de 2015, los primeros realmente optimistas desde 2018 ¡aleluya! pueden tornarse en preocupantes si la política sigue dando avisos de inestabilidad a su “hermana” la economía ¿exagerado?

Hace muy pocos días el director comercial de una gran empresa proveedora del sector logístico me relataba los buenos resultados de su empresa y del sector en el comienzo de 2016 al hilo de lo acontecido en 2015, pero también me confesaba que sin tener un efecto aún directo e inmediato, si que se percibía ralentización en determinadas decisiones y que los clientes argumentaban para esa dilación la incertidumbre política y gubernamental.

En el mismo sentido publicábamos la semana pasada en nuestra web las declaraciones de uno de los dirigentes del sector del transporte por carretera que hablaba –este sin paliativos- de descenso de actividad en un sector que es reflejo de la actividad del resto.

Y también el mercado de inversión en infraestructuras y naves logísticas refleja una caída nada despreciable del 25 por 100 respecto a 2015, según una de las inmobiliarias especializadas en este segmento.

Todas estas razones y la suma de las que reflejen otros sectores, deberían ser suficientes para que los aspirantes a gobernantes o los que ya lo son, se enteraran y tomarán decidida nota para acabar con este pernicioso intermedio ¿lo hacen? Lo más preocupante es que la opinión general es que no: vamos, que no se enteran de cuál es su papel en todo esto. Pues que pregunten a la logística y el transporte. Con eso bastaría.

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Cuando todos tienen mega-razones

El corazón tiene razones que la razón ignora. No es que me haya puesto romántico por aquello de la primavera, ya me entienden. Pero esta frase me viene al pelo para hablar de uno de los temas más recurrentes de los últimos meses en el ámbito logístico: la configuración euromodular de los vehículos de transporte. Vamos, para los más despistados, los megacamiones. Y es que se me antoja que en este tema que está levantado tantas ampollas, el megacamión tiene razones que la carretera no entiende. De ahí la “usurpación” de la frase.

Suponiendo las buenas intenciones de todos los implicados -no hay porqué pensar otra cosa- las argumentaciones expresadas hasta la fecha recogen una serie de razones ante las que es difícil disentir.

Vaya por delante que, por un lado, no se le puede poner limitaciones al progreso y que, por otro y por definición, la logística tiene como objetivo procurar que las mercancías lleguen a destino oportunamente y al menor coste posible., por lo que un solo vehículo más capaz, a priori, cumple con esa premisa.

Los cargadores lo tienen claro: SÍ a los megacamiones. Menos vehículos, menos operaciones de carga, menos flujos y, en teoría, ahorro en la parte final de su cadena de suministros.

Los operadores logísticos , también. SÍ a los megacamiones. Menos vehículos y más carga en trayectos regulares reduce tiempos y costes: carburantes, mantenimiento y conductores. Y además, en teoría, pueden ser más competitivos.

Para la administración, su legalización sigue una tendencia europea aunque, dada la concepción de estos mega-transportes, sus dimensiones y pesos y la imposibilidad actual de traspasar con ellos las fronteras, su uso queda, por ahora, muy limitado. Ah, y se esgrime también que se sacan vehículos de la congestionada carretera.

Y para el sector del transporte, un NO rotundo por inoportunidad –esas limitaciones de las que hablábamos- por su imposibilidad de uso internacional (que a priori parece el más lógico), porque es necesario un mejor y más profundo estudio de seguridad vial y trazados  (el que se ha hecho parece algo improvisado y superficial), porque no se ha tenido en cuenta al sector representado por organizaciones como CETM o el colectivo de la carretera (CNTC), porque sólo favorece a los grandes operadores de transporte (que pueden invertir en nuevos vehículos de esta morfología) y porque se ha hecho con un Gobierno en funciones, o sea con “nocturnidad”.

¿Hay alguna de estas razones que inicialmente no parezca lógica y hasta razonable? ¿Hay alguno de estos estamentos o sectores implicados que no piense un buen fin superior? ¿Hay algo de insensato, malintencionado o tendencioso en estos argumentos?

Se me antoja que NO. Pero lo que SÍ me parece es que hay un efecto contagio de otro panorama que llevamos meses viviendo: la escasa capacidad para sentarse a tratar este o aquel asunto y llegar a un consenso, con paciencia y voluntad, vo-lun-tad, buscando un bien común sin limitaciones previas. El yo no, las líneas rojas y el y tú más se han demostrado inútiles.

Los megacamiones, megatrailers o vehículos con configuración euromodular –como se prefiera- ya están aquí y, de hecho, circulando. Mejor con consenso que sin él, sobre todo cuando todos tienen razones en las que el corazón o el exceso de pasión corporativa no debería entrar.

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¿En qué se parece la logística a la Isla de Pascua?

Como conté en mi último post, la semana que ha concluido se ha celebrado el Día de la Logística. Este año, el 21 de abril. Una cita anual alrededor de la cual se han llevado a  cabo varios actos, reuniones, jornadas y conmemoraciones, a las que nos hemos sumado desde nuestro medio de comunicación. Como dijo el presidente del CEL, Alejandro Gutiérrez, en la velada que supuso el cierre de esas celebraciones, el Día de la Logística tiene como objetivo “dar mayor visibilidad social a la gestión de la cadena de suministros”. La pregunta es ¿Lo conseguimos?

El plantel de asistentes a la citada velada era del todo espléndido en cantidad, calidad y representatividad sectorial; el de los actos que organiza el CEL lo es igualmente y también, modestamente, el que ponemos en marcha desde Cuadernos de Logística. Pero, sinceramente, creo que debemos aspirar a más. Y el foco debemos ponerlo en el  término “social” de esa frase que dictaba Gutiérrez.

La mayor parte de quienes acudimos u organizamos esas citas, sabemos de qué va la logística. Está bien tener una cita anual de todo el sector, escuchar y debatir de temas comunes, premiar a los mejores cada año, desde luego. Pero ¿Están en estas convocatorias esos que deben permear a la sociedad de la res logística? Creo que no.

Ojo, no se trata de señalar deficiencias. Que no las hay. Es claramente, y así lo señalo, el lanzamiento de un reto. Un escalón más. Creo que bajo el liderazgo del CEL, que es quien detenta el compromiso de celebrar en España ese Día de la Logística, debemos ser capaces de atraer a otros estamentos o de ir a buscarlos si es preciso y de ahí, en aluvión, llegar a empapar a la sociedad, contarle qué hacemos, el cómo y porqué esta profesión es de vital importancia.

Hablo del Gobierno, de la Administración (en cualquiera de sus niveles o en todos), de la Universidad, de la enseñanza Secundaria, de las cooperativas, centrales de compras, de las asociaciones de consumidores, etc.

Debemos hacer, en mi opinión, un gran frente común. Necesitamos ese conocimiento (y reconocimiento) social hacia la logística. Y lo necesitamos casi diría que con urgencia. Un frente al que puedan sumarse los más posibles. Y si la montaña no va a Mahoma…habrá que ir a contárselo a su casa, a sus clases, a sus eventos. Y no sólo el CEL, las empresas de carretillas, las de sistemas, los operadores logísticos, la prensa, en suma: todos estamos obligados.

Tenemos vocación y voluntad pero nos falta ese paso, que puede ser pequeño en dimensión y enrome en repercusión, porque a veces somos un tanto endogámicos y nos miramos en exceso al ombligo, que es como los habitantes de la Isla de Pascua llaman a su tierra en el lenguaje original: Te Pito Te Henua (El ombligo del Mundo). Quizás porque no pudieron salir de allí.

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