¡Queremos comer!

Acabo de venir de una feria profesional. Una más que unirse a la larga lista que comencé allá por 1980 en Zaragoza.  Muchas cosas han cambiado, hemos pasado varias crisis que han tenido siempre su duro reflejo en esos salones que ponen en contacto directo y real a compradores y vendedores. Internet y todo lo que ello supone amenazaba con acabar con estos eventos. No ha sido así. El trato humano, caras, sonrisas, gestos y apretones de manos siguen siendo, por ahora, valores insustituibles no virtuales.

En mi periplo profesional he tenido la ocasión de desgastar suela sobre moquetas feriales de muchos sectores diferentes y de un puñado de países, en recintos vetustos y modernos, al aire libre y bajo techo.

Los cambios se han producido en todos los órdenes, frecuencia, stands, diseño, forma de comunicar, merchandising, etc. Todo ha sufrido la inevitable variación y evolución hacia la que empujan esos cambios tecnológicos, de mentalidad, o de tiempo que ahora dedicamos –el que podemos- a las ferias.

Pero algo no ha cambiado. En ningún recinto ferial público o privado, que yo conozca. El descanso para reponer fuerzas, comer, en una palabra, sigue siendo una aventura incómoda, tediosa, cara y desde luego culinariamente poco agradable.

El ejemplo hace apenas cuatro días en Feria de Madrid, que ha acogido una nueva edición de Logistics. Un evento magnífico desde todos los puntos de vista, menos desde este, que además no depende estrictamente de la organización de ese salón, Easyfairs, sino de la mencionada Feria de Madrid.

Y lo traigo a colación, no porque yo sea especialmente “tiquismiquis” con el almuerzo ferial. Salvo que sea una de esas cada vez más escasas comidas de negocios, se trata únicamente de reponer fuerzas, y punto. Pero la opinión y el comentario generalizado, aquí y en TODAS las ferias que conozco, insisto en esto, era y es la misma. Incluso un profesional asistente a este evento me llegó a decir que “si me dejan dos horas les organizo la logística del restaurante, que es de locos”.

A todos se nos antoja que estas situaciones se dan, aparentemente, porque las ferias no están abiertas cada día y las contratas intermitentes no tienen la preparación ni la gestión adecuada para dos o tres días de trabajo concentrados en tres o cuatro horas a lo sumo.

Que lo explique. No significa que lo justifique. Y lo que desde luego resulta ilógico y desproporcionado, es que tengamos que restar méritos a una feria profesional por este motivo. Solo porque queramos comer.

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Lluvia de millones

No es que me haya tocado la lotería. Todavía, no. Yo soy de ese tipo de jugador navideño que cada año juega convencido de que le va a tocar El Gordo. Pero aún no me ha llegado ese 22 de diciembre cargado de millones. Si no creyera en mis posibilidades ¿Para qué jugar?

La lluvia de millones a la que me refiero es la que ha anunciado la Comisión Europea: nada menos que 50.000 millones de euros para gasto, en infraestructuras y otros proyectos. Aunque esa lluvia se queda en un ligero chaparrón veraniego si la comparamos con el casi medio billón de inversión, también en infraestructuras, que ha anunciado para el inicio de su mandato el recientemente elegido presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

El gasto mayoritario en Europa será en infraestructuras, es decir, carreteras, puentes, puertos, ferrocarril, aeropuertos… vamos que, por esta vez, la logística europea comunitaria y las necesarias infraestructuras que soportan y dan soporte al imprescindible transporte, en la cadena de suministros,  se van a beneficiar directamente de esta inyección. Bien.

Pero –siempre hay un pero- parece que los países en peor situación –y somos unos de ellos, a pesar de la presunción que pasea el presidente Rajoy cada día- van a poder gastar menos y con menos alegrías, que luego viene el tío Paco con la rebaja, o lo que es lo mismo, la tía Merkel y el tío Moscovici (comisario europeo de Asuntos Económicos) con su vara de medir el déficit y su cumplimiento.

O sea, que de El Gordo, podemos pasar a la pedrea o el reintegro cuando se clarifique esa medida de estímulo, que tiene tanta letra pequeña y tantos condicionantes (PIB, convergencia, empleo, deuda, etc.), que es como percibir una subvención por estímulo al empleo o tener un medidor de share (cuota de pantalla televisiva): existen, pero nadie conoce a nadie que haya cobrado una o tenga otro.

Echo en falta, de todas formas, alguna declaración de nuestro nuevo ministro al respecto. Hasta ahora por lo único que se le reconoce es por haber hecho las maletas para un viaje a Arabia Saudí, acompañando a Felipe VI, que hubo de suspenderse en el último momento.

A mí, lo que me gustaría saber, señor De la Serna, es cuánto nos toca de ese reparto multimillonario y si nos dará para “tapar agujeros” o tendremos que acudir al tan socorrido “mientras haya salud”, por no decir ajo, agua y resina. Ya me entienden.

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Hipersensibilidad y tolerancia logística

La quiebra que aboca ya a la desaparición de la naviera Hanjin, una de las grandes a escala global en el manejo de contenedores, ha provocado no pocos problemas a grandes, medianas y pequeñas empresas que tenían confiados productos para transporte o importación a esa compañía. El problema ha sido de tal calibre, que alguna de esas empresas de pequeño o mediano tamaño y, por ello, con recursos limitados, ha visto seriamente comprometida su existencia al no poder buscar y sufragar alternativas a los envíos en manos de la empresa surcoreana.

Desde el famoso “Efecto 2000”, que nos trajo de cabeza en el cambio de dígitos y milenio, afortunadamente para nada, hemos leído y visto en crónicas, novelas y películas visionarias, el peligro de un corte de suministro eléctrico global o una caída masiva de las redes (Internet). Es tal nuestra dependencia de esas tecnologías, que el panorama que se nos plantea –y que admitimos como creíble- es dantesco: poco menos que volver  varios siglos atrás en nuestra Historia.

Pero hay otro escenario que exige, igualmente, mucha atención y que demuestra la hipersensibilidad que tiene la sociedad actual a la logística, sus flujos y proveedores, que es lo que ha puesto de manifiesto, precisamente, la caída de la citada naviera. Si la sola existencia de los comercios físicos de cualquier tipo –del textil a la alimentación y hasta la restauración- requiere de una sólida y continua red de suministradores para hacer llegar las mercancías a los puntos de consumo, el comercio electrónico –con crecimientos exponenciales y cuyo techo en volumen y operaciones aún se desconoce- ha multiplicado esa actividad, tanto desde el origen –más puntos de recogida- como sobre todo de destino: el domicilio de millones de consumidores y empresas que ahora, también, compran por Internet.

Estamos a las puertas de la “gran campaña anual de ventas on-line”, con el Black Friday (25 de noviembre) y el Cyber Monday (28 de noviembre) como teloneros, las Navidades como actuación estelar y las rebajas como número final. Es el “agosto” para muchos negocios a través de la Red y su gran reto para suministrar, que comparten con empresas couriers, paqueteras, empresas de movimiento express de palés  y operadores logísticos.  Si todas ellas funcionan  –y no tiene por qué no ser así- todo serán buenas noticias, en una campaña que se anuncia, además, como histórica por sus ventas.

Pero el entorno es muy sensible, mucho, y tiende a una cierta inestabilidad, por la masa crítica que han ido generando unos y otros en un entorno físico –especialmente las ciudades- limitado en tiempos y espacios para las entregas. Eso, si no hay ninguna circunstancia sobrevenida, como la pésima gestión y huida hacia adelante que ha acabado con Hanjin. Un peligro al acecho en un negocio, el de la distribución y entrega de mercancías, que está creciendo con un cierto desorden y a la carrera por las necesidades de sus clientes.

Demasiadas sensibilidades logísticas, poco tiempo para diagnosticar posibles intolerancias y menos para poner remedio adecuado, si es el caso. Crucemos los dedos.

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Un cazador de Pokemon en el sillón de Fomento

Tenemos chico nuevo en la oficina. Que es lo mismo que decir que tenemos ministro nuevo al frente de Fomento: Íñigo de la Serna. Un chico de Bilbao que, como los de Bilbao, nacen y se hacen donde quieren, pues ha pasado casi toda su vida y se ha hecho mayor, no mucho -45 años- en otro lugar no muy lejos, en Santander, donde era regidor hasta ahora. Quizás por esa juventud, se le vio este verano en la playa de la Magdalena “cazando Pokemon”, o eso se deduce del selfie virtual que se hizo con uno de esos bicharracos igualmente virtuales. Lo que está muy bien para un rato de asueto y evasión en la canícula santanderina y en su Semana Grande. Ahora toca, sin embargo, empaparse de realidad. Y de la buena.

El listón está muy alto en el Ministerio de Fomento. Alto, por abandono. Ahí lo dejó la ahora presidenta del Congreso, Ana Pastor. Al menos, de la Serna es Ingeniero de Caminos y algo sabrá de esto. Pero va a necesitar mucho esfuerzo y sudar la camiseta mucho más de lo que lo hizo en la carrera popular de Santander hace unas semanas, de la que también subió a la red testimonio gráfico.  Y quizás tampoco le venga mal la ayuda de la supercampeona de salto de altura Ruth Beitia, con la que compartió otra instantánea twittera el pasado 7 de octubre.

El nuevo ministro ha gestionado una alcaldía rica y una ciudad “guapa”, siempre con el apoyo incondicional del banco homónimo de la ciudad y de la familia Botín. Ahora llega a un Ministerio de gasto, pero en la UVI, paupérrimo de pensamiento y hechos: por sus obras los conoceréis. Parches y proyectos. Eso es lo que se ve.

Y no ha tardado mucho en formarse una cola a sus puertas: “¿Qué hay de lo mío?”. El mismo día de su toma de posesión, algunos colectivos como el de transporte internacional ya lanzaba este anhelo cargado de declaración intenciones, junto con su bienvenida: que el transporte esté entre las prioridades de Fomento y de su ministro.

Pero hay un reto mayor, que seguramente resume todos los demás y ha sido el “gran bluf” de la etapa de la “doctora Pastor”, que nos mandó aspirina con una palmadita maternal en el culo cuando lo que tenemos es apendicitis aguda. Para eso el tratamiento e intervención quirúrgica aconsejada se llama –o se llamaba- Estrategia Logística. Dos palabras que resumían una gran idea para articular y dar sentido transversal a la logística en España, pero que visto lo visto suena ahora igual de incomprensible que otras dos que dijo Jesulín de Ubrique: Im presionante.

Excelentísimo señor don Íñigo Joaquín de la Serna Hernáiz, ministro de Fomento: rescate la Estrategia Logística de España, hágalo pronto, por favor. El sector al que se refiere y el país la necesitan. Por una vez teníamos una bien idea y a nadie le parecía mal. Pero, por favor, si prefiere hacer borrón y cuenta nueva, por lo menos no prometa lo que no vaya a hacer, no deje su puesto por otro a las primeras de cambio y tómeselo en serio, que no es mucho pedir.

Suyo afectísimo

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¡Carmena! Tenemos un problema… logístico

Por fortuna para muchos conductores –y mucho más para los maltrechos pulmones de quienes vivimos o trabajamos en Madrid- los índices de contaminación capitalinos, que habían rebasado el escenario 2 y amenazaban con dejar hoy (2 de noviembre) varados a la mitad de los automóviles, se han reducido y todos los que lo han decidido así han podido circular normalmente.

La norma tiene su escenario concreto, se refiere a la llamada “almendra central”, es decir el interior del anillo de la vía de circunvalación M-30 y no afecta a todos los vehículos. Están exentos los híbridos y eléctricos, los de las fuerzas de seguridad, el transporte público y los vehículos comerciales de distribución urbana. La logística de aprovisionamiento a los comercios y particulares es tan importante para asegurar los suministros a ciudadanos y transeúntes, que se permite esa excepción, lo cual, amén de lógico, libera a la logística de un escenario  de complicación superlativa.

Sin embargo, esta situación –que probablemente se repetirá y alcanzará los escenarios más extremos que prevé la norma municipal- aunque no afecte a la cadena de suministros, merece una reflexión, porque contaminación, sostenibilidad, distribución urbana, liberalización de horarios y comercio electrónico forman un cóctel con una resaca monumental.

Ya he dicho desde esta tribuna que no termino de entender el desenfreno por disponer a la carrera de todo cuanto se compra en Internet, por más que el líder marque esa pauta. Ello provoca que una inmensa flota de vehículos de reparto tomen las ciudades (que es de lo que hablamos) cada mañana. Y  sobre todo desde ahora hasta el mes de enero con promociones varias y Navidades. Por otra parte, la liberalización total de horarios en la Comunidad de Madrid trae la necesidad de más frecuencia de suministros, aunque las limitaciones que impone la normativa municipal de Madrid a este respecto son muchas. Finalmente, el desarrollo de los vehículos eléctricos de cuatro ruedas para esa tarea de reparto, aunque avanza, no va al ritmo del comercio electrónico y sólo la fuerza muscular (bicicletas, triciclos) está paliando en parte este problema.

No se trata de parar en seco, pero sí de reducir la marcha ligeramente. Los líderes del comercio electrónico y los que no lo son tanto, los desarrolladores tecnológicos de vehículos comerciales de distribución, las administraciones locales (en este caso con la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, a la cabeza), los comerciantes y los gestores y vigilantes del medio ambiente, deberían sentarse juntos y cuanto antes, a decidir qué escenario queremos y cuál nos podemos permitir ahora sin hipotecar el futuro y el medioambiente.

Porque, quizás, de no ser así, cualquier día haya que tomar medidas medioambientales más severas que condicionen absolutamente el escenario y mucho más la vida urbana, incluidos los suministros y, por ahora, aunque lo intenta cada día, la logística hace lo que hace, pero no consigue milagros.

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El saco bendito de la “información”

No suelo defender, ni pública ni privadamente, ni en este blog ni en otras plataformas, a quienes trabajan o han trabajado para la Administración, en cualquiera de sus niveles de responsabilidad y ámbitos. Si acaso, lo contrario. Creo que algo hemos aprendido de los últimos años de la democracia: ni siquiera tirando la primera piedra se puede asegurar que nadie esté libre de pecado. Los tribunales acumulan centenares de miles de folios de sumarios de procesos y los gestores de la cosa pública se sientan por docenas en los banquillos. De lo que deberíamos avergonzarnos.

Sin embargo, uno de los pilares que definen una democracia y un Estado de derecho, es la presunción de inocencia, muy diferente a la patente de impunidad. Si a esto unimos la querencia impropia –pero evidente- hacia uno u otro lado del espectro político, de los grandes medios de comunicación, el cóctel es explosivo. El “señalado” pasará a ser, de facto, acusado, y de ser inocente, le resultará casi imposible quitarse ese sambenito –o saco bendito-  de los condenados.

Me atrevo a suponer que esto es lo que ha podido ocurrir con Carlos López Jimeno, el ex director general de Industria de la Comunidad de Madrid, que dimitió el pasado viernes tras las acusaciones y lo que él mismo definía como “juicio público” al que se le ha sometido desde los medios generalistas. El detonante, haber aparecido citado en un informe de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil redactado a propósito de la investigación de la denominada trama Púnica.

López Jimeno habla de falsedades e informaciones sesgadas a este respecto y de informes policiales plagados de inexactitudes, en unas breves declaraciones y en un comunicado a modo de despedida. Pero ya se sabe, aquí ya nada es presunto: todo lo que aparece negro sobre blanco, ya sea impreso o en Internet, es “pata negra” y “palabrita del niño Jesús” para la mayoría.

Carlos López Jimeno ha estado en su cargo de director general de Industria de la CAM 16 años, con cuatro presidentes y seis consejeros. Esta trayectoria no se antoja casual y por sí sola ya debería decir mucho en favor de un hombre profesional, serio y comprometido con su tarea: y ahí están los Planes Renove, entre ellos el reciente de carretillas elevadoras, como ejemplo.

Y no es de ahora. Por motivos profesionales conozco al ya ex director general desde antes de su desempeño en la CAM, cuando desarrollaba su labor en la Escuela de Minas de Madrid (donde ahora vuelve) y yo velaba mis primeras armas periodísticas, allá por el inicio de la década de los 90 del siglo pasado. Tampoco entonces le encontré tacha alguna y por lo que he podido escuchar desde el pasado viernes, no soy el único.

¿Y si, al menos pública y periodísticamente, esperamos a que se demuestran los hechos para condenar a los señalados, como debe hacer todo buen informador? ¿O es que hemos pasado de ser infor-madores a difa-madores? Digo yo

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Paradoja logística informativa

Una noticia emitida la pasada semana, daba cuenta de la reunión mantenida en un importante ayuntamiento andaluz con representantes de un operador logístico, que busca suelo para instalar una plataforma. La información recoge de qué ayuntamiento se trata, quiénes estaban presentes por parte de la corporación en esa reunión, cuál es el objetivo de la plataforma y a qué tipo de negocio daría servicio: todo, menos el nombre del operador logístico.

Es posible que, en este caso, el prestatario de los servicios logísticos prefiera mantener el anonimato inicialmente, aunque si eso fuera así no entiendo que se haga pública la reunión con el resto de detalles. Lo que llama realmente a la atención es lo frecuente de este tipo de noticias, u otras referidas al ámbito logístico, en las que el o los protagonistas (empresa o  marca) parecen importar poco o no ser nada relevantes en lo que al conocimiento del público en general, aportan, algo que no ocurre prácticamente en ningún otro.

Si los medios generalistas recogen una noticia sectorial o empresarial ya sea de moda, automoción, alimentación, bebidas, distribución comercial, informática, comunicaciones, editorial, inmobiliaria, juguetes, etcétera, no obvian las marcas, fabricantes o comercializadores. En logística una vez sí y otra también, y aquí incluyo a los proveedores de equipamiento y a los prestatarios de servicios.

Las respuestas a esta paradoja se me antojan que no pueden ser más que tres: o bien, la logística es aún más transparente socialmente de lo que venimos denunciando, lo cual es un problema; o bien mis colegas de la prensa diaria tienen un escasísimo conocimiento de este sector, que se refleja en la redacción de ese tipo de noticias, lo que es una debilidad; o bien los editores de los grandes medios obvian marcas y empresas al no tratarse de sus anunciantes. Mala praxis en cualquiera de los casos.

Hagan la prueba. Como profesionales de este sector no les costará mucho, ya que les llamarán especialmente a la atención las noticias que nos competen y que son publicadas por medios generalistas (prensa, radio, TV o Internet). Vean y comprueben en cuantas se dice el qué, pero no el quién, sin explicar el por qué de ese “olvido”.

Modestamente, o no tanto, menos mal que nosotros estamos aquí.

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Los panes, los peces y el puzle

Siempre he creído que la logística tiene algo de milagroso. Quizás por ello produce en muchos –en mí lo hace- esa cierta fascinación de lo increíble, de lo difícil de explicar. Buscando un simil, he pensado con frecuencia que gestionar adecuadamente y cada día la cadena de suministros, con todas sus tensiones y sus escenarios cambiantes, era como intentar resolver en tiempo récord uno de esos puzles de miles de piezas, pero en el que no supiéramos ni el número exacto de ellas ni la imagen que debe aparecer finalmente.

Y no debo ser el único que ve esta disciplina, actividad o sector, como parte de un territorio divinamente ignoto, sin ánimo irreverente. Así, en la reunión que celebramos hace unos días para analizar la situación del talento en el entorno logístico español, alguien, en el coloquio final, definió a la logística como un milagro diario que no sabemos vender. Vamos que tenemos boda de Caná y multiplicación de los panes y los peces, día sí y día también.

Que no sepamos venderlo, como decía el directivo que tomó la palabra en la sede de IMF donde se celebró la mencionada reunión, es una característica –dice el tópico- muy de aquí, frente a otros (los italianos sin ir más lejos) que si saben ponderar y vender sus logros. Parte de la transparencia que tiene la logística frente a la sociedad, puede venir de ahí.

Sin embargo para mí es más importante, y creo que denota una provisionalidad impropia de la gestión logística, el hecho de que se la califique de “milagro” o –como dijo otro de los intervinientes en esa misma reunión- “improvisación continua”, calificativos que se entienden, o deben hacerlo, como la capacidad –también muy nuestra- de resolver situaciones problemáticas no previstas de manera exitosa, pero que destilan un cierto halo de descontrol que, en absoluto, tiene que ver con la realidad. Y estoy seguro que ninguno de los dos intervinientes quiso decir eso, más bien ponderar las capacidades de quienes trabajan cada día en logística, pero sus palabras están ahí

Mientras que no seamos capaces no ya de ver, sino de verbalizar, la gestión logística con la exigencia, seriedad, base científica y académica, eficiencia y eficacia que la acompaña, nos será difícil explicarla sin acudir a términos mágicos o milagreros… aunque la logística, para el que no la conoce, lo parezca.

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Jo, Papá… pero yo lo que quiero es ser logístico

Carlitos era un buen chico. Nunca se había metido en líos más allá de alguna travesura infantil, como corresponde. Era educado y, por eso, daba los buenos días o las buenas tardes –según- a los vecinos de su casa, que estaba en un barrio bien. Siempre había sido un buen estudiante y, por eso, casi nunca bajaba del notable en las notas. Ahora con el acné ya en retirada, tocaba decidir el próximo paso en sus estudios: “por supuesto estudiarás carrera”, le había dicho su padre, hacía ya muchos años. Don Carlos, como le llamaba casi todo el mundo a su progenitor, era traumatólogo, como antes lo había sido el abuelo y el padre del abuelo.

Pero ¡ay!, Carlitos –quien a pesar de sus veinte añazos no conseguía que su madre le aperara el diminutivo- estaba a punto y decidido a manchar con un borrón su inmaculada trayectoria de hijo y buen estudiante: quería ser logístico.

Su padre se lo tomó a broma en un principio y su madre le dijo “hijo, quítate eso de la cabeza” temiendo que hablara en serio. Y ya lo creo que iba en serio. Hacía tiempo que lo tenía claro. Unos ocho años antes había visitado con el cole la fábrica y el almacén de una industria de bebidas gaseosas. Y había sido el almacén y todo lo que significaba ese lugar y su funcionamiento para aquel negocio y para que llegaran las bebidas a las tiendas, lo que le había fascinado. No mucho después, lo tenía claro: quería desempeñar esa profesión, que había descubierto, no sin mucho esfuerzo, que se llamaba logística.

Su padre, furibundo, no entendía nada. Primero creyó que quería entrar en el ejército, pues a eso le sonaba la logística, sobre todo. Después, cuando Carlitos empezó a contarle lo poco que sabía, imaginó a su hijo enfundado en una mugrienta bata de trabajo moviendo cajas en un oscuro almacén “¡o peor! conduciendo un camión”, le espetó. E insistió en su discurso: “Dime ¿Conoces a alguien que se dedique a eso?” o “¿Dónde has visto tú que haya una carrera de logística, eh? Esas tareas las harán los que no sabe hacer otras cosas, vamos, digo yo. Pero tú, con tu expediente…”. Finalmente, cuando no tuvo ya más argumentos, y ante la triste mirada de la madre de Carlitos, su padre le dijo: “¿Es que te hemos hecho algo para que nos des este disgusto?”.

De nada valieron los argumentos ni el chantaje sicológico al que le sometieron; ni la comparación con su hermana, mayor que él, que estudiaba Derecho: “eso si es una carrera”, dijo don Carlos, ya sabiendo la batalla perdida. Incluso estuvo a punto de amenazarle con no sufragarle los estudios superiores, pero al final, no pudo.

Carlos –nunca más Carlitos- descubrió que sí, que había una Universidad donde podía cursar estudios superiores de logística; se matriculó, además, en varios cursos específicos y estudió nada menos que un Master, y antes de concluir la carrera ya tenía trabajo de becario en prácticas en un gran operador logístico y de ahí…

Su padre terminó reconociendo la valía de su profesión aunque aún le costaba mucho explicarles a familiares y amigos a qué se dedicaba Carlos quien, algunas veces, pensaba que si su elección profesional fue un verdadero terremoto familiar cual hubiera sido la reacción de don Carlos si le hubiera planteado su otra alternativa profesional: actor.

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Por si acaso, chubasquero y bronceador

Ante el entorno económico en el que ahora nos movemos, podemos ser radicalmente optimistas: la crisis se acabó y ¡España va bien! muy bien; o podemos hacer eso que forma parte de nuestra idiosincrasia hispana, ser derrotistas y no creer nada de lo que dicen las estadísticas: es todo un espejismo y ¡España va mal! muy mal. Les voy a plantear otra visión.

Hace unos días, en unos de los eventos que organizamos periódicamente, con directivos del más alto nivel de responsabilidad, tuve ocasión de escuchar y compartir un análisis que me parece de lo más certero sobre la situación actual, que justifica y explica sobradamente lo que ocurre, el buen momento, pero que pone también en énfasis y reclama la atención sobre un horizonte potencialmente inseguro.

Vivimos una suerte de tormenta económicamente perfecta, en la que se han conjugado una serie de elementos para regalarnos una situación “meteorológica” de la que no somos del todo responsables. El primero de esos elementos es  el final de la crisis (si algo tienen estas épocas flacas es que siempre se acaban, es lo único seguro), que por su longitud y crudeza exige ahora la renovación de suministros y equipamientos, el aumento de actividad y crecimiento de plantillas para dar respuesta a un escenario de crecimiento. Además, ello es posible en condiciones favorables para las empresas, pues la época pasada ha traído consigo una reducción de salarios y de las condiciones de despido.

Igualmente, el dinero –el crédito- está barato y las entidades financieras empujan y llaman a nuestra puerta para concedérnoslo: necesitan vender mucho crédito para sacar algo de rédito. De nuevo en el terreno de los costes, el petróleo se ha abaratado considerablemente, lo que es una buena noticia en sí misma, además de influir en el precio de casi todos los bienes y servicios.

Y, por si fuera poco, España es un país atractivo y seguro, lo que atrae a capitales y turistas. No tenemos especiales problemas de seguridad ni –por ahora- un “Brexit” o una rotura de las reglas, en el horizonte más inmediato. Ni tampoco nos penaliza ahora mismo (incluso el FMI lo ha reconocido) el tener un Gobierno en funciones desde hace casi un año. Todo lo que podía salir bien, ha salido bien.

Pero… claro, la pregunta del millón es si esta tormenta se tornará en borrasca pertinaz y podremos seguir disfrutando del momento; si gracias al chaparrón se crearán condiciones para que todo esto no sea un aguacero pasajero, sino algo tan permanente como permitan los ciclos económicos; o si, como tormenta que es, escampará, dejará de llover y tronar y saldrá un Sol radiante que nos frene en seco.

El escenario es para disfrutar y si los economistas no son capaces de profetizar un cambio económico, salvo cuando ha sucedido, no lo voy a hacer yo ¿Qué pasará a continuación? Pocos pueden asegurarlo, lo más desearlo o intuirlo.

Por si acaso, yo que ustedes tendría a mano tanto el paraguas como la crema bronceadora… por lo que pueda pasar.

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