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Tour, siesta y logística

Ayer, 21 de julio, concluyó el Tour de Francia 2013. El del centenario, que lució en los Campos Eliseos parisinos sus mejores y más espectaculares galas al celebrar el centenario de la “Grand Boucle”. Cien años de la mayor y mejor competición ciclista internacional.

El Tour es ese espectáculo que siguen en directo cientos de miles de espectadores a pie de cuneta –millones en algunas etapas alpinas o pirenaicas- mientras otros lo hacen -lo hacemos- plácidamente desde el sillón. Las palabras de Perico Delgado comentando las decenas de kilómetros previos al final de etapa, dan paso a un sopor que sólo se rompe cuando eleva la voz para retransmitir la llegada al sprint. Aunque hay una variable si la etapa concluye en el Alpe d´Huez al Mont Ventoux o al Galibier, por citar sólo a tres altos de montaña míticos gracias al Tour francés. Entonces ni siesta, ni gaitas. Y cada cual sufre y se retuerce -desde el sillón- al tiempo que su ídolo lo hace sobre la bici.

Pero el espectáculo televisivo ni lo que se ve en directo, hacen honor a lo que ocurre “tras el telón”. Ni mucho menos. Lo más parecido a la organización de una carrera como esta es el movimiento de un gran, enorme, ejército en pie de guerra, aunque seguramente la logística militar tengo ahora algo -o mucho- que aprender de la civil, cerrando el círculo que se abriera hace siglos.

He tenido ocasión de hablar y entrevistar para Cuadernos de Logística (número 15 julio/agosto 2013) a Pedro Lezáun, director de organización de Unipublic que a su vez lo es de la Vuelta Ciclista a España y que pertenece al mismo grupo empresarial que la organización del Tour de Francia. Y si antes suponía y admiraba lo que debía ser la logística de este tipo de acontecimientos, ahora uno esa admiración una reverencia: ¡Chapeau!

Meses de preparación y localización; montajes y desmontajes que se suceden sin interrupción;  publicidad; pancartas; vallas; señalización; cortes de carretera; seguridad; cientos de vehículos; aviones, helicópteros; miles de personas desplazadas cada día (organización y equipos); alojamientos, catering; reparaciones; combustible; medios técnicos fijos y móviles para televisión, radios y prensa en general…todo en magnitudes abrumadoras.  Todo para que nada falle. Y en el Tour, esas magnitudes se vuelven casi inabarcables.

El mérito de los corredores ciclistas es innegable, doping al margen. Pero permítanme un rasgo de chauvinismo, que es algo muy francés, y déjenme que admire a los excelentes logísticos que hacen posible este auténtico espectáculo, tanto como a los “esforzados de la ruta”, acudiendo al topicazo.  Esa admiración me hace sentir orgulloso por escribir de logística. Porque esta lo es. Y de la buena. Y, también, me deja dormir muy tranquilo…al menos hasta que llega el sprint.  ¡Feliz verano!

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