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Taxistas, limpiadoras de colegio y repartidores

Primero fueron los conductores particulares metidos a taxistas o transportistas urbanos a través de la aplicación Uber; luego las mamás agrupadas en cooperativas para limpiar el colegio de sus nenes (una sugerencia de la nueva alcaldesa de Madrid) y ahora Amazon pretende que usted o yo –si queremos- al menos en los Estados Unidos, hagamos de repartidores de sus envíos si nos pilla “de paso”, según ha publicado The Wall Street Journal.

Por una lado, los que tienen una visión de la sociedad basada en la autogestión (que para mí siempre ha sido aprovecharse de lo que los demás ya han hecho antes sin “pasar por caja”) están frotándose las manos: yo, mi, me, conmigo. Por otro, los que si no se han manifestado deberían hacerlo, son los operadores logísticos y los prestatarios de servicios de transporte y, especialmente, los de e-commerce.

Que el mayor negocio mundial de este tipo, proponga al particular como su repartidor, deja en muy mal lugar a todos esos prestatarios de servicios logísticos que no dejan de invertir, sin un horizonte seguro, en soluciones para entregar a cada vez más barato y cada vez más rápido. Nada de hoy para dentro de una semana, ni de 48 horas, ni de hoy para mañana: de hoy para ahoritita mismo, que diría un mexicano.

Aún más, hay quienes desde el propio sector de los operadores –nuevos negocios- afirman que      los precios que el comercio electrónico estará dispuesto a pagar por el transporte serán más bajos y que quienes mejor se adapten a este contexto y ofrezcan servicios de gran valor añadido lograrán una ventaja competitiva…si están vivos, claro.

Me froto los ojos y aún no salgo de mi asombro: precios bajos y gran valor añadido para llevarse el mayor trozo del pastel. A mí no me salen las cuentas salvo en un entorno miserable en todos los aspectos.

Creo que los operadores de comercio electrónico se equivocan. Lo de dar “duros a peseta” es más viejo que la tos y nunca funciona. Mucho menos sustituir el trabajo de unos (Excelentísima sra. Carmena) por el ciudadano de a pie. Como experimento de medida contenida, la “República de Marinaleda” está bien, pero nada más.

El proyecto de Amazon tiene hasta nombre, On My Way, y suena a canción de Sinatra, aunque aquella hablaba de un final y el proyecto de Amazon de un principio por el que ¡cómo no! lo que pretende es ahorrar costes, aunque remunerando al usuario-repartidor. El titular de la noticia del rotativo norteamericano, “Después de los drones: Tú”, me recuerda a los carteles de la II Guerra Mundial en las que el “Tío Sam” señalaba con el dedo índice a sus compatriotas  para que se alistaran.

Gasolineras sin personal, cajeros bancarios automáticos, autoservicios de alimentación, cajas de autopago en cada vez más establecimientos, muebles en kit…así las cosas, la idea de Amazon, en realidad, solo se apunta a una tendencia que ya casi es costumbre y que, eso sí, deja, injustamente en mi opinión, la eficacia de los operadores logísticos a la altura del betún. Sin contar otras “aristas”, como las entregas fallidas o la responsabilidad de esos repartidores “advenedizos” sobre las entregas ¿Y dónde queda el servicio?

El clásico moderno de esta semana es para amantes del terror sobrenatural: “La Profecía”, de David Seltzer (1976). Se da la circunstancia de que el autor fue el guionista de la primera versión cinematográfica, lo que la hace bastante fiel al original.

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El tercer hombre

Avanzo que voy a meterme en camisa de once varas. Ya me conocen.

Hace unos pocos días he vivido una situación que me ha recordado una de esas películas en blanco y negro de la época de la guerra fría. Para mí la quintaesencia es “El tercer hombre” con su inconfundible música de cítara y son no menos inconfundibles Orson Welles y Josep Cotten.  Mi aventura tenía, desde luego, algunas diferencias circunstanciales: era a todo color, hacía calor en vez de frío y se desarrolló en una ciudad española en lugar de Viena. Bueno, y me “jugaba” la puntualidad en una cita de trabajo y no el pescuezo.

El relato arranca en una estación de ferrocarril. Como es patente, un decorado muy cinematográfico. Desde ahí, para llegar a mi cita tuve que hacer, discretamente, varias llamadas de teléfono, alguna de ellas a personas que ni conocía antes; citarme con una de esas personas en un lugar público, describiendo previamente mi atuendo para facilitar el encuentro; mostrar la mayor naturalidad durante la larga espera pues estaba -literalmente- vigilado por cuatro individuos que, desde luego, tampoco conocía (uno de ellos mostró tal celo en su vigilancia, que más parecía mí guardaespaldas) y que destilaban más ganas de camorra que de cualquier otra cosa (bien plantados físicamente, malencarados, gafas de sol… ya me entienden); saludar a mi “contacto” cuando llegó, ante la mirada de los “vigilantes” como si le conociera de toda la vida; transitar con esta compañía circunstancial varias manzanas hasta llegar a un lugar discreto y apartado; y, por fin, en una esquina indefinida, subir al asiento del acompañante de un gran coche oscuro -no podía ser de otra manera- para, de nuevo, evitar sospechas. Hora y media después de lo debido, llegué a mi cita.

Real como la vida misma. Se lo aseguro. El origen de esta crónica, su porqué -como habrán adivinado o sufrido- es que hace unos días el sector del transporte de viajeros y, concretamente, el del taxi, se ha puesto en “pie de guerra”, convocando una huelga total en la mayor parte de la ciudades de España y algunas otras de Europa. El motivo, la reivindicación, protestar contra usos poco o nada transparentes que, aprovechando las bondades de Internet, ponen de acuerdo a viajeros urbanos circunstanciales que suplen así el taxi por coches particulares. Del acuerdo informal entre particulares y sin contraprestación, al negocio, apenas había un paso y algunos lo han dado. Y lo han hecho fuera de las normas, licencias e impuestos que rigen ese sector, de ahí la protesta de los taxistas.

Lo sorprendente no es que esta huelga afecte al ciudadano de a pie (este es un impuesto indirecto de la democracia mientras nadie invente otra cosa), lo inusitado es que la protesta -una de las más radicales que he visto- se traslade con violencia gratuita a sectores colaterales (transporte legal de viajeros en furgoneta o minibuses que pagarán caro que sus vehículos estuvieran en el lugar inoportuno en el momento inadecuado) o que un ciudadano cualquiera como yo se vea incomodado por un piquete como lo estuve, por el simple hecho de llevar un porta-trajes en la mano.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la logística? Pues mucho. Cada vez que hay una protesta radical “sube el pan”. Es decir, se descolocan flujos físicos, se multiplican los problemas, se rompen cadenas de suministro (humano o de mercancías) y hay que buscar soluciones circunstanciales que a veces -es el lado bueno- descubren habilidades desconocidas. Ese fue el caso de la compañía que me había propuesto la cita profesional a la que acudí y que buscó, y encontró, tan “peliculera” y eficaz solución.

El sector del transporte -y sus trabajadores- en cualquiera de sus segmentos, tiene fama de radical en sus protestas. Seguro que, mayoritariamente, les asiste la razón cada vez que convocan una protesta de este tipo. Pero la razón se pierde cuando un ciudadano se siente abrumado y más como moneda de cambio del “Check Point Charlie”, que como mero espectador/sufridor.

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