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El Coreano Errante

Dice la leyenda que un capitán holandés de un barco mercante, hizo un pacto con el Diablo para recorrer los mares a mayor velocidad que otros y así conseguir fama y fortuna. Por su arrogancia, Dios le castigó con vagar eternamente con su buque y tripulación por todos los mares sin poder tocar tierra. Y a veces, en las noches de niebla, algunos pueden ver la silueta fantasmal de la arboladura del Holandés Errante recortarse contra las nubes bajas en alta mar.

La literatura, la ópera y el cine (La saga de Piratas del Caribe retoma en buena parte esa leyenda) se han encargado durante siglos de alimentar el mito, hasta que la realidad ha superado a la ficción. El holandés se ha cambiado por el coreano, el pacto con el Diablo por la codicia y la ineptitud, y el mercante a vela por decenas de portacontenedores.

Durante los últimos días hemos venido publicando varias noticias acerca de la posible quiebra –o cuando menos suspensión de pagos- de la naviera coreana Hanjin que tiene ahora mismo a la deriva a casi 90 buques, con medio millón de contendedores a bordo vagando por los mares de todo el mundo, sin poder tocar puerto por falta de fondos. Una situación que lejos de encontrar una salida, cada hora que pasa es más preocupante y puede dar al traste con los planes de acopio de las campañas comerciales de medio mundo, entre otros problemas.

Unas pérdidas que se cifran en miles de millones de euros que la naviera arrastra desde 2011 y una situación que ha explotado de un día para otro dejando errante y fantasma a la flota de Hanjin, no puede ni debería ser algo inesperado. Si me permiten la metáfora, el Diablo en forma de ineptitud, imprevisión y falta de capacidad de gestión de una crisis que dura cinco años, en la que están inmersos propietarios de la naviera, bancos y gestores, han conducido a un inmenso caos que en este caso no podrán sofocar -como en la saga de Disney- el capitán Jack Sparrow (Johnny Depp), William Turner (Orlando Bloom) y Elizabeth Swann (Keira Knightley) a bordo de la Perla Negra.

La realidad por desgracia es mucho más prosaica y preocupante . Miles de puestos de trabajo en la propia naviera (1.500) y en los puertos, algunos de los cuales tiene terminales dedicadas a Hanjin (como es el caso de Algeciras), pérdidas multimillonarias para los fabricantes y distribuidores, que tienen sus mercancías cargadas en los barcos de la naviera surcoreana, y otro tanto para los comerciantes que ven peligrar sus planes de suministro para la gran época de consumo del año, la Navidad, pintan un panorama dantesco, oscuro y fantasmal, al que sólo le falta un capitán David Jones para superar de largo –si no lo ha hecho ya- a la leyenda.

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Impíos y paganos

De momento no hay nadie que desmienta esa común característica de la distribución comercial –especialmente de la Gran Distribución- que supone que imponga sus condiciones al resto de la cadena. Fabricantes y operadores lo saben bien.  Su enorme potencial de compra y todo lo que sostiene comercialmente, casi “justifica” ese dominio.

Pero no es esta una circunstancia común a todos los canales de distribución. Y si no que se lo digan a los importadores, distribuidores y comercializadores de carretillas elevadoras, a los que –dicho sea con indudable respeto, vaya por delante- a veces se les debe quedar “cara de tontos”.

Este sector del equipamiento logístico, sufre los vaivenes de una economía tan volátil como la española, capaz de pasar del cero el infinito, o del infinito al cero en menos de un lustro. De dar lecciones de crecimiento a estar al borde (o no tanto) de un rescate. Sufren los carretilleros esas debacles (no hay peor escenario económico que la incertidumbre) y sin embargo –a diferencia de otros- no hay “piedad” en las administraciones para, por ejemplo, limitar o minorar las cargas impositivas y legales que se acumulan sin parar. Más impuestos, más reglamentos, más disposiciones y ningún apoyo o subvención. Como me dijo una vez el director general de una gran compañía de importación y distribución de carretillas, que actúa en este mercado: “a veces pienso que a fuerza de no hacer ruido, nos hemos vuelto transparentes”.

Dos ejemplos ilustran esta situación: por un lado las matriculaciones de las máquinas-. Cada vez más, cada vez con más frecuencia y con criterios más dispares e incomprensibles en función de la administración o Comunidad que se trate. Y lo que queda por llegar: decía en junio pasado un ponente del II Encuentro de Distribuidores y Alquiladores de Carretillas, experto en este tema, que llegan “cada vez mayores exigencias en este sentido [matriculación]”, llamando a la atención especialmente sobre “la complejidad creciente que va a tener el proceso de homologación para máquinas usadas llegadas de otros países y regiones fuera de la UE”. En fin, un dolor de cabeza.

Por otro, quizás, la quintaesencia de ese papel de “paganos”: todo los que soporta este sector por el mal cuidado de las máquinas de alquiler, que no mejora, más bien pinta un escenario “cada vez peor”, dice otro responsable de la distribución.

Tanto que se llega a dar la paradoja de que si una máquina, por ejemplo, topa con un puntal de una estantería o una columna del almacén, el culpable no es el operador (ni quien lo ha formado o “deformado”), ni siquiera la compañía arrendataria. No. Para esa última ¡échense las manos a la cabeza! la responsable del desaguisado es la empresa alquiladora y subsidiariamente ¡la propia máquina! por… ¿ser dura, tenaz, fuerte? Y si, por el contrario, en este topetazo, la carretilla es la dañada, la culpable es ¿lo adivinan? también la máquina, exactamente por razones contrarias a las anteriores: ¡una locura!

¿Y no se puede reclamar? Sí, al maestro armero. La justicia en los procesos civiles es cara, lenta hasta la exasperación e insegura y muchas veces actúa, además, con una presunción que puede ser absolutamente equivocada: la protección del supuesto contendiente más débil, que en este caso es siempre el consumidor-arrendatario. Mientras eso no cambie, se protejan los bienes del otro (empezando por la educación más elemental) y la justicia deje de actuar con “impiedad”, conociendo realmente lo que juzga, no queda otra: ajo y agua, paciencia y adoptar, una vez más, el papel de paganos.

Este sector es así, callado y discreto, y con frecuencia maltratado. Alguien debería ocuparse, oficialmente, de que dejara de serlo.

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El tercer hombre

Avanzo que voy a meterme en camisa de once varas. Ya me conocen.

Hace unos pocos días he vivido una situación que me ha recordado una de esas películas en blanco y negro de la época de la guerra fría. Para mí la quintaesencia es “El tercer hombre” con su inconfundible música de cítara y son no menos inconfundibles Orson Welles y Josep Cotten.  Mi aventura tenía, desde luego, algunas diferencias circunstanciales: era a todo color, hacía calor en vez de frío y se desarrolló en una ciudad española en lugar de Viena. Bueno, y me “jugaba” la puntualidad en una cita de trabajo y no el pescuezo.

El relato arranca en una estación de ferrocarril. Como es patente, un decorado muy cinematográfico. Desde ahí, para llegar a mi cita tuve que hacer, discretamente, varias llamadas de teléfono, alguna de ellas a personas que ni conocía antes; citarme con una de esas personas en un lugar público, describiendo previamente mi atuendo para facilitar el encuentro; mostrar la mayor naturalidad durante la larga espera pues estaba -literalmente- vigilado por cuatro individuos que, desde luego, tampoco conocía (uno de ellos mostró tal celo en su vigilancia, que más parecía mí guardaespaldas) y que destilaban más ganas de camorra que de cualquier otra cosa (bien plantados físicamente, malencarados, gafas de sol… ya me entienden); saludar a mi “contacto” cuando llegó, ante la mirada de los “vigilantes” como si le conociera de toda la vida; transitar con esta compañía circunstancial varias manzanas hasta llegar a un lugar discreto y apartado; y, por fin, en una esquina indefinida, subir al asiento del acompañante de un gran coche oscuro -no podía ser de otra manera- para, de nuevo, evitar sospechas. Hora y media después de lo debido, llegué a mi cita.

Real como la vida misma. Se lo aseguro. El origen de esta crónica, su porqué -como habrán adivinado o sufrido- es que hace unos días el sector del transporte de viajeros y, concretamente, el del taxi, se ha puesto en “pie de guerra”, convocando una huelga total en la mayor parte de la ciudades de España y algunas otras de Europa. El motivo, la reivindicación, protestar contra usos poco o nada transparentes que, aprovechando las bondades de Internet, ponen de acuerdo a viajeros urbanos circunstanciales que suplen así el taxi por coches particulares. Del acuerdo informal entre particulares y sin contraprestación, al negocio, apenas había un paso y algunos lo han dado. Y lo han hecho fuera de las normas, licencias e impuestos que rigen ese sector, de ahí la protesta de los taxistas.

Lo sorprendente no es que esta huelga afecte al ciudadano de a pie (este es un impuesto indirecto de la democracia mientras nadie invente otra cosa), lo inusitado es que la protesta -una de las más radicales que he visto- se traslade con violencia gratuita a sectores colaterales (transporte legal de viajeros en furgoneta o minibuses que pagarán caro que sus vehículos estuvieran en el lugar inoportuno en el momento inadecuado) o que un ciudadano cualquiera como yo se vea incomodado por un piquete como lo estuve, por el simple hecho de llevar un porta-trajes en la mano.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la logística? Pues mucho. Cada vez que hay una protesta radical “sube el pan”. Es decir, se descolocan flujos físicos, se multiplican los problemas, se rompen cadenas de suministro (humano o de mercancías) y hay que buscar soluciones circunstanciales que a veces -es el lado bueno- descubren habilidades desconocidas. Ese fue el caso de la compañía que me había propuesto la cita profesional a la que acudí y que buscó, y encontró, tan “peliculera” y eficaz solución.

El sector del transporte -y sus trabajadores- en cualquiera de sus segmentos, tiene fama de radical en sus protestas. Seguro que, mayoritariamente, les asiste la razón cada vez que convocan una protesta de este tipo. Pero la razón se pierde cuando un ciudadano se siente abrumado y más como moneda de cambio del “Check Point Charlie”, que como mero espectador/sufridor.

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La ratita presumida

La pasada semana el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declaraba ilegal a todos los efectos el llamado “céntimo sanitario”, un impuesto al carburante (sumado a sus ya abultadas tasas) que se ha venido aplicando desde 2002 y hasta el pasado año 2013, aunque la mayoría de las Comunidades Autónomas -las recaudadoras por cuenta del Estado- ya lo habían dejado de cobrar en 2012. A pesar de su nombre, este impuesto ni era un “céntimo” -llegó a sumar hasta 7 céntimos por litro- ni sirvió, por lo visto en estos años, para financiar a la Sanidad, que era su objetivo.

A pesar de las reclamaciones de los colectivos profesionales del transporte por carretera desde su implantación en 2002 (siendo ministro de Hacienda Cristóbal Montoro, como ahora, la historia tiene estas cosas), de las llamadas de atención, sentencias y dictámenes de la UE, los Gobiernos de José Mª Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, y buena parte de los Gobiernos Autonómicos, han hecho el “don Tancredo” o mirado para otro lado mientras recaudaban unos 13.000 millones de euros que ahora toca reclamar.

Como en el popular cuento de Perrault, la tacaña ratería de populares y socialistas se encontró con el centimito, o la moneda de oro, y “presumieron” que con ella podrían comprarse un enorme lazo rojo o sufragar la maltrecha sanidad pública -tanto da, para el resultado conseguido- y no tuvieron en cuenta a los “alguaciles” europeos, o más bien les dieron engreídamente la espalda. Ahora toca pagar.

La factura no va ser cosa de unas pocas monedas, aunque va a tener mucha suerte la Hacienda de Montoro (el hacedor de esta carga impositiva) pues ni la inmensa mayoría de los particulares, ni algunos profesionales van a ser capaces de justificar el consumo de carburante durante estos años. Además, los extractos de las tarjetas bancarias, no valen.

Aún así, gracias a la insistencia de organizaciones como FENADISMER o CETM, que llevan años reclamando e instando a sus asociados a hacerlo y a guardar justificante de su paso por las estaciones de servicio, los transportistas por carretera podrán reclamar, al menos, el pago realizado y ahora ilegalizado, durante los último cinco años. Un buen pellizco para el profesional y una factura inesperada de varios miles de millones de euros para el Estado que, una vez más, cuando ha necesitado ingresos y no ha sabido qué hacer -hecho recurrente- ha cargado al carburante de una nueva tasa.

Más hubiera valido que los sucesivos Ministros de Hacienda desde 2002, que ahora han cerrado el círculo volviendo a Montoro, hubieran hecho como el ratón que, finalmente, se desposó con La Ratita Presumida de Perrault: “dormir y callar”.

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