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La Vía Láctea del transporte

Pere Padrosa, reciente director general de Transportes y Movilidad de la Generalitat de Cataluña, afirmaba en su primer acto público que en la logística catalana hay una auténtica constelación de siglas. Rotunda afirmación, pero sin duda justificada y basada en la experiencia de un hombre de transporte y logística que ahora recala en la administración autonómica. 

Los sectores se articulan en torno a su crecimiento y madurez y van dotándose paulatinamente, al ritmo de ese crecimiento, de instrumentos que aglutinan y trasladan con voz, luz y taquígrafos, necesidades y reivindicaciones. Y cuanto más tiempo pasa y más densos y voluminosos se vuelven los sectores, mayores y más representativos son esos instrumentos: de consejos locales a gremios, de gremios a asociaciones regionales y de estas a otras nacionales o supranacionales. O, al menos, esa es la teoría. 

Porque en la práctica, con frecuencia, resulta más y más confuso determinar cuáles son los intereses de un sector en particular, dónde están los límites o siquiera que significa lo regional o lo nacional. Y eso cuando no se utiliza esa vecindad como arma arrojadiza o simple desafío. 

El transporte sobre todo y más tarde la logística -esta como herramienta sumatoria de los diferentes procesos y tareas que tienen lugar en la cadena de suministros- han recorrido esa senda de madurez y se han dotado de esos instrumentos, pero en lugar de irse despojando de antiguos ropajes, se ha ido construyendo, casi sin darnos cuenta una Torre de Babel en la que resulta a veces imposible determinar qué defiende cada colectivo y ante quién lo hace, qué intereses son generales y cuáles no, que es lo importante y urgente y qué podría esperar, y en fin, qué intereses pueden supeditarse a un bien o beneficio común y cuáles no son sacrificables a ese bien. 

Padrosa -ligado desde responsabilidades directivas durante años a colectivos globales como IRU- enfatizaba en sus declaraciones una realidad heterogénea y deslabazada que, seguramente, no le parece la más deseable; realidad como la que también dibujó en su discurso fundacional Gonzalo Sanz como presidente de UNO, el colectivo nacido en 2011 de la unión de las asociaciones Lógica, AECAF, ACET y AECI. Unión pero no extinción, lo que desmonta parte de ese ambiciosos objetivo fundacional de crecer en torno a la suma y no a la división. 

El tópico habla de unión como antesala de la fuerza, pero no parece que vayamos por esos derroteros en nuestro sector. Es más, por si éramos pocos…en noviembre pasado nacía y se presentaba en sociedad CETM Multimodal, colectivo que pretende vincular al transporte de mercancías por carretera con los modos ferroviario y marítimo, y que -por lo que se afirma- no estaba aún representado en ningún otro ámbito asociativo. No lo pongo en duda, pero los balances hablan de más de ¡400 asociaciones! relacionadas con el transporte, solo en España. 

A nadie se le escapa que los modos son varios, y los intereses de patronales, flotistas, operadores, autónomos, asalariados, cargadores, transitarios, administración, sindicatos, etc. pueden estar enfrentados más veces que alineados. Tampoco debemos olvidar que los sectores evolucionan: la multimodalidad es prueba palpable. Sin embargo, la globalidad de nuestra “aldea”, se está dando de bruces con esa realidad multifacética y atomizada de las asociaciones de transporte y logística. Una realidad difícilmente gobernable y escasamente útil. 

Cuando algo no funciona, mirar hacia otro lado o hacia arriba, no sirve de nada; quizás únicamente para observar esa constelación de siglas que se agolpa sobre nuestras cabezas.

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