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Lo que nadie dice, pero nadie ignora

El entorno en el que nos hemos movido los últimos años, en los que hemos pasado de perseguir el sueño del Estado del Bienestar a añorar el del Pluriempleo, nos ha dejado la huella marcada a fuego de las cifras del paro, que sigue estando presente una vez superada la crisis. La herida ha sido tan profunda, que pese a la recuperación, firme según unos –este fin de semana se cifraba oficialmente el nivel de desempleo por debajo de los 4 millones, después de muchos años- precaria según otros, la consecución y retención del trabajo sigue siendo una de las mayores preocupaciones de los españoles y quizás de todos los países desarrollados.

Por ello, la sensibilidad ante los temas de empleabilidad, puestos de trabajo, longevidad y solidez de los contratos, poder adquisitivo de los trabajadores, primer empleo, etc. está muy por encima de otras cuestiones.

Así las cosas, cuesta hablar abiertamente de entornos o situaciones en los que se pierden o reducen empleos por el lógico devenir de los tiempos, el desarrollo tecnológico y el progreso. No hablo de las salidas de pata de banco de algunos próceres del entorno asociativo empresarial -CEOE para decirlo más claro- afirmando que el empleo estable es cosa del pasado: “tener un trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX” dijo su presidente. Una declaración que no aporta más que incertidumbre y torpeza. Hablo de otra cosa.

Hoy estoy a caballo entre dos ferias logísticas, la CeMAT de Hannover de la pasada semana y el SIL de Barcelona de esta. Pues bien, por lo visto en Alemania y por lo que -intuyo- veré en la feria logística de la Ciudad Condal, de lo que hablo es de una imparable automatización de procesos en logística y transporte, para muchas de cuyas tareas la actividad humana va a quedarse en mera intervención de control, que no es poco en calidad, pero sí lo será en cantidad.

Por cuestiones de imagen y marketing, las marcas fabricantes no lo refieren así, claro, rotundamente y sin ambages. No es apetecible que los colectivos laborales, especialmente los sindicalistas, las señalen como las culpables de la reducción de puestos de trabajo. Lo que no es más que una simpleza de cara al colectivo obrero. Pero lo cierto, en todo caso, es que estamos asistiendo ahora mismo a una nueva revolución de las ciencias aplicadas a la industria, apoyadas en la tecnología de la información y en la automatización. Y la manutención, la logística y el transporte (incluso por carretera), no son ajenas a ella.

Todos sabemos cuál es el futuro. Quizás no el cómo y no exactamente el cuándo. Pero no hay duda que el progreso se impondrá como lo ha hecho siempre. Lo hará igualmente en el manejo de mercancías, en la distribución de bienes, en su transporte y gestión. Lo que ya hacen en gran parte las máquinas y los sistemas hoy, lo harán totalmente y de forma autónoma, en un horizonte temporal cercano para nuestro reloj biológico.

Y para los agoreros apocalípticos esta sentencia: el único parecido de todo esto con los cataclismos relatados en novelas o películas de futuros inventados, será que dejará de producirse sólo si, precisamente, un maremágnum planetario nos devuelve al taparrabos. Y bueno, en ese caso, si es de cara al incipiente y caluroso verano que ya tenemos aquí, tampoco está tan mal.

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R2 D2 y la muñeca hinchable

Ahora que los más “friquis” de Star Wars velan armas para el estreno mundial de una nueva entrega de la saga galáctica, el próximo 18 de diciembre, los más “clásicos” de esos aficionados sienten algo de nostalgia por las primeras películas de la sexalogía y por sus personajes  autómatas que, parece, van a ser jubilados y sustituidos por otros nuevos. Pero que no desesperen, porque uno de ellos, R2 D2, el robot cabezón blanquiazul que se comunica con silbidos cibernéticos, puede tener una segunda “vida laboral” como cartero o empleado de paquetería.

Y es que el penúltimo invento para reparto capilar, que ahora se prueba como prototipo, se llama Transwheel Delivery Drone, algo así como dron de transporte rodante para reparto. Vistas las dificultades para la utilización de los drones aéreos por cuestiones de seguridad y potencial congestión del espacio de vuelo, sobre todo en lugares habitados, esta solución terrestre (pueden encontrarla en Internet) ideada por un ingeniero israelí, puede ser una alternativa válida, ya que utiliza la red viaria convencional como cualquier otro vehículo de reparto, y respeta sus reglas y limitaciones (semáforos, cruces, etc.).

Por si fuera poco, incluso podría ser escalable, es decir, el original diseño monocíclico tendría la facultad de combinarse en varias unidades para transportar pesos y volúmenes mayores (incluso TEUs) que una sencilla caja de tipo medio de reparto postal, para las que ha sido ideado inicialmente. Y, además, es capaz de reconocer los rasgos humanos del destinatario para asegurar una entrega correcta.

El crecimiento exponencial del comercio electrónico –que no parece tener límite- junto a la concentración de habitantes en o en el entorno de las ciudades (cada vez mayores) y la urgente necesidad de descongestionar los limitados espacios viarios y mejorar las condiciones medioambientales, obligan a buscar soluciones eficaces y flexibles, como parece ser esta, que no deja de ser un prototipo, aunque ya la empresa de referencia en este mercado, Amazon, ha hecho pruebas.

Por ahora no hay datos de su autonomía, velocidad o capacidad de transporte. Ni tampoco de su fiabilidad o de su discreción. Sí, discreción, porque, cada vez que un autómata o máquina “inteligente” entra en nuestras vidas, imagino que puede “involuntariamente” saltarse sus propias reglas robóticas –como podría hacerlo un ser humano, desde luego- y contarle al vecino el número de nuestra cuenta corriente o “rebelarse” abriendo ese paquete (de contenido personal, discreto e inconfesable, por ejemplo) adquirido por Internet quién sabe dónde.

Llegará sin duda alguna solución que ahora apenas concebimos para las entregas al por menor, humana o robótica, más temprano que tarde. E igual que hace unas pocas décadas nos hubiera parecido imposible una red comercial y de información a todos los niveles, universal, abierta e inabarcable, como lo es Internet, esa solución logística, ya sea terrestre, aérea, subterránea o submarina, se impondrá naturalmente por eficiencia y eficacia, sin más.

Mientras los robots no tomen sus propias decisiones, todo irá bien ¿O quizás debiera ser justamente lo contrario?

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La culpa es del cha-cha-chá

La culpa es del cha-cha-chá

El pasado viernes 18 aparecía un nuevo periódico semanal independiente bajo la cabecera Ahora. En estos tiempos devoradores de negocios sin importar su longevidad, la aparición de una nueva cabecera y su homónima en la red (dirigidas por  Miguel Ángel Aguilar) es siempre una buena noticia, sobre todo en lo que al papel se refiere, pues demuestra que los agoreros que lo condenan quizás todavía deban esperar.

Entre los artículos de este número 1, me ha llamado a la atención uno que habla de manera recurrente -y por ello me sorprende más en un medio que, sin duda, pretenderá ser distinto- de automatización y robótica y vuelve a poner en la misma carga respectiva en ambos platos de la balanza: por un lado, automatización de tareas y procesos, industriales, de síntesis o cotidianos, para hacerlos más rápidos, eficaces, cómodos y baratos; por otro la sustitución del ser humano de esas tareas.

Y para ejemplificarlo, vuelta a los mismos argumentos de siempre: cuántos puestos de trabajo se perderán en esta u otra tarea; la inexistencia de cansancio o protesta que define a la máquina; a qué sectores afecta más; o cuánto se reducen los costes de producción con la intervención de máquinas o autómatas frente a humanos.

Para mí los argumentos en contra de la automatización son sencillamente una falacia y por ello ni siquiera son argumentos, son características o consecuencias. El mundo no sería lo que es sin el progreso, sobre todo sin el tecnológico. Desde la rueda a las aplicaciones de la física cuántica en los ordenadores personales, cada avance, automatización, robotización o mejora en un proceso, para hacerlo más eficaz, menos fatigoso, más rápido o más fuerte, ha definido al ser humano y sus inquietud por llegar un paso más allá.

¿Y qué me dicen de la logística o el transporte? ¿Son concebibles sus procesos, las cadenas de suministros, las exigencia a las que sometemos a la logística (lo quiero y lo quiero ya), sin informática, sin almacenes automáticos, sin maquinaria robusta, eficaz y cada vez más silenciosa (eso también es automatización), etc.? Todos sabemos cuál es la rotunda respuesta.

El problema es que nos ponemos orejeras y apuntamos equivocadamente hacia dónde no es (el progreso) cuando no sabemos hacia dónde hacerlo, o cuando nuestra miserias nos llegan al cuello por no haber previsto cómo sería determinado escenario económico, con determinada población y determinado nivel de bienestar.

En mi opinión quien apunta a la automatización como “culpable” o “responsable” inane de estos males sociales, está dibujando un escenario más propio de una novela de ciencia ficción post apocalíptica en la que se proscribe a la tecnología como hacedora del Mal.

En suma, esos argumentarios se sostienen menos que si echáramos la culpa al cha-cha-chá, como en la canción de Gabinete Caligari, aunque si fuera así, al menos sonarían bien.

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Cuando el futuro nos alcanza

En 1986, James Cameron estrenaba la película “Aliens: el regreso”, secuela de “Alien El 8º pasajero”, producciones a las que luego se añadirían otras dos, más una suerte de precuela, ésta más reciente. Toda una serie, mezcla de terror y ciencia ficción con distinta fortuna cinematográfica.

Cuando vi “Aliens…” la segunda película por cronología, me llamó poderosamente a la atención –inevitablemente, por pura deformación profesional- que en dos secuencias de la película, la teniente Ripley (Sigourney Weaver), auténtica protagonista de las cuatro entregas, manejaba en la bodega de un carguero interestelar un “robot elevador”. Un manipulador ergonómico y antropomorfo con sendas pinzas extensibles, a modo de horquillas, con giro 360º, para que el operador maneje fácilmente mercancías, y más concretamente cajas normalizadas (a modo de palés), por lo que se aprecia en la película. El “robot elevador”, tal y como se menciona, es además protagonista crucial de esta entrega de la saga.

En todo caso, el diseño de producción del equipo de Cameron hizo un magnífico trabajo con este ingenio, bastante creíble y muy trabajado (como corresponde a la auténtica ciencia-ficción), más industrial que sofisticado, versátil y utilitarista, que incluso contó con la licencia de incluir, sobre su pintura amarilla, el que en esos momentos era el logotipo de una conocidísima marca norteamericana de maquinaria de obras públicas y otro equipamiento, aunque realmente fuera ajena a ese diseño.

Entonces, hace 29 años, el “robot elevador” resultaba llamativo, original, plausible, pero muy alejado de lo que la industria y la producción en serie eran capaces. Hoy, las cosas han cambiado. Como ha ocurrido con otros escritores visionarios (Verne, Swift, Asimov,…) los guionistas de “Aliens: el regreso” concibieron una máquina que sólo era veraz en su imaginación. Pero el destino los ha alcanzado…y superado.

La pasada semana asistía en Francia a la puesta de largo de Linde Robotics, una nueva área del fabricante germano de carretillas elevadoras y equipos de manipulación, dedicada a la “robotización de la manutención”. Ya no se habla de automatizar, sino de robotizar máquinas que interactúan con el ser humano dotándole de características que no posee (más fuerza, tenacidad, ausencia de fatiga, etc.), como el “robot elevador” de la teniente Ellen Ripley, pero que, además, pueden trabajar sencillamente de forma autónoma. Eso es un robot. Es realidad, prosaica e industrial y no ciencia ficción. Un paso más en la senda ya abierta por los AGVs.

De nuevo el presente tecnológico supera a la ficción ideada no hace demasiado tiempo. Y es que el destino, o el futuro, cada vez nos alcanzan antes.

Por cierto, el título de este post es un remedo de otra película de ciencia-ficción, titulada en España “Cuando el destino nos alcance”. Protagonizada por Charlton Heston, es mucho menos tecnológica y aterradora que la saga Alien, pero mucho más inquietante.

Y para los amantes del género, una recomendación: el libro de gran formato “Alien”, cuyo contenido es un pormenorizado relato de cómo se hizo la película, desde el guión hasta el rodaje con todo lujo de detalles.

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