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El precio oculto

Hace unos días alguien me preguntaba si yo creía que las empresas, quizás como un efecto colateral de la crisis, al haberse vuelto mucho más cautelosas y selectivas en sus inversiones, compraban ahora más por calidad que por precio. Mi respuesta fue rotunda: no.

Quizás no sea lo políticamente correcto, pero mi convicción es absoluta y se basa en lo que conozco y en lo me cuentan, muchas veces “fuera de micrófono” por así decirlo, tanto los que compran como los que venden.

No sé exactamente de dónde viene esta percepción, pero lo cierto es que comprar o vender por precio, es decir por su valor pecuniario como principal o único argumento de compra o venta, está mal visto. Las empresas proveedoras, presumen y hacen marketing por la calidad o características diferenciales de sus productos o servicios y dicen que el precio es sólo un componente más; sus clientes presumen o quieren presumir de comprar calidad, lo mejor, pero lo primero que miran es la “etiqueta” . Es algo así como dedicarse a la venta, ser vendedor: el mundo occidental del libre mercado es inconcebible sin esta figura profesional, pero pocos quieren serlo y los que lo son, llenan sus tarjetas de floridos eufemismos para obviar la palabra vendedor.

A las alturas de desarrollo tecnológico en el que estamos, con muchos productos por encima de la raya de la excelencia y compartiendo características muy similares, es absolutamente lógico que quienes venden lo intenten hacer al mínimo precio posible para levarse el gato al agua. Del otro lado y aunque siempre, siempre, ha sucedido igual, ahora con las cajas de caudales paupérrimas o en incipiente recuperación, es igualmente lógico que los compradores busquen los productos y servicios que precisan, también, al menor coste posible. Que nos lo digan a los que compartimos el sector logístico, una de cuyos ítems definitorios es proveer “al menor coste posible”.

Además, comprar por precio no siempre es comprar barato, o mejor, comprar barato puede ser comprar a un precio más alto, por ejemplo en un equipo de manipulación, cuyo coste total de propiedad, a lo largo del tiempo, puede penalizar un coste de adquisición inicial menos oneroso. Considerar esos costes añadidos, es comprar, también, por precio.

Pero mientras que no inventemos otro elemento reconocido universalmente que valore de otro modo los intercambios de productos o servicios, lo que alguien está dispuesto a pagar por algo y lo que alguien está dispuesto a vender por algo, en función del resto de los compradores y vendedores posibles, la famosa y omnipresente ley de la oferta y la demanda, ese será el precio del bien o servicio, y –salvo excepciones- la regla máxima en el ámbito de los negocios. Y no hay porqué ocultarlo.

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