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¿Para cuándo dice que lo quiere?

Para ahora mismo; para ¡ya!; de inmediato… nos hemos acostumbrado tanto a la velocidad del servicio (en un bar, en un restaurante, en un comercio, a la hora de hacer un pedido por Internet, en el aeropuerto… hasta en el médico) que, como el valor al soldado, lo único que se le supone al servicio y lo único que tienen en común todos los servicios comerciales, es la rapidez. Y para ganar tiempo al tiempo, las herramientas de cadena de la demanda ya conocen, de antemano, qué vamos a comprar, cuándo y en qué cantidad. No me negarán que da que pensar. El escenario creado por G. Orwell en su novela “1984” ha quedado más que superado por la realidad.

Velocidad, velocidad y velocidad. Carretillas elevadoras más rápidas y más seguras a mayor velocidad de traslado, con baterías de mayor capacidad que exigen menos paradas; sistemas de almacenamiento automático capaces de realizar mayor número de movimientos en huecos de palé o caja por unidad de tiempo; sistemas de gestión de almacenes con más velocidad de procesamiento; clasificadores que leen y reconocen etiquetas a una velocidad imposible para el ojo humano; o robots manipuladores que, como las pilas del anuncio del conejito, trabajan y trabajan y trabajan, sin parar, son sólo algunos ejemplos.

Y ahora el comercio electrónico. Aunque algunos de los actores de ese mercado (los del sector textil, por ejemplo) califican de “locura” esta carrera desenfrenada por entregar los pedidos realizados a través de la red, el límite no parece tener fin, sea en el “Black Friday” el “Ciber Monday” en Navidad, en el día de la entrega gratis (que también lo hay) o en cualquier otro momento.

Si antes nos conformábamos con comprar por Internet y recibir lo adquirido siete, diez o quince días después, luego –no hace tanto, que la velocidad también se da en el cambio- fueron cinco días, más tarde 48 horas, enseguida 24, y ya a nadie sorprende el compromiso comercial de “al día siguiente” o ¡en dos horas! Y todo con independencia de si se paga o no por esa velocidad de servicio de entrega.

Una definición clásica de logística –y no por ello superada- dice que esta disciplina trata de situar los productos en el lugar oportuno, en el momento justo y al menor coste posible: ¿Cuándo hemos cambiado y dado por supuesto que el momento justo es siempre el más inmediato? He discutido sobre esto con algunos actores de la cadena logística que lo defienden, pero sigo sin ver el porqué de la velocidad como “el gran dios único al que mostrar  pleitesía”. No creo que lo sea en todos los casos. No cuando ya no es un diferencial comercial, sino el rasgo común. No por su coste en recursos. No por su coste medioambiental. El lugar, momento y coste de la definición logística, siguen siendo la tríada. En mi opinión, y por ahora, no hay otra.

En estos días se celebra la Cumbre del Clima en París. No soy un inmovilista, diría que lo contrario, pero en todo caso en algún momento la necesidad –ya imperiosa- de preservar nuestro maltrecho planeta de nosotros mismos, nos obligará a enfrentarnos al dilema de si podemos soportar a coste cero el “café para todos” del querer TODO de “hoy para hoy”. Una cosa es la creciente capacidad logística de máquinas y sistemas (poder), otra es la utilidad real para el consumidor (querer) y otra lo que yo llamo el coste de la excelencia intrascendente, la velocidad por la velocidad, que además es contagiosa.

Ahora que acaba otro año y que quien más quien menos hace balance, tengo la sensación de que con tanta velocidad injustificada, vamos a llegar al final (pongan ustedes el que quieran) antes de empezar.

Y ya acabo, que debo publicar este blog… ¡de inmediato! Allá va.

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El preparador que sabía demasiado

Hubo un tiempo, no muy lejano en el que la expresión “el que vale, vale, y el que no, al almacén” podía no estar muy alejada de la realidad. En otros sectores y con ligeras variaciones sucedía lo mismo: “el que vale, vale y el que no, a…”. Reflejaba este chascarrillo la falta de formación y conocimientos de los almaceneros que, si acaso, se iban supliendo con la experiencia. Pero no hacía falta mucha: los almacenes eran pozos sin fondo, destartalados, sucios y oscuros, donde sólo unos pocos se atrevían a moverse entre sus estanterías y sin la más mínima presión por la productividad.

La mecanización, la identificación inequívoca, el equipamiento para manejo y transporte de  cargas, la gestión informática, los lectores para captura de datos, los escáneres de muñeca, las pantallas abordo y finalmente la gestión por voz, han cambiado ese entorno, que ahora es limpio, luminoso, conocido y productivo. Los operarios se forman -más o menos- manejan las últimas tecnologías y cobran en función de su productividad.

A esa productividad contribuye hoy de manera notable la voz en la preparación de pedidos, liberando las manos del operario y estableciendo con él un diálogo de órdenes y confirmaciones que multiplican la rapidez con que desarrolla sus cometidos. Unos de los diálogos más recurrentes es la solicitud del sistema de la confirmación de los dígitos de la ubicación a la que ha dirigido al preparador para recoger mercancía, con lo que se evitan errores.

La vuelta recurrente del preparador, una y otra vez, a determinadas ubicaciones de alta rotación, hace que sea capaz de retener en su memoria esos dígitos que solicita la voz del sistema. Conclusión: el preparador recita los números al sistema -sin necesidad de leerlos- antes de llegar a la ubicación.

En una reciente reunión profesional, el representante de un gran distribuidor comercial se quejaba públicamente de este hecho, que otros distribuidores presentes reconocían como igualmente pernicioso, pues el libre albedrío del preparador podría conducir a errores. Solución: complicar la retención memorística añadiendo más dígitos a esos números de control. Si tiene dos, tres; si tiene tres, cuatro; etc.

La búsqueda de la productividad y la minimización de los errores es una de las bondades de este tipo de sistemas que, a la vez, redundan en beneficio para toda la cadena: empleador, empleado y cliente. Pero se me antoja que el hecho de que un preparador – sometido a esa espada de Damocles de la productividad vía nómina- “sepa demasiado” es más una ventaja que un inconveniente, o dicho de otro modo, me parece más un ítem a mejorar o revisar por parte del diseñador, que un problema para el empleador.

Claro, salvo que no nos importe volver a la casilla de salida: “el que vale, vale y el que no,…”

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