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Los panes, los peces y el puzle

Siempre he creído que la logística tiene algo de milagroso. Quizás por ello produce en muchos –en mí lo hace- esa cierta fascinación de lo increíble, de lo difícil de explicar. Buscando un simil, he pensado con frecuencia que gestionar adecuadamente y cada día la cadena de suministros, con todas sus tensiones y sus escenarios cambiantes, era como intentar resolver en tiempo récord uno de esos puzles de miles de piezas, pero en el que no supiéramos ni el número exacto de ellas ni la imagen que debe aparecer finalmente.

Y no debo ser el único que ve esta disciplina, actividad o sector, como parte de un territorio divinamente ignoto, sin ánimo irreverente. Así, en la reunión que celebramos hace unos días para analizar la situación del talento en el entorno logístico español, alguien, en el coloquio final, definió a la logística como un milagro diario que no sabemos vender. Vamos que tenemos boda de Caná y multiplicación de los panes y los peces, día sí y día también.

Que no sepamos venderlo, como decía el directivo que tomó la palabra en la sede de IMF donde se celebró la mencionada reunión, es una característica –dice el tópico- muy de aquí, frente a otros (los italianos sin ir más lejos) que si saben ponderar y vender sus logros. Parte de la transparencia que tiene la logística frente a la sociedad, puede venir de ahí.

Sin embargo para mí es más importante, y creo que denota una provisionalidad impropia de la gestión logística, el hecho de que se la califique de “milagro” o –como dijo otro de los intervinientes en esa misma reunión- “improvisación continua”, calificativos que se entienden, o deben hacerlo, como la capacidad –también muy nuestra- de resolver situaciones problemáticas no previstas de manera exitosa, pero que destilan un cierto halo de descontrol que, en absoluto, tiene que ver con la realidad. Y estoy seguro que ninguno de los dos intervinientes quiso decir eso, más bien ponderar las capacidades de quienes trabajan cada día en logística, pero sus palabras están ahí

Mientras que no seamos capaces no ya de ver, sino de verbalizar, la gestión logística con la exigencia, seriedad, base científica y académica, eficiencia y eficacia que la acompaña, nos será difícil explicarla sin acudir a términos mágicos o milagreros… aunque la logística, para el que no la conoce, lo parezca.

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¡De mierda hasta las rodillas!

Hace cuatro años, uno de los estudios más completos el genoma humano realizado hasta entonces, reveló que el ser humano y el cerdo tenían enormes similitudes genéticas, como algunos ya habían supuesto mucho antes. Para los europeos del sur y en nuestro caso para los hispanos (y ahí no hay diferencia alguna entre los ilerdenses y los gaditanos) no es una sorpresa ¿Cómo no vamos a tener mucho en común con la especie porcina, si nos deshacemos por un buen plato de jamón ibérico, pongamos por caso?

Otra cosa es cómo viven y disfrutan los gorrinos, enfangados, comiendo basura si se les ofrece y retozando en su propia inmundicia hasta las rodillas. Ah, entonces ya no evocamos la sobrasada o las costillas, más bien palpamos nuestras fosas nasales y las pinzamos para evitar que nos llegue tal imagen y el olor de la pestilencia. Y sin embargo es ahí donde tenemos más en común con los puercos.

Mis conocimientos de las culturas orientales en toda su extensión geográfica o de las africanas, no me permiten dictar una sentencia global, pero si puedo hacerlo en lo que llamamos Occidente, cuando menos Europa, las dos Américas y Australia. Ahí va: con escasísimas diferencias, a los naturales de estos lares nos encanta pasear por las cloacas y estar, como los cerdos, de mierda hasta las rodillas. Eso sí, siempre que la mierda sea la de otros.

Debería haber pedido disculpas de antemano en las primeras líneas de este comentario por su carácter escatológico. Lo hago ahora. Me ha podido la irritación.

Llevo mucho tiempo como periodista del ámbito profesional y aunque los mimbres difieran algo de la llamada prensa generalista, los cimientos son los mismos y los intereses del público lector también.

Es indiferente que publiquemos la mejor noticia empresarial o profesional que pueda darse, que desterremos crisis y elevemos las cuotas de mercado hasta lo excelente en nuestros titulares, que desvelemos una nueva, flamante y exitosa tecnología, que descubramos a los mejores de entre los mejores, que revelemos la panacea económica: nada despierta más atención que lo crítico, la catástrofe, el desastre económico, la quiebra, etc.

Una serie de TVE nos ha traído hasta nuestra sala de estar, con mucha ficción interpuesta, a la redacción y a los redactores del desaparecido periódico “El Caso”, el máximo exponente de la prensa de sucesos y, dicen, que la mejor escuela periodística que pudiera encontrarse cuando el periodismo se circunscribía al papel. Ese semanario desnudó de una vez y durante 45 años, precisamente, el interés del ser humano por la hediondez. Y no es un “caso” único. Ahí están los diarios sensacionalistas de media o toda Europa o los programas de televisión, también de toda Europa, llamados del corazón, que más parecen del intestino, salvo contadas excepciones.

Seguramente este post sea una suerte de brindis al Sol: si somos así –y así somos, no tengo la menor duda- no se puede hacer nada para cambiarnos. Es más, lo más cómodo debe ser dar a la audiencia lo que la audiencia pide. Para eso estamos. Y la prueba, la crisis de la naviera Hanjin que venimos siguiendo desde hace días. Un tema cada vez más peliagudo, del que volvemos a publicar nuevos datos este lunes 19 de septiembre. Cuando la crisis se enquiste o las noticias –buenas- digan simplemente que el conflicto puede solucionarse, dejará de tener interés o lo tendrá para unos pocos nada más.

Por pedir, que no quede: me gustaría que nos pareciéramos un poco menos a nuestros primos genéticos los cochinos o que al menos, metafóricamente, disfrutáramos tanto con el agua limpia alrededor de nuestras pantorrillas, como chapoteando en la mierda. Con perdón.

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¿Para qué preguntas?

Miraba por la ventana, con un whisky en la mano, y se me antojaba que esa escasa distancia que ahora nos separaba y que podía alcanzar a simple vista en días claros, era enorme. Recordaba el porqué de mi decisión y cada vez me arrepentía más de haberlo hecho.

Al principio parecía que la cosa no iría demasiado lejos: las quejas de siempre. Que si pagábamos mucho y cada vez más por casi nada a cambio, que si otros terminaban decidiendo por nosotros, que antes éramos mucho más independientes que ahora, que se nos colaba todo el que quería, muchos de ellos indigentes, y luego no había quien los echara…

Y un día decidí que ya estaba bien ¿No habíamos tratado todo lo importante siempre así? Pues esta vez, también. Les pediría su opinión y que decidiese la mayoría. Fijamos un día en el calendario y así lo hicimos. Nunca pensé que el resultado fuera este.

Nos marchamos. Nos separamos. Pusimos tierra de por medio. En realidad un espacio físico que ya antes nos distanciaba, pero que ahora parecía mucho, mucho mayor. Y eso no era lo peor. No, porque además, casi sin darnos cuenta todo se nos había complicado por esta decisión estúpida, que yo había provocado después de una  noche de insomnio y harto de quejas. El transporte, la sanidad, la educación, la seguridad… todo más complicado, más caro e incierto ¡a cambio de vivir en un chalet en lugar de hacerlo en la urbanización!

No me costó mucho averiguar quién había votado qué en esta familia tan democrática ¡maldita sea! Mi hija Leyre, quedarse; mi hijo Gael, el mayor, irnos, él que casi nunca está en casa; mi mujer, siempre ponderada y midiendo cada dificultad y coste de convivencia, quedarnos, como yo; el problema es que los abuelos añoraban el pueblo y votaron por “irnos al campo”, ya ves que campo, un chalet vallado; ah y quedaba la tía Paula, a la postre la que decantó la balanza: una tía de mi mujer, soltera, que también vive con nosotros y que con tal de llevarme la contraria…

Y aquí estamos, tan cerca como lejos de donde hemos vivido los últimos cuarenta años, pero ahora más solos. Al médico del pueblo le cuesta venir hasta aquí; el del “super” que nos trae el pedido nos cobra un extra por hacerlo; no pasa un alma por estos lares y eso, sobre todo en invIerno, nos hace vulnerables e inseguros; dependemos de nosotros mismos para todo; no tenemos vecinos y, me temo, que perderemos también a los amigos de la “urba” que no entienden lo que hemos hecho.

Mi hija está cada día más enfadada, los amigos y la diversión lejos y más cara, la universidad, también;  los abuelos están empezando a arrepentirse, y la tía Paula ahora dice que, en realidad, ella no quería cambiar nada. No sé si podríamos dar marcha atrás. De momento aquí estamos, solos y lejos. Y sólo se me ocurre una cosa que me repito cada día ¿Para qué preguntas?

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El último tatuaje del portugués de turno

Cada vez queda menos espacio para la información. Para las noticias. No sé qué será de nuestra profesión periodística dentro de unos años. Lo que hoy arrasa no es saber, es suponer. Las redes sociales, para lo bueno y para lo malo, se hacen con el mando de las operaciones informativas. Aunque informar, informan poco, casi nada. La mayor parte es “postureo”, impostura, suposición, cotilleo, tirar la piedra y esconder la mano, señalar con el dedo.

Las gradas de Sevilla, junto a la catedral eran lugar de reunión de la ciudad más importante del mundo en su época, cuando no existía la prensa, allá por los siglos XV ó XVI, aunque lo mismo hubiera dado, porque casi nadie sabía leer. Allí se conocían y comentaban los últimos chismes de la Corte, de Las Indias, de estos y aquellos, se despellejaba a unos y encumbraba a otros: total, porque alguien con gracejo lo había dicho.

Es, poco más o menos lo que hacemos hoy. Antes “lo decía la radio”, salía en “el parte” y esa era la condición de veracidad; luego quien lo decía era “la tele” y por idéntica razón era indudable, no importa si era un “telediario” u otro programa. Ahora cualquiera es difusor de una inabarcable catarata de opiniones pobremente salpicadas de hechos, a través de canales universales como Twitter o Facebook sin importar su solvencia, pero la notoriedad es la misma que la de canales anteriores: para muchos si está en Internet es toda la verdad y nada más que la verdad.

Otra circunstancia, además, ha cambiado el panorama: las llamadas redes sociales están ligadas a medios y canales tradicionales y, a veces, o mejor, con frecuencia, es imposible distinguir un tweet difamatorio (con papeles de allende los mares o sin ellos) de una información o una noticia contrastada. Si los tetes no tienen patrón, San Benito debería serlo, porque una vez señalado…

Importa lo que se dice, no cómo se dice, ni que prueba, contraste o investigación se añada; importa si es trending topic, que es lo más de lo más de la información, la noticia del momento, aunque sólo se trate de saber qué significa el último tatuaje del portugués de turno; importa el “ruido”, las alharacas, eso que en periodismo es precisamente, lo que sobra, lo superfluo. Mientras, la calidad, el mejor tejido informativo, se deshilacha y enreda condenadamente como el sedal.

Frente al “hay que estar”, no importa por qué, frente al tweet supuestamente bien informado; a la imagen de usar y tirar que se hace viral, o al vídeo de Youtube, lo importante es saber discernir entre el rumor de la noticia, entre la información y la opinión y entre la sobriedad y la descalificación burda. Para eso –modestamente o no, como ustedes quieran- estamos unos pocos periodistas que procuramos esa ayuda cada vez más necesaria para filtrar e interpretar ese exceso de ruido, algo así como un mapa para enfrentarse al universo de Internet sin perderse.

Pero cuesta. Hacerse un hueco profesional en este bosque de redes sociales y pescar un  rayo de sol con el que medrar. Ser reconocido por la seriedad del trabajo, ya sea un producto físico, un artículo periodístico o un tweet. Y ser tenido en cuenta por la trayectoria de cada día y no por la gracia a la hora de escribir un Whatsapp, o por el ser amiguísimo o amiguísima que tiene mil amiguísimos en Facebook. A veces pienso que esos a los que siguen cientos o miles y que se dejan los pulgares en la pantalla cada minuto, no son más que modernos flautistas de Hamelín, al que por cierto, seguían las ratas, pero sólo lo pienso a veces.

Y para el que lo esté pensado, sí. El post en un blog como este es también una forma de comunicarse a través de las redes sociales. Y es opinión.

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