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La cajuela del auto

La comunicación es uno de los pilares de la Humanidad y el lenguaje su herramienta. Quienes conocen y comparten las reglas, signos y significados de una determinada lengua, son capaces de emitir y recibir mensajes en la misma “longitud de onda”. Es lo que hacemos ustedes y yo en este mismo instante. Usted es ahora receptor, yo emisor.

Si nos olvidamos de esas leyes, incluso compartir el mismo idioma se puede convertir en un galimatías inútil, o en una impropia utilización de ese lenguaje común.

Como toda disciplina y desempeño de fuerte impronta tecnológica, la logística y todas las actividades que se desarrollan dentro de ella, beben de la fuente común anglosajona, y más concretamente del inglés. Términos como supply chain, management, B2B, e-commerce, sorter, pallet y un larguísimo etcétera, están ahí y son permanentemente utilizados por los profesionales. Algunos de esos términos son reconocidos por los receptores, otros no tanto. Pero parece que se ha impuesto el criterio -erróneo en mi opinión- de que su uso hace más creíble a quien siempre lo pronuncia o escribe frente al término vernáculo, y más entendido o iniciado a quien lo comprende. Se es o no, si se maneja esa suerte de “spanglish” logístico. Algo que no es ajeno a otras disciplinas.

La lengua es algo vivo y para eso trabajan entidades como las Academias de la Lengua, para añadir nuevos vocablos antes inexistentes, o para vigilar el uso adecuado de la lengua común, sea cual sea. Así, en español, la secuencia de palabras del párrafo anterior sería: cadena de suministros, gestión, de negocio a negocio (o mejor, entre empresas), comercio electrónico (o compras por la red), distribuidor y palé. En nada desmerece este uso adecuado y académico a quién así lo utilice, al menos en alguna de sus comunicaciones. En absoluto es menos profesional o está más alejado de la vanguardia de su profesión. Simplemente se hace entender y se comunica -que no es poco- en una lengua común a su entorno. Y ha sido así desde hace decenas de miles de años.

La complejidad en el aprendizaje de una lengua o idioma, incluso el propio, reside precisamente en el conocimiento de esas reglas, signos y significados y en sus infinitas combinaciones. Pero son imprescindibles. En caso contrario aparecen dialectos artificiales y  lenguajes informales o “económicos” (como el utilizado en los “sms” telefónicos). O directamente el desconcierto. Un ejemplo de ello es el palé, “plataforma de tablas para almacenar y transportar mercancías”, según recoge la RAE, que habrá visto escrito con frecuencia e indistintamente como pallet, palet o paleta.

Si la utilización de una moneda común favorece y agiliza el intercambio económico, respetando sus reglas, valores y cotizaciones, la utilización correcta de una lengua común en un entorno que la reconoce como propia, favorece la comunicación, la información y el intercambio de ideas. Insisto, con independencia de la lengua que se trate. Y, además, enriquece la cultura que la soporta. No se trata de no habar otras lenguas, sino de hacerlo correctamente en la propia, cuando existen términos para ello.

Si a este lado del Atlántico no parqueamos a dos cuadras del departamento tras cerrar la cajuela del auto, tampoco deberíamos hacer una eficaz supply chain management moviendo con sorters nuestros pallets de e-commerce en el canal B2B…Ah, ni tampoco hacerlo con toros, si acaso con carretillas.

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