Categoríalogística

El saco bendito de la “información”

No suelo defender, ni pública ni privadamente, ni en este blog ni en otras plataformas, a quienes trabajan o han trabajado para la Administración, en cualquiera de sus niveles de responsabilidad y ámbitos. Si acaso, lo contrario. Creo que algo hemos aprendido de los últimos años de la democracia: ni siquiera tirando la primera piedra se puede asegurar que nadie esté libre de pecado. Los tribunales acumulan centenares de miles de folios de sumarios de procesos y los gestores de la cosa pública se sientan por docenas en los banquillos. De lo que deberíamos avergonzarnos.

Sin embargo, uno de los pilares que definen una democracia y un Estado de derecho, es la presunción de inocencia, muy diferente a la patente de impunidad. Si a esto unimos la querencia impropia –pero evidente- hacia uno u otro lado del espectro político, de los grandes medios de comunicación, el cóctel es explosivo. El “señalado” pasará a ser, de facto, acusado, y de ser inocente, le resultará casi imposible quitarse ese sambenito –o saco bendito-  de los condenados.

Me atrevo a suponer que esto es lo que ha podido ocurrir con Carlos López Jimeno, el ex director general de Industria de la Comunidad de Madrid, que dimitió el pasado viernes tras las acusaciones y lo que él mismo definía como “juicio público” al que se le ha sometido desde los medios generalistas. El detonante, haber aparecido citado en un informe de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil redactado a propósito de la investigación de la denominada trama Púnica.

López Jimeno habla de falsedades e informaciones sesgadas a este respecto y de informes policiales plagados de inexactitudes, en unas breves declaraciones y en un comunicado a modo de despedida. Pero ya se sabe, aquí ya nada es presunto: todo lo que aparece negro sobre blanco, ya sea impreso o en Internet, es “pata negra” y “palabrita del niño Jesús” para la mayoría.

Carlos López Jimeno ha estado en su cargo de director general de Industria de la CAM 16 años, con cuatro presidentes y seis consejeros. Esta trayectoria no se antoja casual y por sí sola ya debería decir mucho en favor de un hombre profesional, serio y comprometido con su tarea: y ahí están los Planes Renove, entre ellos el reciente de carretillas elevadoras, como ejemplo.

Y no es de ahora. Por motivos profesionales conozco al ya ex director general desde antes de su desempeño en la CAM, cuando desarrollaba su labor en la Escuela de Minas de Madrid (donde ahora vuelve) y yo velaba mis primeras armas periodísticas, allá por el inicio de la década de los 90 del siglo pasado. Tampoco entonces le encontré tacha alguna y por lo que he podido escuchar desde el pasado viernes, no soy el único.

¿Y si, al menos pública y periodísticamente, esperamos a que se demuestran los hechos para condenar a los señalados, como debe hacer todo buen informador? ¿O es que hemos pasado de ser infor-madores a difa-madores? Digo yo

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Paradoja logística informativa

Una noticia emitida la pasada semana, daba cuenta de la reunión mantenida en un importante ayuntamiento andaluz con representantes de un operador logístico, que busca suelo para instalar una plataforma. La información recoge de qué ayuntamiento se trata, quiénes estaban presentes por parte de la corporación en esa reunión, cuál es el objetivo de la plataforma y a qué tipo de negocio daría servicio: todo, menos el nombre del operador logístico.

Es posible que, en este caso, el prestatario de los servicios logísticos prefiera mantener el anonimato inicialmente, aunque si eso fuera así no entiendo que se haga pública la reunión con el resto de detalles. Lo que llama realmente a la atención es lo frecuente de este tipo de noticias, u otras referidas al ámbito logístico, en las que el o los protagonistas (empresa o  marca) parecen importar poco o no ser nada relevantes en lo que al conocimiento del público en general, aportan, algo que no ocurre prácticamente en ningún otro.

Si los medios generalistas recogen una noticia sectorial o empresarial ya sea de moda, automoción, alimentación, bebidas, distribución comercial, informática, comunicaciones, editorial, inmobiliaria, juguetes, etcétera, no obvian las marcas, fabricantes o comercializadores. En logística una vez sí y otra también, y aquí incluyo a los proveedores de equipamiento y a los prestatarios de servicios.

Las respuestas a esta paradoja se me antojan que no pueden ser más que tres: o bien, la logística es aún más transparente socialmente de lo que venimos denunciando, lo cual es un problema; o bien mis colegas de la prensa diaria tienen un escasísimo conocimiento de este sector, que se refleja en la redacción de ese tipo de noticias, lo que es una debilidad; o bien los editores de los grandes medios obvian marcas y empresas al no tratarse de sus anunciantes. Mala praxis en cualquiera de los casos.

Hagan la prueba. Como profesionales de este sector no les costará mucho, ya que les llamarán especialmente a la atención las noticias que nos competen y que son publicadas por medios generalistas (prensa, radio, TV o Internet). Vean y comprueben en cuantas se dice el qué, pero no el quién, sin explicar el por qué de ese “olvido”.

Modestamente, o no tanto, menos mal que nosotros estamos aquí.

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Los panes, los peces y el puzle

Siempre he creído que la logística tiene algo de milagroso. Quizás por ello produce en muchos –en mí lo hace- esa cierta fascinación de lo increíble, de lo difícil de explicar. Buscando un simil, he pensado con frecuencia que gestionar adecuadamente y cada día la cadena de suministros, con todas sus tensiones y sus escenarios cambiantes, era como intentar resolver en tiempo récord uno de esos puzles de miles de piezas, pero en el que no supiéramos ni el número exacto de ellas ni la imagen que debe aparecer finalmente.

Y no debo ser el único que ve esta disciplina, actividad o sector, como parte de un territorio divinamente ignoto, sin ánimo irreverente. Así, en la reunión que celebramos hace unos días para analizar la situación del talento en el entorno logístico español, alguien, en el coloquio final, definió a la logística como un milagro diario que no sabemos vender. Vamos que tenemos boda de Caná y multiplicación de los panes y los peces, día sí y día también.

Que no sepamos venderlo, como decía el directivo que tomó la palabra en la sede de IMF donde se celebró la mencionada reunión, es una característica –dice el tópico- muy de aquí, frente a otros (los italianos sin ir más lejos) que si saben ponderar y vender sus logros. Parte de la transparencia que tiene la logística frente a la sociedad, puede venir de ahí.

Sin embargo para mí es más importante, y creo que denota una provisionalidad impropia de la gestión logística, el hecho de que se la califique de “milagro” o –como dijo otro de los intervinientes en esa misma reunión- “improvisación continua”, calificativos que se entienden, o deben hacerlo, como la capacidad –también muy nuestra- de resolver situaciones problemáticas no previstas de manera exitosa, pero que destilan un cierto halo de descontrol que, en absoluto, tiene que ver con la realidad. Y estoy seguro que ninguno de los dos intervinientes quiso decir eso, más bien ponderar las capacidades de quienes trabajan cada día en logística, pero sus palabras están ahí

Mientras que no seamos capaces no ya de ver, sino de verbalizar, la gestión logística con la exigencia, seriedad, base científica y académica, eficiencia y eficacia que la acompaña, nos será difícil explicarla sin acudir a términos mágicos o milagreros… aunque la logística, para el que no la conoce, lo parezca.

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Jo, Papá… pero yo lo que quiero es ser logístico

Carlitos era un buen chico. Nunca se había metido en líos más allá de alguna travesura infantil, como corresponde. Era educado y, por eso, daba los buenos días o las buenas tardes –según- a los vecinos de su casa, que estaba en un barrio bien. Siempre había sido un buen estudiante y, por eso, casi nunca bajaba del notable en las notas. Ahora con el acné ya en retirada, tocaba decidir el próximo paso en sus estudios: “por supuesto estudiarás carrera”, le había dicho su padre, hacía ya muchos años. Don Carlos, como le llamaba casi todo el mundo a su progenitor, era traumatólogo, como antes lo había sido el abuelo y el padre del abuelo.

Pero ¡ay!, Carlitos –quien a pesar de sus veinte añazos no conseguía que su madre le aperara el diminutivo- estaba a punto y decidido a manchar con un borrón su inmaculada trayectoria de hijo y buen estudiante: quería ser logístico.

Su padre se lo tomó a broma en un principio y su madre le dijo “hijo, quítate eso de la cabeza” temiendo que hablara en serio. Y ya lo creo que iba en serio. Hacía tiempo que lo tenía claro. Unos ocho años antes había visitado con el cole la fábrica y el almacén de una industria de bebidas gaseosas. Y había sido el almacén y todo lo que significaba ese lugar y su funcionamiento para aquel negocio y para que llegaran las bebidas a las tiendas, lo que le había fascinado. No mucho después, lo tenía claro: quería desempeñar esa profesión, que había descubierto, no sin mucho esfuerzo, que se llamaba logística.

Su padre, furibundo, no entendía nada. Primero creyó que quería entrar en el ejército, pues a eso le sonaba la logística, sobre todo. Después, cuando Carlitos empezó a contarle lo poco que sabía, imaginó a su hijo enfundado en una mugrienta bata de trabajo moviendo cajas en un oscuro almacén “¡o peor! conduciendo un camión”, le espetó. E insistió en su discurso: “Dime ¿Conoces a alguien que se dedique a eso?” o “¿Dónde has visto tú que haya una carrera de logística, eh? Esas tareas las harán los que no sabe hacer otras cosas, vamos, digo yo. Pero tú, con tu expediente…”. Finalmente, cuando no tuvo ya más argumentos, y ante la triste mirada de la madre de Carlitos, su padre le dijo: “¿Es que te hemos hecho algo para que nos des este disgusto?”.

De nada valieron los argumentos ni el chantaje sicológico al que le sometieron; ni la comparación con su hermana, mayor que él, que estudiaba Derecho: “eso si es una carrera”, dijo don Carlos, ya sabiendo la batalla perdida. Incluso estuvo a punto de amenazarle con no sufragarle los estudios superiores, pero al final, no pudo.

Carlos –nunca más Carlitos- descubrió que sí, que había una Universidad donde podía cursar estudios superiores de logística; se matriculó, además, en varios cursos específicos y estudió nada menos que un Master, y antes de concluir la carrera ya tenía trabajo de becario en prácticas en un gran operador logístico y de ahí…

Su padre terminó reconociendo la valía de su profesión aunque aún le costaba mucho explicarles a familiares y amigos a qué se dedicaba Carlos quien, algunas veces, pensaba que si su elección profesional fue un verdadero terremoto familiar cual hubiera sido la reacción de don Carlos si le hubiera planteado su otra alternativa profesional: actor.

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No entiendo a este país

Cada vez entiendo menos a este país. Al mío. Y no me refiero a la situación política. Esa merecería un colegio profesional de criptógrafos para discernir qué demonios pretenden los elegidos en las urnas para representarnos. Volvamos entonces a lo nuestro.

Llevo años, seguramente todos los de mi profesión periodística – y todos ellos emparentados con la logística- escuchando cantos de sirena a favor del transporte de mercancías por carretera. Poco ha cambiado la realidad en este contexto. Lo que sí lo ha hecho es la actitud hacia la necesidad de que aumente en porcentaje –y notablemente- la participación de este modo en el conjunto del movimiento de mercancías, tanto a escala nacional como Comunitaria. La razón, poderosa e indudable, es el menor impacto ambiental de este modo de transporte frente a otros (el resto, realmente), unida a ciertos avances tecnológicos y operativos que hacen ahora al ferrocarril un poco más flexible.

Pues bien, la vuelta de las vacaciones yo al menos me he quedado sorprendido por una declaración oficial de ASTIC (el colectivo español del transporte por carretera) que publicamos el pasado viernes en la que carga contra la política de inversiones nacional y europea que dedica grandes partidas el ferrocarril y menos a la carretera, modo que ASTIC pondera sobre los demás por sus crecimiento, aunque no señala sin embargo si el transporte de carreteras medra ante la falta de alternativas en otros modos.

Los colectivos tradicionales del transporte, léase terrestre, han variado su posición tradicional de enfrentamiento con otros modos a la colaboración. O eso parecía. Incluso CETM, la patronal nacional, creó en su seno hace no demasiado CETM Multimodal. Eso sí, aun aceptando la bondad de otros modos, propugnaban el liderazgo de la carretera. Pero ya era algo.

ASTIC acierta en reflejar la ingentes cantidades de dinero que van a parar al ferrocarril de pasajeros, frente al resto de inversiones en transporte. Pero no lo hace –en mi opinión- al volver a poner frente a frente y como dos opuestos excluyentes, al transporte por carretera y por ferrocarril. La vieja postura de conmigo o contra mí. Más de lo mismo… de siempre.

Que no, que no entiendo a este país. En esto, tampoco.

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Pesadilla logística

Imagine por un momento que prepara sus vacaciones y a la hora de renovar su fondo de armario, por aquello de los “michelines” o de la dieta de la alcachofa, en su comercio textil habitual y en el otro y en el otro, no hay mercancía. Que sí, que la habrá, pero quién sabe cuándo ni cuánta, le dicen.

Imagine que, aún así, lleva al coche al taller para una puesta a punto antes de iniciar viaje y su mecánico le comenta que no hay stock de la pieza que es necesario sustituir, que el fabricante la envío, pero que es imposible saber dónde se encuentra ni cuándo llegará.

Imagine que, de todas formas, asume el riesgo de ponerse en marcha, pongamos que camino de alguna playa y que, una vez en carretera, se detiene en una estación de servicio a repostar. Allí descubre una inmensa fila de automóviles cuyos conductores esperan, no se sabe cuánto, a que llegue el suministro de no se sabe qué carburante, que no ha estado a tiempo en el momento más necesario de la masiva salida vacacional.

Horas después, imagine, que llega al ansiado apartamento playero y tras tanta frustración, decide darse un homenaje con su familia en aquel restaurante tan agradable al borde del mar. Se sientan a la mesa y apenas lo han hecho el amable camarero les informa de que hay una importante falta de existencias y por lo tanto de platos de la carta, porque no llegaron los suministros y los que lo hicieron no pudieron bajarse de la camión o la furgoneta porque nadie previó disponer de una carretilla elevadora o una transpaleta ¡Ah! y que lo que sí tienen no lo pueden cocinar, porque son mercancías de otro negocio distribuidas aquí por error.

Imagine que, por fin, consigue algo que llevarse a la boca y algo menos hambriento pero igualmente perplejo, camina de vuelta al apartamento y lo que ve a su alrededor es un caos de protestas, automóviles parados por falta de combustible, terrazas y heladerías vacías, y colas enormes ante los pocos negocios que sí tienen suministro en el momento preciso y lugar oportuno…

E imagine que, rendido, cae en la cama y concilia a duras penas un sueño inquieto, repleto de pesadillas.

Al despertar descubre, sin embargo, que sigue en su lugar de residencia habitual y que, al parecer, todo ha sido un mal sueño. Baja risueño a la calle y compra el periódico que estaba, puntualmente, en su quiosco de siempre. Se toma un café en el bar de Manolo, donde no falta de nada. Entra en el comercio textil y se compra no uno, sino dos bañadores, que ha elegido entre docenas de modelos y le entran ganas de coger su coche y llenar el depósito en la gasolinera más próxima, aunque decide dejarlo para más tarde porque se detiene e imagina lo que su sueño le había imaginado, un mundo sin logística, y se dice a sí mismo incrédulo: “imposible”.

¿Lo imagina? Pues eso.

Feliz Verano. Volvemos en septiembre.

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El selfie con Soraya

Las dos últimas semanas me las he pasado de feriante. La moqueta ha sido el suelo que he pisado, casi exclusivamente, durante ese tiempo. Un identificador ha colgado de mi cuello día sí y día también. Un hotel ha sido mi casa y la conversación más habitual que he tenido ha  versado sobre contactos y novedades. Para unos estos quince días han ido bien; para otros, no tanto. Ya se sabe que cada uno ve las ferias según les va en ellas. Yo, desde luego, lo que tengo muy claro, es que quienes dicen que las ferias no son como las de antes, yerran tanto como aciertan ¿Por qué?

Primero, porque son, es decir, porque siguen existiendo. Desde que asistí a mi primera feria profesional de logística –hace mucho tiempo- siempre he oído pronósticos de desaparición. Y no les digo desde que existe Internet. Para muchos era la puntilla que acabaría con ellas. Pero no solo no ha ocurrido: se han multiplicado en el tiempo, en la frecuencia y en el espacio. El mundo se hace pequeño y las ferias cada vez son más y están más cerca unas de otras, en fechas y lugares, como corros de setas en el otoño.

Segundo, porque aunque se hable en las ferias de novedades, cada vez son menos. Me refiero, a las de verdad. Primicias que te dejen con la boca abierta. Auténticas revoluciones en la maquinaria, en los sistemas, en la electrónica o la informática. Ya no se espera a una feria para el lanzamiento de una novedad que, a la velocidad del progreso, casi aparece cada día.

Y tercero, porque pese a todos esos hándicaps y profetas aún se sigue pensando –y mucho- en nuevas ferias. Y sigo hablando exclusivamente de ferias de logística y manutención. Se piensa en cómo hacerlas; cuándo y dónde; solas o en conjunto con otras complementarias; en recintos feriales o de manera exclusiva por parte de las marcas que tienen esa capacidad; en nuevos sub-sectores o para competir con otras ya existentes; donde se han hecho siempre o en lugares lejanos; con stands uniformes o de diseño libre; con actividades paralelas –muchas o pocas- o sin ellas.

Dos semanas de feria son muchos días. Muchos kilómetros de pasillos recorridos; muchas cuadrículas tachadas en un plano; muchos bocadillos infames entre pecho y espalda. Pero son, sobre todo, muchas conversaciones en apariencia informales, sonrisas, confidencias, apretones de manos, gentes sacadas de contexto -a veces a la fuerza- y lugares de naturaleza inhóspita colonizados temporalmente, vestidos para la mejor gala con unos decorados de cartón piedra y un suelo enmoquetado que es una maldición.

Que quieren que les diga, aunque para algunos las ferias ya no sean como las de antes, en eso del apretón de manos y la conversación, en el contacto personal con personas que apenas sí conocemos, seguimos siendo muy de antes, casi medievales. Vamos a las ferias porque vamos o por si acaso, seguimos escupiéndonos en la mano antes de dárnosla, seguimos midiendo las ferias por el ruido de la bolsa en la faltriquera, y seguimos hablando de tapadillo del próximo condenado a patíbulo en la Plaza del Castillo. Más o menos.

Como mucho habrán variado las formas, que no el fondo.  Si no, ya me dirán ustedes por qué todavía podemos encontrar en estos lugares, siempre improvisados, vendedoras de humo, charlatanas fascinantes rodeadas de su fiel público asombrado, acercándose a un pregonero para hurtarle hábilmente la atención de su público. O a una vicepresidenta en funciones hacerse un selfie por sorpresa con un  monologista, contratado por una empresa para celebrar su aniversario en SIL, que para el caso, es lo mismo. Medieval, totalmente medieval.

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Los urinarios de la Plaza del Duomo de Milán

Si no ha quedado ahíto de Final de Champions League, si aún le quedan fuerzas para más, si no se ha sentido superado por la catarata de informaciones (nos han contado hasta la cantidad de urinarios que se instalaron en la Piazza del Duomo en Milán para los aficionados merengues y colchoneros), ahí va este post.

¿Alguien se ha preguntado qué logística hay detrás de una manifestación deportiva como esta? Si alguien lo ha hecho, seguramente no estaba entre los socios y aficionados madridistas o atléticos, que estos días se han imbuido del particular credo y liturgia de una final europea. Pero lo cierto es que en un evento como este, es mucho más lo que no se ve que lo que sí se aprecia, a pesar de los ríos de tinta y horas de imágenes que se han acumulado en las dos últimas semanas.

En primer lugar, la organización externa para la llegada, apretadamente escalonada, de los aficionados de uno y otro club y, para ellos, las “fan zone” en la capital milanesa, convenientemente separadas (en este caso 5 km), los flujos de tráfico, los servicios públicos, etc.

Después, la organización interna del estadio. En primer lugar, hace meses, el reparto “geográfico” paritario de las entradas de ambas aficiones por las gradas de San Siro. Y ya en los minutos previos al choque el flujo –sobre todo de entrada- de esos aficionados por ubicaciones y puertas separadas para favorecer la seguridad, las entradas y zonas VIP para los propios contendientes (R. Madrid y Atlético de Madrid), no solo los jugadores, para sus familias, para los invitados, las autoridades, etc. Las ubicaciones de los medios de comunicación, desde la posición de los comentaristas, los sets de directos, los photo-calls… Y los medios, personal e infraestructura para la ceremonia previa y para la celebración posterior (lonas, equipos musicales, medallas, lanzadores de confeti, etc.). Al final deberían ubicarse a unos 70.000 asistentes. Y nada de esto vale un pimiento si no está en el momento preciso y en el sitio justo. Es ahí y en ese momento, o no es.

Pero aún quedan otras logísticas, directa e inversa, a 1.600 km de Milán. La de la celebración de unos y la no-celebración de otros. Quienes vieran la retransmisión televisiva observarían que apenas concluido el choque, muy pocos minutos después, las imágenes nos mostraban una madrileña Plaza de Cibeles acordonada, una fuente perfectamente engalanadas con los colores y escudo del campeón, una “escalinata” para “coronar” a la diosa  y adyacente un enorme escenario montado frente al ayuntamiento capitalino. Nada de esto sucedió ni fue montado a velocidad sideral en los escasos minutos entre el pitido final y la conexión con la plaza, por supuesto. Todo estaba previsto, incluso los carteles con la palabra “Campeones” convenientemente tapados para evitar suspicacias y no favorecer la superstición.

Y mientras esta celebración calentaba motores y la plaza de la diosa del carro de los leones y sus aledaños se llenaban de aficionados, luz y color, a pocos metros de allí, en la Plaza de Neptuno, sucedía otro “espectáculo” igualmente exigente al que nadie prestaba atención informativa, el de la logística inversa y el desmontaje de un escenario que quedaría intacto. Por esta vez, el dios del tridente pasaría la noche sin más compañía que la de los operarios.

Es más, todo esto, toda esta logística, la milanesa y la matritense, sin contar la seguridad ni la prevención sanitaria, que tiene su propia, compleja y estricta logística, tanto de personal como de medios técnicos y equipamiento para transporte, urgencias y un largo etcétera.

Enhorabuena a los organizadores, a los responsables de la logística de la Final de la Champios League 2016, allí y aquí… ¡ah! y también a los campeones.

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Es que no se enteran

Bruselas ha reprendido sin paliativos a España por su falta de Gobierno y, por ende, de estabilidad. Ya saben las instituciones comunitarias de qué va eso (Bélgica, Grecia,…) y que supone en el corto y medio plazo para la economía nacional y, de paso, para comunitaria. Y aquí nadie se salva.

Los magníficos resultados económicos macro y micro de 2015, los primeros realmente optimistas desde 2018 ¡aleluya! pueden tornarse en preocupantes si la política sigue dando avisos de inestabilidad a su “hermana” la economía ¿exagerado?

Hace muy pocos días el director comercial de una gran empresa proveedora del sector logístico me relataba los buenos resultados de su empresa y del sector en el comienzo de 2016 al hilo de lo acontecido en 2015, pero también me confesaba que sin tener un efecto aún directo e inmediato, si que se percibía ralentización en determinadas decisiones y que los clientes argumentaban para esa dilación la incertidumbre política y gubernamental.

En el mismo sentido publicábamos la semana pasada en nuestra web las declaraciones de uno de los dirigentes del sector del transporte por carretera que hablaba –este sin paliativos- de descenso de actividad en un sector que es reflejo de la actividad del resto.

Y también el mercado de inversión en infraestructuras y naves logísticas refleja una caída nada despreciable del 25 por 100 respecto a 2015, según una de las inmobiliarias especializadas en este segmento.

Todas estas razones y la suma de las que reflejen otros sectores, deberían ser suficientes para que los aspirantes a gobernantes o los que ya lo son, se enteraran y tomarán decidida nota para acabar con este pernicioso intermedio ¿lo hacen? Lo más preocupante es que la opinión general es que no: vamos, que no se enteran de cuál es su papel en todo esto. Pues que pregunten a la logística y el transporte. Con eso bastaría.

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Cuando todos tienen mega-razones

El corazón tiene razones que la razón ignora. No es que me haya puesto romántico por aquello de la primavera, ya me entienden. Pero esta frase me viene al pelo para hablar de uno de los temas más recurrentes de los últimos meses en el ámbito logístico: la configuración euromodular de los vehículos de transporte. Vamos, para los más despistados, los megacamiones. Y es que se me antoja que en este tema que está levantado tantas ampollas, el megacamión tiene razones que la carretera no entiende. De ahí la “usurpación” de la frase.

Suponiendo las buenas intenciones de todos los implicados -no hay porqué pensar otra cosa- las argumentaciones expresadas hasta la fecha recogen una serie de razones ante las que es difícil disentir.

Vaya por delante que, por un lado, no se le puede poner limitaciones al progreso y que, por otro y por definición, la logística tiene como objetivo procurar que las mercancías lleguen a destino oportunamente y al menor coste posible., por lo que un solo vehículo más capaz, a priori, cumple con esa premisa.

Los cargadores lo tienen claro: SÍ a los megacamiones. Menos vehículos, menos operaciones de carga, menos flujos y, en teoría, ahorro en la parte final de su cadena de suministros.

Los operadores logísticos , también. SÍ a los megacamiones. Menos vehículos y más carga en trayectos regulares reduce tiempos y costes: carburantes, mantenimiento y conductores. Y además, en teoría, pueden ser más competitivos.

Para la administración, su legalización sigue una tendencia europea aunque, dada la concepción de estos mega-transportes, sus dimensiones y pesos y la imposibilidad actual de traspasar con ellos las fronteras, su uso queda, por ahora, muy limitado. Ah, y se esgrime también que se sacan vehículos de la congestionada carretera.

Y para el sector del transporte, un NO rotundo por inoportunidad –esas limitaciones de las que hablábamos- por su imposibilidad de uso internacional (que a priori parece el más lógico), porque es necesario un mejor y más profundo estudio de seguridad vial y trazados  (el que se ha hecho parece algo improvisado y superficial), porque no se ha tenido en cuenta al sector representado por organizaciones como CETM o el colectivo de la carretera (CNTC), porque sólo favorece a los grandes operadores de transporte (que pueden invertir en nuevos vehículos de esta morfología) y porque se ha hecho con un Gobierno en funciones, o sea con “nocturnidad”.

¿Hay alguna de estas razones que inicialmente no parezca lógica y hasta razonable? ¿Hay alguno de estos estamentos o sectores implicados que no piense un buen fin superior? ¿Hay algo de insensato, malintencionado o tendencioso en estos argumentos?

Se me antoja que NO. Pero lo que SÍ me parece es que hay un efecto contagio de otro panorama que llevamos meses viviendo: la escasa capacidad para sentarse a tratar este o aquel asunto y llegar a un consenso, con paciencia y voluntad, vo-lun-tad, buscando un bien común sin limitaciones previas. El yo no, las líneas rojas y el y tú más se han demostrado inútiles.

Los megacamiones, megatrailers o vehículos con configuración euromodular –como se prefiera- ya están aquí y, de hecho, circulando. Mejor con consenso que sin él, sobre todo cuando todos tienen razones en las que el corazón o el exceso de pasión corporativa no debería entrar.

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