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Líderes en incomparecencia

Uno de los signos que demuestran que un sector empresarial, profesional, tiene personalidad propia y razón de ser, es la aparición de un sentimiento de cohesión y colaboración que se produce en el seno de las compañías que lo forman. Entonces unos y otros se unen en torno a un colectivo con objetivos y funciones que, casi siempre, miran hacia fuera, aunque las fórmulas son muchas y esto último no es condición imprescindible.

Estas uniones son consustanciales a los profesionales que desarrollan una labor semejante y ya en la Edad Media eran reconocibles. Entonces  -y aún ahora- se les conocía como gremios, vocablo cuya raíz latina indica reunión de cosas o elementos muy cercanos.

En el sector logístico –incluyendo, como no, el transporte- podemos hablar casi de una situación de privilegio. Empezando por el transporte que –me dicen- cuenta con más de 300 asociaciones y grupos gremiales (sectoriales, locales, regionales, nacionales, supranacionales), pero también entre los fabricantes y distribuidores de equipamiento, de prestación de servicios logísticos, de investigación, hasta llegar a las más generales (y longevas) que agrupan buena parte de las actividades anteriores. Unos y otras no desmerecen al resto. Suman, que es lo importante, si bien en ocasiones parezca que compitan.

Pero sean grandes o pequeñas, generales o específicas, singulares o no, todas las que prestan un servicio a sus asociados y estos las reconocen como útiles, eficaces, defensoras del interés común y cohesionadoras, tienen un rasgo común: un equipo de gestión comprometido y un líder o lideresa que ejerce como tal. No se trata de un ejercicio de mera representatividad, de figurar en la primera línea del organigrama o de estampar su nombre en la correspondiente tarjera de visita. No. De él o ella depende, puede que mucho más que en su propia empresa, llegar a buen puerto en cada una de las singladuras de la travesía en las que va a ejercer como “capitán”. O el líder, o el caos. Ni más ni menos.

Pues bien, a pesar de los numerosos y ejercientes grupos profesionales y asociaciones que desarrollan una magnífica labor en el sector de la logística en su conjunto, existen algunas que han olvidado este principio, cuyos líderes no están casi nunca ni tampoco se les espera. Aunque aceptaron una responsabilidad, no la practican y la han delegado (conculcando el principio que lo impide), arrogándose, eso sí, el resto de prebendas del nombramiento que casi siempre le sirve para otros fines.

Además de minusvalorar, cuando no demostrar desconsideración o desprecio por el colectivo y cada una de sus individualidades, quienes “ejercen” de esta manera suelen hacerlo por dos razones igualmente impropias: fines políticos o intereses particulares relativos a su empresa o negocio. Medrar es su interés. Auparse más alto y más lejos utilizando el trampolín de la asociación. No descubro nada. Es una vieja canción. Pero no por conocida y repetida es menos indeseable. Ah y lo que llega a continuación también es “de libro”: los presidentes y presidentas que así actúan, destrozan o anulan en poco tiempo lo logrado por el colectivo en mucho más y con más esfuerzo.

Como las monedas, la lealtad gremial tiene dos caras. Y una de ellas consiste en echarse a un lado si nada hay que ofrecer al grupo. Si no se dispone de tiempo o el esfuerzo resulta imposible de sobrellevar o es simplemente tedioso, mejor hacerse a un lado.

Que yo sepa, nadie llega con grilletes al cargo de presidente de una asociación. Y nadie debería salir avergonzado por incomparecencia. Ningún sector lo merece. Este tampoco.

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