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No diga Brexit, diga Sortie

Tan encelados estábamos en preguntarnos qué demonios buscaban los británicos con su referéndum UE sí / UE no, cuyas consecuencias –sobre todo internas- nadie había sopesado, que no nos hemos dado cuenta del gol que nos han metido los franceses en plena Eurocopa: a toda Europa. En fuera de juego, sin árbitro y con el portero maniatado.

Casi resulta un chiste lo del Brexit y el levantamiento de barreras aduaneras y burocráticas entre Reino Unido y el resto de Europa, si lo comparamos con la Ley Macron, en vigor en el país galo desde el pasado viernes 1 de julio. Bajo la justificación de defensa del salario mínimo para los trabajadores del transporte por carretera –oh la,la- nuestro vecinos, por los que pasa toda mercancía que va del norte a la Península Ibérica y/o África y viceversa, o de este a oeste y viceversa, se han sacado del dobladillo de la tricolor una ley de imposible cumplimiento. Llena de trampas y burocracia hasta lo exasperante, condena sin paliativos la libre circulación del transporte de mercancías por carretera por Francia para todo el que no sea francés y, con ello, conculca una de las mayores conquistas comunitarias, la también libre circulación de  personas, capitales y bienes hacia y a través de uno de los países miembros y fundadores de la UE, Francia, precisamente el que más se ha rasgado las vestiduras y más duro ha sido tras el Brexit británico.

Nosotros junto con nuestros otros vecinos, los portugueses, somos los que más tenemos que perder, ya sea a la hora de transportar por carretera hacia Francia u otros países, o a la hora de recibir mercancías por el mismo modo de transporte. Las protestas en el seno de la UE y de otros estados miembros han sido más bien tibias, especialmente de Alemania, seguramente por la estrecha relación actual franco alemana, representada  por Merkel y Hollande, que lideran de facto la UE.

En cuanto al Gobierno de España, en funciones, aunque esto ya va siendo una costumbre que no justifica la dilación ni la dejadez, no ha hecho nada de nada, seguramente porque estaba ocupado en meter mano a la caja de las pensiones: para hacer esto valgo yo también, mire usted. Y cualquiera.

Volviendo a Francia, cabría preguntarse si tras su entrada en vigor, las autoridades francesas están aplicando la Ley Macron a rajatabla, es decir, si también vigilan la enorme caravana ciclista del Tour de Francia y al transporte de material entre sedes y estadios de la Eurocopa de Fútbol ¿O ahí no porque quedaría feo?

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¿Para qué preguntas?

Miraba por la ventana, con un whisky en la mano, y se me antojaba que esa escasa distancia que ahora nos separaba y que podía alcanzar a simple vista en días claros, era enorme. Recordaba el porqué de mi decisión y cada vez me arrepentía más de haberlo hecho.

Al principio parecía que la cosa no iría demasiado lejos: las quejas de siempre. Que si pagábamos mucho y cada vez más por casi nada a cambio, que si otros terminaban decidiendo por nosotros, que antes éramos mucho más independientes que ahora, que se nos colaba todo el que quería, muchos de ellos indigentes, y luego no había quien los echara…

Y un día decidí que ya estaba bien ¿No habíamos tratado todo lo importante siempre así? Pues esta vez, también. Les pediría su opinión y que decidiese la mayoría. Fijamos un día en el calendario y así lo hicimos. Nunca pensé que el resultado fuera este.

Nos marchamos. Nos separamos. Pusimos tierra de por medio. En realidad un espacio físico que ya antes nos distanciaba, pero que ahora parecía mucho, mucho mayor. Y eso no era lo peor. No, porque además, casi sin darnos cuenta todo se nos había complicado por esta decisión estúpida, que yo había provocado después de una  noche de insomnio y harto de quejas. El transporte, la sanidad, la educación, la seguridad… todo más complicado, más caro e incierto ¡a cambio de vivir en un chalet en lugar de hacerlo en la urbanización!

No me costó mucho averiguar quién había votado qué en esta familia tan democrática ¡maldita sea! Mi hija Leyre, quedarse; mi hijo Gael, el mayor, irnos, él que casi nunca está en casa; mi mujer, siempre ponderada y midiendo cada dificultad y coste de convivencia, quedarnos, como yo; el problema es que los abuelos añoraban el pueblo y votaron por “irnos al campo”, ya ves que campo, un chalet vallado; ah y quedaba la tía Paula, a la postre la que decantó la balanza: una tía de mi mujer, soltera, que también vive con nosotros y que con tal de llevarme la contraria…

Y aquí estamos, tan cerca como lejos de donde hemos vivido los últimos cuarenta años, pero ahora más solos. Al médico del pueblo le cuesta venir hasta aquí; el del “super” que nos trae el pedido nos cobra un extra por hacerlo; no pasa un alma por estos lares y eso, sobre todo en invIerno, nos hace vulnerables e inseguros; dependemos de nosotros mismos para todo; no tenemos vecinos y, me temo, que perderemos también a los amigos de la “urba” que no entienden lo que hemos hecho.

Mi hija está cada día más enfadada, los amigos y la diversión lejos y más cara, la universidad, también;  los abuelos están empezando a arrepentirse, y la tía Paula ahora dice que, en realidad, ella no quería cambiar nada. No sé si podríamos dar marcha atrás. De momento aquí estamos, solos y lejos. Y sólo se me ocurre una cosa que me repito cada día ¿Para qué preguntas?

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Por la libertad

En varias ocasiones he manifestado desde este blog cuál es nuestro/mí objetivo. Como medio de comunicación especializado en un sector, la logística, pretendo volcar en la red y hacer llegar a nuestros lectores del boletín diario -en este caso una vez a la semana- comentarios, opiniones, llamadas de atención, etc. con toda la flexibilidad y libertad que ofrece este formato puro de Internet. Pero siempre referido a la logística. Cualquier comentario de otro orden, político, deportivo, de sociedad… sólo tiene cabida como intermezzo para llegar a un tema o comentario referido a nuestro sector.

Pues bien, espero tener su permiso porque me voy a saltar todas esas reglas que nos hemos fijado. Soy periodista, soy comunicador y soy un ser humano que, por fortuna, tiene memoria. Y esa memoria me ha revuelto el estómago al sufrir el noche del viernes 13 y la madrugada del sábado 14 un puñetazo de déjà vu, al ver la barbarie sin sentido que estaba sucediendo en París y que, obviamente, me trajo al Madrid del 11 de marzo de 2004.

La memoria desde luego no es lo más importante. Por haber sufrido una masacre en carne propia, la de los españoles, la de los madrileños, la de quienes ese día estábamos allí (jamás olvidaré esa jornada y las que vinieron después), no tenemos ninguna ventaja. Si acaso, mayor dolor y puede que algo más de comprensión hacia los parisinos o transeúntes de esa magnífica ciudad; y mayor incomprensión, si cabe, hacia quienes realizan esos actos abyectos en nombre de, realmente, nadie sabe qué.

El mundo se ha vuelto loco y algunos han perdido totalmente la razón, sea esa lo poderosa que se quiera y sustentada por la creencia que se quiera. Cualquiera de las masacres que hemos sufrido en la última década (Torres Gemelas, Madrid 11-M, Londres, Charlie Hebdó,… ) es igualmente incomprensible para la razón, esa que nos debería distinguir de los animales, aunque éstos se muestran con frecuencia mucho más “humanos” que nuestra propia especie.

No hay mayor tesoro que la libertad, eso que se llamó albedrío; ni peor condena que estar secuestrado, física o psicológicamente, por falta de ella. Quienes cometen estos crímenes contra la Humanidad y sus congéneres, son rehenes de un objetivo que no les permite más libertad que el asesinato y el suicidio; quienes sufrimos esos ataques indiscriminados somos, inevitablemente, rehenes del miedo.

¡Basta ya! La palabra, eso que nos distingue, también, de los seres irracionales, tiene que ser la única arma que se esgrima desde ahora, aquí y en cualquier parte.

El dolor de nuestros vecinos, que es también es de muchos de nosotros, es lo suficientemente hondo como para preguntarnos, alto y claro qué podemos hacer para que nadie quiera repetir esta barbarie terrorista y poder recuperar la libertad de la raza humana, que TODOS hemos perdido, aunque algunos de una manera infinitamente más dolorosa.

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