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Los vecinos del 1º Derecha no nos dejan en paz

En apenas cien años hemos pasado de descubrir aún zonas desconocidas del planeta, a convertirlo en una aldea global. En ella ocupamos –este país- una casa común europea en la que nos ha tocado un piso con vistas al mar, a varios mares, en el Primero Izquierda, y un par de tabiques de vecindad. Con nuestros vecinos de la pared de poniente, el 1º Exterior Izquierda, no tenemos problemas. Son pocos y callados. Pero no ocurre lo mismo con los de la vivienda del Primero Derecha, en la pared norte. Nunca han sido buenos vecinos.

Envidian nuestras vistas y que nuestra vivienda sea mucho más cálida. Y también envidian a otros vecinos, sobre todo a los del piso del Centro Derecha, un dúplex en la zona noble de la casa (antes fueron dos viviendas, ahora una sola), donde se suelen decidir los asuntos de esta nuestra comunidad de vecinos.

El problema es que para salir del edificio, para ir a trabajar, a divertirnos o a las reuniones de vecindad, casi siempre tenemos que pasar por el pasillo del molesto vecino. Gente con posibles pero algo venida a menos, que quizás por ello tiene un carácter más bien agrio y protestón. Que si debemos de pagar por pasar por su rellano, que si nuestros inquilinos toman lo que no deben y por eso son tan buenos deportistas, que si vendemos frutas y verduras a los del Centro Derecha (los ricachones) antes de que puedan hacerlo ellos…

En fin, que han puesto un portero que casi es un gendarme, sentado en su rellano, y nos hacen la vida imposible: a nosotros y al resto de vecinos que pasamos por ahí. A este paso tendremos que salir de casa solamente nadando, por la piscina que da al este o por el estanque del norte, o volando desde la azotea.

La presidenta de la Comunidad, doña Ángela, que vive en el “pisazo” del Centro Derecha, debería tomar cartas en el asunto. El problema es que es bastante amiga de Paco, el molesto vecino propietario y no siempre se atreve a reprenderle.

Hubo un tiempo en el que quienes habitaban tanto el Primero Izquierda -nuestro piso- como  el Primero Derecha –el molestísimo vecino- eran aristócratas con dinero y poder, incluso hubo un matrimonio, hace muchos, muchos años, que emparentó ambas familias y llegó a plantear derribar el muro entre ambas viviendas, pero es un muro de carga y hubiera exigido demasiada obra. Desde entonces han sido más las rencillas del vecino, que sus favores.

Si no fuera porque somos una comunidad de vecinos, cualquiera diría que somos un país que exporta a través de la carretera y que nuestros camiones cargados de mercancías como parte del un flujo logístico incesante, para llegar a otros países, no tuvieran más remedio que pasar por el país vecino y que eso ocasionaría una “guerra comercial”, en la que ese país de paso irremediable, utilizaría de vez en cuando malas artes, como la interpretación torticera de las Leyes… cualquiera lo diría.

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El Marciano

Este pasado fin de semana se ha estrenado la película The Martian, de Ridley Scott. Creo que no desvelo ni destripo nada (eso que ahora todo el mundo llama “spoiler”) si les digo que la “peli” va de de un astronauta que se queda solo en la inmensidad del planeta Marte (por cierto, háganse un favor y lean la novela de Andy Weir que ha dado origen a la película; mejor antes de verla si lo van a hacer).

De vuelta a la Tierra, en un mundo como el nuestro poblado por más de 7.300 millones de seres humanos, resulta difícil concebir un soledad como la del astronauta, pero a veces tenemos ejemplos muy, muy cerca.

En sectores como el nuestro se da esa paradoja, al considerar a sus profesionales en la escala de dirección, pero especialmente en la de los operarios. Ya he hablado en este blog del escaso reconocimiento social de la profesión logística –no soy el único que persigue lo contrario- y de su exceso de transparencia, que la hace casi siempre invisible a los ojos del resto de los mortales.

Pero es que, también, es invisibilidad es interna. Se da en los cuadros y con mucha más frecuencia en los operarios, en los preparadores de pedidos o en los carretilleros, con frecuencia abandonados –como el Marciano- primero por el escaso protagonismo y reconocimiento a su labor que obtienen y, sobre todo, por la escasa atención que se presta –no nos engañemos, porque es así- a su formación específica.

No se me ocurre otra profesión consolidada, en la que la formación profesional apenas esté en sus primeros estadios y que no sea reglada, concentrándose en la estructurada y ofertada por voluntad de unos pocos colectivos/asociaciones o por empresas privadas.

Pero el colmo de esa “soledad marciana” a la que se abandonan a los operarios –responsables últimos del gran movimiento físico de mercancías de la cadena logística- es la de los carretilleros ¿Se imaginan que alguien optara a ser chófer o conductor de ambulancia sin haber conducido en su vida, esperando que el contratante le formara adecuadamente? ¿Se imaginan presentarse a un puesto de auxiliar administrativo sin haber manejado nunca un PC? ¿Y se imaginan disponer de un “permiso” para poder conducir un camión, o una furgoneta, sin haber acumulado práctica alguna y con apenas unos muy básicos conocimientos sólo teóricos? Eso es lo que ocurre, aún, en España con los operarios de carretillas. Abandonados en su particular planeta Marte.

De nuevo la voluntad de unos pocos (los propios fabricantes de carretillas elevadoras y un puñadito de empresas de formación, apenas testimonial si consideramos sólo a las serias) es la que ha venido cogiendo el testigo de esta responsabilidad formativa, que es sin duda pública y que nadie sabe porqué, nunca lo ha sido en este sector.

Llevo oyendo muchos, muchos años, que hay voluntad de arreglarlo para crear un marco legal y único para la formación y acreditación de conductores de carretillas. Que si una reunión aquí; otra allá mucho después. Pero nada. Y sería lo deseable, desde luego. Entre otras cosas porque, seguro, reduciría la siniestralidad y, seguro, expulsaría del mercado a aquellos que ante el vacío legal ofrecen permisos de conducción de equipos de manutención ¡por internet! Suficientes –y legales- para algunos empresarios que así se califican solos.

¡Logística llamando a la Administración! ¿Hay alguien ahí?…Silencio.

Afortunadamente, los fabricantes producen equipos cada vez más sencillos de manejar. Eso es de agradecer –y mucho- aunque no limita ese limbo en el que está este aspecto de la formación en nuestro sector.

Y ahí están, cada día, o a veces cada noche, en almacenes y campas, en instalaciones de fabricantes y distribuidores, en los muelles de las plataformas de los operadores logísticos. Hombre y mujeres. Haciendo picking, reponiendo mercancías, preparando pedidos y manejando equipos, llenando cajas, palés, playas y camiones. Son muchos, miles, pero – aunque suene a metáfora fácil- en algunos aspectos están abandonados y solos. Completamente solos. Como el astronauta en Marte.

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El perro flaco de Montoro

Si pone un circo de tres pistas, le crecen los enanos y los payasos se le echan a llorar. Así están las cosas para el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, tras el fiasco de la devolución del céntimo sanitario, donde tuvo que firmar una “rendición de Breda” que ya la hubiera querido pintar Diego Velázquez, aunque él no quiso salir en la “foto”.  La patronal del transporte, furibunda por el gol que pretendía meterle con la rebaja de la devolución del impuesto dictada por la UE, cerró filas y el ministro no tuvo más remedio que dar un paso atrás y decir “diego” donde antes había dicho “digo”.

Y cuando el río que revolvió Montoro aún no se ha calmado, sus revueltas aguas traen ahora otro remolino que pueden volver a sumergirle. Un remolino que se llama morosidad y que va a convertir en un Everest las cuestas de enero y de febrero del responsable de las arcas nacionales. Pobre Cristóbal: a perro flaco, ya se sabe.

El nivel de morosidad y los plazos de pago apenas han mejorado en España a pesar de existir una ley que obliga a lo contrario. Según la Plataforma Multisectorial contra la Morosidad, sólo en las empresas del IBEX, la deuda supera los 47.000 millones de euros y el plazo medio de pago es de 169 días, casi triplicando lo que marca la ley (60 días). La dilación sigue siendo costumbre y norma, y nadie vigila, sanciona u obliga al cumplimiento legislativo.

Llegados al límite de las fuerzas dinerarias, sectores como el transporte, en este caso a través de FENADISMER (Federación de asociaciones del sector), ha convocado una Cumbre Reivindicativa para principios de 2015, cuando decidirá las movilizaciones a llevar a cabo por el incumplimiento en los plazos y, sobre todo, por no aprobar un régimen sancionador al que se opuso el Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, en mayo pasado, frente a la opinión del resto de grupos.

En el colectivo del transporte el plazo medio de pago asciende a 184 días, lo que ha supone un volumen de morosidad de 68.179 millones de euros.

Pero esta cuestión va más allá de un solo sector y se extrema hasta lo imposible en gremios como construcción, inmobiliario, comercio o servicios, donde el plazo medio de pago se sitúa por encima de los 280 días.

La receta es muy sencilla, sr. Montoro, al margen de pasadas y recientes experiencias de las que debería tomar nota, sólo se trata de cumplir y hacer cumplir la ley que ya existe. De otra forma las arcas de las empresas se tornarán aún más paupérrimas y las de Hacienda, también. Haga cumplir la ley, sr. Montoro ¡hágalo!

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