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Controlar a los controladores que controlan a los controladores

La pasada semana hemos concluido un ciclo de jornadas logísticas en colaboración con el Instituto Logístico Tajamar. La última se circunscribía a la tecnología aplicada a la cadena de suministros, una íntima relación que define hoy a la logística, su carácter, auxilio y soporte tecnológico.

En una de las ponencias en concreto se habló de una determinada familia de herramientas (aplicaciones de software) cuyo objetivo es controlar procesos ya de por sí automatizados (y gestionados a su vez por otras aplicaciones de software) y con la información recogida en tiempo real o acumulada por periodos de tiempo o subprocesos, corregir desviaciones y tomar decisiones para mejorar esos flujos.

Lo que puede parecer un contrasentido, inicialmente, es decir dotarse de una herramienta para automatizar el control de un proceso ya automático que –digamos- no cumple con lo prometido, tiene todo el sentido si tenemos en cuenta que las inversiones de esos procesos automatizados son enormes y de su estricto cumplimiento (flujos, entregas en tiempo y forma, satisfacción del cliente, facturación, cumplimiento de objetivos, beneficios,… ) depende en muchos casos la supervivencia y el futuro de la empresa.

Algo parecido ocurre con el dinero público, el que manejan técnicos de la administración y los cargos públicos en su desempeño, venga o no de las arcas públicas, y el que desde manos privadas llega a la caja única vía pago de los obligados impuestos: transita por caminos ya prefijados en flujos continuos y “automatizados” (IVA, IRPF, Patrimonio, etc.).  Pero esta suerte de maquinaria es sumamente imperfecta por el uso humano. Esos caminos están con frecuencia poco iluminados y los flujos se “pierden” por oscuros recovecos antes de llegar a destino. La perfección en el mantenimiento de semáforos y señalética (Declaraciones de Renta, de IVA, Impuesto de Sociedades,… ) es en realidad una utopía por lo que es necesario acudir al recurso humano: especialistas revestidos de autoridad (Administración del Estado, Autonómica, Local, Inspectores de Hacienda, Especialistas de Guardia Civil y Policía) que regulen el tráfico y vigilen los caminos adyacentes para que nada se distraiga.

Estos días, miremos a donde miremos, parece demostrado que esos controladores no solo no son suficientes en número y atribución para evitar tanta pérdida, sustracción, o evasión, sino que algunos de ellos necesitan más control que el propio sistema: zorros vigilando gallineros. Y hay quienes afirman que en este estado de podredumbre tampoco podemos estar seguros de que  quien controle al controlador no necesite, también, control y así –“es que somos como somos”, oí hace muy poco- hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Ligthyear.

Barro para casa: ¿Cuántos kilómetros de Corredor Mediterráneo podrían haberse puesto en marcha con lo defraudado por Noos, Gúrteles, Bárcenas, Ratos, ERES, Valencias, Plazas, Fabras y compañía? ¿Cuántos por actuaciones del mismo pelo en la empresa privada? ¿Cuántas conexiones ferroviarias a puertos? ¿Cuántas ayudas en planes PIVE o Pima para venta de máquinas o vehículos? ¿Cuántas urbanizaciones de viales de plataformas logísticas? ¿Cuántas promociones a la exportación de equipamiento, estanterías o sistemas de automatización, por ejemplo? ¿Cuántos puestos de trabajo pueden sostenerse con todo ese flujo económico que se “perdió” entre el punto A y el B?

Ayer mismo oía en una tertulia que lo realmente preocupante es que todo puede no ser más que la parte visible de un iceberg. No sé a ustedes: a mí me asusta pensar que debajo puede haber mucho, mucho más.

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El perro flaco de Montoro

Si pone un circo de tres pistas, le crecen los enanos y los payasos se le echan a llorar. Así están las cosas para el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, tras el fiasco de la devolución del céntimo sanitario, donde tuvo que firmar una “rendición de Breda” que ya la hubiera querido pintar Diego Velázquez, aunque él no quiso salir en la “foto”.  La patronal del transporte, furibunda por el gol que pretendía meterle con la rebaja de la devolución del impuesto dictada por la UE, cerró filas y el ministro no tuvo más remedio que dar un paso atrás y decir “diego” donde antes había dicho “digo”.

Y cuando el río que revolvió Montoro aún no se ha calmado, sus revueltas aguas traen ahora otro remolino que pueden volver a sumergirle. Un remolino que se llama morosidad y que va a convertir en un Everest las cuestas de enero y de febrero del responsable de las arcas nacionales. Pobre Cristóbal: a perro flaco, ya se sabe.

El nivel de morosidad y los plazos de pago apenas han mejorado en España a pesar de existir una ley que obliga a lo contrario. Según la Plataforma Multisectorial contra la Morosidad, sólo en las empresas del IBEX, la deuda supera los 47.000 millones de euros y el plazo medio de pago es de 169 días, casi triplicando lo que marca la ley (60 días). La dilación sigue siendo costumbre y norma, y nadie vigila, sanciona u obliga al cumplimiento legislativo.

Llegados al límite de las fuerzas dinerarias, sectores como el transporte, en este caso a través de FENADISMER (Federación de asociaciones del sector), ha convocado una Cumbre Reivindicativa para principios de 2015, cuando decidirá las movilizaciones a llevar a cabo por el incumplimiento en los plazos y, sobre todo, por no aprobar un régimen sancionador al que se opuso el Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, en mayo pasado, frente a la opinión del resto de grupos.

En el colectivo del transporte el plazo medio de pago asciende a 184 días, lo que ha supone un volumen de morosidad de 68.179 millones de euros.

Pero esta cuestión va más allá de un solo sector y se extrema hasta lo imposible en gremios como construcción, inmobiliario, comercio o servicios, donde el plazo medio de pago se sitúa por encima de los 280 días.

La receta es muy sencilla, sr. Montoro, al margen de pasadas y recientes experiencias de las que debería tomar nota, sólo se trata de cumplir y hacer cumplir la ley que ya existe. De otra forma las arcas de las empresas se tornarán aún más paupérrimas y las de Hacienda, también. Haga cumplir la ley, sr. Montoro ¡hágalo!

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La prosaica magia de la Navidad y el papelón de Ferré

Todo el mundo sabe que se acerca la Navidad. No hacer falta mirar el calendario. El Corte Inglés y el resto de la distribución comercial, junto a los fabricantes de productos estacionales, ya sean juguetes y turrones o colonias y lotería (este año no sé si jugar o cortarme las venas a la vista del lacrimógeno spot televisivo), ya nos lo están recordando. El consumidor engrasa la cartera y empieza a hacer planes. Y el comercio está en pleno acopio.

Durante las seis semanas que arrancan más o menos hacia el 8 ó 10 de noviembre y llegan hasta las vísperas de Nochebuena, la gran distribución, las medianas superficies y el comercio tradicional, sin olvidar las plataformas de comercio electrónico, reciben el gran avituallamiento que desemboca en la mayor concentración de consumo de todo el año, que va del 20 de diciembre al 5 de enero, y que luego tiene su prórroga en las rebajas con las que da comienzo el año.

Los almacenes y las salas de ventas se llenan estos días hasta el límite de mercancías no perecederas, alimentación seca, artículos de bazar, textil, juguetes, ocio, electrónica, informática, papelería, etc. Y un poco más tarde las perecederas. Es importante tener el surtido adecuado y completo. El cliente no espera, y mucho menos en unas fechas en las que el calendario es implacable: Papá Noel o los Reyes Magos no pueden posponerse, y muchos menos las pantagruélicas cenas y comidas que se concentran en esas fechas.

De ahí que el pánico se apoderara de los colectivos comerciales las pasadas semanas (¡socorro!) ante la perspectiva de un paro en el transporte de mercancías que, finalmente, no se ha producido. Quien más quien menos, ya estaba buscando alternativas -muy difíciles en este caso con todo el sector del transporte cerrando filas- o adelantando entregas. Tal ha sido el apretón de corbata que han sentido los cargadores (en la fase de acopio de una campaña que se anuncia como la mejor en ¡siete años!) que los empresarios del transporte por carretera se han encontrado con un inesperado aliado que ha movido sus influencias y, por una vez, ha estado del lado del apoyo al trasiego de mercancías y no de la presión.

Bien está lo que bien acaba, aunque no para todos. Háganme un favor. Vayan a ver esta foto y vuelvan ¿Ya han vuelto? Pues eso: no para todos. Cada uno de los protagonistas de la imagen (el acuerdo entre el sector del transporte por carretera y Hacienda) representa a las mil maravillas su papel. Ovidio de la Roza (presidente del CNTC), sonriente, de frente; otros miembros del Comité de transportistas con miradas y caras de satisfacción, le arropan, como el coro de una tragedia griega; por su parte Miguel Ferré, secretario de Estado de Hacienda, más que papel, tiene en esta obra un “papelón”, el que le ha dejado su “jefe” Montoro para que se las componga: gesto resignado, de lado, como queriendo escaparse del escenario. Y no era para menos. Esto sí que ha sido un gol, y no los de Messi, Mandzukic o Ronaldo.

Pero, en fin, lo importante es que tendremos Navidad para consumir y, parece, que un buen número de contratos, muchos de ellos en tareas logísticas. Y esa sí que es buena noticia.

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