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Por si acaso, chubasquero y bronceador

Ante el entorno económico en el que ahora nos movemos, podemos ser radicalmente optimistas: la crisis se acabó y ¡España va bien! muy bien; o podemos hacer eso que forma parte de nuestra idiosincrasia hispana, ser derrotistas y no creer nada de lo que dicen las estadísticas: es todo un espejismo y ¡España va mal! muy mal. Les voy a plantear otra visión.

Hace unos días, en unos de los eventos que organizamos periódicamente, con directivos del más alto nivel de responsabilidad, tuve ocasión de escuchar y compartir un análisis que me parece de lo más certero sobre la situación actual, que justifica y explica sobradamente lo que ocurre, el buen momento, pero que pone también en énfasis y reclama la atención sobre un horizonte potencialmente inseguro.

Vivimos una suerte de tormenta económicamente perfecta, en la que se han conjugado una serie de elementos para regalarnos una situación “meteorológica” de la que no somos del todo responsables. El primero de esos elementos es  el final de la crisis (si algo tienen estas épocas flacas es que siempre se acaban, es lo único seguro), que por su longitud y crudeza exige ahora la renovación de suministros y equipamientos, el aumento de actividad y crecimiento de plantillas para dar respuesta a un escenario de crecimiento. Además, ello es posible en condiciones favorables para las empresas, pues la época pasada ha traído consigo una reducción de salarios y de las condiciones de despido.

Igualmente, el dinero –el crédito- está barato y las entidades financieras empujan y llaman a nuestra puerta para concedérnoslo: necesitan vender mucho crédito para sacar algo de rédito. De nuevo en el terreno de los costes, el petróleo se ha abaratado considerablemente, lo que es una buena noticia en sí misma, además de influir en el precio de casi todos los bienes y servicios.

Y, por si fuera poco, España es un país atractivo y seguro, lo que atrae a capitales y turistas. No tenemos especiales problemas de seguridad ni –por ahora- un “Brexit” o una rotura de las reglas, en el horizonte más inmediato. Ni tampoco nos penaliza ahora mismo (incluso el FMI lo ha reconocido) el tener un Gobierno en funciones desde hace casi un año. Todo lo que podía salir bien, ha salido bien.

Pero… claro, la pregunta del millón es si esta tormenta se tornará en borrasca pertinaz y podremos seguir disfrutando del momento; si gracias al chaparrón se crearán condiciones para que todo esto no sea un aguacero pasajero, sino algo tan permanente como permitan los ciclos económicos; o si, como tormenta que es, escampará, dejará de llover y tronar y saldrá un Sol radiante que nos frene en seco.

El escenario es para disfrutar y si los economistas no son capaces de profetizar un cambio económico, salvo cuando ha sucedido, no lo voy a hacer yo ¿Qué pasará a continuación? Pocos pueden asegurarlo, lo más desearlo o intuirlo.

Por si acaso, yo que ustedes tendría a mano tanto el paraguas como la crema bronceadora… por lo que pueda pasar.

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Los vecinos del 1º Derecha no nos dejan en paz

En apenas cien años hemos pasado de descubrir aún zonas desconocidas del planeta, a convertirlo en una aldea global. En ella ocupamos –este país- una casa común europea en la que nos ha tocado un piso con vistas al mar, a varios mares, en el Primero Izquierda, y un par de tabiques de vecindad. Con nuestros vecinos de la pared de poniente, el 1º Exterior Izquierda, no tenemos problemas. Son pocos y callados. Pero no ocurre lo mismo con los de la vivienda del Primero Derecha, en la pared norte. Nunca han sido buenos vecinos.

Envidian nuestras vistas y que nuestra vivienda sea mucho más cálida. Y también envidian a otros vecinos, sobre todo a los del piso del Centro Derecha, un dúplex en la zona noble de la casa (antes fueron dos viviendas, ahora una sola), donde se suelen decidir los asuntos de esta nuestra comunidad de vecinos.

El problema es que para salir del edificio, para ir a trabajar, a divertirnos o a las reuniones de vecindad, casi siempre tenemos que pasar por el pasillo del molesto vecino. Gente con posibles pero algo venida a menos, que quizás por ello tiene un carácter más bien agrio y protestón. Que si debemos de pagar por pasar por su rellano, que si nuestros inquilinos toman lo que no deben y por eso son tan buenos deportistas, que si vendemos frutas y verduras a los del Centro Derecha (los ricachones) antes de que puedan hacerlo ellos…

En fin, que han puesto un portero que casi es un gendarme, sentado en su rellano, y nos hacen la vida imposible: a nosotros y al resto de vecinos que pasamos por ahí. A este paso tendremos que salir de casa solamente nadando, por la piscina que da al este o por el estanque del norte, o volando desde la azotea.

La presidenta de la Comunidad, doña Ángela, que vive en el “pisazo” del Centro Derecha, debería tomar cartas en el asunto. El problema es que es bastante amiga de Paco, el molesto vecino propietario y no siempre se atreve a reprenderle.

Hubo un tiempo en el que quienes habitaban tanto el Primero Izquierda -nuestro piso- como  el Primero Derecha –el molestísimo vecino- eran aristócratas con dinero y poder, incluso hubo un matrimonio, hace muchos, muchos años, que emparentó ambas familias y llegó a plantear derribar el muro entre ambas viviendas, pero es un muro de carga y hubiera exigido demasiada obra. Desde entonces han sido más las rencillas del vecino, que sus favores.

Si no fuera porque somos una comunidad de vecinos, cualquiera diría que somos un país que exporta a través de la carretera y que nuestros camiones cargados de mercancías como parte del un flujo logístico incesante, para llegar a otros países, no tuvieran más remedio que pasar por el país vecino y que eso ocasionaría una “guerra comercial”, en la que ese país de paso irremediable, utilizaría de vez en cuando malas artes, como la interpretación torticera de las Leyes… cualquiera lo diría.

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El señor del armario

No es tan famoso como “El señor de los anillos”, ni tan inquietante como “El señor de las moscas”, y sin embargo “El señor del armario” merece una reflexión. Con este título se presentaba hace poco Pedro Puig, el director general de LTR y del Grupo Leuter, en una ponencia durante Logistics 2014. Y no es la primera vez que se presenta así. De hecho en Sudamérica empiezan a conocerle por ese prosaico título que él mismo se ha concedido.

Trata así de simplificar su presentación empresarial. A fin de cuentas una empresa como el Grupo Leuter, dedicada a proporcionar soluciones de gestión de almacenes, no hace sino -puestos a simplificar- ordenar el inmenso armario que es un almacén. Simple y directo. Tanto, que huye de etiquetas  como la denostada de consultor -aunque su trabajo sea con frecuencia ese- y sólo tiene una pregunta que hacer a sus potenciales nuevos clientes ¿Tiene un problema?

Puig ha luchado por esa transparencia con tanto denuedo, que casi le cuesta acabar con su propio proyecto, eso sí, con la inestimable ayuda de la justicia y su exasperante lentitud. Eso no ha cambiado su discurso. Ni su pasión por lo que hace. Y ahí está. Él y su compañía. Comiéndose el mundo. Y entre bocado y bocado, compiten y ganan -tres de cada cuatro veces-en Latinoamérica, con las poderosas multinacionales norteamericanas en su mismo nicho.

Conozco a un puñado, escaso, de “señores del armario”. Sencillos. Abiertos. Trabajadores. Hechos a sí mismos. Sin ayuda, ni casi reconocimiento. Sacrificados por un sueño. Por una empresa. A todos les mueve la pasión por lo que hacen. Y el emprendimiento. Y lo llevan por todo el mundo. Son fieles a sus principios aunque ello suponga que pinten bastos de vez en cuando. Aunque esos no les haya permitido medrar lo suficiente para mirar al futuro sin sobresaltos.

Esos  y no aquellos que están en los consejos y dirigiendo la CEOE (o digiriendo, pues se “zampan” todo lo que pillan), son los que merecen el apoyo, el galardón, el aplauso, el reconocimiento, las inversiones y las subvenciones si las hubiere, aunque esto último no les haga mucha gracia. Esos son los verdaderos empresarios, porque una empresa no es sino una   tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo (RAE).

Soy un afortunado por conocer a ese puñado de EMPRESARIOS. Y eso me sirve para compensar el hartazgo, la sin razón y el mal estómago que me producen las tarjetas “black”, las cajas B, el tráfico de influencias y las prevaricaciones con las que me desayuno, como ustedes, cada día.

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Una falda de cuadros, una gaita y un vaso de malta

Las últimas semanas y especialmente la que acaba de concluir, nos ha invadido de cultura escocesa como telón de fondo al referéndum del 19 de septiembre, en el que por un margen ligeramente superior al 10 por 100 los ciudadanos residentes en Escocia han decidido que  el Reino Unido lo siga siendo, al menos por ahora.

Detrás del “No”, del “Better Togheter” y sobre todo del “Yes”, hemos visto y oído los rasgos más visibles de la identidad Scottish, su geografía y paisajes, la lengua gaélica, el tartán de tela a cuadros que identifica a cada clan o familia, el llamativo traje masculino -con todos sus aditamentos-, la gaita con sus agudos tonos, y hasta casi podía percibirse el aroma de algún whisky de malta de las highlands. Reconozco mi afección por esos rasgos, desde el kilt, pasando por las leyendas, hasta el Scotch, servido en copa de vino y desde luego sin hielo. Supongo que no soy el único.

No voy a entrar a opinar sobre el derecho de los escoceses a decidir su futuro juntos, bajo la Union Jack, o separados, ni sobre el resultado de la consulta. Como no lo haría sobre el derecho de catalanes, flamencos, corsos o vascos sobre idéntica cuestión. No sé si es el momento, pero desde luego no es el lugar. Aunque como todos, tenga opinión al respecto. Sin embargo, el referéndum si me invita a una reflexión con la logística, como no, como foco y soporte de esta disquisición.

Las necesidades de consumo, de soporte ante circunstancias adversas, de exigencias en grandes acontecimientos y, en fin, el casi infinito etcétera que supone cubrir las carencias de cualquier tipo, ha movido a la logística a generar cadenas de suministro eficaces y globales, desde todas partes y hacia cualquier punto, saltando y resolviendo las dificultades que imponen las distancias, las barreras físicas, las temperaturas, las culturas, las monedas…en suma, ha roto casi todas las fronteras. La aldea global es cada vez más aldea gracias a la información, pero también a la logística.

Por eso me resulta paradójico comprobar cómo mientras la clase empresarial, las compañías distribuidoras, los suministradores, los transitarios han buscado y encontrado -logística mediante- esas soluciones, la clase política no parece capaz de solventar los problemas fronterizos. En lugar de bajar barreras, a veces parecen empeñados en levantarlas y crear dificultades que antes no existían. Y, a más barreras, más reglamentaciones, menos homogeneidad y más y más inconvenientes para el flujo de mercancías.

No digo que la logística deba ser la razón que mueva al mundo y a los políticos y dirija sus decisiones. Lo que digo es que cualquiera que haga un mínimo análisis de este sector de servicio concluirá que la logística propone y articula soluciones cada vez más globales que son, desde luego, las que exigen unos ciudadanos igualmente cada vez más globales. Es en esa actitud, global, en la que deberían fijarse los gestores de la cosa pública antes de mirarse tanto el ombligo. Digo yo.

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Esos irreductibles galos y los camiones españoles

Como una indeseable serpiente de verano, los agricultores franceses vuelven a montar su particular revolución y “guillotinan” los camiones españoles cargados de frutas que cruzan la frontera, sea su destino el país vecino o no. Los camioneros hispanos se están viendo, de nuevo, asaltados allende los Pirineos por este “bandolerismo sindicalista” y observan impotentes como frutas y verduras quedan desparramadas por las calzadas galas, con suerte sin desperfectos importantes en sus camiones y su integridad. Mientras tanto la Gendarmerie practica eso tan francés del “laissez faire, laissez passer”.

La reclamación gala origen de estas razias es tan absurda como insostenible. Al grito de “consume francés, consume local” -desconozco si con bandera tricolor y gorro frigio, o no- , los agricultores sostienen su violenta campaña bajo el argumento de la defensa y prevalencia de sus productos para el compatriota consumidor galo. Sin embargo, los camiones españoles cargados de fruta y verdura (en la última incursión se destruyeron nada menos que 100 toneladas, con las consiguientes pérdidas para toda la cadena logística) o bien van a recalar a otras latitudes -atravesando inevitablemente suelo francés- o bien tienen como destino los grandes distribuidores franceses, que compran sus perecederos en España porque son más baratos, de más calidad o ambas cosas.

Entretanto, lo de siempre. Políticos sentados a largas mesas desgranando sentencias diplomáticas, llamando a la cordura y quitando hierro a la cosa, denominado como “incidentes aislados” a estos ataques perfectamente orquestados: los agricultores galos identifican primero a los camiones españoles cargados de frutas y verduras; luego, más allá, cortan la carretera y obligan a parar a los vehículos identificados, casi siempre más de uno al viajar en convoy para procurar mayor seguridad; y a continuación abren o descerrajan, si es preciso, las cajas frigoríficas y desparraman el contenido por la calzada; todo ello a ojos de la prensa, claro (para conseguir el efecto multiplicador deseado), y de gendarmes casi siempre cruzados de brazos.

Llamemos a las cosas por su nombre. Aún con el peligro de caer en una injusta generalización, Francia nunca ha destacado por su buena vecindad norteña. En logística y transporte de mercancías, mucho menos. No ha hecho nada por apoyar la Travesía Central Pirenaica y con ello ese Corredor Central transfronterizo; está haciendo muy poco y a regañadientes para reabrir la línea férrea que aprovecharía, de nuevo, la ruta del túnel de Canfranc; penaliza con cada vez más tasas y normas (como la prohibición de pernoctar en la cabina del camión en el descanso semanal) al transporte internacional, siempre con un singular perjudicado por su ubicación, el transporte español; y un largo etcétera.

Y por si fuera poco estos “irreductible galos” se empeñan en tratarnos con cierta condescendencia, como si fuéramos tan tontos como unos romanos de viñeta de Goscinny/Uderzo para el inexistente álbum “Asterix y Obelix contra la fruta española”.

La proverbial liberalidad francesa cae por su peso permitiendo esas actuaciones agresoras que periódicamente nos salpican, propias de otras repúblicas: las bananeras. Quizás nuestros vecinos deberían mirar a sus propios mitos y, como el orondo personaje de los pantalones a rayas, aceptar en sus mesas ya sean frutas, verduras o un buen jabalí, sin importar su origen, siempre que esté “bien cuit”.

Nota: Esta es mi última entrega pre-veraniega. Y espero que no sea la última, pues he leído que se vaticina, en muy poco tiempo, la sustitución de los periodistas redactores de noticias por robots que harán la misma función. Lo que no dicen esos vaticinios es cómo lo harán, dónde quedará la creatividad y de dónde saldrán las noticias originales, o si también habrá reporteros robóticos. Veremos. De momento me preocupa más el tamaño de la cerveza y de la sombra bajo la cual degustarla: ¡Feliz Verano!

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¿Podemos o seguimos acomodados?

En un comentario de café con unos colegas, estos últimos días, volvía a esgrimir mi teoría de lo conveniente de que el país, su economía, sus empresas, vivan de espaldas a la política, a propósito de las últimas elecciones europeas, sus resultados y los comentarios de los que parece que, tras la votación, no se han enterado de nada: los políticos.

Decía esto –me temía que, de nuevo, alguno de mis contertulios me tachara de “anarquista” por desear el “desgobierno”, si bien nada más lejos de mis ideales- y ponía el ejemplo, la quintaesencia de ese ideal, que tenemos más cerca, cultural y geográficamente: Italia. Alguien entre los que compartíamos té y café corrigió mi utopía y la llenó de realidad: “Sí, pero Italia tiene un tejido industrial que no tiene España y una capacidad de vender sus productos que aquí no tenemos”. Es cierto.

Y también es una incoherencia. Y una verdad a medias. Los anuncios de Campofrío, con toda su “casposidad” y ese fondo musical de “Suspiros de España”, al menos nos han ayudado a recordar que no es para tanto –no del todo-, que hay industrias singulares y punteras, que somos internacionalmente reconocidos en algunos campos –y no sólo de fútbol- que hay empresas líderes en sus sectores, desde Inditex al fresón de Huelva, que además de mano de obra barata, aquí la hay cualificada y exportable, y que nuestros directivos están en muchos, muchos sectores, como CEOs de las mayores multinacionales. Por eso es una incoherencia mayúscula que nos falte tejido industrial.

Mis responsabilidades en otras áreas de C de Comunicación – en la revista Cárnica 2000- me han enseñado que otros sectores primarios, quizás no tan industrializados, pelean por su negocio, por el particular y por el gremial, como ahora mismo sucede con el jamón serrano que busca su denominación de origen (I.G.P. en este caso) para luchar, precisamente y sobre todo, con un producto italiano, el jamón de Parma que no siendo de tanta calidad, se “vende mejor” en mercados internacionales.

El sector primario de alimentación español no se acuesta pensando en el “que inventen ellos” para conciliar el sueño y de esto deberían tomar buena nota los acomodados a lo irremediable, aquellos para los que el emprendimiento es un término ajeno y la empresa algo lejano, imposible. Nos iría mejor.

El “Sí se puede” futbolístico y el “Podemos” político (sin entrar en ninguna otra valoración o adscripción) demuestran lo que mueven las voluntades, aún sin capital. Lo importante no es sumarse a unos u otros, lo importante es que en todos los campos y sectores y, también, en los negocios, veamos los “podemos” como ejemplos y no como “moscas cojoneras” que vienen a mover el tradicional inmovilismo. Que no veamos el “podemos” como un “j……”.

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¡Que viene el lobby!

La propuesta de modificación de la Directiva 96/53/CE sobre pesos y dimensiones, votada hace unos días en la Sesión Plenaria del Parlamento Europeo en Estrasburgo, ha confirmado que, de momento, no habrá norma comunitaria única para la libre circulación de magacamiones en todos los países de la UE y que la circulación entre dos Estados miembros -si se cumplen determinadas condiciones- es por ahora la única autorizada.

Las orejas del poderoso lobby ferroviario europeo que estaban enhiestas -como cada vez que aparece en el horizonte la competencia en forma de peso y dimensión de vehículos para carretera-, se han vuelto a relajar y el cancerbero vuelve a dormitar: ni megacamión, ni 44 toneladas comunitarias.

Ciertamente, desde aquí todo esto parece un cuento infantil. Que se hable de que viene el lobby ferroviario y de la pugna carretera-ferrocarril, todavía suena a irrealidad. Personalmente, no apuesto por ver venir al “lobby” de verdad en el corto ni en el medio plazo, ni puede que a la tercera, como ocurre en la fábula.

Sé que hay muchos (al menos algunos) empeñados con bonhomía en aplicar de una vez políticas sostenibles, de futuro, multimodales, para la cadena de suministros, que ese empeño es subir el camión al tren (o al barco), y que esos mismos dicen que ese es el único futuro de la carretera.

Por otro lado, asistimos día sí y día también al sainete de la ponderación excelsa o el desdén hacia las nuevas redes ferroviarias (propuestas o mínimamente en marcha), como el Corredor ferroviario Mediterráneo, sin saber muy bien quién tiene razón, los que ponderan o los que rechazan. Si es que hay otra razón que no sea la de la pérdida de monopolio.

Lo único incontestable es que por más que se hable en España de mercancías por ferrocarril, por más que se mire a Europa (con cierta envidia) y se miente al “lobby” ferroviario, en España ni está, ni apenas se le espera, y si hay algún avance en este sentido es tan tímido que suele quedar en agua de borrajas. Nuestro miserable 3 ó 4 por 100 de mercancías movidas por ferrocarril lo dice todo, y que levante la mano quien no haya oído hablar de planes incumplidos y de aumentos notables de ese porcentaje no logrados en los últimos ¿20 años?

En el corazón comunitario europeo se le menciona con mucho respeto y consideración por su poder y reputación, pero aquí, lo del lobby ferroviario, por ahora, solo suena a cuento: ¡Qué viene el lobby, que viene el lobby!

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¿Hay alguien ahí?

Mientras la pasada semana se revolvían -y de qué manera- las aguas del transporte por motivos ajenos a la actividad propia de este sector, reuníamos a un grupo de profesionales para discutir, a puerta cerrada, sobre la ampliación de la capacidad de carga de los vehículos de mercancías por carretera, por encima del límite de las 40 toneladas actuales. La palabra más repetida en esa reunión fue: armonización.

Uno de esos términos pomposos, grandilocuentes, muy al gusto de los políticos, de tinte musical -y también algo hippie– que sirve para reunir un buen puñado de cuestiones que, se supone, deben estar en acuerdo o concurrir hacia un mismo fin.

En el caso que nos ocupa, la armonización era una petición unánime, casi un ruego o una súplica, a las autoridades de la Unión Europea, para que la limitación de capacidad de capacidad de carga de los camiones fuera una sola y supranacional. A todas luces, de perogrullo.

Actualmente, sin embargo, cada país regula sus capacidades. Así, la mayor parte de los de Europa Occidental tienen el límite máximo en 44 t, unos pocos en 42 t y Portugal, España y Alemania, en 40 toneladas.

Mientras Merkel, Van Rompuy, Durao Barroso o la troika han regulado salarios e impuestos con mano firme, aquí y en otros lares, mientras se trazan grandiosas Redes Transeuropeas de Transporte, corredores prioritarios para las mercancías o autopistas del mar, mientras se ha creado el territorio Schengen de libre circulación para personas y mercancías, se da la paradoja de que aún tratándose de países limítrofes con idéntica limitación de carga, un vehículo nacional del país A, que transita por su territorio legalmente con 44 toneladas, no puede traspasar la frontera al país B aunque este tenga esa misma limitación a 44 t, que en ese caso sólo faculta internamente para los nacionales del país B.

La armonización -aquí está otra vez- es imprescindible para el transporte internacional, casi urgente. Pues bien, si en algo estaban de acuerdo los contertulios de esa reunión (representantes de colectivos del transporte, empresas cargadoras, operadores de transporte, investigadores de campo) era en la inoperancia de la UE, la irrealidad de esa supuesta unión paneuropea, la falta de voluntad, el peso de los intereses nacionales (impuestos para los foráneos mediante), que aún prima mucho más que los comunitarios, y los grupos de presión, sobre todo el ferroviario. La armonización parece así un puente lejano.

Oyéndoles -y saben muy bien de los que hablan- a uno le cunde el desencanto sobre el futuro común europeo, sobre Bruselas y toda su parafernalia.

“¿Europa?.. ¿se me escucha?…¿hay alguien ahí?”

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Un cuento chino

Primero despertó, luego se desperezó, estiró sus músculos tras un sueño literalmente milenario y ahora se ha calzado las zapatillas de deporte y ha salido a la calle para correr por delante de los demás: China ya lidera el comercio mundial. Y no solo eso. Las importaciones crecen a un ritmo incluso superior a las exportaciones.

Las cifras apabullan: un 10 por 100 del comercio mundial pasa por China (llega o sale de allí), su economía -aunque ha abandonado los dos dígitos y refleja algo de la crisis mundial- crece a un ritmo del 7,6 por 100 anual, y el conjunto de exportaciones e importaciones suma 3,05 billones de euros, superando a los Estados Unidos en el liderazgo (detrás están Alemania y Japón).

Sin entrar de lleno en el análisis político, China ha pasado de ser un país medieval bajo la autoridad divina del emperador a convertirse en un modelo de aplicación de las doctrinas comunistas, o de una economía cerrada y agrícola a ser la fábrica “low cost” de occidente en apenas un siglo. Hoy aplica un modelo económico-político impensable hace tan solo unas décadas, con un capitalismo extremo que convive “contra natura” con las tesis comunistas, un consumo que crece exponencialmente y unas posibilidades comerciales e industriales que empiezan ya a mirar más hacia dentro que hacia afuera.

La logística y sus proveedores son han sido ajenos a este macrodesarrollo. Los puertos chinos están a la cabeza mundial, sus plataformas logísticas no tienen parangón (por volumen y expansión) y no son pocos los proveedores de equipamiento (carretillas, manutención) que ya han instalado unidades fabriles en sueño chino.

Lo que a finales del siglo XX se vislumbraba en el horizonte, pero todavía parecía un cuento chino, es hoy una realidad.

¿Cómo se ha conseguido? El verdadero cuento chino es el del trabajo y planificación. No diré que China es un modelo indudable, pues la censura, las purgas, etc. o la contaminación extrema le “bajan la nota”, pero si es un ejemplo de velocidad en ese desarrollo y, sobre todo, se muestra como una oportunidad comercial que, se me antoja, puede ser más rentable y longeva que otras emergentes hoy en diferente latitud.

No nos va a quedar más remedio -algunos ya tienen esos deberes hechos- que aprender chino y empezar a conocer esa cultura que desde luego no es la del Kung-fu, ni la de la comida que nos ofrecen los restaurantes chinos, y sí la del confucionismo, el budismo o la de la complejidad de sus 58 etnias diferentes.

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El sueño de Calderón

Este fin de semana se ha producido una noticia que puede ser histórica de verdad. Fundamental para el devenir de empresas y economías. Y básica para salir del atolladero de la crisis en la que se han metido la mayoría de las economías occidentales, especialmente las del Sur de Europa.

La llamada Ronda de Doha una suerte de club multitudinario de países libre-comerciantes, emparentada con la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha conseguido un acuerdo entre sus 159 miembros para agilizar los flujos de mercancías entre países y suprimir burocracia y trabas aduaneras. Cuando ya casi se tenía la certeza de la inutilidad de ese colectivo y muchos lo daban por defenestrado, consigue su mayor logro. Eso sí, ha tardado casi dos décadas en alcanzarlo.

Y no es baladí. Para las empresas que exportan, eliminar los vericuetos que enredan sus ventas en el exterior suele ser una de sus peticiones más recurrentes. Esta misma semana pasada Cuadernos de Logística organizaba una mesa redonda con presidentes, directores generales, gerentes y directivos de máximo nivel de empresas de nuestro sector para debatir sobre exportación. Y ahí, una de las conclusiones era la petición a quien correspondiera de reducir esas barreras burocráticas. Y casi, dicho y hecho. Sus “oraciones” han sido oídas.

Quedará como siempre leer la letra pequeña que suele ser la importante. Pero todos los analistas dicen que es un paso de gigante. Tanto, que las cifras parecen increíbles: 159 países se han puesto de acuerdo; favorecerá un aumento del comercio internacional cifrado en 730.000 millones de euros y, con ello, podrán crearse 21 millones de puestos de trabajo.

Exportar no es fácil, ni con ello se consiguen resultados inmediatos. Requiere estrategia, planes, trabajo, estudios de mercado, paciencia, conocimientos, socios adecuados y algo de suerte. Si además le añadimos las leyes y burocracias particulares de cada país, casi nunca comunes a otros, el dolor de cabeza se convierte en migraña crónica. Aún así se exporta y las empresas españolas que lo hacen -y que ya lo hacían- están teniendo con ello mejores oportunidades para atravesar las crisis con ello.

Esperemos que este regalo navideño adelantado del acuerdo de la OMC, sea algo más que una ilusión pasajera y que no se diluya como la magia de esta época ya en ciernes con la desaparición de las luces de colores y la vuelta del espumillón y las bolitas de colores al trastero. Vamos, que no haga buena la frase de Calderón de la Barca de que “toda la vida es sueño”.

Como en Santa Claus y los Reyes Magos, en este tipo de grandes y optimistas noticias creer, creo, pero a veces, me cuesta.

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