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El selfie con Soraya

Las dos últimas semanas me las he pasado de feriante. La moqueta ha sido el suelo que he pisado, casi exclusivamente, durante ese tiempo. Un identificador ha colgado de mi cuello día sí y día también. Un hotel ha sido mi casa y la conversación más habitual que he tenido ha  versado sobre contactos y novedades. Para unos estos quince días han ido bien; para otros, no tanto. Ya se sabe que cada uno ve las ferias según les va en ellas. Yo, desde luego, lo que tengo muy claro, es que quienes dicen que las ferias no son como las de antes, yerran tanto como aciertan ¿Por qué?

Primero, porque son, es decir, porque siguen existiendo. Desde que asistí a mi primera feria profesional de logística –hace mucho tiempo- siempre he oído pronósticos de desaparición. Y no les digo desde que existe Internet. Para muchos era la puntilla que acabaría con ellas. Pero no solo no ha ocurrido: se han multiplicado en el tiempo, en la frecuencia y en el espacio. El mundo se hace pequeño y las ferias cada vez son más y están más cerca unas de otras, en fechas y lugares, como corros de setas en el otoño.

Segundo, porque aunque se hable en las ferias de novedades, cada vez son menos. Me refiero, a las de verdad. Primicias que te dejen con la boca abierta. Auténticas revoluciones en la maquinaria, en los sistemas, en la electrónica o la informática. Ya no se espera a una feria para el lanzamiento de una novedad que, a la velocidad del progreso, casi aparece cada día.

Y tercero, porque pese a todos esos hándicaps y profetas aún se sigue pensando –y mucho- en nuevas ferias. Y sigo hablando exclusivamente de ferias de logística y manutención. Se piensa en cómo hacerlas; cuándo y dónde; solas o en conjunto con otras complementarias; en recintos feriales o de manera exclusiva por parte de las marcas que tienen esa capacidad; en nuevos sub-sectores o para competir con otras ya existentes; donde se han hecho siempre o en lugares lejanos; con stands uniformes o de diseño libre; con actividades paralelas –muchas o pocas- o sin ellas.

Dos semanas de feria son muchos días. Muchos kilómetros de pasillos recorridos; muchas cuadrículas tachadas en un plano; muchos bocadillos infames entre pecho y espalda. Pero son, sobre todo, muchas conversaciones en apariencia informales, sonrisas, confidencias, apretones de manos, gentes sacadas de contexto -a veces a la fuerza- y lugares de naturaleza inhóspita colonizados temporalmente, vestidos para la mejor gala con unos decorados de cartón piedra y un suelo enmoquetado que es una maldición.

Que quieren que les diga, aunque para algunos las ferias ya no sean como las de antes, en eso del apretón de manos y la conversación, en el contacto personal con personas que apenas sí conocemos, seguimos siendo muy de antes, casi medievales. Vamos a las ferias porque vamos o por si acaso, seguimos escupiéndonos en la mano antes de dárnosla, seguimos midiendo las ferias por el ruido de la bolsa en la faltriquera, y seguimos hablando de tapadillo del próximo condenado a patíbulo en la Plaza del Castillo. Más o menos.

Como mucho habrán variado las formas, que no el fondo.  Si no, ya me dirán ustedes por qué todavía podemos encontrar en estos lugares, siempre improvisados, vendedoras de humo, charlatanas fascinantes rodeadas de su fiel público asombrado, acercándose a un pregonero para hurtarle hábilmente la atención de su público. O a una vicepresidenta en funciones hacerse un selfie por sorpresa con un  monologista, contratado por una empresa para celebrar su aniversario en SIL, que para el caso, es lo mismo. Medieval, totalmente medieval.

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Lo ha dicho la tele

Aunque otros medios intenten hacerle la competencia, especialmente Internet, con el que –por cierto- ha hecho bueno el axioma de que “si no puedes vencerlo únete a él”, la televisión mantiene su protagonismo casi intacto y todo lo que destila del canal catódico sigue fascinando y proporcionado una visibilidad difícil de igualar. Y ello pese a esa condición no escrita, pero compartida, de que todo lo que sale por la tele está muy “cocinado”, por no decir, directamente, que no es la quintaesencia de la veracidad.

Inicialmente, comparto esa condición de “artificial” que ya comentaban mis profesores de Facultad de CC. de la Información. Nada es espontáneo en televisión: nada se deja al albur, ni siquiera los “directos”.

La semana pasada, una empresa de logística (Palibex) fue protagonista de ese medio a través del programa “El Jefe Infiltrado” de la Sexta, como ya publicamos en nuestro anterior boletín.

En un programa como este, tan complejo, la “cocción” ya no es una condición, es la condición. Tanto, me decía su protagonista el mismo día de la emisión, que la proporción entre el material rodado y el emitido es de 60 a 1. Y también me comentaba que hubo situaciones de verdadera sorpresa –incluso para él- con lo que puede que haya excepciones en esa creencia generalizada de falta de espontaneidad. Personalmente, me sigue pareciendo increíble que nadie le reconociera, aunque fuera del contexto profesional todos parecemos diferentes.

No voy a entrar de lleno en el contenido del programa, que es lo que es, aunque la productora y sus guionistas cometieron un par de errores. Y mucho menos en su epílogo, muy sentimental, que busca, indudablemente, la empatía lacrimógena. No es el único formato que lo hace. Lo que me pregunto, inevitablemente, es qué efecto habrá producido en los potenciales clientes de esta marca (la visibilidad del nombre parece indudable) y, también, que efecto en aquellos que no tienen una idea clara de lo que es la logística o la distribución de palés. Por mi conocimiento y profesión no puedo olvidar lo que sé. No sirvo para este caso. Pero creo que sería interesante conocer qué vieron los que no saben nada o casi nada de logística.

Paradójicamente, pese a esa “cocina”, hace algunos años, y no demasiados, cuando aún no había surgido con toda su fuerza y omnipresencia el fenómeno de Internet, las verdades absolutas, lo fueran o no, surgían de la “caja tonta” y era muy frecuente escuchar “lo ha dicho la tele” para refrendar una opinión como veraz, al tiempo que se atribuía carácter y voluntad al medio inane. No sé qué queda de aquello. Imagino que muy poco. Y, de nuevo, sería bueno saberlo.

Lo seria porque la logística adolece de transparencia y visibilidad social, e iniciativas como esta de Palibex pueden haber sido, o no -dependerá de la credibilidad que aún atesore el medio TV- una oportunidad para que se sepa qué hacen quienes trabajan en logística, en qué consiste su trabajo y, sobre todo, qué importancia social tiene.

Si fuera así, si hubiera cumplido ese objetivo o valor añadido, sería magnífico ¿No creen?

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La milla de la furgoneta

Lugar: Madrid; día: 3 de septiembre de 2014; hora: 12h 10´; zona: urbana; calle: Serrano. Y en concreto el tramo que discurre entre la Puerta de Alcalá y la Embajada de los Estados Unidos. O lo que es lo mismo, la zona comercial más cara de la capital, donde se agrupan los locales de las marcas top, las más suntuarias, el lujo y el prestigio, especialmente en el lado de los números pares. Ahí, en unos pocos cientos de metros, un local compite con el de al lado por ser el más elegante y a la vez atractivo. Moda, joyería, relojes, complementos…y alguna versión “escogida” de grandes almacenes, ofrecen  en esta arteria y las aledañas “lo más de lo más”. Una zona limpia y coqueta, a la que el Ayuntamiento presta especial mimo, lo que es toda una declaración de intenciones como escaparate para paisanos y, sobre todo, para el turismo de mayor poder adquisitivo.

Quizás por ello, aún con la melanina recordándome que mi piel hace poco alternaba su exposición al sol con el sesteo veraniego, y con mi cabeza intentando adecuarse a la realidad monocroma, lo que menos esperaba encontrar al transitar por ese tramo urbano, también llamado “milla de oro”, el mencionado día de autos, camino de un cita profesional, era no que todo el mundo estaba ya “de vuelta”, sino una procesión de vehículos industriales de gama media pugnando por ocupar la doble fila de la calle, a esas horas atesada de decenas de otras furgonetas, una tras otra, cual orugas procesionarias.

El primer atasco de la temporada, por mor de la sucesión descargas, que ni la Policía Municipal era capaz de despejar -o acaso permitía, impotente-, me hizo reflexionar sobre la tan cacareada liberalización de horarios comerciales que se aprobó en toda la Comunidad de Madrid hace dos años. Fue, seguramente, el único tema en el que estuvieron plenamente de acuerdo las dos regidoras matritenses: Esperanza Aguirre (CAM) y Ana Botella (Ayuntamiento). Una liberalización que era toda una ventaja para la venta, para la compra, pero también para el flujo logístico de la última milla, sea de oro o no.

Sin embargo, hoy por hoy, ni el comerciante aprovecha esa ventaja potencial para su acopio en horas comerciales valle, ni el Ayuntamiento de Madrid la favorece. La prometida nueva regulación de carga y descarga a la sombra de esa liberalización se ha quedado, como mucho, en simple maquillaje. La respuesta consistorial es que el comerciante tampoco exige otra cosa. Y mucho me temo que los “descargadores”, tampoco: no están los tiempos para discutir al comerciante. Si quiere la mercancía a las 12h 00´, se le sirve, no vaya a ser que busque a otro.

Y así, las calles más comerciales de Madrid (la “milla de oro” es solo un ejemplo muy palpable) se llenan de furgonetas y camiones de pequeño tonelaje, todos a una, en los momentos menos oportuno para la carga y descarga, como si de un éxodo o regreso vacacional de tratara. Inoportunos para el comprador, para el vendedor que debe atenderlo y para el flujo viario, lo que además ralentiza la operativa logística ¿Hay alguna ventaja? No se me ocurre.

Lo mismo sucede en otras ciudades españolas, pero hay una diferencia. Y no está en que se afea el entorno donde compra la “gente de postín”, que diría un castizo madrileño. Está en que Madrid fue pionera -muy pocas regiones o ciudades en el Mundo gozan de esa libertad comercial- en la liberalización horaria, y tiene ese instrumento a su favor. Pero no ha querido, no ha podido o, seguramente, no ha sabido aprovechar esa baza para mejorar el flujo logístico intraurbano.

Decía mi abuelo, con mucha sorna, al respecto de las obras que siempre entorpecen la vida ciudadana de Madrid, que “eso sí, el día que esté acabada [la ciudad] va a quedar muy bien”. Pues eso. Lo de la carga y descarga, otra obra inacabada.

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Abdicación

Muchos no habíamos usado el término abdicación desde nuestra época del Bachillerato porque sólo estaba en los libros. Sin embargo, hace unos pocos años, algunos monarcas europeos continentales decidieron tomar ese camino y ceder su jefatura del Estado.

Desde entonces el uso del término se ha “popularizado” -incluso utilizándolo, equívocamente, para la renuncia del Papá Benedicto XVI- por lo que ya a nadie ha extrañado al pronunciarse con motivo de la cesión real de Juan Carlos I en favor de su hijo, ahora Felipe VI. La última acepción -casualmente coincidente con la fecha regia- la de la debacle de “La Roja” en Brasil que, según comentaristas televisivos y periodistas deportivos, ha “abdicado” con su pobre juego y sus derrotas de su cetro futbolístico mundial, aunque aún no se sepa en favor de qué sucesor. Pues aprovechemos el tirón abdicador.

Se calcula que actualmente existen unos 1.000 millones de webs en todo el mundo con unas 8.700 millones de páginas…pero que más del 70 por 100 de ellas están sin actualizar. Esa falta de actualización es demoledora, sobre todo, para las empresas. Información anticuada o en desuso, imagen superada, contactos, teléfonos, emails que no llevan a ninguna parte porque hace mucho que fueron cambiados o borrados, catálogos sin renovación desde hace años, noticias redactadas y fechadas varios años atrás ¿Cuántas veces se ha encontrado con esto en sus búsquedas en la red? ¿Y qué efecto le ha producido? ¿Ha vuelto a esa página? ¿Ha intentado contactar con esa empresa después de ello?

La era digital, la conectividad a través de la red de redes, Internet en toda su magnitud, no es el futuro, ni siquiera es absolutamente el presente, comienza ser casi el pasado. Y tan importante e imprescindible como estar ahí, es estarlo -para las empresas y profesionales- con el uso apropiado, como el escaparate universal que es. Las compañías que no están y las que no actualizan los contenidos de la web abdican de sus privilegios y oportunidades, estableciendo entre ellas y sus clientes o mercado potencial una fractura insalvable. Utilizando un eufemismo regio “ni están ni se les espera”, porque nadie lo va hacer. En un mundo de enorme voracidad comercial, el competidor que si está y/o sí actualiza su web pasa a ocupar inmediatamente, y quizás para siempre, nuestra posición.

Si la publicidad en sus distintos formatos es el primer grifo que se cierra cuando las empresas aplican otro eufemismo, “hacer economías” (para después caer en cuenta, a veces demasiado tarde, que “desaparecer” es un error capital), la ausencia de desarrollo de una página web y, sobre todo, su escaso mantenimiento, no le van a la zaga en el pódium de la malas decisiones empresariales.

Quizás el primer error es concebir una web demasiado grande y compleja, con demasiadas páginas y variables, cuya actualización exige unos recursos desproporcionados para el tamaño, actividad y volumen comercial…y con demasiados contenidos (noticiarios sectoriales, juegos, galerías de imágenes, enlaces relacionados, etc.) ajenos a la actividad concreta de la compañía que se trate o muy alejados del concepto de escaparate y promoción comercial de productos o servicios, objetivo primordial y casi único de cualquier web empresarial.

Hoy no hay otro canal más irrenunciable que el digital. Quien no lo asuma así, que vaya haciendo las maletas. Y no actualizar su web es el primer paso para sacar billete a ninguna parte.

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