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El cada vez más extraño baile de máscaras

La primera noticia de este lunes 4 de abril de 2016, en Cuadernos de Logística, es la publicación de los resultados de la encuesta que hemos realizado entre nuestros lectores sobre el efecto que la falta de Gobierno actual tiene sobre su actividad empresarial. Han pasado 106 días desde las elecciones del 20 de diciembre y nada de nada. Y eso preocupa a empresarios y profesionales ¿o no?

No me han sorprendido en nada los resultados de esa encuesta: a la mayoría del sector logístico le afecta negativamente el “desGobierno”. Es la respuesta obvia, lógica y académica.

La que no es tan académica es que casi un 40 por 100 de los que han opinado –significativo, muy significativo- ha optado por lo que yo llamo una respuesta o un efecto (más bien la falta de él) a “la italiana”, si tenemos en cuenta que, históricamente, los continuos cambios de Gobierno en el país transalpino han producido un statu quo desde los Alpes hasta Sicilia en el que la política y el Gobierno italiano van por una lado y la economía y sus empresas, por otro. Es decir que, en nuestra encuesta a 4 de cada 10  no les afecta, o pretenden que no les afecte, la falta de Gobierno constituyente. Un “dedícate a perder tu tiempo, si quieres: yo no puedo hacerlo con el mío”

Estos muchachos y muchachas de amplia labia y escasa productividad, los nuestros –casta o no-  a los que se les encargo hace más de tres meses hacer una sola cosa sobre la que han mostrado incapacidad manifiesta, se lo están ganando a pulso. Y no es de ahora. Su dolce far niente está produciendo otro, el de quienes, cada vez más, huyan de la res pública, que diría Aristóteles.

Si el papel lo aguanta todo, la política más. Ni contigo ni sin ti. Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Hoy eres un sectario y mañana y potencial socio de Gobierno, etcétera, etcétera.

No sé si hay líneas rojas entre unos y otros, lo que sí creo que hay, y les une, es una enorme mancha marrón, informe, cada vez más apestosa.

No es de extrañar por ello, que todo este “baile de máscaras” –en el que nadie es lo que parece- sea cada vez más extraño (ajeno) para todos los demás, que cada vez más se extrañen (destierren) a otras causas y lugares y que ya no sorprenda que más y más –recuerden un 40 por 100- extrañen (rehuyan) la política.

Lo único que sostiene a este Babel y le da cierto predicamento es la inversión pública, las infraestructuras, el BCE y su máquina de hacer dinero: por ahí nos tiene cogidos por donde más duele… que si no.

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No es hora de margaritas

Tengo la sensación de que en otro Universo hemos debido hacer algo muy mal. No sé. Quizás  hayamos masacrado a una raza alienígena muy inteligente que, por ello, ha conseguido manejar el tiempo y el espacio y ahora nos lo hace pagar; o quizás no hemos cumplido con algún mandato inserto en nuestro ADN desde tiempo inmemorial –poner sentido común en nuestro común destino– y ahora el destino se corrige con este castigo. Sentido y Destino tienen las mismas letras: entonces, debe ser eso.

Bromas aparte y crean o no en la predestinación – yo no- seguro que el esfuerzo que llevamos haciendo desde hace al menos ocho años, un esfuerzo por no perecer en una travesía del desierto en la que, además, se nos pidió el sacrificio de no beber agua, merece ahora una recompensa: el oasis de aguas frescas y cristalinas y de sombras bajo las palmeras, al que hemos llegado exhaustos, no puede convertirse en un espejismo. No sería justo ni proporcional a ese esfuerzo.

Los signos económicos son ya sin duda ¡por fin! positivos. Si hacen falta pruebas de que el consumo se ha recuperado, no hay más que mirar las cifras de la campaña de Navidad, incluidas las reservas hoteleras, el Black Friday y el Ciber Monday; las de la venta de inmuebles o de automóviles.

Nuestro sector logístico y de transporte es fiel reflejo de ello, puesto que se nutre de la correa de transmisión del consumo y la industria que lo soporta: las ventas de carretillas han concluido el último año (a falta del cierre oficial) en el entorno de las 20.000 unidades; la actividad de los operadores, crece y crece, impulsada por los nichos tradicionales y muy especialmente por el comercio electrónico, que está “desbocado”; se empiezan a cerrar operaciones de instalaciones intralogísticas de esas que los proveedores llaman de gran recorrido, nuevos proyectos u otros que estaban congelados; el transporte por carretera vuelve a crecer y empieza a haber escasez de inmuebles e infraestructuras logísticas. No se puede pedir más. Bueno, sí, que esta situación no sea pasajera, el espejismo del que hablaba.

Las conclusiones del reciente Foro Económico de Davos hablan de algunos nubarrones en el panorama económico internacional, pero aún así las previsiones para nuestra economía, según otros vaticinadores, siguen siendo sólidas. Por eso no deberíamos sufrir un parón, que no se producirá siempre y cuando…

Siempre y cuando no juguemos frívolamente con la situación que ha salido de las urnas; siempre y cuando quienes deben administrar el poder –económico y político- que se les ha encargado, democráticamente, no se dediquen a la riña callejera, el “y tú más” o el “no te ajunto”; siempre y cuando sean capaces de ver más allá de sus narices o más atrás de sus coletas; siempre y cuando propongan y nos dispongan, hagan y no deshagan, colaboren y no entorpezcan. Hagan uso de su responsabilidad y no de su visceralidad.

En mi opinión, si la economía y el consumo han sido capaces de resistir, y la logística de adecuarse a las cada vez más exigentes condiciones de tiempo, espacio y precio en esta última década, alguien, seguramente estamentos como la CEOE y la CEPYME, los Círculos de Empresarios, las Asociaciones Profesionales y Gremiales, la Banca y los directivos y presidentes de las principales empresas españolas deberían recordar a esos políticos advenedizos o inmovilistas –ahora y con voz clara- el enorme esfuerzo soportado y cuál es su responsabilidad en estos momentos con nuestro sistema económico y sus ciudadanos, precisamente desde esos estamentos y al margen de cualquier ideología.

No hay tiempo que perder ni margarita que deshojar. Es ahora o ahora.

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¡Súbeme, Scotty!

La mayor parte de los problemas del transporte, sin el que la logística sería una disciplina coja, terminarían con el teletransporte. Se acabarían las congestiones, las esperas, la construcción de grandes infraestructuras y redes de carreteras, la emisión de gases contaminantes…pero por ahora eso el teletransporte está únicamente en el territorio de la ciencia-ficción, del Enterprise y su tripulación (sobre todo de su responsable, el ingeniero Scotty),  y es algo “altamente improbable”, según el Premio Nobel de Física, Frank Wilczek. Improbable no es imposible, así que aún hay una esperanza.

Mientras tanto, la realidad se impone y ¿por qué cambiarla? Eso es lo que debe haber concluido la ministra de Fomento, Ana Pastor, sola o acompañada del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a la luz de los Presupuesto de su departamento para 2016, en los que la logística ni está ni se la espera.

La estrella de ese presupuesto, que gestionará el PP si gana las Elecciones Generales de diciembre es, de nuevo, el ferrocarril, con el 51 por 100 de la inversión. Pero que nadie en el ámbito logístico se entusiasme. Se trata del transporte de pasajeros por ferrocarril, no de mercancías, y la mayor partida (más de 3.600 millones de euros) son para el AVE, casualmente ahora que llega la hora de las promesas electorales ¡Que cosas!

Al ferrocarril le sigue en importancia inversora, aunque a mucha distancia, la carretera, con un 22 por 100 del gasto. Y luego, mucho más allá, puertos y aeropuertos.

Dicen que bien está lo que bien acaba. Ciertamente esta legislatura no acaba bien, al menos para la logística. Promesas, presentaciones grandilocuentes, la Estrategia Logística, el Grupo de Trabajo multisectorial, el Observatorio de Transporte y Logística…mucho ruido, mucho, y finalmente muy pocas nueces que llevarnos a la boca.

Y sin embargo, esta legislatura se recordará por el patinazo del Ministerio de Hacienda, negándose a devolver la tasa del  “céntimo sanitario” al transporte por carretera a lo que obligaba una sentencia europea, para luego claudicar sin condiciones. Que cada cual saque sus conclusiones de ese sainete.

El globo del Ministerio de Fomento, en lo que a nuestro sector se refiere, se ha ido desinflando y el aire que lo mostraba hinchado se ha escapado a toda velocidad, sonando como una trompetilla burlona.

Con administraciones de este pelo que se repiten y duran y duran como las pilas Duracell, solo cabe esperar, sentados, eso sí, a que algún día, aunque sea lejano, la Improbabilidad del teletransporte deje de serlo o que cualquier otro gran invento nos cambie el panorama y acuñemos  nuestra propia frase ¡Súbeme, Pepe!

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Hacer un Rajoy-Pastor

Un nanosegundo es la milmillonésima parte de un segundo o el tiempo que tarda un internauta español en sacarle punta, hacer un chiste y mandar una imagen por la red de cualquier noticia que tenga la más mínima oportunidad de hacerse hilarante. Así somos, chistosos y demoledores. Tanto que –para los creyentes- el patrón de España debiera ser San Benito y no Santiago, porque al que le cae ya no se le quita de encima.

Lo penúltimo de nuestros chascarrillos es , “hacer un…” Así, “Hacer un Fernando Alonso” es que se te averíe el coche, recién salido del taller, sin apenas circular; “Hacer un Cospedal” es intentar explicar lo que está muy claro de manera inexplicable (a propósito del despido de Bárcenas del PP); “Hacer un Zapatero” es ver lo que nadie ve, como las pitonisas, a propósito de los brotes verdes, que no eran brotes, si acaso botes y de humo que no nos dejaban ver el precipicio de la crisis que teníamos por delante; “Hacer un Melendi” es montarla en un avión y obligar a dar la vuelta; o “Hacer un Rosell” es decir que no, que desde luego que no, que todo es mentira, para luego dimitir porque era verdad que en aquel fichaje no había nada claro…

Me apunto a la moda y quiero acuñar una más: “Hacer un Rajoy” o mejor “un Rajoy-Pastor” que no es un movimiento de ajedrez, más bien nuevo sinónimo de procrastinación, es decir dejar las cosas para ya se verá cuándo, que es lo que ha hecho el Gobierno con el Plan piloto de desvío voluntario de vehículos pesados a autopistas de peaje, que tras múltiples idas y venidas, se anunció para su entrada en vigor el pasado 1 de julio para luego retrasarse. Afortunadamente, en este caso (excepcional en eso), sólo tres días hasta el Consejo de Ministros el pasado viernes 3. Otras cuestiones no han tenido tanta suerte.

La dilación ha sido –y es- la marca, el sello, de este Gobierno, que tardó meses en aprobar sus primeros Presupuestos Generales y no menos en que Rajoy compareciera en una rueda de prensa (con o sin preguntas). Y aún lo será, ya que el presidente ha dicho este mismo fin de semana que no sabe, que quizás, que podría ser, o no, que ya veremos, que pudiera ser que dilate la convocatoria de elecciones generales a diciembre, con lo que esa dilación e incertidumbre genera en administraciones, presupuestos, toma de decisiones, etc. Gracias, señor presidente.

¿Y en la logística y el transporte? Pues más de lo mismo. No tendremos aprobado el necesario reglamento (ROTT) de la Ley de Transportes (LOTT) en esta legislatura, pese a la promesa en contra; tampoco avanzará más allá de lo que se hizo en su presentación la Estrategia Logística; e igualmente, no habrá Ley específica para el sector que la acompañe; cualquier día, o no, quizás nunca, habrá una nueva reglamentación para pesos y dimensiones; y no sería extraño que al Gobierno vuelva a pillarle en “fuera de juego”, por no tomar decisiones, alguna protesta como la huelga de transportes que finalmente no fue el pasado mes de diciembre…

En las escuelas de negocio se enseña que no tomar decisiones es, también, tomar una decisión. Parece que el señor presidente y la señora ministra sacaron sobresaliente en esa asignatura del máster y quién sabe, quizás lo adornaran con alguna cita del artículo “Vuelva usted mañana” de Mariano José de Larra.

Sin más dilación, para no caer en el mismo error, mi recomendación literaria, muy de verano, ligera, divertida y que pesa poco, perfecta para leer bajo la sombrilla o sobre la hamaca: “Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco”, un compendio de curiosos relatos de ciencia ficción de Athur C. Clarke que se consume de un tirón.

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Alta y baja velocidad

Desde hace una semanas y, prácticamente, hasta que acabe este 2015, vamos a oír promesa tras promesa de quienes aspiran a gobernar a escala local, autonómica o nacional. Sin embargo, creo que no me equivoco si digo que oiremos pocas, muy pocas promesas y compromisos en torno al transporte por carretera o a la logística, responsables sin embargo de hacernos llegar todo cuanto consumimos.

La semana pasada, el presidente de ASTIC se quejaba de las escasas inversiones públicas hacia la carretera, desde el punto de vista del transporte de mercancías, tanto en números absolutos como frente al ferrocarril de pasajeros, sobre todo el AVE. Y no le faltaba razón.

La ministra del ramo, Ana Pastor, empezó con buen pie la legislatura, con promesas de acercamiento y apoyo hacia el transporte, la multimodalidad y la logística, incluso articulando la Estrategia Logística de España. El propio sector apoyó esos pasos y compromisos.

Sin embargo, la realidad nos ha devuelto a lo de siempre. La falta de voluntad en devolver la tasa denominada céntimo sanitario que casi nos cuesta una huelga, la “desaparición” de la Estrategia Logística, que deber estar cocinándose a fuego muy, pero que muy lento, en algún rincón ministerial y, sobre todo, las escasas inversiones presupuestarias de Fomento en el ámbito de las mercancías: todo un mazazo de “realidad”. Se acabaron los sueños. Se rompieron las promesas. El dinero se lo ha llevado el ferrocarril y, sobre todo, la Alta Velocidad.

Cuando se trata de invertir-al menos en esta legislatura- Fomento tiene dos velocidades: la alta, la de las urnas, y la de la mayor parte de las inversiones, de cara a la galería del ciudadano: un voto, dos votos, tres votos…; la baja, la del día a día, la del transporte profesional (sobre todo la carretera), que sufre el escaso mantenimiento vial y no ve medidas que lo apoyen, pese a soportar el 90 por 100 del movimiento de bienes de consumo o materias primas.

Alguien, hace muy poco, me ponderaba la actuación ministerial de los últimos cuatro años: no tengo dudas, pero justamente de lo contrario. Y pruebas -ya que a la ministra le gusta tantos su Galicia de adopción- “haberlas haylas”, sólo hay que tirar de hemeroteca o de Presupuestos Generales.

De momento, esta estadística es lo que vale. Y esperar a las próximas promesas y mejores tiempos para el transporte de mercancías.

Y mi recomendación de un “clásico” literario por si alguien no lo ha leído (no vale si ha visto la película): “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Intriga “policial” e Historia Medieval en una mezcla genial.

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Ojo con las promesas, que luego hay que cumplirlas

Salvo que uno sea un extraterrestre nativo de Ganímedes que acabe de aterrizar en el Páramo de Masa, a nadie escapa que estamos no en época, sino en año de elecciones, así en plural, o lo que es lo mismo, los elegibles han sacado sus mejores galas prometedoras para acercar el ascua a su sardina, es decir el elector a su papeleta. Y las infraestructuras logísticas son un bocado apetecible para hacer promesas.

Ya sabemos lo que ocurre cuando se construye más de lo necesario a pesar de que la crisis fuera entonces algo no esperado: las afueras de pueblos, villas y ciudades, y los márgenes de carreteras nacionales y autopistas, se llenaron de grandes carteles que anunciaban futuras plataformas logísticas o, en el mejor de los casos, de una pocas vías y luminarias que dejaron para la posteridad multitud de zonas industriales y logísticas fantasma.

El caramelo de la rápida creación de empleos, del desembarco de grandes y medianos operadores en esas plataformas, de la llegada de vehículos y, con ellos, de consumo de combustible, pernoctaciones, restauración, empresas de servicios y, sobre todo, el sarampión de no ser menos que el “vecino”, produjeron el sinsentido de una red logística a todas luces excesiva, desequilibrada en sus nodos e innecesaria que, pese a la bonanza económica, nunca fue porque el mercado no la precisaba. Sin embargo, las promesas fueron hechas y muchos recursos fueron gastados. Las pruebas, como la verdad, siguen ahí fuera.

Ahora tenemos -es un decir- la Estrategia Logística articulada por el Ministerio de Fomento y los recursos no sobran. Eso debería sostener los ánimos a la hora de imitar al desaparecido presidente Suárez, y su archifamoso “puedo prometer y prometo” . Pero no. Políticos de toda clase, rango y condición, empiezan su romería de inauguraciones, muestra de proyectos y promesas guardadas en un cajón para la ocasión. Y para ejemplo, quienes representan a regiones, comarcas o ciudades que no están en esa Estrategia Logística ni en los planes de la UE en cuanto a infraestructuras: nada de conformarse, nada de no empecinarse, y nada de entender, si es el caso, que la Red Transeuropea de Transporte no es de araña y, por lo tanto, no puede pasar por todos lados. Ni por esas. Todos, al olor de las urnas, lo quieren todo.

O al menos  lo prometen. Y a los efectos inmediatos ese es el problema. Los próceres, que hace dos telediarios no tenían ni idea de que era esto, ha encontrado un nuevo elemento fascinador, de nombre fascinador, y que puede traerles buenos réditos, y eso les fascina: la logística.

Pero, ojo con lo que se promete, que luego quizás haya que cumplirlo, aunque sea una nueva infraestructura innecesaria y, por ello, inútil. Rajoy -muy flaca memoria tiene este señor de sus propias promesas incumplidas- se lo recordaba hace poco a Tsipras: “no se puede prometer lo que luego se sabe que no se va a cumplir”. En esos tiene razón. Ojo y mesura con las promesas.

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