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Errores que cuestan muy caro

La falta de transparencia social de la logística sigue siendo proverbial y se me ocurre que, para remediarlo, pueda ofrecerse como herramienta o baremo económico. Los economistas, ese colectivo profesional del que se dice que sólo acierta en sus predicciones cuando las fórmula después de producirse los hechos, podría encontrar un magnífico aliado para esa tarea estudiando la actividad y resultados de la logística o de cualquiera de sus sectores proveedores de servicios o equipamiento, pues son fiel reflejo –como pocos- de la marcha económica general.

Pero, ojo, que todo tiene un límite y la herramienta puede convertirse en un monstruo voraz e infame. Aviso a navegantes y en particular a la clase política y a las administraciones regionales y locales: que la economía haya mejorado notablemente y que la logística sea en ese sentido su imagen especular, no faculta para que se vuelva a caer en el error de sembrar España de áreas de actividad logística por doquier, sin antes asegurar su necesidad y masa crítica o potencial.

Ya hemos pasado por esto. El “cementerio” de ZAL y plataformas logísticas en el que se convirtieron muchas de las carreteras y aledaños ciudadanos de este país, años atrás, es una pesadilla que no debería repetirse. Y ni que decir tiene que el coste económico de esas obras inacabadas tuvo el mismo efecto que tirar miles de euros por el retrete.

Los gobernantes tienen cierta tendencia, como poco, a la insensatez. La logística, las plataformas y las áreas de actividad logística, les provocan, además, un atractivo especial. Y dos más dos, pues cuatro. Desde que empezamos a salir del oscuro túnel de la crisis económica, se han multiplicado los proyectos de ese tipo, con independencia –y eso es lo más preocupante- de que esté demostrada su viabilidad y oportunidad o que esté alineada a los proyectos de la UE o de la Estrategia Logística de España (aunque este es otro cantar).

Cada vez es más frecuente encontrar en nuestra web -desde hace apenas un año- noticias que hablen de esos nuevos proyectos y casi siempre aderezados de pugnas partidistas o rebeldías mal entendidas frente a proyectos supra-regionales o supranacionales ya aprobados.

No quiero apuntar en ninguna dirección, lugar o CC. AA. concretos: los datos y noticias están ahí y pueden rastrearse sencillamente. Lo que parece claro –a la vista de esos datos- es que se ha vuelto a abrir la Caja de Pandora o la de los truenos.

Ante la insensatez sólo cabe, precisamente, la sensatez de la que hacía gala hace unas semanas el presidente de ACTE, Ramón Vázquez, a propósito de un comentario del que suscribe en el sentido de este blog, realizado en un foro público. Y su respuesta, contundente: primero estudiar la viabilidad de esas posibles plataformas o centros de actividad logística, luego proyectarlas.

Los pies en el suelo, por favor -“Primum vivere deinde philosophari”- que estos errores y excesos son de los que resultan muy, muy caros.

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¡Papi! Cómprame un aeropuerto

Desde su hamaca, Pocholo cogió su IPhone 24 de la mesita junto a la piscina, para llamar a su amigo Luis Alberto:

– Hola Luisito: te vas  a morir de envidia. Papá me va a comprar un Pastón Martín V8. Voy a ser la envidia en Santci Pauli este verano. Va a ser lo más.

Luis Alberto esperaba con ansiedad la llamada presuntuosa de su íntimo Pocholo o de cualquiera de los del club de golf para darles en los morros. Él sí que iba a ser la sensación este verano. Lentamente, mientras dejaba la copa de Bartini, respondíó displicente:
– ¿Ah un coche?…pues hay algo más cool, sabes: tener un aeropuerto. Y papi me ha comprado uno.

Lo que hubiera podido disfrutar Luis Alberto si hubiera visto la cara de sorpresa y el enorme sonrojo de envidia de Pocholo, quien pasó de la euforia a la rabia y la admiración pensando: “un aeropuerto; eso sí que era lo más; osea”.

Ya no hace falta ser Pocholo o Luis Alberto; Amancio Ortega, Dimas Gimeno o Florentino Pérez. Si usted tiene 10.000 euros puede comprarse un aeropuerto: la menos el “aeromuerto” de Ciudad Real, la quintaesencia del despropósito, el despilfarro, la falta de visión estratégica, la ineficacia en la gestión y en el márketing. Por ¡10.000 euros! un grupo inversor ha pujado por él la semana pasada. Y puede que la puja sea suficiente.

Concebido como un aeropuerto satélite del, entonces, congestionado Aeropuerto de Madrid-Barajas (aunque la distancia entre ambos es de nada menos que 233 km), entró en servicio en diciembre de 2008 tras una inauguración fallida en octubre de ese mismo año y apenas estuvo en servicio de manera muy intermitente y con escasos pasajeros y carga en 2009 y 2010. En 2011 cesaron las operaciones.

Ni siquiera el interés del operador logístico DSV por tener allí una base de operaciones de carga aérea en 2009 fue suficiente argumento para un aeródromo privado que pese a su escaso recorrido ha tenido tres nombres. Primero se llamó Aeropuerto Madrid Sur-Ciudad Real, denominación que hubo que cambiar ante la reclamación de la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre; luego, Aeropuerto Don Quijote; y finalmente, Aeropuerto Central Ciudad Real.

Ahora un grupo inversor chino ha hecho una puja en la subasta pública de la semana pasada por 10.000 euros para quedarse con el aeropuerto aunque parece –es el último despropósito de la esta infraestructura- que aunque las condiciones de la subasta no exigían precio mínimo, si hay una estimación de justiprecio que está en torno a los 26-28 millones de euros (el aeropuerto costó 1.100 millones)  y que el precio final de compra-venta nunca podría ser –o eso parece, tampoco está claro- de esos ridículos 10.000 euros. Lo siento por Pocholo.

El despropósito no ha acabado. Sólo es un capítulo más. Una enorme mancha en La Mancha, que no debió empeñarse –nunca mejor dicho- con un aeropuerto que hasta ahora ha sido un sonoro y carísimo  aerofiasco. Y el cuento no se ha acabado.

Mi recomendación de clásico actual: “Cometas en el cielo” de Khaled Hosseini (2006), una novela ambientada en el Afganistán actual, que ayuda, un poco, a comprender la realidad de Oriente Medio.

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Lean, por favor

Hace unos meses, pero ya en 2015, remití un cuestionario para conocer el grado de aplicación de determinadas herramientas y tecnologías en empresas del sector logístico para documentar un reportaje. En el listado de opciones incluía: SGAs (sistemas de gestión de almacén), Geolocalización, Herramientas para Compras, Lean, Identificación por Radiofrecuencia y otras más.

Uno de los receptores me contestó, amablemente, que faltaba el enlace en “lean” y que por ello no podía “leer” el contenido de esa línea. Como ya habrán caído en cuenta, confundía -o seguramente desconocía- las herramientas Lean (fonéticamente “Lin”) sobre las que preguntaba la encuesta, con el subjuntivo o imperativo del verbo “leer”.

Suponemos con demasiada frecuencia en los ámbitos profesionales que todo el mundo “está en el ajo” y que determinadas tendencias que se hacen para nosotros habituales, lo son para todo el mundo, aunque escarbando en la realidad casi siempre el espectro de conocimiento se parece a un iceberg o a una regla de Pareto: unos pocos saben de este o aquel tema especializado; el resto, no. Aunque en este caso, todos deberían saberlo.

¿Por qué? La recomendación viene por el uso más prosaico del sentido común. Las herramientas y aplicaciones de las enseñanzas Lean (que nacen en la década de los 30 del siglo XX) lo que procuran es el ahorro, la erradicación del despilfarro en cualquier recurso y la mejora continua. Lo que les decía, aplicación del sentido común a la empresa -más necesario que nunca- a manos llenas, ahí es nada. Y no solo en logística. En cualquier área o sector.

Lo único que hay que hacer es proveerse de un buen experto que nos acompañe por ese camino para después no abandonar nunca la senda. Pero no se preocupe, que expertos, haberlos “haylos”, como los que mostraron su saber hacer la pasada semana en una jornada que organizamos en el Instituto Logístico Tajamar.

Así que no lo duden, “lean” (del verbo leer), infórmense, busquen, comparen, asesórense y apliquen Lean (la herramienta y sus técnicas) en la medida que puedan, desde un pequeño proceso a toda la compañía. No se arrepentirán.

Y otra recomendación. Esta para que la lean. Como siempre, un clásico (1980): “El quinto jinete”, de dos colegas periodistas (Dominique Lapierre y Larry Collins). Una muy buena novela de suspense, con magníficas descripciones de Nueva York desde la primera línea, y de alguna forma inquietante y premonitoria de acontecimientos sucedidos, con más de 20 años de antelación.

En cualquiera, o en los dos casos: Lean, lean, por favor.

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