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¿Para qué preguntas?

Miraba por la ventana, con un whisky en la mano, y se me antojaba que esa escasa distancia que ahora nos separaba y que podía alcanzar a simple vista en días claros, era enorme. Recordaba el porqué de mi decisión y cada vez me arrepentía más de haberlo hecho.

Al principio parecía que la cosa no iría demasiado lejos: las quejas de siempre. Que si pagábamos mucho y cada vez más por casi nada a cambio, que si otros terminaban decidiendo por nosotros, que antes éramos mucho más independientes que ahora, que se nos colaba todo el que quería, muchos de ellos indigentes, y luego no había quien los echara…

Y un día decidí que ya estaba bien ¿No habíamos tratado todo lo importante siempre así? Pues esta vez, también. Les pediría su opinión y que decidiese la mayoría. Fijamos un día en el calendario y así lo hicimos. Nunca pensé que el resultado fuera este.

Nos marchamos. Nos separamos. Pusimos tierra de por medio. En realidad un espacio físico que ya antes nos distanciaba, pero que ahora parecía mucho, mucho mayor. Y eso no era lo peor. No, porque además, casi sin darnos cuenta todo se nos había complicado por esta decisión estúpida, que yo había provocado después de una  noche de insomnio y harto de quejas. El transporte, la sanidad, la educación, la seguridad… todo más complicado, más caro e incierto ¡a cambio de vivir en un chalet en lugar de hacerlo en la urbanización!

No me costó mucho averiguar quién había votado qué en esta familia tan democrática ¡maldita sea! Mi hija Leyre, quedarse; mi hijo Gael, el mayor, irnos, él que casi nunca está en casa; mi mujer, siempre ponderada y midiendo cada dificultad y coste de convivencia, quedarnos, como yo; el problema es que los abuelos añoraban el pueblo y votaron por “irnos al campo”, ya ves que campo, un chalet vallado; ah y quedaba la tía Paula, a la postre la que decantó la balanza: una tía de mi mujer, soltera, que también vive con nosotros y que con tal de llevarme la contraria…

Y aquí estamos, tan cerca como lejos de donde hemos vivido los últimos cuarenta años, pero ahora más solos. Al médico del pueblo le cuesta venir hasta aquí; el del “super” que nos trae el pedido nos cobra un extra por hacerlo; no pasa un alma por estos lares y eso, sobre todo en invIerno, nos hace vulnerables e inseguros; dependemos de nosotros mismos para todo; no tenemos vecinos y, me temo, que perderemos también a los amigos de la “urba” que no entienden lo que hemos hecho.

Mi hija está cada día más enfadada, los amigos y la diversión lejos y más cara, la universidad, también;  los abuelos están empezando a arrepentirse, y la tía Paula ahora dice que, en realidad, ella no quería cambiar nada. No sé si podríamos dar marcha atrás. De momento aquí estamos, solos y lejos. Y sólo se me ocurre una cosa que me repito cada día ¿Para qué preguntas?

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Controlar a los controladores que controlan a los controladores

La pasada semana hemos concluido un ciclo de jornadas logísticas en colaboración con el Instituto Logístico Tajamar. La última se circunscribía a la tecnología aplicada a la cadena de suministros, una íntima relación que define hoy a la logística, su carácter, auxilio y soporte tecnológico.

En una de las ponencias en concreto se habló de una determinada familia de herramientas (aplicaciones de software) cuyo objetivo es controlar procesos ya de por sí automatizados (y gestionados a su vez por otras aplicaciones de software) y con la información recogida en tiempo real o acumulada por periodos de tiempo o subprocesos, corregir desviaciones y tomar decisiones para mejorar esos flujos.

Lo que puede parecer un contrasentido, inicialmente, es decir dotarse de una herramienta para automatizar el control de un proceso ya automático que –digamos- no cumple con lo prometido, tiene todo el sentido si tenemos en cuenta que las inversiones de esos procesos automatizados son enormes y de su estricto cumplimiento (flujos, entregas en tiempo y forma, satisfacción del cliente, facturación, cumplimiento de objetivos, beneficios,… ) depende en muchos casos la supervivencia y el futuro de la empresa.

Algo parecido ocurre con el dinero público, el que manejan técnicos de la administración y los cargos públicos en su desempeño, venga o no de las arcas públicas, y el que desde manos privadas llega a la caja única vía pago de los obligados impuestos: transita por caminos ya prefijados en flujos continuos y “automatizados” (IVA, IRPF, Patrimonio, etc.).  Pero esta suerte de maquinaria es sumamente imperfecta por el uso humano. Esos caminos están con frecuencia poco iluminados y los flujos se “pierden” por oscuros recovecos antes de llegar a destino. La perfección en el mantenimiento de semáforos y señalética (Declaraciones de Renta, de IVA, Impuesto de Sociedades,… ) es en realidad una utopía por lo que es necesario acudir al recurso humano: especialistas revestidos de autoridad (Administración del Estado, Autonómica, Local, Inspectores de Hacienda, Especialistas de Guardia Civil y Policía) que regulen el tráfico y vigilen los caminos adyacentes para que nada se distraiga.

Estos días, miremos a donde miremos, parece demostrado que esos controladores no solo no son suficientes en número y atribución para evitar tanta pérdida, sustracción, o evasión, sino que algunos de ellos necesitan más control que el propio sistema: zorros vigilando gallineros. Y hay quienes afirman que en este estado de podredumbre tampoco podemos estar seguros de que  quien controle al controlador no necesite, también, control y así –“es que somos como somos”, oí hace muy poco- hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Ligthyear.

Barro para casa: ¿Cuántos kilómetros de Corredor Mediterráneo podrían haberse puesto en marcha con lo defraudado por Noos, Gúrteles, Bárcenas, Ratos, ERES, Valencias, Plazas, Fabras y compañía? ¿Cuántos por actuaciones del mismo pelo en la empresa privada? ¿Cuántas conexiones ferroviarias a puertos? ¿Cuántas ayudas en planes PIVE o Pima para venta de máquinas o vehículos? ¿Cuántas urbanizaciones de viales de plataformas logísticas? ¿Cuántas promociones a la exportación de equipamiento, estanterías o sistemas de automatización, por ejemplo? ¿Cuántos puestos de trabajo pueden sostenerse con todo ese flujo económico que se “perdió” entre el punto A y el B?

Ayer mismo oía en una tertulia que lo realmente preocupante es que todo puede no ser más que la parte visible de un iceberg. No sé a ustedes: a mí me asusta pensar que debajo puede haber mucho, mucho más.

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¿Para cuándo dice que lo quiere?

Para ahora mismo; para ¡ya!; de inmediato… nos hemos acostumbrado tanto a la velocidad del servicio (en un bar, en un restaurante, en un comercio, a la hora de hacer un pedido por Internet, en el aeropuerto… hasta en el médico) que, como el valor al soldado, lo único que se le supone al servicio y lo único que tienen en común todos los servicios comerciales, es la rapidez. Y para ganar tiempo al tiempo, las herramientas de cadena de la demanda ya conocen, de antemano, qué vamos a comprar, cuándo y en qué cantidad. No me negarán que da que pensar. El escenario creado por G. Orwell en su novela “1984” ha quedado más que superado por la realidad.

Velocidad, velocidad y velocidad. Carretillas elevadoras más rápidas y más seguras a mayor velocidad de traslado, con baterías de mayor capacidad que exigen menos paradas; sistemas de almacenamiento automático capaces de realizar mayor número de movimientos en huecos de palé o caja por unidad de tiempo; sistemas de gestión de almacenes con más velocidad de procesamiento; clasificadores que leen y reconocen etiquetas a una velocidad imposible para el ojo humano; o robots manipuladores que, como las pilas del anuncio del conejito, trabajan y trabajan y trabajan, sin parar, son sólo algunos ejemplos.

Y ahora el comercio electrónico. Aunque algunos de los actores de ese mercado (los del sector textil, por ejemplo) califican de “locura” esta carrera desenfrenada por entregar los pedidos realizados a través de la red, el límite no parece tener fin, sea en el “Black Friday” el “Ciber Monday” en Navidad, en el día de la entrega gratis (que también lo hay) o en cualquier otro momento.

Si antes nos conformábamos con comprar por Internet y recibir lo adquirido siete, diez o quince días después, luego –no hace tanto, que la velocidad también se da en el cambio- fueron cinco días, más tarde 48 horas, enseguida 24, y ya a nadie sorprende el compromiso comercial de “al día siguiente” o ¡en dos horas! Y todo con independencia de si se paga o no por esa velocidad de servicio de entrega.

Una definición clásica de logística –y no por ello superada- dice que esta disciplina trata de situar los productos en el lugar oportuno, en el momento justo y al menor coste posible: ¿Cuándo hemos cambiado y dado por supuesto que el momento justo es siempre el más inmediato? He discutido sobre esto con algunos actores de la cadena logística que lo defienden, pero sigo sin ver el porqué de la velocidad como “el gran dios único al que mostrar  pleitesía”. No creo que lo sea en todos los casos. No cuando ya no es un diferencial comercial, sino el rasgo común. No por su coste en recursos. No por su coste medioambiental. El lugar, momento y coste de la definición logística, siguen siendo la tríada. En mi opinión, y por ahora, no hay otra.

En estos días se celebra la Cumbre del Clima en París. No soy un inmovilista, diría que lo contrario, pero en todo caso en algún momento la necesidad –ya imperiosa- de preservar nuestro maltrecho planeta de nosotros mismos, nos obligará a enfrentarnos al dilema de si podemos soportar a coste cero el “café para todos” del querer TODO de “hoy para hoy”. Una cosa es la creciente capacidad logística de máquinas y sistemas (poder), otra es la utilidad real para el consumidor (querer) y otra lo que yo llamo el coste de la excelencia intrascendente, la velocidad por la velocidad, que además es contagiosa.

Ahora que acaba otro año y que quien más quien menos hace balance, tengo la sensación de que con tanta velocidad injustificada, vamos a llegar al final (pongan ustedes el que quieran) antes de empezar.

Y ya acabo, que debo publicar este blog… ¡de inmediato! Allá va.

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El precio oculto

Hace unos días alguien me preguntaba si yo creía que las empresas, quizás como un efecto colateral de la crisis, al haberse vuelto mucho más cautelosas y selectivas en sus inversiones, compraban ahora más por calidad que por precio. Mi respuesta fue rotunda: no.

Quizás no sea lo políticamente correcto, pero mi convicción es absoluta y se basa en lo que conozco y en lo me cuentan, muchas veces “fuera de micrófono” por así decirlo, tanto los que compran como los que venden.

No sé exactamente de dónde viene esta percepción, pero lo cierto es que comprar o vender por precio, es decir por su valor pecuniario como principal o único argumento de compra o venta, está mal visto. Las empresas proveedoras, presumen y hacen marketing por la calidad o características diferenciales de sus productos o servicios y dicen que el precio es sólo un componente más; sus clientes presumen o quieren presumir de comprar calidad, lo mejor, pero lo primero que miran es la “etiqueta” . Es algo así como dedicarse a la venta, ser vendedor: el mundo occidental del libre mercado es inconcebible sin esta figura profesional, pero pocos quieren serlo y los que lo son, llenan sus tarjetas de floridos eufemismos para obviar la palabra vendedor.

A las alturas de desarrollo tecnológico en el que estamos, con muchos productos por encima de la raya de la excelencia y compartiendo características muy similares, es absolutamente lógico que quienes venden lo intenten hacer al mínimo precio posible para levarse el gato al agua. Del otro lado y aunque siempre, siempre, ha sucedido igual, ahora con las cajas de caudales paupérrimas o en incipiente recuperación, es igualmente lógico que los compradores busquen los productos y servicios que precisan, también, al menor coste posible. Que nos lo digan a los que compartimos el sector logístico, una de cuyos ítems definitorios es proveer “al menor coste posible”.

Además, comprar por precio no siempre es comprar barato, o mejor, comprar barato puede ser comprar a un precio más alto, por ejemplo en un equipo de manipulación, cuyo coste total de propiedad, a lo largo del tiempo, puede penalizar un coste de adquisición inicial menos oneroso. Considerar esos costes añadidos, es comprar, también, por precio.

Pero mientras que no inventemos otro elemento reconocido universalmente que valore de otro modo los intercambios de productos o servicios, lo que alguien está dispuesto a pagar por algo y lo que alguien está dispuesto a vender por algo, en función del resto de los compradores y vendedores posibles, la famosa y omnipresente ley de la oferta y la demanda, ese será el precio del bien o servicio, y –salvo excepciones- la regla máxima en el ámbito de los negocios. Y no hay porqué ocultarlo.

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