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Paradoja logística informativa

Una noticia emitida la pasada semana, daba cuenta de la reunión mantenida en un importante ayuntamiento andaluz con representantes de un operador logístico, que busca suelo para instalar una plataforma. La información recoge de qué ayuntamiento se trata, quiénes estaban presentes por parte de la corporación en esa reunión, cuál es el objetivo de la plataforma y a qué tipo de negocio daría servicio: todo, menos el nombre del operador logístico.

Es posible que, en este caso, el prestatario de los servicios logísticos prefiera mantener el anonimato inicialmente, aunque si eso fuera así no entiendo que se haga pública la reunión con el resto de detalles. Lo que llama realmente a la atención es lo frecuente de este tipo de noticias, u otras referidas al ámbito logístico, en las que el o los protagonistas (empresa o  marca) parecen importar poco o no ser nada relevantes en lo que al conocimiento del público en general, aportan, algo que no ocurre prácticamente en ningún otro.

Si los medios generalistas recogen una noticia sectorial o empresarial ya sea de moda, automoción, alimentación, bebidas, distribución comercial, informática, comunicaciones, editorial, inmobiliaria, juguetes, etcétera, no obvian las marcas, fabricantes o comercializadores. En logística una vez sí y otra también, y aquí incluyo a los proveedores de equipamiento y a los prestatarios de servicios.

Las respuestas a esta paradoja se me antojan que no pueden ser más que tres: o bien, la logística es aún más transparente socialmente de lo que venimos denunciando, lo cual es un problema; o bien mis colegas de la prensa diaria tienen un escasísimo conocimiento de este sector, que se refleja en la redacción de ese tipo de noticias, lo que es una debilidad; o bien los editores de los grandes medios obvian marcas y empresas al no tratarse de sus anunciantes. Mala praxis en cualquiera de los casos.

Hagan la prueba. Como profesionales de este sector no les costará mucho, ya que les llamarán especialmente a la atención las noticias que nos competen y que son publicadas por medios generalistas (prensa, radio, TV o Internet). Vean y comprueben en cuantas se dice el qué, pero no el quién, sin explicar el por qué de ese “olvido”.

Modestamente, o no tanto, menos mal que nosotros estamos aquí.

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De enchufes, morados y networking

Hace unos días escuchaba en una emisora de radio una conversación tertuliana en la que se ponía sobre la mesa algo que unos de los asistentes llamó “esa costumbre tan española del enchufe”. A poco de mencionarlo todos los partícipes estuvieron de acuerdo en denostarla como algo impropio y muy “made in Spain”. La tesis común era radical y todos cerraron filas en torno a ella. Lo que me llamó más a la atención era que, aunque uno de los conversadores intentó esa distinción, finalmente todos “acordaron” que no había diferencia alguna que hacer entre lo público y privado, entre la designación a dedo y la sugerencia. Todas eran prácticas deleznables. Yo creo que no.

Veamos. Desde luego que en lo público debe prevalecer absolutamente la transparencia en la designación de cargos y que deberían ser los méritos los que hablaran por él o los candidatos, y no ser amigo de, hijo de, sobrina de, o sencillamente estar pagando con esa designación un favor realizado. Esta forma de proceder tiene su figura delictiva.

Otra cosa es el ámbito privado y, si bien, lo deseable es que los méritos hablen casi exclusiva e igualmente a favor de los aspirantes a cualquier puesto de trabajo –que a la postre, obviamente, es lo que buscan los empleadores- allá cada cual con su oferta de trabajo y las decisiones que tome. No creo en el intervencionismo y mucho menos en el ámbito privado, ya sea empresarial o estrictamente personal. Ahí, que cada palo aguante su vela. La figura protectora y subvencionadora de “papá Estado” me repugna.

En todo caso, creo que los contertulios del programa radiofónico y todos los que –al menos de cara a la galería- se ponen morados defendiendo esas obviedades, olvidan algo o confunden “churras con merinas”. Esos que ahora parecen haber inventado la rueda de la decencia y la honestidad, no tienen en cuenta en su discurso que la vida profesional está hecha, afortunadamente, de relaciones -eso que llamamos “networking”- y que esas relaciones suponen oportunidades y esas oportunidades, negocios, mejoras, desarrollos, evoluciones. Y que si yo busco un buen profesional (él o ella) y tú lo conoces y me lo presentas. Bienvenido sea. Y todo eso no solamente es legal, además es deseable.

Tan deseable que si no fuera por eso muchas ferias profesionales, de logística y de otros ámbitos y sectores, muchos congresos y foros –sin ir más lejos los de la semana pasada de AECOC sobre distribución urbana y transporte- se quedarían prácticamente en nada, porque con la cantidad de información que se produce y recibe cada segundo, en esos encuentros es difícil ya encontrar algo nuevo o, por lo menos, no es el único objetivo de los organizadores, me parece (de serlo los programas serían diferentes).

Así que, cuidado con no llamar a las cosas por su nombre, cuidado también con meter todo lo que hemos hecho hasta ahora, indiscriminadamente, en el mismo saco de podredumbre, y “un poquito de por favor” a la hora del análisis y de nuestra comparación con lo que se hace ahí fuera.

Relación (profesional) es traslado de conocimiento. Si alguien, en el ámbito profesional, puede permitirse despreciarlo, que levante la mano.

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Elogio de la parsimonia

Este post se podría haber titulado, igualmente, Elogio de la lentitud o Elogio de la pereza. No he elegido ninguno de estos dos, sin embargo, porque ambos son títulos de sendos libros que recomiendo, sobre todo el primero, y no quería piratear la creación literaria. Los piratas para el Caribe. Pero eso es otro cantar. Vayamos al grano.

Me encontré hace unos días a un buen amigo que, digamos, ha pasado no hace mucho a la situación “de reserva”. Debe ser cosa de la edad, de la mía y mis coetáneos, pero cada vez me encuentro a mi alrededor con más personas que han cruzado la línea de la actividad por cuestión de la edad. Aunque mejor debería decir la línea de la hiperactividad. Muchos de ellos –era el caso del amigo encontrado- relatan que lo que más les cuesta es soltar amarras tras ¿vivir? una vida de permanente exigencia, de veloz desenfreno profesional, de corredores de fondo sin fonda en la que descansar. Cuesta –me dicen- desengancharse de esa mala droga –sobra el adjetivo, no la hay buena- que es el exceso de ocupación profesional: vivir para trabajar y no viceversa. A mi amigo le recomendé el primer libro.

Hay alguna iniciativa ya rodada en este sentido, pero me ciño al ámbito de la logística y se me ocurre que una suerte de consejo informal de expertos, sabios o mayores inquietos, tendría todo el sentido y serviría, por un lado, para ayudar a desenganchar, también para mantener un cierto grado de actividad, ligera y sin mayor compromiso –desde luego- y ligada al sector donde uno ha “servido”, igualmente, para continuar disfrutando de cálidos lazos profesionales que tantas veces llegan a lo personal o, quizás,  para crearlos y, de paso, para poner sensatez, conocimiento, sentido común, ideas ¡qué sé yo! en nuestro sector. Uno se da cuenta de lo absurdo que es despreciar tanta materia gris cuando se hace mayor.

Si las empresas tienen la obligación de desarrollar estrategias para formar a los mejores profesionales y retener sus talentos –algo que no siempre es fácil-, los sectores quizás la tengan de aprovechar la sabiduría de los que más atesoran, en el marco de la buena voluntad y ya ajenos a las presiones de la cuenta de resultados.

Por una vez, podríamos hacer de la lentitud, de la parsimonia del profesional, virtud. Plantéenselo, pero despacio.

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¡Una de bravas!

Que yo sepa, aunque estas cosas se estudien en las Facultades de Empresariales y en los Másters postgrado, y aunque haya literatura al respecto, no hay regla absoluta, fórmula matemática, ni conjuro diabólico que asegure el éxito de una empresa, de una idea puesta en práctica por una compañía mercantil. Lo que si hay es un “manual del sentido común” que, sin embargo, no siempre se aplica a la aventura empresarial incipiente y luego ¡ay! viene lo que viene.

Desde que ejerzo mi profesión periodística en el ámbito profesional –hace muchos años- he venido observando como aquí, pero también allende, se pretenden fundamentar negocios y estrategias empresariales…por las bravas. Una fórmula abocada al fracaso. No hablo de coraje o atrevimiento –ese componente siempre es imprescindible para el emprendedor- hablo de falta de análisis, de creer en milagros, de tomar decisiones sin reflexión, de suponer que algo bueno ocurrirá porque sí, porque se me ha ocurrido a mí o porque me duele el juanete cada vez que va a llover.

Como sucede en la época navideña, el verano en España es muy proclive a que aparezcan (en el ámbito logístico y en otros) nuevos negocios, divisiones, plataformas, distribuidores o productos que aupándose en la ola veraniega de consumo, creen dirigirse cargados de éxito a un futuro idealizado que casi nunca existe. El verano acabará y esos negocio también. Casi siempre porque no pudieron cumplir con unas perspectivas ideales que imaginaron y que sólo estaban ahí, en la imaginación ¿Cuántos fallidos en servicios relacionados con la logística, el transporte o la manutención se producen en estas épocas de punta estacional? Muchos. Demasiados.

Montar un negocio, arrancarlo, emprender, es una aventura, sí. Pero una aventura basada en el conocimiento, el análisis, el sentido común, la planificación y, desde luego peor no sólo, el diferencial de creatividad que suele acompañar –ese sí- al éxito. Todos aquellos condimentos son necesarios e imprescindibles antes de añadir este toque “secreto” y único. Como en el recién concluido Tour, los negocios medran por cerebro, piernas y pulmones no por…ya me entienden. Eso que llaman “la chispa” te viste de amarillo, de éxito…pero sólo si tienes con qué acompañarla.

Por las bravas lo único que se deberían preparar son esas patatas con salsa picante de idéntico nombre, que pese a su aparente sencillez culinaria, tampoco se preparan de cualquier manera para que respondan al gusto de la clientela.

¡Que aproveche! Yo vuelvo en septiembre.

Y para leer, mi última recomendación de clásico moderno de esta temporada: “A sangre fría” de Truman Capote (1966). Una novela basada en hechos reales. Imprescindible.

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Mala gestión; peor Vueling

La pasada semana tuve que viajar por motivos de trabajo. Nada extraño en mi quehacer habitual. El periplo incluía cuatro vuelos, dos nacionales y dos internacionales, todos operados por la compañía de bajo coste de Iberia: Vueling. El resultado en términos de satisfacción, cumplimiento de horarios, gestión de los problemas, etc. por parte de esta compañía aérea rayó en la más absoluta de las incompetencias. De los cuatro vuelos, tres salieron con retrasos de dos horas, una hora y 45 minutos, con el consiguiente problema para mi agenda y la de los que me acompañaban.

En el conocimiento general y colectivo, la logística se ocupa de los movimientos de mercancías, su gestión, puntualidad (just in time) y oportunidad espacial. Pero también lo hace –o puede hacerlo- de las personas ya sea en grandes concentraciones (musicales, deportivas, etc.) o en otras más pequeñas y sucesivas. A fin de cuentas ese fue el origen de la logística: la gestión del movimiento de tropas y todo lo que conlleva (alojamiento, avituallamiento, etc.).

Como ante el maltrato y la falta de explicaciones de esta compañía, que por desgracia no es un caso único, no queda más recurso que el pataleo, voy a ser constructivo y en lugar de jurar en arameo y lanzar toda una retahíla de exabruptos, he optado por una recomendación: señores responsables de la compañías aéreas y de la gestión de vuelos y pasajeros, contraten a expertos en logística. Ellos saben identificar sus problemas y, sobre todo, cómo resolverlos: ustedes, no. Todos saldremos ganando.

Hace cuatro años decidí no volver a viajar a Barcelona en avión (¡bendito AVE!) tras una experiencia “paranormal” (es decir, del todo menos normal) que tuve, también, con Vueling. Y me consta que otros han sufrido idénticos episodios en sus carnes y sus agendas. No entiendo que se persista en el error. Un colega me dice que está hecho a conciencia para que se perciba la diferencia entre la compañía de bajo coste y la otra, en este caso Iberia. Prefiero pensar que eso es una fantasía. De verdad que lo prefiero. La otra perspectiva me espanta.

Pero algo debe haber cuando en mi terminal de móvil escribí en un mensaje para explicar mi demora “mucho retraso en vuelo” y por defecto el selector de términos del teléfono puso “mucho retraso en Vueling”. Tengo entendido que estos selectores se basan en estadísticas. Pues eso.

La recomendación literaria de esta semana: “El sueño del celta” de Mario Vargas Llosa (2010). Una mezcla soberbia, a mi entender, de relato novelado y crónica, que se sumerge en los recovecos de la naturaleza humana a todos los niveles.

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Dos más dos, no son cuatro

En el boletín electrónico de noticias que lanzamos cada día, han comenzado a agolparse las noticias de compras y fusiones, un índice más de que la situación económica ha cambiado de signo.

Las empresas compran otras básicamente por tres razones, acceder a un mercado que no tienen, crecer de forma rápida en el mercado en el que ya están, diversificar sus ventas o prestación de servicios. Tras una larga crisis como la que hemos vivido, además se dan otras dos circunstancias que favorecen estas operaciones: disponer de recursos cuando la mayoría los ha agotado, y aprovechar oportunidades, por la misma razón.

Esta multiplicación de compras de hoy me han recordado que hace años cuando trabajé durante una larga etapa en la prensa de otro sector profesional, el de la maquinaria de obras públicas y minería, se produjo, también, una fiebre compradora en ese sector. Eran los años finales de la década de los 80 y los primeros de la de los 90 del siglo pasado. Y sobre todo recuerdo la rápida creación del un macrogrupo (IBH), que a base de compras reunió bajo una misma enseña a buena parte de la flor y nata de la maquinaria de obras. Sin embargo, con la misma rapidez que fue creado se desmembró aunque, por desgracia, dejó varios “cadáveres” en forma de marcas por el camino.

Con todo esto quiero decir lo que tantas veces se repite en las escuelas de negocios y tantas veces se yerra cuando se practica. Hay cosas de una empresa que no se pueden comprar con dinero; y otras pierden todo su valor con sólo cambiar de manos. De ahí vienen muchos fracasos.

No están claros los porqués de estas situaciones que, seguramente, se repetirán ahora que empiezan a florecer esas adquisiciones. Pero parece que una de las causas puede ser la escasa atención que se suele prestar en esas operaciones a los detalles y, sobre todo, a los recursos humanos y sus intangibles. La suma de voluntades de las personas hace que una empresa y sus marcas sean lo que son y, por lo tanto, son irrepetibles, por un lado y difícilmente replicables, por otro.

En un mundo como el de los negocios, tan cartesiano, con frecuencia, 2 + 2 no suman 4. Y si hablamos de personas, desde luego que no.

Tras tanto negocio, algo de evasión. Mi recomendación clásica de esa semana es de ciencia- ficción y tiene poco que ver con lo que acostumbramos ver en el cine: “Crónicas Marcianas” (1950) de Ray Bradbury.

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Lean, por favor

Hace unos meses, pero ya en 2015, remití un cuestionario para conocer el grado de aplicación de determinadas herramientas y tecnologías en empresas del sector logístico para documentar un reportaje. En el listado de opciones incluía: SGAs (sistemas de gestión de almacén), Geolocalización, Herramientas para Compras, Lean, Identificación por Radiofrecuencia y otras más.

Uno de los receptores me contestó, amablemente, que faltaba el enlace en “lean” y que por ello no podía “leer” el contenido de esa línea. Como ya habrán caído en cuenta, confundía -o seguramente desconocía- las herramientas Lean (fonéticamente “Lin”) sobre las que preguntaba la encuesta, con el subjuntivo o imperativo del verbo “leer”.

Suponemos con demasiada frecuencia en los ámbitos profesionales que todo el mundo “está en el ajo” y que determinadas tendencias que se hacen para nosotros habituales, lo son para todo el mundo, aunque escarbando en la realidad casi siempre el espectro de conocimiento se parece a un iceberg o a una regla de Pareto: unos pocos saben de este o aquel tema especializado; el resto, no. Aunque en este caso, todos deberían saberlo.

¿Por qué? La recomendación viene por el uso más prosaico del sentido común. Las herramientas y aplicaciones de las enseñanzas Lean (que nacen en la década de los 30 del siglo XX) lo que procuran es el ahorro, la erradicación del despilfarro en cualquier recurso y la mejora continua. Lo que les decía, aplicación del sentido común a la empresa -más necesario que nunca- a manos llenas, ahí es nada. Y no solo en logística. En cualquier área o sector.

Lo único que hay que hacer es proveerse de un buen experto que nos acompañe por ese camino para después no abandonar nunca la senda. Pero no se preocupe, que expertos, haberlos “haylos”, como los que mostraron su saber hacer la pasada semana en una jornada que organizamos en el Instituto Logístico Tajamar.

Así que no lo duden, “lean” (del verbo leer), infórmense, busquen, comparen, asesórense y apliquen Lean (la herramienta y sus técnicas) en la medida que puedan, desde un pequeño proceso a toda la compañía. No se arrepentirán.

Y otra recomendación. Esta para que la lean. Como siempre, un clásico (1980): “El quinto jinete”, de dos colegas periodistas (Dominique Lapierre y Larry Collins). Una muy buena novela de suspense, con magníficas descripciones de Nueva York desde la primera línea, y de alguna forma inquietante y premonitoria de acontecimientos sucedidos, con más de 20 años de antelación.

En cualquiera, o en los dos casos: Lean, lean, por favor.

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