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Paradoja logística informativa

Una noticia emitida la pasada semana, daba cuenta de la reunión mantenida en un importante ayuntamiento andaluz con representantes de un operador logístico, que busca suelo para instalar una plataforma. La información recoge de qué ayuntamiento se trata, quiénes estaban presentes por parte de la corporación en esa reunión, cuál es el objetivo de la plataforma y a qué tipo de negocio daría servicio: todo, menos el nombre del operador logístico.

Es posible que, en este caso, el prestatario de los servicios logísticos prefiera mantener el anonimato inicialmente, aunque si eso fuera así no entiendo que se haga pública la reunión con el resto de detalles. Lo que llama realmente a la atención es lo frecuente de este tipo de noticias, u otras referidas al ámbito logístico, en las que el o los protagonistas (empresa o  marca) parecen importar poco o no ser nada relevantes en lo que al conocimiento del público en general, aportan, algo que no ocurre prácticamente en ningún otro.

Si los medios generalistas recogen una noticia sectorial o empresarial ya sea de moda, automoción, alimentación, bebidas, distribución comercial, informática, comunicaciones, editorial, inmobiliaria, juguetes, etcétera, no obvian las marcas, fabricantes o comercializadores. En logística una vez sí y otra también, y aquí incluyo a los proveedores de equipamiento y a los prestatarios de servicios.

Las respuestas a esta paradoja se me antojan que no pueden ser más que tres: o bien, la logística es aún más transparente socialmente de lo que venimos denunciando, lo cual es un problema; o bien mis colegas de la prensa diaria tienen un escasísimo conocimiento de este sector, que se refleja en la redacción de ese tipo de noticias, lo que es una debilidad; o bien los editores de los grandes medios obvian marcas y empresas al no tratarse de sus anunciantes. Mala praxis en cualquiera de los casos.

Hagan la prueba. Como profesionales de este sector no les costará mucho, ya que les llamarán especialmente a la atención las noticias que nos competen y que son publicadas por medios generalistas (prensa, radio, TV o Internet). Vean y comprueben en cuantas se dice el qué, pero no el quién, sin explicar el por qué de ese “olvido”.

Modestamente, o no tanto, menos mal que nosotros estamos aquí.

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El último tatuaje del portugués de turno

Cada vez queda menos espacio para la información. Para las noticias. No sé qué será de nuestra profesión periodística dentro de unos años. Lo que hoy arrasa no es saber, es suponer. Las redes sociales, para lo bueno y para lo malo, se hacen con el mando de las operaciones informativas. Aunque informar, informan poco, casi nada. La mayor parte es “postureo”, impostura, suposición, cotilleo, tirar la piedra y esconder la mano, señalar con el dedo.

Las gradas de Sevilla, junto a la catedral eran lugar de reunión de la ciudad más importante del mundo en su época, cuando no existía la prensa, allá por los siglos XV ó XVI, aunque lo mismo hubiera dado, porque casi nadie sabía leer. Allí se conocían y comentaban los últimos chismes de la Corte, de Las Indias, de estos y aquellos, se despellejaba a unos y encumbraba a otros: total, porque alguien con gracejo lo había dicho.

Es, poco más o menos lo que hacemos hoy. Antes “lo decía la radio”, salía en “el parte” y esa era la condición de veracidad; luego quien lo decía era “la tele” y por idéntica razón era indudable, no importa si era un “telediario” u otro programa. Ahora cualquiera es difusor de una inabarcable catarata de opiniones pobremente salpicadas de hechos, a través de canales universales como Twitter o Facebook sin importar su solvencia, pero la notoriedad es la misma que la de canales anteriores: para muchos si está en Internet es toda la verdad y nada más que la verdad.

Otra circunstancia, además, ha cambiado el panorama: las llamadas redes sociales están ligadas a medios y canales tradicionales y, a veces, o mejor, con frecuencia, es imposible distinguir un tweet difamatorio (con papeles de allende los mares o sin ellos) de una información o una noticia contrastada. Si los tetes no tienen patrón, San Benito debería serlo, porque una vez señalado…

Importa lo que se dice, no cómo se dice, ni que prueba, contraste o investigación se añada; importa si es trending topic, que es lo más de lo más de la información, la noticia del momento, aunque sólo se trate de saber qué significa el último tatuaje del portugués de turno; importa el “ruido”, las alharacas, eso que en periodismo es precisamente, lo que sobra, lo superfluo. Mientras, la calidad, el mejor tejido informativo, se deshilacha y enreda condenadamente como el sedal.

Frente al “hay que estar”, no importa por qué, frente al tweet supuestamente bien informado; a la imagen de usar y tirar que se hace viral, o al vídeo de Youtube, lo importante es saber discernir entre el rumor de la noticia, entre la información y la opinión y entre la sobriedad y la descalificación burda. Para eso –modestamente o no, como ustedes quieran- estamos unos pocos periodistas que procuramos esa ayuda cada vez más necesaria para filtrar e interpretar ese exceso de ruido, algo así como un mapa para enfrentarse al universo de Internet sin perderse.

Pero cuesta. Hacerse un hueco profesional en este bosque de redes sociales y pescar un  rayo de sol con el que medrar. Ser reconocido por la seriedad del trabajo, ya sea un producto físico, un artículo periodístico o un tweet. Y ser tenido en cuenta por la trayectoria de cada día y no por la gracia a la hora de escribir un Whatsapp, o por el ser amiguísimo o amiguísima que tiene mil amiguísimos en Facebook. A veces pienso que esos a los que siguen cientos o miles y que se dejan los pulgares en la pantalla cada minuto, no son más que modernos flautistas de Hamelín, al que por cierto, seguían las ratas, pero sólo lo pienso a veces.

Y para el que lo esté pensado, sí. El post en un blog como este es también una forma de comunicarse a través de las redes sociales. Y es opinión.

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¿En qué se parece la logística a la Isla de Pascua?

Como conté en mi último post, la semana que ha concluido se ha celebrado el Día de la Logística. Este año, el 21 de abril. Una cita anual alrededor de la cual se han llevado a  cabo varios actos, reuniones, jornadas y conmemoraciones, a las que nos hemos sumado desde nuestro medio de comunicación. Como dijo el presidente del CEL, Alejandro Gutiérrez, en la velada que supuso el cierre de esas celebraciones, el Día de la Logística tiene como objetivo “dar mayor visibilidad social a la gestión de la cadena de suministros”. La pregunta es ¿Lo conseguimos?

El plantel de asistentes a la citada velada era del todo espléndido en cantidad, calidad y representatividad sectorial; el de los actos que organiza el CEL lo es igualmente y también, modestamente, el que ponemos en marcha desde Cuadernos de Logística. Pero, sinceramente, creo que debemos aspirar a más. Y el foco debemos ponerlo en el  término “social” de esa frase que dictaba Gutiérrez.

La mayor parte de quienes acudimos u organizamos esas citas, sabemos de qué va la logística. Está bien tener una cita anual de todo el sector, escuchar y debatir de temas comunes, premiar a los mejores cada año, desde luego. Pero ¿Están en estas convocatorias esos que deben permear a la sociedad de la res logística? Creo que no.

Ojo, no se trata de señalar deficiencias. Que no las hay. Es claramente, y así lo señalo, el lanzamiento de un reto. Un escalón más. Creo que bajo el liderazgo del CEL, que es quien detenta el compromiso de celebrar en España ese Día de la Logística, debemos ser capaces de atraer a otros estamentos o de ir a buscarlos si es preciso y de ahí, en aluvión, llegar a empapar a la sociedad, contarle qué hacemos, el cómo y porqué esta profesión es de vital importancia.

Hablo del Gobierno, de la Administración (en cualquiera de sus niveles o en todos), de la Universidad, de la enseñanza Secundaria, de las cooperativas, centrales de compras, de las asociaciones de consumidores, etc.

Debemos hacer, en mi opinión, un gran frente común. Necesitamos ese conocimiento (y reconocimiento) social hacia la logística. Y lo necesitamos casi diría que con urgencia. Un frente al que puedan sumarse los más posibles. Y si la montaña no va a Mahoma…habrá que ir a contárselo a su casa, a sus clases, a sus eventos. Y no sólo el CEL, las empresas de carretillas, las de sistemas, los operadores logísticos, la prensa, en suma: todos estamos obligados.

Tenemos vocación y voluntad pero nos falta ese paso, que puede ser pequeño en dimensión y enrome en repercusión, porque a veces somos un tanto endogámicos y nos miramos en exceso al ombligo, que es como los habitantes de la Isla de Pascua llaman a su tierra en el lenguaje original: Te Pito Te Henua (El ombligo del Mundo). Quizás porque no pudieron salir de allí.

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Sordera estructural

Por si ustedes no lo saben, el Códice Voynich, custodiado en la Universidad de Yale (Estados Unidos), es un libro encontrado a principios del siglo XX que, al parecer, data del siglo XV. Eso es todo. Nada más se sabe de él. Ni quien lo escribió, ni cuál es el objeto de su contenido policromado, ni en qué idioma está escrito. Nada. Todo un misterio que no pocos han intentado desentrañar. Me pregunto cómo “residiendo” en los Estados Unidos, a nadie se le ha ocurrido aún una película sobre él. El tema es fascinante.

Cuando estudié teoría de la comunicación, aprendí que ésta necesita de unos códigos (lenguas) que describan lo que se pretende contar (significado) y que sean compartidos por quién escribe o habla (emisor) y quién lee o escucha (receptor), para que el mensaje desde uno al otro llegue (canal) y sea entendido. Gran parte de eso es lo que nos falta para saber qué es el Códice Voynich, lo desconocemos y quizás se haya perdido para siempre.

Echando la vista atrás sobre este 2015 –inevitable en estos días de balance- sorprende precisamente la falta de comunicación, o la incapacidad para comunicar que se demuestra con frecuencia a pesar de disponer de todas las herramientas: conocemos los códigos, podemos entender los significados y los canales son compartidos y abiertos. Pero no nos entendemos. Ni nos escuchamos. Somos “sordos comunicacionales” o nos proponemos muy seriamente serlo.

Sí porque, de otro modo, no seguirían unos hablando de las bondades del ferrocarril de mercancías y otros (los que pueden hacerlo realidad) invirtiendo sólo en ese modo para pasajeros, un asunto que dura y dura y dura; tampoco sería necesario insistir hasta el agotamiento en la necesidad de una reglamentación que forme y proteja a los operadores de carretillas, que ignoran, de nuevo, quienes deberían imponerla; tampoco entraría en esta categoría el medio ambiente y su protección -¿alguien lo duda en un diciembre que parece mayo?- pero de nuevo unos hablan y otros no escuchan; si esto ocurriera –que nos entendiéramos- no haría falta recordar que se prometió ¡hay alguien ahí! una cosa llamada Estrategia Logística y que si te he visto no me acuerdo.

Si todos manejáramos idénticos códigos con el lenguaje –que lo parece, pero que no debe ser así- no sería preciso repetir que la tarea que llevan a cabo los operadores de proximidad, en un entorno de comercio electrónico imparable, tiene un valor y, por lo tanto, un precio y que se debe pagar por él sin intentar reducirlo a lo mísero en aras del “todo gratis” de Internet; si no existiera esa incomunicación estructural, nadie (ni siquiera los sindicatos) echaría la culpa del paro a la automatización de almacenes o de procesos, porque eso se soluciona en otra parte; tampoco se construirían aeropuertos inútiles para luego venderlos inútilmente, porque alguien habría escuchado a alguien en algún momento y le habría dicho que eso era una insensatez y aquel lo habría entendido; y si nos entendiéramos, si la comunicación fuera permanente y no estuviera llena de interferencias interesadas, a estas alturas tendríamos LOTT y Mapa de Plataformas Logísticas, y… podría seguir, pero no son horas, ni fechas.

Ya lo ven, a pesar de todo, de lenguajes y significados comunes y de disponer de todos los canales posibles, no estamos tan lejos de no entendernos, ni entender “ni papa” de lo que nos rodea, como nos ocurre con el Códice Voynich. Espero que me hayan entendido. Si no, tengo un problema.

¡Ah! y todo esto de la comunicación y del entendimiento, sin decir ni una palabra de elecciones ni del nuevo mapa político.

Disfruten ¡Feliz Navidad y un despejado y nada incierto 2016!

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Lo ha dicho la tele

Aunque otros medios intenten hacerle la competencia, especialmente Internet, con el que –por cierto- ha hecho bueno el axioma de que “si no puedes vencerlo únete a él”, la televisión mantiene su protagonismo casi intacto y todo lo que destila del canal catódico sigue fascinando y proporcionado una visibilidad difícil de igualar. Y ello pese a esa condición no escrita, pero compartida, de que todo lo que sale por la tele está muy “cocinado”, por no decir, directamente, que no es la quintaesencia de la veracidad.

Inicialmente, comparto esa condición de “artificial” que ya comentaban mis profesores de Facultad de CC. de la Información. Nada es espontáneo en televisión: nada se deja al albur, ni siquiera los “directos”.

La semana pasada, una empresa de logística (Palibex) fue protagonista de ese medio a través del programa “El Jefe Infiltrado” de la Sexta, como ya publicamos en nuestro anterior boletín.

En un programa como este, tan complejo, la “cocción” ya no es una condición, es la condición. Tanto, me decía su protagonista el mismo día de la emisión, que la proporción entre el material rodado y el emitido es de 60 a 1. Y también me comentaba que hubo situaciones de verdadera sorpresa –incluso para él- con lo que puede que haya excepciones en esa creencia generalizada de falta de espontaneidad. Personalmente, me sigue pareciendo increíble que nadie le reconociera, aunque fuera del contexto profesional todos parecemos diferentes.

No voy a entrar de lleno en el contenido del programa, que es lo que es, aunque la productora y sus guionistas cometieron un par de errores. Y mucho menos en su epílogo, muy sentimental, que busca, indudablemente, la empatía lacrimógena. No es el único formato que lo hace. Lo que me pregunto, inevitablemente, es qué efecto habrá producido en los potenciales clientes de esta marca (la visibilidad del nombre parece indudable) y, también, que efecto en aquellos que no tienen una idea clara de lo que es la logística o la distribución de palés. Por mi conocimiento y profesión no puedo olvidar lo que sé. No sirvo para este caso. Pero creo que sería interesante conocer qué vieron los que no saben nada o casi nada de logística.

Paradójicamente, pese a esa “cocina”, hace algunos años, y no demasiados, cuando aún no había surgido con toda su fuerza y omnipresencia el fenómeno de Internet, las verdades absolutas, lo fueran o no, surgían de la “caja tonta” y era muy frecuente escuchar “lo ha dicho la tele” para refrendar una opinión como veraz, al tiempo que se atribuía carácter y voluntad al medio inane. No sé qué queda de aquello. Imagino que muy poco. Y, de nuevo, sería bueno saberlo.

Lo seria porque la logística adolece de transparencia y visibilidad social, e iniciativas como esta de Palibex pueden haber sido, o no -dependerá de la credibilidad que aún atesore el medio TV- una oportunidad para que se sepa qué hacen quienes trabajan en logística, en qué consiste su trabajo y, sobre todo, qué importancia social tiene.

Si fuera así, si hubiera cumplido ese objetivo o valor añadido, sería magnífico ¿No creen?

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Por la libertad

En varias ocasiones he manifestado desde este blog cuál es nuestro/mí objetivo. Como medio de comunicación especializado en un sector, la logística, pretendo volcar en la red y hacer llegar a nuestros lectores del boletín diario -en este caso una vez a la semana- comentarios, opiniones, llamadas de atención, etc. con toda la flexibilidad y libertad que ofrece este formato puro de Internet. Pero siempre referido a la logística. Cualquier comentario de otro orden, político, deportivo, de sociedad… sólo tiene cabida como intermezzo para llegar a un tema o comentario referido a nuestro sector.

Pues bien, espero tener su permiso porque me voy a saltar todas esas reglas que nos hemos fijado. Soy periodista, soy comunicador y soy un ser humano que, por fortuna, tiene memoria. Y esa memoria me ha revuelto el estómago al sufrir el noche del viernes 13 y la madrugada del sábado 14 un puñetazo de déjà vu, al ver la barbarie sin sentido que estaba sucediendo en París y que, obviamente, me trajo al Madrid del 11 de marzo de 2004.

La memoria desde luego no es lo más importante. Por haber sufrido una masacre en carne propia, la de los españoles, la de los madrileños, la de quienes ese día estábamos allí (jamás olvidaré esa jornada y las que vinieron después), no tenemos ninguna ventaja. Si acaso, mayor dolor y puede que algo más de comprensión hacia los parisinos o transeúntes de esa magnífica ciudad; y mayor incomprensión, si cabe, hacia quienes realizan esos actos abyectos en nombre de, realmente, nadie sabe qué.

El mundo se ha vuelto loco y algunos han perdido totalmente la razón, sea esa lo poderosa que se quiera y sustentada por la creencia que se quiera. Cualquiera de las masacres que hemos sufrido en la última década (Torres Gemelas, Madrid 11-M, Londres, Charlie Hebdó,… ) es igualmente incomprensible para la razón, esa que nos debería distinguir de los animales, aunque éstos se muestran con frecuencia mucho más “humanos” que nuestra propia especie.

No hay mayor tesoro que la libertad, eso que se llamó albedrío; ni peor condena que estar secuestrado, física o psicológicamente, por falta de ella. Quienes cometen estos crímenes contra la Humanidad y sus congéneres, son rehenes de un objetivo que no les permite más libertad que el asesinato y el suicidio; quienes sufrimos esos ataques indiscriminados somos, inevitablemente, rehenes del miedo.

¡Basta ya! La palabra, eso que nos distingue, también, de los seres irracionales, tiene que ser la única arma que se esgrima desde ahora, aquí y en cualquier parte.

El dolor de nuestros vecinos, que es también es de muchos de nosotros, es lo suficientemente hondo como para preguntarnos, alto y claro qué podemos hacer para que nadie quiera repetir esta barbarie terrorista y poder recuperar la libertad de la raza humana, que TODOS hemos perdido, aunque algunos de una manera infinitamente más dolorosa.

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La cajuela del auto

La comunicación es uno de los pilares de la Humanidad y el lenguaje su herramienta. Quienes conocen y comparten las reglas, signos y significados de una determinada lengua, son capaces de emitir y recibir mensajes en la misma “longitud de onda”. Es lo que hacemos ustedes y yo en este mismo instante. Usted es ahora receptor, yo emisor.

Si nos olvidamos de esas leyes, incluso compartir el mismo idioma se puede convertir en un galimatías inútil, o en una impropia utilización de ese lenguaje común.

Como toda disciplina y desempeño de fuerte impronta tecnológica, la logística y todas las actividades que se desarrollan dentro de ella, beben de la fuente común anglosajona, y más concretamente del inglés. Términos como supply chain, management, B2B, e-commerce, sorter, pallet y un larguísimo etcétera, están ahí y son permanentemente utilizados por los profesionales. Algunos de esos términos son reconocidos por los receptores, otros no tanto. Pero parece que se ha impuesto el criterio -erróneo en mi opinión- de que su uso hace más creíble a quien siempre lo pronuncia o escribe frente al término vernáculo, y más entendido o iniciado a quien lo comprende. Se es o no, si se maneja esa suerte de “spanglish” logístico. Algo que no es ajeno a otras disciplinas.

La lengua es algo vivo y para eso trabajan entidades como las Academias de la Lengua, para añadir nuevos vocablos antes inexistentes, o para vigilar el uso adecuado de la lengua común, sea cual sea. Así, en español, la secuencia de palabras del párrafo anterior sería: cadena de suministros, gestión, de negocio a negocio (o mejor, entre empresas), comercio electrónico (o compras por la red), distribuidor y palé. En nada desmerece este uso adecuado y académico a quién así lo utilice, al menos en alguna de sus comunicaciones. En absoluto es menos profesional o está más alejado de la vanguardia de su profesión. Simplemente se hace entender y se comunica -que no es poco- en una lengua común a su entorno. Y ha sido así desde hace decenas de miles de años.

La complejidad en el aprendizaje de una lengua o idioma, incluso el propio, reside precisamente en el conocimiento de esas reglas, signos y significados y en sus infinitas combinaciones. Pero son imprescindibles. En caso contrario aparecen dialectos artificiales y  lenguajes informales o “económicos” (como el utilizado en los “sms” telefónicos). O directamente el desconcierto. Un ejemplo de ello es el palé, “plataforma de tablas para almacenar y transportar mercancías”, según recoge la RAE, que habrá visto escrito con frecuencia e indistintamente como pallet, palet o paleta.

Si la utilización de una moneda común favorece y agiliza el intercambio económico, respetando sus reglas, valores y cotizaciones, la utilización correcta de una lengua común en un entorno que la reconoce como propia, favorece la comunicación, la información y el intercambio de ideas. Insisto, con independencia de la lengua que se trate. Y, además, enriquece la cultura que la soporta. No se trata de no habar otras lenguas, sino de hacerlo correctamente en la propia, cuando existen términos para ello.

Si a este lado del Atlántico no parqueamos a dos cuadras del departamento tras cerrar la cajuela del auto, tampoco deberíamos hacer una eficaz supply chain management moviendo con sorters nuestros pallets de e-commerce en el canal B2B…Ah, ni tampoco hacerlo con toros, si acaso con carretillas.

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Un palito en el avispero

La noticia ha sido la más relevante en mucho tiempo para la logística y el transporte. Hablé de ello en mi blog de hace dos semanas (1 de diciembre) y también nos ocupamos de este singular hito ferroviario el pasado miércoles 10 de diciembre en nuestro new diario: el tren chino de mercancías llegaba a Madrid procedente de China, una relación pionera tras recorrer 13.000 km. Un dato: Alemania cuenta ya con cinco trenes por semana con el gigante asiático.

De esa relevancia, debía dar idea la bienvenida oficial ofrecida al convoy: autoridades chinas y, por parte española, la máxima representación de la Administración central sectorial (Fomento) con la ministra, Ana Pastor, y la máxima representación local con la alcaldesa, Ana Botella, como anfitriona.

El ideal utópico de la democracia -casi una ensoñación- es que gobiernen los más votados mientras que la oposición vigila su bien gobierno y colabora en él. Lo dicho, un sueño. A falta de pan…, y sobre todo con una holgada mayoría y amplia representación del partido gobernante en otras Administraciones locales o regionales, un ideal conformista y facilón es que quienes gestionan la cosa pública colaboren con sus compañeros de filas en cualquiera de sus niveles administrativos. Ejemplos, los hay. Y funcionan. Como el de Aragón hace unos años. Todos en el mismo bote y remando hacia el mismo lado. Es lo mínimo ¿no?

Por eso resulta sorprendente y algo más que sospechoso lo ocurrido con la mencionada noticia del tren Yiwu-Madrid. Me refiero a las notas de prensa oficiales del Ministerio de Fomento (http://www.fomento.gob.es/MFOM/LANG_CASTELLANO/GABINETE_COMUNICACION/NOTICIAS1/2014/DICIEMBRE/141209-03.htm) y del Ayuntamiento de Madrid (http://www.madrid.es/portales/munimadrid/es/Inicio/Ayuntamiento/Medios-de-Comunicacion/Notas-de-prensa/Llega-a-Madrid-el-tren-China-Espana?vgnextfmt=default&vgnextoid=b3201a101ee2a410VgnVCM1000000b205a0aRCRD&vgnextchannel=6091317d3d2a7010VgnVCM100000dc0ca8c0RCRD). No creo en las casualidades. Y mucho menos en política. Por eso, sumo dos y dos me dan cuatro, al ver que ni en la nota de Fomento hay la más mínima mención a la alcaldesa, ni en la del ayuntamiento capitalino a la ministra. Ah, ni tampoco a las autoridades chinas, en ninguna. Al menos en las fotos del ayuntamiento aparecen unos y otras. En la de Fomento, ni eso.

Hablamos de la mayor economía del mundo, China, con unas cifras mareantes, que se zampan para desayunar una economía como la nuestra. Y hablamos de un tren que ha llegado a España, a Madrid. Y de 40 contenedores expedidos directamente de China a España, atravesando dos continentes. Hablamos de una oportunidad de verdad histórica que precisa todos los apoyos posibles.

Pero nuestros politicastros “ombliguean” y tienen menos perspectiva que un besugo. Como siempre el interés común sólo es interés si les incluye a ellos. O ellas, en este caso. Se rumoreaba que la ministra que ha aparcado la Estrategia Logística (los Presupuestos, como el algodón, no engañan), podía volver a Sanidad tras la dimisión de Ana Mato (¡otra Ana!), señal de que quizás -esto es especulación- ya no está muy cómoda en Fomento. ¿Y qué decir de la alcaldesa que abandona, abandonada? Sea como fuere ahí tienen la prueba del inoportuno desencuentro.

Lo que nos faltaba es que no se “ajunten” ni ellos. Y ya se sabe, las peores riñas son las de familia. Alguien ha metido un palito en el avispero y quien sabe cómo podemos acabar.

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Una falda de cuadros, una gaita y un vaso de malta

Las últimas semanas y especialmente la que acaba de concluir, nos ha invadido de cultura escocesa como telón de fondo al referéndum del 19 de septiembre, en el que por un margen ligeramente superior al 10 por 100 los ciudadanos residentes en Escocia han decidido que  el Reino Unido lo siga siendo, al menos por ahora.

Detrás del “No”, del “Better Togheter” y sobre todo del “Yes”, hemos visto y oído los rasgos más visibles de la identidad Scottish, su geografía y paisajes, la lengua gaélica, el tartán de tela a cuadros que identifica a cada clan o familia, el llamativo traje masculino -con todos sus aditamentos-, la gaita con sus agudos tonos, y hasta casi podía percibirse el aroma de algún whisky de malta de las highlands. Reconozco mi afección por esos rasgos, desde el kilt, pasando por las leyendas, hasta el Scotch, servido en copa de vino y desde luego sin hielo. Supongo que no soy el único.

No voy a entrar a opinar sobre el derecho de los escoceses a decidir su futuro juntos, bajo la Union Jack, o separados, ni sobre el resultado de la consulta. Como no lo haría sobre el derecho de catalanes, flamencos, corsos o vascos sobre idéntica cuestión. No sé si es el momento, pero desde luego no es el lugar. Aunque como todos, tenga opinión al respecto. Sin embargo, el referéndum si me invita a una reflexión con la logística, como no, como foco y soporte de esta disquisición.

Las necesidades de consumo, de soporte ante circunstancias adversas, de exigencias en grandes acontecimientos y, en fin, el casi infinito etcétera que supone cubrir las carencias de cualquier tipo, ha movido a la logística a generar cadenas de suministro eficaces y globales, desde todas partes y hacia cualquier punto, saltando y resolviendo las dificultades que imponen las distancias, las barreras físicas, las temperaturas, las culturas, las monedas…en suma, ha roto casi todas las fronteras. La aldea global es cada vez más aldea gracias a la información, pero también a la logística.

Por eso me resulta paradójico comprobar cómo mientras la clase empresarial, las compañías distribuidoras, los suministradores, los transitarios han buscado y encontrado -logística mediante- esas soluciones, la clase política no parece capaz de solventar los problemas fronterizos. En lugar de bajar barreras, a veces parecen empeñados en levantarlas y crear dificultades que antes no existían. Y, a más barreras, más reglamentaciones, menos homogeneidad y más y más inconvenientes para el flujo de mercancías.

No digo que la logística deba ser la razón que mueva al mundo y a los políticos y dirija sus decisiones. Lo que digo es que cualquiera que haga un mínimo análisis de este sector de servicio concluirá que la logística propone y articula soluciones cada vez más globales que son, desde luego, las que exigen unos ciudadanos igualmente cada vez más globales. Es en esa actitud, global, en la que deberían fijarse los gestores de la cosa pública antes de mirarse tanto el ombligo. Digo yo.

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La autopista del mar y la boca de un fraile

La “autopista del mar” que une Gijón y Nantes tiene su futuro más que comprometido. La naviera que explota la línea, LD Lines, ha anunciado que no continuará con el servicio a partir del 18 de septiembre, una vez agotadas las subvenciones.

A pesar de haber conseguido en algunos periodos desde su puesta en marcha en 2010 la ocupación total -subiendo al barco casi 8.400 vehículos en seis meses-, a pesar del compromiso de la UE hacia este transporte intermodal, a pesar de las indudables ventajas medioambientales, de seguridad, e incluso de descanso de los conductores (en su mayor parte procedentes de Castilla y León y Portugal), la naviera ha esgrimido la “inviabilidad observada del servicio una vez consumidas las subvenciones públicas”.

Las autopistas del mar forman parte de las políticas estratégicas en materia de transporte de la UE y en este caso la línea Gijón-Nantes /Saint Nazaire cuenta además con el decidido apoyo y compromiso  hispano-francés: ambos países crearon en su día una comisión intergubernamental a este respecto, que se acaba de reunir para intentar que no se produzca la suspensión.

Lo que cabría preguntarse ahora, paradójicamente, es si no ha sido ese apoyo en forma de notable subvención -acaso excesivo pues puede llagar hasta el 40 por 100- lo que ha impedido trazar y cumplir con un plan de viabilidad económica real. Y una segunda derivada, la puesta en marcha de otra “autopista marítima” franco-española este mismo año desde Vigo y, también, hasta Nantes ¿Hay suficiente demanda para ambas líneas?

Es más, hace unos meses, en enero de este mismo año, se anunciaba que la línea Gijón-Nantes podría convertirse en una red, añadiendo los puertos de Santander, Poole (Inglaterra) y Rosslare (Irlanda). Este proyecto parece ahora muy lejos.

Algunos países miembros de la UE, en la expresión de sus políticas económicas, propugnan lo pernicioso del exceso subvencionador en actividades propias de la iniciativa privada, una “costumbre” que sin embargo está muy asentada en algunos países del sur de Europa, como el nuestro.

En cualquier actividad económica -no olvidemos que gestionamos nuestros negocios bajo las reglas de la economía libre del mercado-, incluso en la gestión del propio patrimonio, es frecuente mirar al Papá-Estado cuando las cosas no van bien, solicitando subvenciones, quitas o condonación de las deudas. Cumpliendo con el refrán: parece que “nos ha hecho la boca un fraile”.

Y de aquellos barros, vienen estos lodos. De aquellos apoyos, esas inviabilidades. De esas costumbres, estas subvenciones: Y si no hay subvención, no hay negocio…¿o es que el negocio es la subvención?

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