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No es hora de margaritas

Tengo la sensación de que en otro Universo hemos debido hacer algo muy mal. No sé. Quizás  hayamos masacrado a una raza alienígena muy inteligente que, por ello, ha conseguido manejar el tiempo y el espacio y ahora nos lo hace pagar; o quizás no hemos cumplido con algún mandato inserto en nuestro ADN desde tiempo inmemorial –poner sentido común en nuestro común destino– y ahora el destino se corrige con este castigo. Sentido y Destino tienen las mismas letras: entonces, debe ser eso.

Bromas aparte y crean o no en la predestinación – yo no- seguro que el esfuerzo que llevamos haciendo desde hace al menos ocho años, un esfuerzo por no perecer en una travesía del desierto en la que, además, se nos pidió el sacrificio de no beber agua, merece ahora una recompensa: el oasis de aguas frescas y cristalinas y de sombras bajo las palmeras, al que hemos llegado exhaustos, no puede convertirse en un espejismo. No sería justo ni proporcional a ese esfuerzo.

Los signos económicos son ya sin duda ¡por fin! positivos. Si hacen falta pruebas de que el consumo se ha recuperado, no hay más que mirar las cifras de la campaña de Navidad, incluidas las reservas hoteleras, el Black Friday y el Ciber Monday; las de la venta de inmuebles o de automóviles.

Nuestro sector logístico y de transporte es fiel reflejo de ello, puesto que se nutre de la correa de transmisión del consumo y la industria que lo soporta: las ventas de carretillas han concluido el último año (a falta del cierre oficial) en el entorno de las 20.000 unidades; la actividad de los operadores, crece y crece, impulsada por los nichos tradicionales y muy especialmente por el comercio electrónico, que está “desbocado”; se empiezan a cerrar operaciones de instalaciones intralogísticas de esas que los proveedores llaman de gran recorrido, nuevos proyectos u otros que estaban congelados; el transporte por carretera vuelve a crecer y empieza a haber escasez de inmuebles e infraestructuras logísticas. No se puede pedir más. Bueno, sí, que esta situación no sea pasajera, el espejismo del que hablaba.

Las conclusiones del reciente Foro Económico de Davos hablan de algunos nubarrones en el panorama económico internacional, pero aún así las previsiones para nuestra economía, según otros vaticinadores, siguen siendo sólidas. Por eso no deberíamos sufrir un parón, que no se producirá siempre y cuando…

Siempre y cuando no juguemos frívolamente con la situación que ha salido de las urnas; siempre y cuando quienes deben administrar el poder –económico y político- que se les ha encargado, democráticamente, no se dediquen a la riña callejera, el “y tú más” o el “no te ajunto”; siempre y cuando sean capaces de ver más allá de sus narices o más atrás de sus coletas; siempre y cuando propongan y nos dispongan, hagan y no deshagan, colaboren y no entorpezcan. Hagan uso de su responsabilidad y no de su visceralidad.

En mi opinión, si la economía y el consumo han sido capaces de resistir, y la logística de adecuarse a las cada vez más exigentes condiciones de tiempo, espacio y precio en esta última década, alguien, seguramente estamentos como la CEOE y la CEPYME, los Círculos de Empresarios, las Asociaciones Profesionales y Gremiales, la Banca y los directivos y presidentes de las principales empresas españolas deberían recordar a esos políticos advenedizos o inmovilistas –ahora y con voz clara- el enorme esfuerzo soportado y cuál es su responsabilidad en estos momentos con nuestro sistema económico y sus ciudadanos, precisamente desde esos estamentos y al margen de cualquier ideología.

No hay tiempo que perder ni margarita que deshojar. Es ahora o ahora.

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El señor del armario

No es tan famoso como “El señor de los anillos”, ni tan inquietante como “El señor de las moscas”, y sin embargo “El señor del armario” merece una reflexión. Con este título se presentaba hace poco Pedro Puig, el director general de LTR y del Grupo Leuter, en una ponencia durante Logistics 2014. Y no es la primera vez que se presenta así. De hecho en Sudamérica empiezan a conocerle por ese prosaico título que él mismo se ha concedido.

Trata así de simplificar su presentación empresarial. A fin de cuentas una empresa como el Grupo Leuter, dedicada a proporcionar soluciones de gestión de almacenes, no hace sino -puestos a simplificar- ordenar el inmenso armario que es un almacén. Simple y directo. Tanto, que huye de etiquetas  como la denostada de consultor -aunque su trabajo sea con frecuencia ese- y sólo tiene una pregunta que hacer a sus potenciales nuevos clientes ¿Tiene un problema?

Puig ha luchado por esa transparencia con tanto denuedo, que casi le cuesta acabar con su propio proyecto, eso sí, con la inestimable ayuda de la justicia y su exasperante lentitud. Eso no ha cambiado su discurso. Ni su pasión por lo que hace. Y ahí está. Él y su compañía. Comiéndose el mundo. Y entre bocado y bocado, compiten y ganan -tres de cada cuatro veces-en Latinoamérica, con las poderosas multinacionales norteamericanas en su mismo nicho.

Conozco a un puñado, escaso, de “señores del armario”. Sencillos. Abiertos. Trabajadores. Hechos a sí mismos. Sin ayuda, ni casi reconocimiento. Sacrificados por un sueño. Por una empresa. A todos les mueve la pasión por lo que hacen. Y el emprendimiento. Y lo llevan por todo el mundo. Son fieles a sus principios aunque ello suponga que pinten bastos de vez en cuando. Aunque esos no les haya permitido medrar lo suficiente para mirar al futuro sin sobresaltos.

Esos  y no aquellos que están en los consejos y dirigiendo la CEOE (o digiriendo, pues se “zampan” todo lo que pillan), son los que merecen el apoyo, el galardón, el aplauso, el reconocimiento, las inversiones y las subvenciones si las hubiere, aunque esto último no les haga mucha gracia. Esos son los verdaderos empresarios, porque una empresa no es sino una   tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo (RAE).

Soy un afortunado por conocer a ese puñado de EMPRESARIOS. Y eso me sirve para compensar el hartazgo, la sin razón y el mal estómago que me producen las tarjetas “black”, las cajas B, el tráfico de influencias y las prevaricaciones con las que me desayuno, como ustedes, cada día.

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