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No entiendo a este país

Cada vez entiendo menos a este país. Al mío. Y no me refiero a la situación política. Esa merecería un colegio profesional de criptógrafos para discernir qué demonios pretenden los elegidos en las urnas para representarnos. Volvamos entonces a lo nuestro.

Llevo años, seguramente todos los de mi profesión periodística – y todos ellos emparentados con la logística- escuchando cantos de sirena a favor del transporte de mercancías por carretera. Poco ha cambiado la realidad en este contexto. Lo que sí lo ha hecho es la actitud hacia la necesidad de que aumente en porcentaje –y notablemente- la participación de este modo en el conjunto del movimiento de mercancías, tanto a escala nacional como Comunitaria. La razón, poderosa e indudable, es el menor impacto ambiental de este modo de transporte frente a otros (el resto, realmente), unida a ciertos avances tecnológicos y operativos que hacen ahora al ferrocarril un poco más flexible.

Pues bien, la vuelta de las vacaciones yo al menos me he quedado sorprendido por una declaración oficial de ASTIC (el colectivo español del transporte por carretera) que publicamos el pasado viernes en la que carga contra la política de inversiones nacional y europea que dedica grandes partidas el ferrocarril y menos a la carretera, modo que ASTIC pondera sobre los demás por sus crecimiento, aunque no señala sin embargo si el transporte de carreteras medra ante la falta de alternativas en otros modos.

Los colectivos tradicionales del transporte, léase terrestre, han variado su posición tradicional de enfrentamiento con otros modos a la colaboración. O eso parecía. Incluso CETM, la patronal nacional, creó en su seno hace no demasiado CETM Multimodal. Eso sí, aun aceptando la bondad de otros modos, propugnaban el liderazgo de la carretera. Pero ya era algo.

ASTIC acierta en reflejar la ingentes cantidades de dinero que van a parar al ferrocarril de pasajeros, frente al resto de inversiones en transporte. Pero no lo hace –en mi opinión- al volver a poner frente a frente y como dos opuestos excluyentes, al transporte por carretera y por ferrocarril. La vieja postura de conmigo o contra mí. Más de lo mismo… de siempre.

Que no, que no entiendo a este país. En esto, tampoco.

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No diga Brexit, diga Sortie

Tan encelados estábamos en preguntarnos qué demonios buscaban los británicos con su referéndum UE sí / UE no, cuyas consecuencias –sobre todo internas- nadie había sopesado, que no nos hemos dado cuenta del gol que nos han metido los franceses en plena Eurocopa: a toda Europa. En fuera de juego, sin árbitro y con el portero maniatado.

Casi resulta un chiste lo del Brexit y el levantamiento de barreras aduaneras y burocráticas entre Reino Unido y el resto de Europa, si lo comparamos con la Ley Macron, en vigor en el país galo desde el pasado viernes 1 de julio. Bajo la justificación de defensa del salario mínimo para los trabajadores del transporte por carretera –oh la,la- nuestro vecinos, por los que pasa toda mercancía que va del norte a la Península Ibérica y/o África y viceversa, o de este a oeste y viceversa, se han sacado del dobladillo de la tricolor una ley de imposible cumplimiento. Llena de trampas y burocracia hasta lo exasperante, condena sin paliativos la libre circulación del transporte de mercancías por carretera por Francia para todo el que no sea francés y, con ello, conculca una de las mayores conquistas comunitarias, la también libre circulación de  personas, capitales y bienes hacia y a través de uno de los países miembros y fundadores de la UE, Francia, precisamente el que más se ha rasgado las vestiduras y más duro ha sido tras el Brexit británico.

Nosotros junto con nuestros otros vecinos, los portugueses, somos los que más tenemos que perder, ya sea a la hora de transportar por carretera hacia Francia u otros países, o a la hora de recibir mercancías por el mismo modo de transporte. Las protestas en el seno de la UE y de otros estados miembros han sido más bien tibias, especialmente de Alemania, seguramente por la estrecha relación actual franco alemana, representada  por Merkel y Hollande, que lideran de facto la UE.

En cuanto al Gobierno de España, en funciones, aunque esto ya va siendo una costumbre que no justifica la dilación ni la dejadez, no ha hecho nada de nada, seguramente porque estaba ocupado en meter mano a la caja de las pensiones: para hacer esto valgo yo también, mire usted. Y cualquiera.

Volviendo a Francia, cabría preguntarse si tras su entrada en vigor, las autoridades francesas están aplicando la Ley Macron a rajatabla, es decir, si también vigilan la enorme caravana ciclista del Tour de Francia y al transporte de material entre sedes y estadios de la Eurocopa de Fútbol ¿O ahí no porque quedaría feo?

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Es que no se enteran

Bruselas ha reprendido sin paliativos a España por su falta de Gobierno y, por ende, de estabilidad. Ya saben las instituciones comunitarias de qué va eso (Bélgica, Grecia,…) y que supone en el corto y medio plazo para la economía nacional y, de paso, para comunitaria. Y aquí nadie se salva.

Los magníficos resultados económicos macro y micro de 2015, los primeros realmente optimistas desde 2018 ¡aleluya! pueden tornarse en preocupantes si la política sigue dando avisos de inestabilidad a su “hermana” la economía ¿exagerado?

Hace muy pocos días el director comercial de una gran empresa proveedora del sector logístico me relataba los buenos resultados de su empresa y del sector en el comienzo de 2016 al hilo de lo acontecido en 2015, pero también me confesaba que sin tener un efecto aún directo e inmediato, si que se percibía ralentización en determinadas decisiones y que los clientes argumentaban para esa dilación la incertidumbre política y gubernamental.

En el mismo sentido publicábamos la semana pasada en nuestra web las declaraciones de uno de los dirigentes del sector del transporte por carretera que hablaba –este sin paliativos- de descenso de actividad en un sector que es reflejo de la actividad del resto.

Y también el mercado de inversión en infraestructuras y naves logísticas refleja una caída nada despreciable del 25 por 100 respecto a 2015, según una de las inmobiliarias especializadas en este segmento.

Todas estas razones y la suma de las que reflejen otros sectores, deberían ser suficientes para que los aspirantes a gobernantes o los que ya lo son, se enteraran y tomarán decidida nota para acabar con este pernicioso intermedio ¿lo hacen? Lo más preocupante es que la opinión general es que no: vamos, que no se enteran de cuál es su papel en todo esto. Pues que pregunten a la logística y el transporte. Con eso bastaría.

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Cuando todos tienen mega-razones

El corazón tiene razones que la razón ignora. No es que me haya puesto romántico por aquello de la primavera, ya me entienden. Pero esta frase me viene al pelo para hablar de uno de los temas más recurrentes de los últimos meses en el ámbito logístico: la configuración euromodular de los vehículos de transporte. Vamos, para los más despistados, los megacamiones. Y es que se me antoja que en este tema que está levantado tantas ampollas, el megacamión tiene razones que la carretera no entiende. De ahí la “usurpación” de la frase.

Suponiendo las buenas intenciones de todos los implicados -no hay porqué pensar otra cosa- las argumentaciones expresadas hasta la fecha recogen una serie de razones ante las que es difícil disentir.

Vaya por delante que, por un lado, no se le puede poner limitaciones al progreso y que, por otro y por definición, la logística tiene como objetivo procurar que las mercancías lleguen a destino oportunamente y al menor coste posible., por lo que un solo vehículo más capaz, a priori, cumple con esa premisa.

Los cargadores lo tienen claro: SÍ a los megacamiones. Menos vehículos, menos operaciones de carga, menos flujos y, en teoría, ahorro en la parte final de su cadena de suministros.

Los operadores logísticos , también. SÍ a los megacamiones. Menos vehículos y más carga en trayectos regulares reduce tiempos y costes: carburantes, mantenimiento y conductores. Y además, en teoría, pueden ser más competitivos.

Para la administración, su legalización sigue una tendencia europea aunque, dada la concepción de estos mega-transportes, sus dimensiones y pesos y la imposibilidad actual de traspasar con ellos las fronteras, su uso queda, por ahora, muy limitado. Ah, y se esgrime también que se sacan vehículos de la congestionada carretera.

Y para el sector del transporte, un NO rotundo por inoportunidad –esas limitaciones de las que hablábamos- por su imposibilidad de uso internacional (que a priori parece el más lógico), porque es necesario un mejor y más profundo estudio de seguridad vial y trazados  (el que se ha hecho parece algo improvisado y superficial), porque no se ha tenido en cuenta al sector representado por organizaciones como CETM o el colectivo de la carretera (CNTC), porque sólo favorece a los grandes operadores de transporte (que pueden invertir en nuevos vehículos de esta morfología) y porque se ha hecho con un Gobierno en funciones, o sea con “nocturnidad”.

¿Hay alguna de estas razones que inicialmente no parezca lógica y hasta razonable? ¿Hay alguno de estos estamentos o sectores implicados que no piense un buen fin superior? ¿Hay algo de insensato, malintencionado o tendencioso en estos argumentos?

Se me antoja que NO. Pero lo que SÍ me parece es que hay un efecto contagio de otro panorama que llevamos meses viviendo: la escasa capacidad para sentarse a tratar este o aquel asunto y llegar a un consenso, con paciencia y voluntad, vo-lun-tad, buscando un bien común sin limitaciones previas. El yo no, las líneas rojas y el y tú más se han demostrado inútiles.

Los megacamiones, megatrailers o vehículos con configuración euromodular –como se prefiera- ya están aquí y, de hecho, circulando. Mejor con consenso que sin él, sobre todo cuando todos tienen razones en las que el corazón o el exceso de pasión corporativa no debería entrar.

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Los vecinos del 1º Derecha no nos dejan en paz

En apenas cien años hemos pasado de descubrir aún zonas desconocidas del planeta, a convertirlo en una aldea global. En ella ocupamos –este país- una casa común europea en la que nos ha tocado un piso con vistas al mar, a varios mares, en el Primero Izquierda, y un par de tabiques de vecindad. Con nuestros vecinos de la pared de poniente, el 1º Exterior Izquierda, no tenemos problemas. Son pocos y callados. Pero no ocurre lo mismo con los de la vivienda del Primero Derecha, en la pared norte. Nunca han sido buenos vecinos.

Envidian nuestras vistas y que nuestra vivienda sea mucho más cálida. Y también envidian a otros vecinos, sobre todo a los del piso del Centro Derecha, un dúplex en la zona noble de la casa (antes fueron dos viviendas, ahora una sola), donde se suelen decidir los asuntos de esta nuestra comunidad de vecinos.

El problema es que para salir del edificio, para ir a trabajar, a divertirnos o a las reuniones de vecindad, casi siempre tenemos que pasar por el pasillo del molesto vecino. Gente con posibles pero algo venida a menos, que quizás por ello tiene un carácter más bien agrio y protestón. Que si debemos de pagar por pasar por su rellano, que si nuestros inquilinos toman lo que no deben y por eso son tan buenos deportistas, que si vendemos frutas y verduras a los del Centro Derecha (los ricachones) antes de que puedan hacerlo ellos…

En fin, que han puesto un portero que casi es un gendarme, sentado en su rellano, y nos hacen la vida imposible: a nosotros y al resto de vecinos que pasamos por ahí. A este paso tendremos que salir de casa solamente nadando, por la piscina que da al este o por el estanque del norte, o volando desde la azotea.

La presidenta de la Comunidad, doña Ángela, que vive en el “pisazo” del Centro Derecha, debería tomar cartas en el asunto. El problema es que es bastante amiga de Paco, el molesto vecino propietario y no siempre se atreve a reprenderle.

Hubo un tiempo en el que quienes habitaban tanto el Primero Izquierda -nuestro piso- como  el Primero Derecha –el molestísimo vecino- eran aristócratas con dinero y poder, incluso hubo un matrimonio, hace muchos, muchos años, que emparentó ambas familias y llegó a plantear derribar el muro entre ambas viviendas, pero es un muro de carga y hubiera exigido demasiada obra. Desde entonces han sido más las rencillas del vecino, que sus favores.

Si no fuera porque somos una comunidad de vecinos, cualquiera diría que somos un país que exporta a través de la carretera y que nuestros camiones cargados de mercancías como parte del un flujo logístico incesante, para llegar a otros países, no tuvieran más remedio que pasar por el país vecino y que eso ocasionaría una “guerra comercial”, en la que ese país de paso irremediable, utilizaría de vez en cuando malas artes, como la interpretación torticera de las Leyes… cualquiera lo diría.

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¡Súbeme, Scotty!

La mayor parte de los problemas del transporte, sin el que la logística sería una disciplina coja, terminarían con el teletransporte. Se acabarían las congestiones, las esperas, la construcción de grandes infraestructuras y redes de carreteras, la emisión de gases contaminantes…pero por ahora eso el teletransporte está únicamente en el territorio de la ciencia-ficción, del Enterprise y su tripulación (sobre todo de su responsable, el ingeniero Scotty),  y es algo “altamente improbable”, según el Premio Nobel de Física, Frank Wilczek. Improbable no es imposible, así que aún hay una esperanza.

Mientras tanto, la realidad se impone y ¿por qué cambiarla? Eso es lo que debe haber concluido la ministra de Fomento, Ana Pastor, sola o acompañada del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a la luz de los Presupuesto de su departamento para 2016, en los que la logística ni está ni se la espera.

La estrella de ese presupuesto, que gestionará el PP si gana las Elecciones Generales de diciembre es, de nuevo, el ferrocarril, con el 51 por 100 de la inversión. Pero que nadie en el ámbito logístico se entusiasme. Se trata del transporte de pasajeros por ferrocarril, no de mercancías, y la mayor partida (más de 3.600 millones de euros) son para el AVE, casualmente ahora que llega la hora de las promesas electorales ¡Que cosas!

Al ferrocarril le sigue en importancia inversora, aunque a mucha distancia, la carretera, con un 22 por 100 del gasto. Y luego, mucho más allá, puertos y aeropuertos.

Dicen que bien está lo que bien acaba. Ciertamente esta legislatura no acaba bien, al menos para la logística. Promesas, presentaciones grandilocuentes, la Estrategia Logística, el Grupo de Trabajo multisectorial, el Observatorio de Transporte y Logística…mucho ruido, mucho, y finalmente muy pocas nueces que llevarnos a la boca.

Y sin embargo, esta legislatura se recordará por el patinazo del Ministerio de Hacienda, negándose a devolver la tasa del  “céntimo sanitario” al transporte por carretera a lo que obligaba una sentencia europea, para luego claudicar sin condiciones. Que cada cual saque sus conclusiones de ese sainete.

El globo del Ministerio de Fomento, en lo que a nuestro sector se refiere, se ha ido desinflando y el aire que lo mostraba hinchado se ha escapado a toda velocidad, sonando como una trompetilla burlona.

Con administraciones de este pelo que se repiten y duran y duran como las pilas Duracell, solo cabe esperar, sentados, eso sí, a que algún día, aunque sea lejano, la Improbabilidad del teletransporte deje de serlo o que cualquier otro gran invento nos cambie el panorama y acuñemos  nuestra propia frase ¡Súbeme, Pepe!

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Alta y baja velocidad

Desde hace una semanas y, prácticamente, hasta que acabe este 2015, vamos a oír promesa tras promesa de quienes aspiran a gobernar a escala local, autonómica o nacional. Sin embargo, creo que no me equivoco si digo que oiremos pocas, muy pocas promesas y compromisos en torno al transporte por carretera o a la logística, responsables sin embargo de hacernos llegar todo cuanto consumimos.

La semana pasada, el presidente de ASTIC se quejaba de las escasas inversiones públicas hacia la carretera, desde el punto de vista del transporte de mercancías, tanto en números absolutos como frente al ferrocarril de pasajeros, sobre todo el AVE. Y no le faltaba razón.

La ministra del ramo, Ana Pastor, empezó con buen pie la legislatura, con promesas de acercamiento y apoyo hacia el transporte, la multimodalidad y la logística, incluso articulando la Estrategia Logística de España. El propio sector apoyó esos pasos y compromisos.

Sin embargo, la realidad nos ha devuelto a lo de siempre. La falta de voluntad en devolver la tasa denominada céntimo sanitario que casi nos cuesta una huelga, la “desaparición” de la Estrategia Logística, que deber estar cocinándose a fuego muy, pero que muy lento, en algún rincón ministerial y, sobre todo, las escasas inversiones presupuestarias de Fomento en el ámbito de las mercancías: todo un mazazo de “realidad”. Se acabaron los sueños. Se rompieron las promesas. El dinero se lo ha llevado el ferrocarril y, sobre todo, la Alta Velocidad.

Cuando se trata de invertir-al menos en esta legislatura- Fomento tiene dos velocidades: la alta, la de las urnas, y la de la mayor parte de las inversiones, de cara a la galería del ciudadano: un voto, dos votos, tres votos…; la baja, la del día a día, la del transporte profesional (sobre todo la carretera), que sufre el escaso mantenimiento vial y no ve medidas que lo apoyen, pese a soportar el 90 por 100 del movimiento de bienes de consumo o materias primas.

Alguien, hace muy poco, me ponderaba la actuación ministerial de los últimos cuatro años: no tengo dudas, pero justamente de lo contrario. Y pruebas -ya que a la ministra le gusta tantos su Galicia de adopción- “haberlas haylas”, sólo hay que tirar de hemeroteca o de Presupuestos Generales.

De momento, esta estadística es lo que vale. Y esperar a las próximas promesas y mejores tiempos para el transporte de mercancías.

Y mi recomendación de un “clásico” literario por si alguien no lo ha leído (no vale si ha visto la película): “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Intriga “policial” e Historia Medieval en una mezcla genial.

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El peligro de la democracia nos acecha

No tengo más remedio que ser abiertamente positivo. Sí, ya sé que esto vende poco y que me pongo a contracorriente de mis colegas de todo medio y condición. Incluso corro el riesgo de colocarme en las antípodas de lo que quiere usted, lector, y eso si que es arriesgado (las estadísticas nos dicen que nuestras noticias más leídas son las “malas noticias”: cierres, catástrofes y fallecimientos). Pero, lo dicho, no tengo más remedio.

Siempre he pensado que las noticias positivas -que no optimistas, eso sería un juicio de valor- debieran ser tan importantes como las negativas. Tener el mismo espacio y protagonismo ponderado en los medios, aunque reconozco que somos morbosos por naturaleza y nos va la marcha de la “negritud informativa”. Por eso no se da la misma relevancia a unas que a otras. Sin embargo, y es curioso, si uno pregunta a un periodista qué noticia le gustaría dar, todos nos decantamos pos las mismas: el fin de las guerras, del terrorismo, del paro, del hambre, la erradicación de tal o cual enfermedad, etc.

Sea como fuere, voy a  intentar trasladarles mi reflexión positiva. Reconozcamos que el entorno económico ha cambiado de signo. Es obvio. Y empiezan, ya, a monetizarse esos signos optimistas que aparecieron allá por el otoño pasado. Incluso antes. Más aún: si usted navega por nuestra web y se detiene en las noticias de hoy, de la semana pasada o de las anteriores, observará cómo las noticias positivas aparecen casi cada día: crecimiento exponencial del comercio electrónico y sus traslación a la logística (hoy mismo), cifras récord en el ejercicio 2014 para muchas empresas -y no sólo como multinacionales, también en sus resultados de aquí- sectores que crecen de manera decidida tras seis ejercicios de caídas o dificultades, como el inmobiliario logístico, el del transporte por carretera o marítimo, o el de las carretillas elevadoras (creció en 2014 un 20 por 100), y cifras de importaciones y exportaciones que casi se igualan el año pasado (264.000 M€ que compramos fuera, frente a 240.000 M€ que vendemos).

Y todos estos datos, la mayoría referidos o extraídos de los servicios logísticos y de transporte, por su transversalidad, es decir por referirse a otros muchos sectores verticales y de consumo, son un magnífico baremo para tomar el pulso al conjunto de la economía.

¿Y la tendencia? Pues igualmente positiva. Hasta los economistas más recalcitrantes ven ya la botella algo más que medio llena. No todos, eso sí. Aunque quizás esto sea lo menos relevante dada su histórica incapacidad para la predicción. En todo caso 2015 será un buen año, según todos los indicios. Y si no ¿qué hacen ahora los bancos llamando a nuestras puertas para ofrecernos créditos?

Pero hasta lo más positivo tiene un pero: la democracia. Que nadie se me remueva de la silla. La democracia tiene su máxima expresión en las urnas. Es lo que, realmente, le da su máxima expresión. El problema es que en algunos países -ay, como este- años como el presente convierten a la expresión popular en poco menos que eventos consuetudinarios -que diría Machado- repetidos hasta la saciedad, cuando deberían ser todo lo contrario.

Y eso es lo que puede modificar el telón positivo que ahora nos acompaña. Me refiero no a la democracia si no a los demócratas ejercientes como políticos, que ahora desempolvarán las inversiones oportuna y quizás arriesgadamente -gastando más de lo que tienen- y prometerán y prometerán lo que luego serán incapaces de cumplir. Riesgos que pueden comprometer el despegue.

Pero no tengo más remedio que ser positivo y, también, admirar cada vez más a los belgas ¿Saben por qué? Pista: no es por la cerveza.

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Blancanieves y las 44 t

¡Espejito, espejito…

La próxima celebración del Foro Nacional del Transporte, organizado por AECOC, ha vuelto a poner sobre la mesa -si es que alguna vez ha dejado de estarlo- el debate sobre el incremento de pesos y dimensiones en el transporte por carretera en España y, sobre todo, la posibilidad de que el límite se eleve a las 44 t. En AECOC lo tienen claro y su director de logística, Alejandro Sánchez, es rotundo al afirmar que estamos perdiendo competitividad por no poder elevar ese límite cuatro toneladas sobre el máximo actual.

Tan claro como lo tiene la asociación de cargadores, lo tienen los colectivos patronales y de autónomos del transporte por carretera en España, pero en sentido contrario. Elevar el límite es, según esas asociaciones, innecesario e inoportuno, sólo favorecería a unos pocos con recursos para invertir en nuevos vehículos de más capacidad y difícilmente ese incremento se trasladará económicamente al sector del transporte.

La Administración nacional ya ha dicho su última palabra: no a las 44 t; sí a los megacamiones de 60 t de MMA y 25,25 m, en determinadas circunstancias. Y la Administración comunitaria sigue con su despropósito de “laissez faire, laissez passer”, que cada país legisle por su cuenta, aunque a todas luces de trate de una cuestión supranacional. Una legislación comunitaria homogénea, aclararía el panorama sobremanera.

Aún más. En lo que, desde luego, no hay opinión rotunda es a quién y en qué proporción irían a parar los supuestos beneficios de esos incrementos de pesos y dimensiones: ¿a los cargadores? ¿a los transportistas? ¿al consumidor? ¿a los fabricantes de vehículos? ¿a los constructores de nuevas o reforzadas infraestructuras viarias?

Y la guinda (aunque más parece una bomba fétida): cinco meses después de su finalización ni está, ni se espera, el informe de conclusiones de la prueba piloto con vehículos de 44 t realizada en Cataluña ¿Por qué?

Si miramos “hacia arriba”, al resto de Europa, el problema y la pugna por incrementar o no esos límites no parece de excesivo calibre a juzgar por lo acontecido en países donde se transporta por encima de las 40 toneladas. Ni tampoco parece que haya sido una solución universal. Más bien una alternativa. Sin más. No ha habido bruja malvada, ni manzana emponzoñada que se haya tragado, engañado con malas artes, el sector del transporte por carretera.

¿Y la Unión Europea? Me dicen que legislará en este sentido a escala comunitaria. Pero no ahora. A partir de 2016.

¡Espejito, espejito!, dime cuál es el mejor límite de peso y dimensión para el transporte por carretera…¡pero dímelo ya! que esto es muy cansino.

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2015 acaba en cinco

Traspasado el peculiar periodo navideño, mezcla de encanto festivo, consumo y negocio, un cuando en el que la logística es cada vez más clave, volvemos a la realidad más prosaica y nos enfrentamos de lleno a un 2015 que en el escenario doméstico-económico se presenta muy prometedor.

Aupado por los resultados mejorados de 2014 (sobre todo en su segunda mitad), por el despegue del consumo y por augurios cimentados en las cifras al alza del PIB, contratación laboral, prima de riesgo, etc., los más optimistas se sumarán al análisis gubernamental, rotundamente positivo, y aún augurarán un escenario aún mejor al pronosticado por Rajoy, de Guindos o Bañez; los más pesimistas enarbolarán la oscura bandera del escenario global, los extremismos de Podemos o Syriza, el precio del crudo por los suelos, la debilidad de la UE y entenderán ese análisis como una cortina de humo volátil y electoralista; y los más ponderados reconocerán las cifras como alentadoras, viniendo de donde venimos, aunque aún débiles para esbozar una clara sonrisa. De todo habrá.

Lo cierto es que en el panorama logístico, el horizonte inmediato tiene tintes más optimistas que lo contrario, si atendemos a las cifras y a la opinión de los directamente implicados, tanto clientes como proveedores. Los índices de ventas, de solicitudes de oferta, de alquileres y de proyectos, en carretillas elevadoras, almacenes o equipamiento, han cerrado 2014 con números desconocidos desde hace años; el comercio electrónico no parece tener límite de crecimiento, por ahora, y su actividad se refleja en la práctica totalidad de la cadena de suministros; y hasta el transporte por carretera acabó 2014 con la indisimulada sonrisa de su órdago ganado al Gobierno en la pugna por la devolución del “céntimo sanitario”.

Por lo tanto, hay razones para no deprimirse en exceso, aunque no conviene olvidar que hay sombras entre las luces y que hace ocho años estos mismo índices y resultados nos hubieran parecido poco más que ridículos y, desde luego, nadie los hubiera pronosticado.

Por cierto, un experto economista internacional viene a decir que los pronósticos económicos solo sirven para hacer más creíble la astrología. Es decir que los que saben, realmente, no saben lo que va a pasar.

Con estos mimbres, lo único veraz es que habrá que trabajar y mucho, que aquí arranca 2015, y que podrá ser un año Jekyll o Hyde, la “niña bonita” o hacer honor a su último dígito, con perdón.

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