Categoríacalidad

El último tatuaje del portugués de turno

Cada vez queda menos espacio para la información. Para las noticias. No sé qué será de nuestra profesión periodística dentro de unos años. Lo que hoy arrasa no es saber, es suponer. Las redes sociales, para lo bueno y para lo malo, se hacen con el mando de las operaciones informativas. Aunque informar, informan poco, casi nada. La mayor parte es “postureo”, impostura, suposición, cotilleo, tirar la piedra y esconder la mano, señalar con el dedo.

Las gradas de Sevilla, junto a la catedral eran lugar de reunión de la ciudad más importante del mundo en su época, cuando no existía la prensa, allá por los siglos XV ó XVI, aunque lo mismo hubiera dado, porque casi nadie sabía leer. Allí se conocían y comentaban los últimos chismes de la Corte, de Las Indias, de estos y aquellos, se despellejaba a unos y encumbraba a otros: total, porque alguien con gracejo lo había dicho.

Es, poco más o menos lo que hacemos hoy. Antes “lo decía la radio”, salía en “el parte” y esa era la condición de veracidad; luego quien lo decía era “la tele” y por idéntica razón era indudable, no importa si era un “telediario” u otro programa. Ahora cualquiera es difusor de una inabarcable catarata de opiniones pobremente salpicadas de hechos, a través de canales universales como Twitter o Facebook sin importar su solvencia, pero la notoriedad es la misma que la de canales anteriores: para muchos si está en Internet es toda la verdad y nada más que la verdad.

Otra circunstancia, además, ha cambiado el panorama: las llamadas redes sociales están ligadas a medios y canales tradicionales y, a veces, o mejor, con frecuencia, es imposible distinguir un tweet difamatorio (con papeles de allende los mares o sin ellos) de una información o una noticia contrastada. Si los tetes no tienen patrón, San Benito debería serlo, porque una vez señalado…

Importa lo que se dice, no cómo se dice, ni que prueba, contraste o investigación se añada; importa si es trending topic, que es lo más de lo más de la información, la noticia del momento, aunque sólo se trate de saber qué significa el último tatuaje del portugués de turno; importa el “ruido”, las alharacas, eso que en periodismo es precisamente, lo que sobra, lo superfluo. Mientras, la calidad, el mejor tejido informativo, se deshilacha y enreda condenadamente como el sedal.

Frente al “hay que estar”, no importa por qué, frente al tweet supuestamente bien informado; a la imagen de usar y tirar que se hace viral, o al vídeo de Youtube, lo importante es saber discernir entre el rumor de la noticia, entre la información y la opinión y entre la sobriedad y la descalificación burda. Para eso –modestamente o no, como ustedes quieran- estamos unos pocos periodistas que procuramos esa ayuda cada vez más necesaria para filtrar e interpretar ese exceso de ruido, algo así como un mapa para enfrentarse al universo de Internet sin perderse.

Pero cuesta. Hacerse un hueco profesional en este bosque de redes sociales y pescar un  rayo de sol con el que medrar. Ser reconocido por la seriedad del trabajo, ya sea un producto físico, un artículo periodístico o un tweet. Y ser tenido en cuenta por la trayectoria de cada día y no por la gracia a la hora de escribir un Whatsapp, o por el ser amiguísimo o amiguísima que tiene mil amiguísimos en Facebook. A veces pienso que esos a los que siguen cientos o miles y que se dejan los pulgares en la pantalla cada minuto, no son más que modernos flautistas de Hamelín, al que por cierto, seguían las ratas, pero sólo lo pienso a veces.

Y para el que lo esté pensado, sí. El post en un blog como este es también una forma de comunicarse a través de las redes sociales. Y es opinión.

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El precio oculto

Hace unos días alguien me preguntaba si yo creía que las empresas, quizás como un efecto colateral de la crisis, al haberse vuelto mucho más cautelosas y selectivas en sus inversiones, compraban ahora más por calidad que por precio. Mi respuesta fue rotunda: no.

Quizás no sea lo políticamente correcto, pero mi convicción es absoluta y se basa en lo que conozco y en lo me cuentan, muchas veces “fuera de micrófono” por así decirlo, tanto los que compran como los que venden.

No sé exactamente de dónde viene esta percepción, pero lo cierto es que comprar o vender por precio, es decir por su valor pecuniario como principal o único argumento de compra o venta, está mal visto. Las empresas proveedoras, presumen y hacen marketing por la calidad o características diferenciales de sus productos o servicios y dicen que el precio es sólo un componente más; sus clientes presumen o quieren presumir de comprar calidad, lo mejor, pero lo primero que miran es la “etiqueta” . Es algo así como dedicarse a la venta, ser vendedor: el mundo occidental del libre mercado es inconcebible sin esta figura profesional, pero pocos quieren serlo y los que lo son, llenan sus tarjetas de floridos eufemismos para obviar la palabra vendedor.

A las alturas de desarrollo tecnológico en el que estamos, con muchos productos por encima de la raya de la excelencia y compartiendo características muy similares, es absolutamente lógico que quienes venden lo intenten hacer al mínimo precio posible para levarse el gato al agua. Del otro lado y aunque siempre, siempre, ha sucedido igual, ahora con las cajas de caudales paupérrimas o en incipiente recuperación, es igualmente lógico que los compradores busquen los productos y servicios que precisan, también, al menor coste posible. Que nos lo digan a los que compartimos el sector logístico, una de cuyos ítems definitorios es proveer “al menor coste posible”.

Además, comprar por precio no siempre es comprar barato, o mejor, comprar barato puede ser comprar a un precio más alto, por ejemplo en un equipo de manipulación, cuyo coste total de propiedad, a lo largo del tiempo, puede penalizar un coste de adquisición inicial menos oneroso. Considerar esos costes añadidos, es comprar, también, por precio.

Pero mientras que no inventemos otro elemento reconocido universalmente que valore de otro modo los intercambios de productos o servicios, lo que alguien está dispuesto a pagar por algo y lo que alguien está dispuesto a vender por algo, en función del resto de los compradores y vendedores posibles, la famosa y omnipresente ley de la oferta y la demanda, ese será el precio del bien o servicio, y –salvo excepciones- la regla máxima en el ámbito de los negocios. Y no hay porqué ocultarlo.

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Tiempos no tan modernos

Esta semana voy a comenzar de nuevo con otra referencia cinematográfica. Casi primitiva, comparada con la película de ciencia-ficción que citaba hace ocho días. Esta es en blanco y negro, y con el mínimo subrayado sonoro: “Tiempos modernos” del genial Charles Chaplin. Un cuento moderno que exagera -o no- y enfatiza una de las conquistas industriales de principios del siglo XX, las cadenas de montaje a las que Henry Ford diera protagonismo para sus automóviles y que sirvieron, en todos los sectores, para producir en masa, abaratando costes y precio final del producto.

“De todo para todos” era la consigna y de ahí salieron los Ford modelo T, las botellas de Coca-Cola, el bolígrafo Bic, los suministros militares para la II Guerra Mundial, el Seat 600, el televisor, las camisas de tergal…y las carretillas elevadoras, los camiones Pegaso, los largueros para el almacenaje de mercancías o el palé con sus medidas estándar. El objetivo era cumplir con el deseo del consumidor particular o empresarial, “lo quiero, lo tengo”, en el menor plazo posible y al menor coste posible. Pura logística de producción.

Pero ha llegado el XXI, con su aldea global, sus crisis y su des-uniformización, y el péndulo vuelve a trazar veloz un nuevo arco por dónde ya pasó. Y se repite la historia. Si la artesanía y lo hecho a mano era lo que dominaba la producción antes de las cadenas fabriles, ahora a eso mismo se le llama personalizar la oferta, “customizarla” dicen algunos: el prêt -a-porter ha muerto (bueno, no del todo) y vuelve la sastrería. Y no solo a la moda o al automóvil.

No hay que mirar muy lejos, en el tiempo, para comparar los dos extremos del arco. En los años 70 y 80 del siglo pasado era frecuente escuchar a empresarios o profesionales de este país, que movieran mercancía, hablar de tener una “fenvi” (una carretilla Fenwick, hoy Linde) o una “caterpila” (una carretilla o equipo de obras públicas Caterpillar); como el que pedía una “casera” para acompañar al vino. Aunque parezca lo contrario, en realidad lo que se buscaba era el producto, en genérico, no la marca, si bien estas habían conseguido representar al todo.

Hoy (péndulo va, péndulo viene) importa la marca -y de qué modo- porque sabemos más y porque las propias compañías se han encargado de que lo sepamos todo de “sus” productos. Sus características diferenciales, su “personalidad”.

Y no solo eso. Ahora, esas empresas fabricantes, gracias al bagaje acumulado, son capaces de ofrecernos la mayor sofisticación pero a la medida de nuestras exclusivas necesidades…y a un precio competitivo. Y no hablo de moda o refrescos: hablo de maquinaria y de industria. Desaparecen las grandes series de equipos o, si las hay, disponen de tal cantidad de variables que ya no se puede hablar de producción en masa. Y si no, vea cualquier línea de producción actual  de una carretilla elevadora, por ejemplo: cada tramo en esa cadena se asemeja, cada vez más, a células de “artesanía industrial”: miles de familias, cientos de variables, decenas de opciones, me permiten configurar hoy la máquina (o el almacén) que quiero, como si de una joya engarzada se tratara.

Tiempos modernos que vuelven a donde ya estuvieron, al menos en el concepto.

Y ya que he hablado de péndulos, una recomendación para acabar, y en esto olvídese del cine, por favor, y de cualquier versión que no sea el original: el relato breve de Edgar Allan Poe “El Pozo y el Péndulo”.

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Ir pa ná

Bufones, payasos, cómicos y humoristas han tenido la habilidad y el gracejo -que diría un castizo-, para decir lo que otros callan, para señalar lo que otros saben y no dicen por aquello de las formas, la educación y el protocolo. Ha sido así desde la Edad Media (al menos) hasta nuestra época mediática. Va siendo hora de hacerles la competencia…en serio.

Es habitual -y deseable- que en reuniones profesionales más o menos multitudinarias, forme parte del programa la presencia de “la autoridad”, el cargo de turno más oportuno, y de mayor jerarquía a ser posible, emparentado con el tema que se trate. Eso también ha sido así desde siempre.

Los organizadores de la reunión o evento, buscan esa presencia oficial con la que dotar a la convocatoria de mayor ¿nivel? y desde luego relevancia, atención mediática y, probablemente más asistentes. La pregunta es ¿para qué?

Entiendo porque es lo exigible, que la ministra, el secretario de Estado o el director general de tal o cual departamento ministerial, estén cerca de los profesionales, empresarios y medios de comunicación que más les atañen en su desempeño. Entiendo que comparezcan en esos foros de reunión profesional para anunciar o compartir algo. Y entendería que aprovecharan esa circunstancia para departir con el sector, en nuestro caso el logístico, para saber, compartir, conocer, escuchar, aprender en suma, qué se cuece, en el contacto con unos y otros. Pero esto es lo que nunca -o casi nunca- ocurre.

La autoridad de turno llega  a la hora que determina “su” agenda, no la del evento, lo que suele traer una migraña descomunal a los organizadores; pasa por encima de lo programado, interrumpiendo ponencias, cercenando debates, modificando horarios, etc.; y sale pitando llevada en volandas por su séquito. Antes, eso sí, se ha subido al púlpito para dar una clase magistral de cómo no decir nada de nada. Y eso es así, reconózcanlo conmigo, 99 veces de cada 100.

Y para prueba una muy cercana. El evento,  el Foro del Transporte de AECOC de la pasada semana (26 de marzo). La autoridad, el secretario de Estado de Infraestructuras, Transporte y Vivienda, Rafael Catalá. Los hechos, que tuvo de cabeza a los organizadores al cambiar en el último momento la hora de su intervención; que mutiló una de las intervenciones que se quedó sin debate; y que repitió exactamente lo que ya había dicho hace cuatro meses que, a su vez era lo mismo, que dijo la ministra Pastor meses antes.

Olvidan los cargos públicos y autoridades que están ahí puestos por los ciudadanos para desempeñar un trabajo y que parte de ese trabajo es informar de lo que saben, proponer lo que defienden y articular soluciones a los problemas. Transitar por un territorio exclusivo, ajeno a lo que les rodea, no es parte de ese trabajo.

Sólo unas pocas excepciones, unos pocos eventos, han decidido “pasar” de la autoridad y sus alharacas. Visto lo visto y oído lo oído, no es mala decisión. Si hay que ir se va, se escucha, se habla, se participa, pero “ir pa ná” ya dijo el cómico lo que es.

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El preparador que sabía demasiado

Hubo un tiempo, no muy lejano en el que la expresión “el que vale, vale, y el que no, al almacén” podía no estar muy alejada de la realidad. En otros sectores y con ligeras variaciones sucedía lo mismo: “el que vale, vale y el que no, a…”. Reflejaba este chascarrillo la falta de formación y conocimientos de los almaceneros que, si acaso, se iban supliendo con la experiencia. Pero no hacía falta mucha: los almacenes eran pozos sin fondo, destartalados, sucios y oscuros, donde sólo unos pocos se atrevían a moverse entre sus estanterías y sin la más mínima presión por la productividad.

La mecanización, la identificación inequívoca, el equipamiento para manejo y transporte de  cargas, la gestión informática, los lectores para captura de datos, los escáneres de muñeca, las pantallas abordo y finalmente la gestión por voz, han cambiado ese entorno, que ahora es limpio, luminoso, conocido y productivo. Los operarios se forman -más o menos- manejan las últimas tecnologías y cobran en función de su productividad.

A esa productividad contribuye hoy de manera notable la voz en la preparación de pedidos, liberando las manos del operario y estableciendo con él un diálogo de órdenes y confirmaciones que multiplican la rapidez con que desarrolla sus cometidos. Unos de los diálogos más recurrentes es la solicitud del sistema de la confirmación de los dígitos de la ubicación a la que ha dirigido al preparador para recoger mercancía, con lo que se evitan errores.

La vuelta recurrente del preparador, una y otra vez, a determinadas ubicaciones de alta rotación, hace que sea capaz de retener en su memoria esos dígitos que solicita la voz del sistema. Conclusión: el preparador recita los números al sistema -sin necesidad de leerlos- antes de llegar a la ubicación.

En una reciente reunión profesional, el representante de un gran distribuidor comercial se quejaba públicamente de este hecho, que otros distribuidores presentes reconocían como igualmente pernicioso, pues el libre albedrío del preparador podría conducir a errores. Solución: complicar la retención memorística añadiendo más dígitos a esos números de control. Si tiene dos, tres; si tiene tres, cuatro; etc.

La búsqueda de la productividad y la minimización de los errores es una de las bondades de este tipo de sistemas que, a la vez, redundan en beneficio para toda la cadena: empleador, empleado y cliente. Pero se me antoja que el hecho de que un preparador – sometido a esa espada de Damocles de la productividad vía nómina- “sepa demasiado” es más una ventaja que un inconveniente, o dicho de otro modo, me parece más un ítem a mejorar o revisar por parte del diseñador, que un problema para el empleador.

Claro, salvo que no nos importe volver a la casilla de salida: “el que vale, vale y el que no,…”

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Hangás, saraos y sainetes

Un amigo y colega, extremeño, me enseño hace mucho tiempo una expresión que él utilizaba para describir una cita profesional, ineludible, que se hacía insoportable, ya por el contenido y los discursantes, ya por la estulticia de los asistentes: hangá.

No he encontrado esa expresión coloquial en el diccionario de la RAE, ni tampoco como jerga; lo más cercano es un sustantivo, sin acento, que se utiliza en la lengua de la Isla de Pascua. Aunque algunos extremeños de los siglos XV y XVI pasaron a la historia por sus descubrimientos geográficos, no creo que de ahí venga el origen de la palabra.

Hay otra, sarao, que según el citado diccionario es “reunión nocturna de personas de distinción para divertirse con baile o música”, y que, sin embargo, también puede usarse, con propiedad muy aproximada, para definir otras reuniones profesionales, convocatorias, congresos, celebraciones, foros, jornadas, mesas redondas, meetings, etc.

La cantidad no trae la calidad. La proliferación de estas citas profesionales que -por otro lado demuestran la vitalidad del sector logístico- ha traído consigo un montón de hangás y saraos de los que nada se aprovecha y que, a duras penas, se justifican por eso que se ha dado en llamar networking, lo que en román paladino se llama conversación o, si se prefiere, intercambio profesional de opiniones.

Es más, parece que si en esas citas profesionales no hay cantidad (de asistentes), no se consideran exitosas. Erróneamente se concluye así porque la cantidad se ve -y se justifica ante los patrocinadores- y la calidad, sin embargo, es mucho más difícil y esquiva de medir. Pero mucho más útil y objetiva.

Las preguntas son: ¿a cuántas citas profesionales de verdad interesantes, de las que haya sacado algo en claro, ha asistido últimamente? ¿Y en las otras, qué primaba la cantidad o la calidad? ¿Calificaría alguna de ellas de hangá o sarao? Piénselo.

En cualquiera de esas reuniones -ojo, necesarias en su justa medida- se oye con frecuencia la misma expresión: es muy difícil sacar tiempo para asistir. Las estructuras de las empresas cada vez son más pequeñas y el trabajo se multiplica, pero no los recursos humanos, más bien lo contrario. De ahí que sea más necesario que nunca -yo diría que exigible, sobre todo para los organizadores recurrentes- que se persiga la calidad de la convocatoria y sus contenidos como primer objetivo y sí, además, se logra la cantidad, miel sobre hojuelas.

Y aún hay una más, sainete, que en varias de sus acepciones (pieza dramática jocosa en un acto, de carácter popular, que se representaba como intermedio de una función o al final; salsa que se pone a ciertos manjares para hacerlos más apetitosos; cosa que aviva y realza el mérito de algo, de suyo agradable…) encaja con más de una y más de dos de esas concentraciones profesionales en el sector de logística como en otros, haciendo de una parte, frívola, el todo y con ello un flaco favor a asistentes y convocantes.

¿Les suena?

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