Categoríacadenas de montaje

Tiempos no tan modernos

Esta semana voy a comenzar de nuevo con otra referencia cinematográfica. Casi primitiva, comparada con la película de ciencia-ficción que citaba hace ocho días. Esta es en blanco y negro, y con el mínimo subrayado sonoro: “Tiempos modernos” del genial Charles Chaplin. Un cuento moderno que exagera -o no- y enfatiza una de las conquistas industriales de principios del siglo XX, las cadenas de montaje a las que Henry Ford diera protagonismo para sus automóviles y que sirvieron, en todos los sectores, para producir en masa, abaratando costes y precio final del producto.

“De todo para todos” era la consigna y de ahí salieron los Ford modelo T, las botellas de Coca-Cola, el bolígrafo Bic, los suministros militares para la II Guerra Mundial, el Seat 600, el televisor, las camisas de tergal…y las carretillas elevadoras, los camiones Pegaso, los largueros para el almacenaje de mercancías o el palé con sus medidas estándar. El objetivo era cumplir con el deseo del consumidor particular o empresarial, “lo quiero, lo tengo”, en el menor plazo posible y al menor coste posible. Pura logística de producción.

Pero ha llegado el XXI, con su aldea global, sus crisis y su des-uniformización, y el péndulo vuelve a trazar veloz un nuevo arco por dónde ya pasó. Y se repite la historia. Si la artesanía y lo hecho a mano era lo que dominaba la producción antes de las cadenas fabriles, ahora a eso mismo se le llama personalizar la oferta, “customizarla” dicen algunos: el prêt -a-porter ha muerto (bueno, no del todo) y vuelve la sastrería. Y no solo a la moda o al automóvil.

No hay que mirar muy lejos, en el tiempo, para comparar los dos extremos del arco. En los años 70 y 80 del siglo pasado era frecuente escuchar a empresarios o profesionales de este país, que movieran mercancía, hablar de tener una “fenvi” (una carretilla Fenwick, hoy Linde) o una “caterpila” (una carretilla o equipo de obras públicas Caterpillar); como el que pedía una “casera” para acompañar al vino. Aunque parezca lo contrario, en realidad lo que se buscaba era el producto, en genérico, no la marca, si bien estas habían conseguido representar al todo.

Hoy (péndulo va, péndulo viene) importa la marca -y de qué modo- porque sabemos más y porque las propias compañías se han encargado de que lo sepamos todo de “sus” productos. Sus características diferenciales, su “personalidad”.

Y no solo eso. Ahora, esas empresas fabricantes, gracias al bagaje acumulado, son capaces de ofrecernos la mayor sofisticación pero a la medida de nuestras exclusivas necesidades…y a un precio competitivo. Y no hablo de moda o refrescos: hablo de maquinaria y de industria. Desaparecen las grandes series de equipos o, si las hay, disponen de tal cantidad de variables que ya no se puede hablar de producción en masa. Y si no, vea cualquier línea de producción actual  de una carretilla elevadora, por ejemplo: cada tramo en esa cadena se asemeja, cada vez más, a células de “artesanía industrial”: miles de familias, cientos de variables, decenas de opciones, me permiten configurar hoy la máquina (o el almacén) que quiero, como si de una joya engarzada se tratara.

Tiempos modernos que vuelven a donde ya estuvieron, al menos en el concepto.

Y ya que he hablado de péndulos, una recomendación para acabar, y en esto olvídese del cine, por favor, y de cualquier versión que no sea el original: el relato breve de Edgar Allan Poe “El Pozo y el Péndulo”.

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