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Café para todos, por favor

Hay una evidencia en el Estado de las Autonomías que nos dimos merced a la Constitución de 1976, que este año cumple sus 40 primaveras: legislativamente ha servido para crear un galimatías en el que cada una de las 17 ha hecho de su capa un sayo, eso sí, sin distinción de tema o sector. Algo que se antoja incomprensible para propios y no les digo extraños. Una compañía extranjera no entiende que deba cumplir diecisiete reglamentaciones diferentes para establecerse en un mismo país. No he encontrado término opuesto a sinergia, que es lo que ocurre con esta situación. Habría que inventarlo.

Me viene esta disquisición, desesperada por inútil y desesperante por lo que entorpece, a propósito de una petición que hemos recibido, del todo lógica y que puede hacer mucho bien al sector de carretillas en España.

Recordarán los más habituales de nuestro boletín de noticias y web –de hecho se ha convertido en una de las noticias más leídas- como el director general de Industria, Energía y Minas de la Comunidad de Madrid, Carlos López Jimeno, anunciaba en el  III Encuentro Nacional de carretilleros del 18 de mayo pasado, la aprobación y puesta en marcha inmediata –a falta de cumplir con el siempre lento proceso burocrático- de un Plan Renove para el sector de carretillas, naturalmente en su ámbito de competencias: la Comunidad de Madrid.

La petición, de un distribuidor de carretillas levantino, es para que esta iniciativa de una sola Comunidad Autónoma se traslade, imite y desarrolle cual mancha de aceite en el resto del mapa autonómico. Y estoy seguro que no le faltan apoyos en otros lugares aunque no se hayan manifestado públicamente.

No soy partidario del “Estado de las subvenciones” salvo excepciones. Me parece que favorece la inoperancia, cercena el riesgo necesario para avanzar, se adentra en el terreno del amiguismo y el tráfico de influencias y discrimina. Sin embargo hay fórmulas como los Planes PIMA, PIVE o los Planes Renove (la Comunidad de Madrid ha puesto en marcha decenas, sí decenas) que en lugar de “salvar los muebles”, incentivan el negocio justo cuando se va a producir o ya se ha producido, ayudando tanto al que compra como al que vende.

El distribuidor de carretillas que mencionábamos nos solicitaba eco para su petición. Aquí está: café para todos, por favor. Quizás se quede en nada, quizás el galimatías autonómico se meriende esta iniciativa, o quizás sea otro brindis al sol como los que oímos en boca de políticos estos días, en un mitin tras otro. O quizás no. El Plan Renove para el sector de carretillas parecía un reto insalvable cuando empezamos a trabajar en él. Y aquí está. A veces la razón se impone.

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El perro flaco de Montoro

Si pone un circo de tres pistas, le crecen los enanos y los payasos se le echan a llorar. Así están las cosas para el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, tras el fiasco de la devolución del céntimo sanitario, donde tuvo que firmar una “rendición de Breda” que ya la hubiera querido pintar Diego Velázquez, aunque él no quiso salir en la “foto”.  La patronal del transporte, furibunda por el gol que pretendía meterle con la rebaja de la devolución del impuesto dictada por la UE, cerró filas y el ministro no tuvo más remedio que dar un paso atrás y decir “diego” donde antes había dicho “digo”.

Y cuando el río que revolvió Montoro aún no se ha calmado, sus revueltas aguas traen ahora otro remolino que pueden volver a sumergirle. Un remolino que se llama morosidad y que va a convertir en un Everest las cuestas de enero y de febrero del responsable de las arcas nacionales. Pobre Cristóbal: a perro flaco, ya se sabe.

El nivel de morosidad y los plazos de pago apenas han mejorado en España a pesar de existir una ley que obliga a lo contrario. Según la Plataforma Multisectorial contra la Morosidad, sólo en las empresas del IBEX, la deuda supera los 47.000 millones de euros y el plazo medio de pago es de 169 días, casi triplicando lo que marca la ley (60 días). La dilación sigue siendo costumbre y norma, y nadie vigila, sanciona u obliga al cumplimiento legislativo.

Llegados al límite de las fuerzas dinerarias, sectores como el transporte, en este caso a través de FENADISMER (Federación de asociaciones del sector), ha convocado una Cumbre Reivindicativa para principios de 2015, cuando decidirá las movilizaciones a llevar a cabo por el incumplimiento en los plazos y, sobre todo, por no aprobar un régimen sancionador al que se opuso el Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, en mayo pasado, frente a la opinión del resto de grupos.

En el colectivo del transporte el plazo medio de pago asciende a 184 días, lo que ha supone un volumen de morosidad de 68.179 millones de euros.

Pero esta cuestión va más allá de un solo sector y se extrema hasta lo imposible en gremios como construcción, inmobiliario, comercio o servicios, donde el plazo medio de pago se sitúa por encima de los 280 días.

La receta es muy sencilla, sr. Montoro, al margen de pasadas y recientes experiencias de las que debería tomar nota, sólo se trata de cumplir y hacer cumplir la ley que ya existe. De otra forma las arcas de las empresas se tornarán aún más paupérrimas y las de Hacienda, también. Haga cumplir la ley, sr. Montoro ¡hágalo!

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La ratita presumida

La pasada semana el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declaraba ilegal a todos los efectos el llamado “céntimo sanitario”, un impuesto al carburante (sumado a sus ya abultadas tasas) que se ha venido aplicando desde 2002 y hasta el pasado año 2013, aunque la mayoría de las Comunidades Autónomas -las recaudadoras por cuenta del Estado- ya lo habían dejado de cobrar en 2012. A pesar de su nombre, este impuesto ni era un “céntimo” -llegó a sumar hasta 7 céntimos por litro- ni sirvió, por lo visto en estos años, para financiar a la Sanidad, que era su objetivo.

A pesar de las reclamaciones de los colectivos profesionales del transporte por carretera desde su implantación en 2002 (siendo ministro de Hacienda Cristóbal Montoro, como ahora, la historia tiene estas cosas), de las llamadas de atención, sentencias y dictámenes de la UE, los Gobiernos de José Mª Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, y buena parte de los Gobiernos Autonómicos, han hecho el “don Tancredo” o mirado para otro lado mientras recaudaban unos 13.000 millones de euros que ahora toca reclamar.

Como en el popular cuento de Perrault, la tacaña ratería de populares y socialistas se encontró con el centimito, o la moneda de oro, y “presumieron” que con ella podrían comprarse un enorme lazo rojo o sufragar la maltrecha sanidad pública -tanto da, para el resultado conseguido- y no tuvieron en cuenta a los “alguaciles” europeos, o más bien les dieron engreídamente la espalda. Ahora toca pagar.

La factura no va ser cosa de unas pocas monedas, aunque va a tener mucha suerte la Hacienda de Montoro (el hacedor de esta carga impositiva) pues ni la inmensa mayoría de los particulares, ni algunos profesionales van a ser capaces de justificar el consumo de carburante durante estos años. Además, los extractos de las tarjetas bancarias, no valen.

Aún así, gracias a la insistencia de organizaciones como FENADISMER o CETM, que llevan años reclamando e instando a sus asociados a hacerlo y a guardar justificante de su paso por las estaciones de servicio, los transportistas por carretera podrán reclamar, al menos, el pago realizado y ahora ilegalizado, durante los último cinco años. Un buen pellizco para el profesional y una factura inesperada de varios miles de millones de euros para el Estado que, una vez más, cuando ha necesitado ingresos y no ha sabido qué hacer -hecho recurrente- ha cargado al carburante de una nueva tasa.

Más hubiera valido que los sucesivos Ministros de Hacienda desde 2002, que ahora han cerrado el círculo volviendo a Montoro, hubieran hecho como el ratón que, finalmente, se desposó con La Ratita Presumida de Perrault: “dormir y callar”.

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La perversión y el maestro zen

Sin duda una de las noticias de la pasada semana en nuestro orbe logístico ha sido el anuncio de la retirada de Gonzalo Sanz después de casi de 30 años dedicado al sector desde la empresa privada y las instituciones  y colectivos logísticos (CEL, AECOC, ANADIF, Lógica y UNO).

Con independencia del acuerdo u oposición a sus postulados, que siempre, eso sí, han tenido como común denominador la suma sectorial -de ahí su implicación y liderazgo en diferentes asociaciones-, Gonzalo Sanz no ha dejado nunca indiferencias por donde ha pasado, sumando sonoros adeptos y vociferantes disensos.

El día que convocaba a los medios en un formato tertuliano de los que tanto le gustan para anunciar su retirada, no iba a ser menos. Tras la justificación personal de su marcha, sin más argumento que pasar página y dejar a otros, porque ya está bien, desgranó algunas perlas mordaces sobre el sector logístico y de transporte donde hubo de todo: tímidos y conservadores aplausos a Fomento por sus últimas actuaciones (la Estrategia Logística); moderada satisfacción por haber contribuido a traer a la logística hasta aquí, aún sin considerarlo suficiente; y mandobles a repartir para tirios y troyanos por la situación laboral del sector, los convenios, CNTC y sobre todo para quienes, en su opinión, hacen de la corrupción hábito a la hora de repartir los fondos de formación de la Fundación Tripartita, tanto que más que un medio lo considera un perverso fin.

Las acusaciones son muy graves, aunque seguro que a muchos no sorprenden, pues el reparto multimillonario de esos fondos para formación de trabajadores siempre ha estado rodeado de un mar de fango maloliente. A este respecto Sanz -que nunca da puntada sin hilo- teje una cadeneta en la que están engarzadas instituciones que, según él, despistan hasta un 30 por 100 de esos fondos -que no llegan a los trabajadores- y luchan por consecución a brazo partido, como objetivo único y por encima de su representatividad sectorial.

En un país -este- recordland en corrupción desde la más alta institución a la más baja, donde las cajas B, dineros en negro y economías sumergidas son sustanciales y recurrentes, quizás no sorprendan estas afirmaciones, por más que sostengan actitudes caciquiles, insolidarias y mafiosas. Lo que habrá que ver, eso sí podría ser sorprendente, es si ese señalamiento tiene su respuesta (todos saben de qué se está hablando) o se adoptará la postura del avestruz, haciendo bueno el dicho francés “laissez faire, laissez passer”. Como venía a decir el maestro zen que citaba el malogrado Phillip Seymour Hoffman en su conversación con Toma Hanks, en la película “La Guerra de Charlie Wilson”: veremos.

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El sueño de Calderón

Este fin de semana se ha producido una noticia que puede ser histórica de verdad. Fundamental para el devenir de empresas y economías. Y básica para salir del atolladero de la crisis en la que se han metido la mayoría de las economías occidentales, especialmente las del Sur de Europa.

La llamada Ronda de Doha una suerte de club multitudinario de países libre-comerciantes, emparentada con la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha conseguido un acuerdo entre sus 159 miembros para agilizar los flujos de mercancías entre países y suprimir burocracia y trabas aduaneras. Cuando ya casi se tenía la certeza de la inutilidad de ese colectivo y muchos lo daban por defenestrado, consigue su mayor logro. Eso sí, ha tardado casi dos décadas en alcanzarlo.

Y no es baladí. Para las empresas que exportan, eliminar los vericuetos que enredan sus ventas en el exterior suele ser una de sus peticiones más recurrentes. Esta misma semana pasada Cuadernos de Logística organizaba una mesa redonda con presidentes, directores generales, gerentes y directivos de máximo nivel de empresas de nuestro sector para debatir sobre exportación. Y ahí, una de las conclusiones era la petición a quien correspondiera de reducir esas barreras burocráticas. Y casi, dicho y hecho. Sus “oraciones” han sido oídas.

Quedará como siempre leer la letra pequeña que suele ser la importante. Pero todos los analistas dicen que es un paso de gigante. Tanto, que las cifras parecen increíbles: 159 países se han puesto de acuerdo; favorecerá un aumento del comercio internacional cifrado en 730.000 millones de euros y, con ello, podrán crearse 21 millones de puestos de trabajo.

Exportar no es fácil, ni con ello se consiguen resultados inmediatos. Requiere estrategia, planes, trabajo, estudios de mercado, paciencia, conocimientos, socios adecuados y algo de suerte. Si además le añadimos las leyes y burocracias particulares de cada país, casi nunca comunes a otros, el dolor de cabeza se convierte en migraña crónica. Aún así se exporta y las empresas españolas que lo hacen -y que ya lo hacían- están teniendo con ello mejores oportunidades para atravesar las crisis con ello.

Esperemos que este regalo navideño adelantado del acuerdo de la OMC, sea algo más que una ilusión pasajera y que no se diluya como la magia de esta época ya en ciernes con la desaparición de las luces de colores y la vuelta del espumillón y las bolitas de colores al trastero. Vamos, que no haga buena la frase de Calderón de la Barca de que “toda la vida es sueño”.

Como en Santa Claus y los Reyes Magos, en este tipo de grandes y optimistas noticias creer, creo, pero a veces, me cuesta.

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