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Jo, Papá… pero yo lo que quiero es ser logístico

Carlitos era un buen chico. Nunca se había metido en líos más allá de alguna travesura infantil, como corresponde. Era educado y, por eso, daba los buenos días o las buenas tardes –según- a los vecinos de su casa, que estaba en un barrio bien. Siempre había sido un buen estudiante y, por eso, casi nunca bajaba del notable en las notas. Ahora con el acné ya en retirada, tocaba decidir el próximo paso en sus estudios: “por supuesto estudiarás carrera”, le había dicho su padre, hacía ya muchos años. Don Carlos, como le llamaba casi todo el mundo a su progenitor, era traumatólogo, como antes lo había sido el abuelo y el padre del abuelo.

Pero ¡ay!, Carlitos –quien a pesar de sus veinte añazos no conseguía que su madre le aperara el diminutivo- estaba a punto y decidido a manchar con un borrón su inmaculada trayectoria de hijo y buen estudiante: quería ser logístico.

Su padre se lo tomó a broma en un principio y su madre le dijo “hijo, quítate eso de la cabeza” temiendo que hablara en serio. Y ya lo creo que iba en serio. Hacía tiempo que lo tenía claro. Unos ocho años antes había visitado con el cole la fábrica y el almacén de una industria de bebidas gaseosas. Y había sido el almacén y todo lo que significaba ese lugar y su funcionamiento para aquel negocio y para que llegaran las bebidas a las tiendas, lo que le había fascinado. No mucho después, lo tenía claro: quería desempeñar esa profesión, que había descubierto, no sin mucho esfuerzo, que se llamaba logística.

Su padre, furibundo, no entendía nada. Primero creyó que quería entrar en el ejército, pues a eso le sonaba la logística, sobre todo. Después, cuando Carlitos empezó a contarle lo poco que sabía, imaginó a su hijo enfundado en una mugrienta bata de trabajo moviendo cajas en un oscuro almacén “¡o peor! conduciendo un camión”, le espetó. E insistió en su discurso: “Dime ¿Conoces a alguien que se dedique a eso?” o “¿Dónde has visto tú que haya una carrera de logística, eh? Esas tareas las harán los que no sabe hacer otras cosas, vamos, digo yo. Pero tú, con tu expediente…”. Finalmente, cuando no tuvo ya más argumentos, y ante la triste mirada de la madre de Carlitos, su padre le dijo: “¿Es que te hemos hecho algo para que nos des este disgusto?”.

De nada valieron los argumentos ni el chantaje sicológico al que le sometieron; ni la comparación con su hermana, mayor que él, que estudiaba Derecho: “eso si es una carrera”, dijo don Carlos, ya sabiendo la batalla perdida. Incluso estuvo a punto de amenazarle con no sufragarle los estudios superiores, pero al final, no pudo.

Carlos –nunca más Carlitos- descubrió que sí, que había una Universidad donde podía cursar estudios superiores de logística; se matriculó, además, en varios cursos específicos y estudió nada menos que un Master, y antes de concluir la carrera ya tenía trabajo de becario en prácticas en un gran operador logístico y de ahí…

Su padre terminó reconociendo la valía de su profesión aunque aún le costaba mucho explicarles a familiares y amigos a qué se dedicaba Carlos quien, algunas veces, pensaba que si su elección profesional fue un verdadero terremoto familiar cual hubiera sido la reacción de don Carlos si le hubiera planteado su otra alternativa profesional: actor.

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No diga Brexit, diga Sortie

Tan encelados estábamos en preguntarnos qué demonios buscaban los británicos con su referéndum UE sí / UE no, cuyas consecuencias –sobre todo internas- nadie había sopesado, que no nos hemos dado cuenta del gol que nos han metido los franceses en plena Eurocopa: a toda Europa. En fuera de juego, sin árbitro y con el portero maniatado.

Casi resulta un chiste lo del Brexit y el levantamiento de barreras aduaneras y burocráticas entre Reino Unido y el resto de Europa, si lo comparamos con la Ley Macron, en vigor en el país galo desde el pasado viernes 1 de julio. Bajo la justificación de defensa del salario mínimo para los trabajadores del transporte por carretera –oh la,la- nuestro vecinos, por los que pasa toda mercancía que va del norte a la Península Ibérica y/o África y viceversa, o de este a oeste y viceversa, se han sacado del dobladillo de la tricolor una ley de imposible cumplimiento. Llena de trampas y burocracia hasta lo exasperante, condena sin paliativos la libre circulación del transporte de mercancías por carretera por Francia para todo el que no sea francés y, con ello, conculca una de las mayores conquistas comunitarias, la también libre circulación de  personas, capitales y bienes hacia y a través de uno de los países miembros y fundadores de la UE, Francia, precisamente el que más se ha rasgado las vestiduras y más duro ha sido tras el Brexit británico.

Nosotros junto con nuestros otros vecinos, los portugueses, somos los que más tenemos que perder, ya sea a la hora de transportar por carretera hacia Francia u otros países, o a la hora de recibir mercancías por el mismo modo de transporte. Las protestas en el seno de la UE y de otros estados miembros han sido más bien tibias, especialmente de Alemania, seguramente por la estrecha relación actual franco alemana, representada  por Merkel y Hollande, que lideran de facto la UE.

En cuanto al Gobierno de España, en funciones, aunque esto ya va siendo una costumbre que no justifica la dilación ni la dejadez, no ha hecho nada de nada, seguramente porque estaba ocupado en meter mano a la caja de las pensiones: para hacer esto valgo yo también, mire usted. Y cualquiera.

Volviendo a Francia, cabría preguntarse si tras su entrada en vigor, las autoridades francesas están aplicando la Ley Macron a rajatabla, es decir, si también vigilan la enorme caravana ciclista del Tour de Francia y al transporte de material entre sedes y estadios de la Eurocopa de Fútbol ¿O ahí no porque quedaría feo?

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¿Para qué preguntas?

Miraba por la ventana, con un whisky en la mano, y se me antojaba que esa escasa distancia que ahora nos separaba y que podía alcanzar a simple vista en días claros, era enorme. Recordaba el porqué de mi decisión y cada vez me arrepentía más de haberlo hecho.

Al principio parecía que la cosa no iría demasiado lejos: las quejas de siempre. Que si pagábamos mucho y cada vez más por casi nada a cambio, que si otros terminaban decidiendo por nosotros, que antes éramos mucho más independientes que ahora, que se nos colaba todo el que quería, muchos de ellos indigentes, y luego no había quien los echara…

Y un día decidí que ya estaba bien ¿No habíamos tratado todo lo importante siempre así? Pues esta vez, también. Les pediría su opinión y que decidiese la mayoría. Fijamos un día en el calendario y así lo hicimos. Nunca pensé que el resultado fuera este.

Nos marchamos. Nos separamos. Pusimos tierra de por medio. En realidad un espacio físico que ya antes nos distanciaba, pero que ahora parecía mucho, mucho mayor. Y eso no era lo peor. No, porque además, casi sin darnos cuenta todo se nos había complicado por esta decisión estúpida, que yo había provocado después de una  noche de insomnio y harto de quejas. El transporte, la sanidad, la educación, la seguridad… todo más complicado, más caro e incierto ¡a cambio de vivir en un chalet en lugar de hacerlo en la urbanización!

No me costó mucho averiguar quién había votado qué en esta familia tan democrática ¡maldita sea! Mi hija Leyre, quedarse; mi hijo Gael, el mayor, irnos, él que casi nunca está en casa; mi mujer, siempre ponderada y midiendo cada dificultad y coste de convivencia, quedarnos, como yo; el problema es que los abuelos añoraban el pueblo y votaron por “irnos al campo”, ya ves que campo, un chalet vallado; ah y quedaba la tía Paula, a la postre la que decantó la balanza: una tía de mi mujer, soltera, que también vive con nosotros y que con tal de llevarme la contraria…

Y aquí estamos, tan cerca como lejos de donde hemos vivido los últimos cuarenta años, pero ahora más solos. Al médico del pueblo le cuesta venir hasta aquí; el del “super” que nos trae el pedido nos cobra un extra por hacerlo; no pasa un alma por estos lares y eso, sobre todo en invIerno, nos hace vulnerables e inseguros; dependemos de nosotros mismos para todo; no tenemos vecinos y, me temo, que perderemos también a los amigos de la “urba” que no entienden lo que hemos hecho.

Mi hija está cada día más enfadada, los amigos y la diversión lejos y más cara, la universidad, también;  los abuelos están empezando a arrepentirse, y la tía Paula ahora dice que, en realidad, ella no quería cambiar nada. No sé si podríamos dar marcha atrás. De momento aquí estamos, solos y lejos. Y sólo se me ocurre una cosa que me repito cada día ¿Para qué preguntas?

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Los vecinos del 1º Derecha no nos dejan en paz

En apenas cien años hemos pasado de descubrir aún zonas desconocidas del planeta, a convertirlo en una aldea global. En ella ocupamos –este país- una casa común europea en la que nos ha tocado un piso con vistas al mar, a varios mares, en el Primero Izquierda, y un par de tabiques de vecindad. Con nuestros vecinos de la pared de poniente, el 1º Exterior Izquierda, no tenemos problemas. Son pocos y callados. Pero no ocurre lo mismo con los de la vivienda del Primero Derecha, en la pared norte. Nunca han sido buenos vecinos.

Envidian nuestras vistas y que nuestra vivienda sea mucho más cálida. Y también envidian a otros vecinos, sobre todo a los del piso del Centro Derecha, un dúplex en la zona noble de la casa (antes fueron dos viviendas, ahora una sola), donde se suelen decidir los asuntos de esta nuestra comunidad de vecinos.

El problema es que para salir del edificio, para ir a trabajar, a divertirnos o a las reuniones de vecindad, casi siempre tenemos que pasar por el pasillo del molesto vecino. Gente con posibles pero algo venida a menos, que quizás por ello tiene un carácter más bien agrio y protestón. Que si debemos de pagar por pasar por su rellano, que si nuestros inquilinos toman lo que no deben y por eso son tan buenos deportistas, que si vendemos frutas y verduras a los del Centro Derecha (los ricachones) antes de que puedan hacerlo ellos…

En fin, que han puesto un portero que casi es un gendarme, sentado en su rellano, y nos hacen la vida imposible: a nosotros y al resto de vecinos que pasamos por ahí. A este paso tendremos que salir de casa solamente nadando, por la piscina que da al este o por el estanque del norte, o volando desde la azotea.

La presidenta de la Comunidad, doña Ángela, que vive en el “pisazo” del Centro Derecha, debería tomar cartas en el asunto. El problema es que es bastante amiga de Paco, el molesto vecino propietario y no siempre se atreve a reprenderle.

Hubo un tiempo en el que quienes habitaban tanto el Primero Izquierda -nuestro piso- como  el Primero Derecha –el molestísimo vecino- eran aristócratas con dinero y poder, incluso hubo un matrimonio, hace muchos, muchos años, que emparentó ambas familias y llegó a plantear derribar el muro entre ambas viviendas, pero es un muro de carga y hubiera exigido demasiada obra. Desde entonces han sido más las rencillas del vecino, que sus favores.

Si no fuera porque somos una comunidad de vecinos, cualquiera diría que somos un país que exporta a través de la carretera y que nuestros camiones cargados de mercancías como parte del un flujo logístico incesante, para llegar a otros países, no tuvieran más remedio que pasar por el país vecino y que eso ocasionaría una “guerra comercial”, en la que ese país de paso irremediable, utilizaría de vez en cuando malas artes, como la interpretación torticera de las Leyes… cualquiera lo diría.

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Cataluña dice adiós

Cataluña ha dicho adiós. El pasado 30 de septiembre ha concluido el plazo que la Generalitat se había dado, para la prueba que se ha venido realizando en esa Comunidad a fin de comprobar sobre el terreno, de forma real y a través de una prueba piloto, si el aumento de capacidad de carga de los vehículos de las 40 t actuales hasta la 44 t puede resultar ventajoso.

Mientras el president Mas y sus socios soberanistas empezaban a librar la batalla contra el Gobierno por el referéndum del 9-N, se libraba otra, en las carreteras catalanas. La medida que, insistimos, no ha sido más que una prueba piloto, con unos pocos vehículos y en un circuito muy concreto, ha sido más que contestada y ha servido de arma arrojadiza de los que la denostaban hacia los que la aplaudían.

Conviene recordar que la UE, de momento (me consta que puede haber una nueva “revisión” de este tema a partir de 2016) no está ¡sorprendentemente! por la labor de armonizar pesos y dimensiones a escala Comunitaria, lo que es a todas luces de “sinsentido” común. Así, cada país legisla por su cuenta, y para circular por el vecino hay que tener en cuenta sus limitaciones, que cambian en cada “frontera”, por más que éstas ya no existan en el espacio Schengen.

A escala doméstica, los colectivos se echaron encima de la prueba catalana (ASTIC, CETEM, FENADISMER,…), calificándola de equivocada, unilateral, inoportuna, anti económica, de abrelatas equivocado y hasta de “churro” y falta de valor. Pero también, se han vertido opiniones favorables, de quién desde el lado de la empresa ha participado en la prueba y ha visto incrementarse la rentabilidad y reducido las emisiones, o desde AECOC, que apoyada por un estudio de la UPC destacaba el multimillonario ahorro que supondría. El Gobierno, por su parte, tomó claro partido al presentar en febrero de 2013 un recurso contencioso administrativo contra la autorización de circulación a vehículos de 44 t en Cataluña.

Los políticos no pueden evitar -se lo ganan a pulso cada día- la nefasta, avariciosa, interesada y penosa imagen que trasladan a la ciudadanía. Y este es un ejemplo más. Seguramente, la prueba era ya estéril antes de iniciarse. Si la UE no normaliza pesos y dimensiones máximos para la carretera, nada se avanza. Sin embargo era, y es, muy interesante para cargadores, transportistas, administración, diseñadores de infraestructuras, tráfico, gestión local, medio ambiente, etc. etc. conocer si ese 10 por 100 más resulta concluyente y favorable en todos o alguno de esos aspectos.

Pero todos, y digo TODOS, se han empeñado en hacer baladí este experimento. Cada uno ha enarbolado su bandera particular y ha “disparado” a todo lo que se meneaba frente a él. Se han creado bandos donde no los había e, incluso, se han dado ya por inválidos los datos objetivos extraídos de la prueba, por la simple razón de ser conclusiones del “enemigo”. Se ha perdido tiempo, dinero y quizás una valiosa experiencia.

Los políticos han hecho de tales y los que no los son les han imitado aplicadamente. Con ese buen ejemplo, así nos va.

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Una falda de cuadros, una gaita y un vaso de malta

Las últimas semanas y especialmente la que acaba de concluir, nos ha invadido de cultura escocesa como telón de fondo al referéndum del 19 de septiembre, en el que por un margen ligeramente superior al 10 por 100 los ciudadanos residentes en Escocia han decidido que  el Reino Unido lo siga siendo, al menos por ahora.

Detrás del “No”, del “Better Togheter” y sobre todo del “Yes”, hemos visto y oído los rasgos más visibles de la identidad Scottish, su geografía y paisajes, la lengua gaélica, el tartán de tela a cuadros que identifica a cada clan o familia, el llamativo traje masculino -con todos sus aditamentos-, la gaita con sus agudos tonos, y hasta casi podía percibirse el aroma de algún whisky de malta de las highlands. Reconozco mi afección por esos rasgos, desde el kilt, pasando por las leyendas, hasta el Scotch, servido en copa de vino y desde luego sin hielo. Supongo que no soy el único.

No voy a entrar a opinar sobre el derecho de los escoceses a decidir su futuro juntos, bajo la Union Jack, o separados, ni sobre el resultado de la consulta. Como no lo haría sobre el derecho de catalanes, flamencos, corsos o vascos sobre idéntica cuestión. No sé si es el momento, pero desde luego no es el lugar. Aunque como todos, tenga opinión al respecto. Sin embargo, el referéndum si me invita a una reflexión con la logística, como no, como foco y soporte de esta disquisición.

Las necesidades de consumo, de soporte ante circunstancias adversas, de exigencias en grandes acontecimientos y, en fin, el casi infinito etcétera que supone cubrir las carencias de cualquier tipo, ha movido a la logística a generar cadenas de suministro eficaces y globales, desde todas partes y hacia cualquier punto, saltando y resolviendo las dificultades que imponen las distancias, las barreras físicas, las temperaturas, las culturas, las monedas…en suma, ha roto casi todas las fronteras. La aldea global es cada vez más aldea gracias a la información, pero también a la logística.

Por eso me resulta paradójico comprobar cómo mientras la clase empresarial, las compañías distribuidoras, los suministradores, los transitarios han buscado y encontrado -logística mediante- esas soluciones, la clase política no parece capaz de solventar los problemas fronterizos. En lugar de bajar barreras, a veces parecen empeñados en levantarlas y crear dificultades que antes no existían. Y, a más barreras, más reglamentaciones, menos homogeneidad y más y más inconvenientes para el flujo de mercancías.

No digo que la logística deba ser la razón que mueva al mundo y a los políticos y dirija sus decisiones. Lo que digo es que cualquiera que haga un mínimo análisis de este sector de servicio concluirá que la logística propone y articula soluciones cada vez más globales que son, desde luego, las que exigen unos ciudadanos igualmente cada vez más globales. Es en esa actitud, global, en la que deberían fijarse los gestores de la cosa pública antes de mirarse tanto el ombligo. Digo yo.

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Sed opere et collaborationem

Las órdenes monacales acuñaron la fórmula perfecta para sus correligionarios, un magnífico eslogan medieval que ha saltado las barreras temporales. Reza y Trabaja. Ora et Labora. Alimento para el cuerpo y el alma. Una versión pía del men sana in corpore sano, más agnóstico. Con el mayor de los respetos a cualquier religión o creencia, la católica siempre ha sido especialmente hábil en producir campañas de marketing in eternum.

Tengo especial debilidad por el latín -rarito que es uno- y a propósito del “labora”, pensaba ponerles deberes para las vacaciones que algunos ya estarán disfrutando y otros planeando. Al final he decidido poner sólo el titular de este post en la lengua de Cicerón para que cualquiera ipso facto pueda traducirlo a “román paladino” -que diría Berceo- con cualquiera de las herramientas que pululan por la red.

Todo este circunloquio es para hablarles de colaboración. De colaboración y perplejidad o incredulidad. Ya he mencionado el término en este mismo púlpito,  pero fue hace más de tres años y eso no hace más que añadir argumento a mi diatriba. Poco ha cambiado.

Llevo oyendo hablar de colaboración en el entorno logístico -incluso tiene su propia nomenclatura, bajo la definición de logística colaborativa– mucho tiempo, y por ello me llama poderosamente a la atención que siga siendo un término recurrente por omisión y no por acción. Me temo que esa insistencia no es exclusiva de nuestro sector.

Además, últimamente (hace menos de una semana), he oído quejas por la falta de esa deseada colaboración no sólo extramuros, entre empresas diferentes o entre sectores colatrerales -la más costosa y retadora-, sino intramuros, dentro de las propias compañías, es decir protestas por las barreras departamentales que hacen que unos tomen decisiones que afectan a los otros -y todas afectan en mayor o menor medida- sin contar precisamente con los otros, de forma unilateral, lo que no solo complica la operativa, también la encarece y ralentiza en la caso de la cadena logística.

La secuencia es más o menos esta: Dirección decide una estrategia que traslada a marketing; comercial la lleva a un mercado que, con frecuencia, responde en una dirección inesperada; comercial exige a producción mucho más de esto y nada de aquello y, con suerte, producción responde; y logística debe ponerlo en el lineal o la repisa, cuadre la promoción, el embalaje, los tiempos y la frecuencia, con los recursos, o no.

En el interim de este despropósito -exagerado como regla, si quieren, pero real- en foros y congresos, se habla de casos de éxito de colaboración -como no puede ser de otra manera- que se me antojan en exceso excepcionales frente a lo que parecen comunes casus belli en el propio seno de las empresas.

Si las asociaciones y gremios interprofesionales pueden establecer cauces para la colaboración más allá de las propias fronteras corporativas, sólo la dirección de las compañías con órganos internos abiertos y cooperativos puede evitar esa incomunicación que, a la postre, tiene un altísimo coste laboral y económico. No se trata de crear una balsa de aceite, más bien de utilizar el sentido común en sensu estricto.

Hacen falta más y más prácticas de colaboración y es preciso hacerlas públicas como ejemplo de lo que es posible. Pero tempus fugit, del tiempo pasa y la velocidad se demuestra andando: sed opere et collaborationem. O lo que es lo mismo, trabajar y colaborar, ahora. Fuera y dentro.

En cursiva las palabras que hubiera entendido el mismísimo Julio César sin traductor de Google.

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¿Podemos o seguimos acomodados?

En un comentario de café con unos colegas, estos últimos días, volvía a esgrimir mi teoría de lo conveniente de que el país, su economía, sus empresas, vivan de espaldas a la política, a propósito de las últimas elecciones europeas, sus resultados y los comentarios de los que parece que, tras la votación, no se han enterado de nada: los políticos.

Decía esto –me temía que, de nuevo, alguno de mis contertulios me tachara de “anarquista” por desear el “desgobierno”, si bien nada más lejos de mis ideales- y ponía el ejemplo, la quintaesencia de ese ideal, que tenemos más cerca, cultural y geográficamente: Italia. Alguien entre los que compartíamos té y café corrigió mi utopía y la llenó de realidad: “Sí, pero Italia tiene un tejido industrial que no tiene España y una capacidad de vender sus productos que aquí no tenemos”. Es cierto.

Y también es una incoherencia. Y una verdad a medias. Los anuncios de Campofrío, con toda su “casposidad” y ese fondo musical de “Suspiros de España”, al menos nos han ayudado a recordar que no es para tanto –no del todo-, que hay industrias singulares y punteras, que somos internacionalmente reconocidos en algunos campos –y no sólo de fútbol- que hay empresas líderes en sus sectores, desde Inditex al fresón de Huelva, que además de mano de obra barata, aquí la hay cualificada y exportable, y que nuestros directivos están en muchos, muchos sectores, como CEOs de las mayores multinacionales. Por eso es una incoherencia mayúscula que nos falte tejido industrial.

Mis responsabilidades en otras áreas de C de Comunicación – en la revista Cárnica 2000- me han enseñado que otros sectores primarios, quizás no tan industrializados, pelean por su negocio, por el particular y por el gremial, como ahora mismo sucede con el jamón serrano que busca su denominación de origen (I.G.P. en este caso) para luchar, precisamente y sobre todo, con un producto italiano, el jamón de Parma que no siendo de tanta calidad, se “vende mejor” en mercados internacionales.

El sector primario de alimentación español no se acuesta pensando en el “que inventen ellos” para conciliar el sueño y de esto deberían tomar buena nota los acomodados a lo irremediable, aquellos para los que el emprendimiento es un término ajeno y la empresa algo lejano, imposible. Nos iría mejor.

El “Sí se puede” futbolístico y el “Podemos” político (sin entrar en ninguna otra valoración o adscripción) demuestran lo que mueven las voluntades, aún sin capital. Lo importante no es sumarse a unos u otros, lo importante es que en todos los campos y sectores y, también, en los negocios, veamos los “podemos” como ejemplos y no como “moscas cojoneras” que vienen a mover el tradicional inmovilismo. Que no veamos el “podemos” como un “j……”.

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¿Hay alguien ahí?

Mientras la pasada semana se revolvían -y de qué manera- las aguas del transporte por motivos ajenos a la actividad propia de este sector, reuníamos a un grupo de profesionales para discutir, a puerta cerrada, sobre la ampliación de la capacidad de carga de los vehículos de mercancías por carretera, por encima del límite de las 40 toneladas actuales. La palabra más repetida en esa reunión fue: armonización.

Uno de esos términos pomposos, grandilocuentes, muy al gusto de los políticos, de tinte musical -y también algo hippie– que sirve para reunir un buen puñado de cuestiones que, se supone, deben estar en acuerdo o concurrir hacia un mismo fin.

En el caso que nos ocupa, la armonización era una petición unánime, casi un ruego o una súplica, a las autoridades de la Unión Europea, para que la limitación de capacidad de capacidad de carga de los camiones fuera una sola y supranacional. A todas luces, de perogrullo.

Actualmente, sin embargo, cada país regula sus capacidades. Así, la mayor parte de los de Europa Occidental tienen el límite máximo en 44 t, unos pocos en 42 t y Portugal, España y Alemania, en 40 toneladas.

Mientras Merkel, Van Rompuy, Durao Barroso o la troika han regulado salarios e impuestos con mano firme, aquí y en otros lares, mientras se trazan grandiosas Redes Transeuropeas de Transporte, corredores prioritarios para las mercancías o autopistas del mar, mientras se ha creado el territorio Schengen de libre circulación para personas y mercancías, se da la paradoja de que aún tratándose de países limítrofes con idéntica limitación de carga, un vehículo nacional del país A, que transita por su territorio legalmente con 44 toneladas, no puede traspasar la frontera al país B aunque este tenga esa misma limitación a 44 t, que en ese caso sólo faculta internamente para los nacionales del país B.

La armonización -aquí está otra vez- es imprescindible para el transporte internacional, casi urgente. Pues bien, si en algo estaban de acuerdo los contertulios de esa reunión (representantes de colectivos del transporte, empresas cargadoras, operadores de transporte, investigadores de campo) era en la inoperancia de la UE, la irrealidad de esa supuesta unión paneuropea, la falta de voluntad, el peso de los intereses nacionales (impuestos para los foráneos mediante), que aún prima mucho más que los comunitarios, y los grupos de presión, sobre todo el ferroviario. La armonización parece así un puente lejano.

Oyéndoles -y saben muy bien de los que hablan- a uno le cunde el desencanto sobre el futuro común europeo, sobre Bruselas y toda su parafernalia.

“¿Europa?.. ¿se me escucha?…¿hay alguien ahí?”

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Un cuento chino

Primero despertó, luego se desperezó, estiró sus músculos tras un sueño literalmente milenario y ahora se ha calzado las zapatillas de deporte y ha salido a la calle para correr por delante de los demás: China ya lidera el comercio mundial. Y no solo eso. Las importaciones crecen a un ritmo incluso superior a las exportaciones.

Las cifras apabullan: un 10 por 100 del comercio mundial pasa por China (llega o sale de allí), su economía -aunque ha abandonado los dos dígitos y refleja algo de la crisis mundial- crece a un ritmo del 7,6 por 100 anual, y el conjunto de exportaciones e importaciones suma 3,05 billones de euros, superando a los Estados Unidos en el liderazgo (detrás están Alemania y Japón).

Sin entrar de lleno en el análisis político, China ha pasado de ser un país medieval bajo la autoridad divina del emperador a convertirse en un modelo de aplicación de las doctrinas comunistas, o de una economía cerrada y agrícola a ser la fábrica “low cost” de occidente en apenas un siglo. Hoy aplica un modelo económico-político impensable hace tan solo unas décadas, con un capitalismo extremo que convive “contra natura” con las tesis comunistas, un consumo que crece exponencialmente y unas posibilidades comerciales e industriales que empiezan ya a mirar más hacia dentro que hacia afuera.

La logística y sus proveedores son han sido ajenos a este macrodesarrollo. Los puertos chinos están a la cabeza mundial, sus plataformas logísticas no tienen parangón (por volumen y expansión) y no son pocos los proveedores de equipamiento (carretillas, manutención) que ya han instalado unidades fabriles en sueño chino.

Lo que a finales del siglo XX se vislumbraba en el horizonte, pero todavía parecía un cuento chino, es hoy una realidad.

¿Cómo se ha conseguido? El verdadero cuento chino es el del trabajo y planificación. No diré que China es un modelo indudable, pues la censura, las purgas, etc. o la contaminación extrema le “bajan la nota”, pero si es un ejemplo de velocidad en ese desarrollo y, sobre todo, se muestra como una oportunidad comercial que, se me antoja, puede ser más rentable y longeva que otras emergentes hoy en diferente latitud.

No nos va a quedar más remedio -algunos ya tienen esos deberes hechos- que aprender chino y empezar a conocer esa cultura que desde luego no es la del Kung-fu, ni la de la comida que nos ofrecen los restaurantes chinos, y sí la del confucionismo, el budismo o la de la complejidad de sus 58 etnias diferentes.

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