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Por si acaso, chubasquero y bronceador

Ante el entorno económico en el que ahora nos movemos, podemos ser radicalmente optimistas: la crisis se acabó y ¡España va bien! muy bien; o podemos hacer eso que forma parte de nuestra idiosincrasia hispana, ser derrotistas y no creer nada de lo que dicen las estadísticas: es todo un espejismo y ¡España va mal! muy mal. Les voy a plantear otra visión.

Hace unos días, en unos de los eventos que organizamos periódicamente, con directivos del más alto nivel de responsabilidad, tuve ocasión de escuchar y compartir un análisis que me parece de lo más certero sobre la situación actual, que justifica y explica sobradamente lo que ocurre, el buen momento, pero que pone también en énfasis y reclama la atención sobre un horizonte potencialmente inseguro.

Vivimos una suerte de tormenta económicamente perfecta, en la que se han conjugado una serie de elementos para regalarnos una situación “meteorológica” de la que no somos del todo responsables. El primero de esos elementos es  el final de la crisis (si algo tienen estas épocas flacas es que siempre se acaban, es lo único seguro), que por su longitud y crudeza exige ahora la renovación de suministros y equipamientos, el aumento de actividad y crecimiento de plantillas para dar respuesta a un escenario de crecimiento. Además, ello es posible en condiciones favorables para las empresas, pues la época pasada ha traído consigo una reducción de salarios y de las condiciones de despido.

Igualmente, el dinero –el crédito- está barato y las entidades financieras empujan y llaman a nuestra puerta para concedérnoslo: necesitan vender mucho crédito para sacar algo de rédito. De nuevo en el terreno de los costes, el petróleo se ha abaratado considerablemente, lo que es una buena noticia en sí misma, además de influir en el precio de casi todos los bienes y servicios.

Y, por si fuera poco, España es un país atractivo y seguro, lo que atrae a capitales y turistas. No tenemos especiales problemas de seguridad ni –por ahora- un “Brexit” o una rotura de las reglas, en el horizonte más inmediato. Ni tampoco nos penaliza ahora mismo (incluso el FMI lo ha reconocido) el tener un Gobierno en funciones desde hace casi un año. Todo lo que podía salir bien, ha salido bien.

Pero… claro, la pregunta del millón es si esta tormenta se tornará en borrasca pertinaz y podremos seguir disfrutando del momento; si gracias al chaparrón se crearán condiciones para que todo esto no sea un aguacero pasajero, sino algo tan permanente como permitan los ciclos económicos; o si, como tormenta que es, escampará, dejará de llover y tronar y saldrá un Sol radiante que nos frene en seco.

El escenario es para disfrutar y si los economistas no son capaces de profetizar un cambio económico, salvo cuando ha sucedido, no lo voy a hacer yo ¿Qué pasará a continuación? Pocos pueden asegurarlo, lo más desearlo o intuirlo.

Por si acaso, yo que ustedes tendría a mano tanto el paraguas como la crema bronceadora… por lo que pueda pasar.

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El oráculo de Moncloa

A pesar de que este año vamos a tener una “hartá” de actividad política y que con ello podríamos estar curados de todos los espantos y huérfanos de cualquier sorpresa, no es así. Y esas sorpresas vienen con frecuencia desde lo más alto y en el tono más superlativo que pueda esperarse.

El presidente del Gobierno ha estado este pasado fin de semana en las jornadas del Círculo de Economía que se celebraban en Sitges y allí ha soltado esta prenda: “si se mantiene esta política económica -la suya- asistiremos al ciclo de recuperación económica más largo conocido”. Ahí es nada.

Ni Madoff, ni Lehman Brothers, ni rescate a la banca, ni hipotecas basura, ni ná.  Yo soy Juan Palomo. Y ni siquiera -que yo sepa- ha necesitado a su primo experto en cambio climático para hacer este vaticinio.

La previsión en cualquier ámbito es uno de los ejercicios más difíciles. Particularmente, en el ámbito empresarial es una tarea crucial y para acercarse a la certidumbre los equipos económicos y directivos de las compañías se nutren -entre otras fuentes- de datos históricos, comportamientos de los mercados, escenarios geopolíticos y opiniones y previsiones en política económica doméstica. Aún así, ni siquiera los conocidos como mayores expertos suelen tener un alto índice de acierto. La crisis de la que estamos saliendo es buena prueba de ello.

Por esto, resulta bastante frívolo que alguien a quien se le supone la responsabilidad y de cuyas palabras se suelen inferir decisiones y previsiones de índole económica muy trascendente, se despache tan a gusto con manifestaciones del todo gratuitas por imposibles de vaticinar. Por más que sea un escenario que todos desearíamos ¡Un poquito de sensatez!

Mejor harían nuestros políticos -todos y de todo color y condición- en ser más conservadores en sus declaraciones a la galería y más progresistas en el análisis de sus propias miserias. De ahí les llegaría la ponderación que les falta y la capacidad para mirar al frente y a los lados y no al ombligo…propio.

Y aquí va el clásico reciente de esta semana: “La quinta mujer” de Henning Mankell (1996). En realidad cualquiera de las doce novelas negras o policiacas de este escritor sueco, tiene todos los ingredientes que uno pueda querer para disfrutar de la lectura, por ejemplo, en las vacaciones veraniegas.

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El señor del armario

No es tan famoso como “El señor de los anillos”, ni tan inquietante como “El señor de las moscas”, y sin embargo “El señor del armario” merece una reflexión. Con este título se presentaba hace poco Pedro Puig, el director general de LTR y del Grupo Leuter, en una ponencia durante Logistics 2014. Y no es la primera vez que se presenta así. De hecho en Sudamérica empiezan a conocerle por ese prosaico título que él mismo se ha concedido.

Trata así de simplificar su presentación empresarial. A fin de cuentas una empresa como el Grupo Leuter, dedicada a proporcionar soluciones de gestión de almacenes, no hace sino -puestos a simplificar- ordenar el inmenso armario que es un almacén. Simple y directo. Tanto, que huye de etiquetas  como la denostada de consultor -aunque su trabajo sea con frecuencia ese- y sólo tiene una pregunta que hacer a sus potenciales nuevos clientes ¿Tiene un problema?

Puig ha luchado por esa transparencia con tanto denuedo, que casi le cuesta acabar con su propio proyecto, eso sí, con la inestimable ayuda de la justicia y su exasperante lentitud. Eso no ha cambiado su discurso. Ni su pasión por lo que hace. Y ahí está. Él y su compañía. Comiéndose el mundo. Y entre bocado y bocado, compiten y ganan -tres de cada cuatro veces-en Latinoamérica, con las poderosas multinacionales norteamericanas en su mismo nicho.

Conozco a un puñado, escaso, de “señores del armario”. Sencillos. Abiertos. Trabajadores. Hechos a sí mismos. Sin ayuda, ni casi reconocimiento. Sacrificados por un sueño. Por una empresa. A todos les mueve la pasión por lo que hacen. Y el emprendimiento. Y lo llevan por todo el mundo. Son fieles a sus principios aunque ello suponga que pinten bastos de vez en cuando. Aunque esos no les haya permitido medrar lo suficiente para mirar al futuro sin sobresaltos.

Esos  y no aquellos que están en los consejos y dirigiendo la CEOE (o digiriendo, pues se “zampan” todo lo que pillan), son los que merecen el apoyo, el galardón, el aplauso, el reconocimiento, las inversiones y las subvenciones si las hubiere, aunque esto último no les haga mucha gracia. Esos son los verdaderos empresarios, porque una empresa no es sino una   tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo (RAE).

Soy un afortunado por conocer a ese puñado de EMPRESARIOS. Y eso me sirve para compensar el hartazgo, la sin razón y el mal estómago que me producen las tarjetas “black”, las cajas B, el tráfico de influencias y las prevaricaciones con las que me desayuno, como ustedes, cada día.

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Estamos mejor que nunca

La logística y todos los sectores que la forman, no es ajena a la crisis, toda vez que es una de las pocas actividades que presta servicio a la práctica totalidad de las áreas económicas. Escasez de ventas, malos resultados, crecimiento de impagados, desaparición del crédito, proyectos detenidos…razones para las plañideras no han faltado.

Sin embargo, veamos si somos capaces de “darle la vuelta a la tortilla” y si otros datos y un análisis sectorial general pero estricto, son capaces de compensar el tono gris que ahora empieza a despejarse. Pongámonos a ello.

En el ámbito europeo, el sector logístico nunca ha estado tan cohesionado, la ELA y sus asociaciones nacionales son prueba de ello; nunca hasta ahora habíamos tenido un Día Europeo de la Logística; hay tantas o más ferias que nunca allende los Pirineos; la mayor de todas (CeMAT) ha reducido su frecuencia de tres a dos años; algunas compañías proveedoras del sector han decidido volver a fabricar en Europa; se ha creado un reconocimiento anual a escala continental  para las carretillas elevadoras; y en el ámbito de la UE el transporte ha redescubierto el cabotaje, se han implantado las primeras autopistas del mar, se han diseñado las Redes Transeuropeas del Transporte y, tímidamente, se avanza en la armonización de pesos y medidas en la carretera.

En el ámbito nacional, nunca hemos tenido tantas asociaciones, con tanta actividad, ni tan representativas y defensoras de los distintos subsectores de la logística; nunca ha habido en España tantas ferias dedicadas a la logística y el transporte como ahora; nunca ha habido tantos actos, reuniones, jornadas, congresos, mesa redondas y, probablemente, nunca haya habido tanta oferta de proveedores en el mercado.

Ni siquiera nosotros mismos, Cuadernos de Logística, estábamos aquí antes de la crisis. Es decir, todo esto ha ocurrido durante la larga y pertinaz fase económica negativa, gris y en apariencia inmovilista que aún nos acompaña.

Las razones que llamaríamos de estricta índole económica, los dineros, vamos, no cambian con este inventario (donde seguramente me habré dejado algo en el tintero), desgraciadamente. Pero lo que si puede cambiar es el tono o la intensidad del “quejío” hasta hacerlo casi desaparecer bajo el reconocimiento de que, en logística, pese a todo, no hemos dejado de progresar, de hacer, de construir. Y el tono es, precisamente, lo primero que hace cambiar los balances.

En resumen, si no fuera por los números, estamos mejor que nunca.

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La maldita realidad

En mi trabajo estoy acostumbrado, y obligado, a escudriñar lo que ocurre en mi entorno profesional para descubrir qué pasará mañana, siempre atendiendo a lo que me cuentan los que saben, que son los actores protagonistas del sector logístico. Me pongo la túnica de amplias mangas y el picudo gorro de estrellas -como un nazareno, pero a cara descubierta- y cual pitoniso me enfrento a una bola de cristal en forma de notas, fragmentos, opiniones, estadísticas y un sinfín de otras fuentes, para concluir qué está pasando y qué pasará mañana.

Mi pregunta es recurrente ¿cómo ves la situación? y la respuesta suele venir acompañada igualmente de otra pregunta ¿y tú, que hablas con todos, cómo lo ves?

Pues lo veo bien, a juzgar por lo que me cuentan. Entre mediados de diciembre y finales de febrero he visto, hablado o visitado a numerosas empresas proveedoras el sector logístico y he compartido con sus directivos preguntas y reflexiones de esta guisa. Ya se sabe,  somos animales de costumbres y el calendario nos dice cuando hacer cuentas, incluso si nuestro ejercicio económico-fiscal tiene otras fechas.

Ha sido -como cualquier otro final/principio de año- momento para el balance y el pronóstico; ocasión para vislumbrar lo que vendrá en lo inmediato y más allá; para cerrar algunas estadísticas; y para hacer eso que los economistas hacen a toro pasado, aventurarse a decir lo que nos espera, económicamente hablando.

Por eso lo veo bien. Porque las estadísticas, en el peor de los casos, no empeoran, valga por esta vez el retruécano; porque las opiniones son claramente optimistas; porque las empresas empiezan a recibir consultas sobre operaciones de manera sostenida; porque hay proyectos que son realidad y sólo necesitan -¡ay!- de la oportuna financiación; y porque mis fuentes me dicen que, precisamente, es casi inminente que los bancos comiencen a abrir el grifo crediticio.

Claro que también, ahora y aquí, está eso que llamamos la realidad o la maldita realidad y su imposición -que es mucho menos divertida que la ficción aunque la supere con frecuencia- y esa realidad me dice que las compañías vuelven a cercenar sus presupuestos de gasto; que se mueven con mucha dificultad; que no pagan cuando deben y apenas cuando pueden; y que muchas hacen esto no por falta de recursos, sino por exceso de cautela o directamente por miedo a lo que el otro día me calificaron como “este proceloso mar que transitamos”. Poético y borrascoso comentario.

Y así, resulta que el ánimo -un profesor de Economía me enseñó que lo peor que se puede introducir en un sistema económico es el desánimo o la incertidumbre- que es un poderoso aliado y las perspectivas, que son tanto como queramos que sean, de momento no se han impuesto. Pero el balón está en juego. Aún pintan bastos, que diría mi abuela. Y los hay que los pintan hasta 2017, al menos.

Yo, sin embargo, creo que la maldita realidad -la económica- no es más que una falacia y que el optimismo bien entendido y responsable puede cambiarla, ahora por ejemplo, sin esperar a que lo diga el FMI o Moody´s o al margen de lo que digan. Conocimiento y atrevimiento. Y es lo que saco de las empresas que me cuentan que cerraron bien o muy bien sus cuentas de 2013. Algo así como el funcionamiento de la economía italiana, entre las primeras de Europa y por delante de España, a pesar de que en 70 años ese país ha ¿tenido, sufrido? 68 gobiernos, el último constituido este mismo fin de semana. Y no pasa nada.

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Morbo informativo y rayos UVA

El pasado miércoles, 15 de enero, por la tarde, a una hora que no es lo que se dice de “prime-time” para las webs de los medios informativos de carácter general, algunas recogieron en sus páginas principales -casi me atrevería a decir de tapadillo- unas declaraciones de Christine Lagarde, la máxima responsable del FMI (Fondo Monetario Internacional) en las que aseguraba, nada menos, que a partir de ahora mismo, de este 2014 nos esperaban “siete años de vacas gordas” o que “el optimismo está en el ambiente”. Y lo hacía, además, ante un foro de periodistas en Washington.

Como en ocasiones precedentes, y no me refiero a esta crisis, sino a otras anteriores, cuando llegan lo que parecen ser buenas noticias, y estas declaraciones son absolutamente rotundas en lo positivo, hay una especia de pudor colectivo, vértigo informativo o pavor frente a lo desconocido (en años), que convierte casi en proscritas estas informaciones. Las palabras de la señora Lagarde apenas figuraron en lugar protagonista antes de “perderse” o “aparcarse” en los lugares menos visitados de las webs. Y eso que en el cuerpo de la noticia era mucho más ponderada y conservadora, gris, en su análisis

¿Imaginan si hubiera dicho “Todavía nos esperan otros siete años de vacas flacas” o “el pesimismo está en el ambiente”? Se hubiera publicado a toda página. Ténganlo por seguro.

Deduzco que el morbo de una noticia como esta, a pesar de que la esperamos todos como el maná en el desierto, no es suficiente para apuntarla con todo el foco de los grandes titulares; que debe vender poco (insisto a pesar de lo deseada) o que el pesimismo instalado conviene más ¿A quién? No lo sé.

Claro que, también, puede ser que esa señora de piel arrasada por los rayos UVA y sospechosamente sonriente en todo momento, pese a la que está cayendo desde hace siete años, tenga poca o nula credibilidad, no ya por sí misma sino por lo que representa, un organismo (FMI) al que se le suponen todos los recursos y conocimientos financieros para saber lo que ocurre en el orbe económico, pero que fue incapaz de predecir ni atisbar la crisis actual. Por cierto, entonces el que presidía el FMI era un español: Rodrigo Rato.

Será que soy un optimista impertérrito, pero no entiendo a la prensa plañidera ni a los que hacen del “quejío”  o la noticia tintada de gris una forma de gestionar sus responsabilidades. Quizás por ello me he acordado de otras declaraciones, las del presidente del gremio de hosteleros, quejándose del cambio de las aceiteras rellenables a las irrellenables argumentado, entre otras cosas, que ocasionaría problemas logísticos y de aprovisionamiento. ¿Mala noticia? Para nada. Buena y, además, una oportunidad de negocio para todos los implicados.

Yo lo veo así. La botella siempre medio llena.

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El “once” ideal

Hace unos días en Mónaco, como cada 7 de enero, se han entregado los premios FIFA a los mejores jugadores de fútbol del mundo, según la opinión de los profesionales de ese deporte. Entre otras elecciones se ha escogido al equipo de los mejores de 2012, once jugadores que, en este caso, militan al completo en la liga española. Con independencia de otros premios dorados otorgados esa noche, esta selección excelsa -por sí sola- debiera mover a nuestro orgullo o, cuando menos, a la satisfacción de ver aquí a los mejores y, al tiempo, llevar a otros a la envidia por perdérselo. Pero no todo es así.

Existen también aquí otros “onces ideales” que igualmente dejan su impronta, pero esta más profunda. Más prosaica. Y más iracunda. Esta es mi selección 2012: portero, RodrIgo Rato (Bankia); defensas, José Luis Baltar (PP, Ourense), José Blanco (PSOE), Jaume Matas (PP, Baleares) y Antonio Fernández (PSOE, Andalucía); medios, Álvaro Pérez “El Bigotes” (sus negocios), Carlos Fabra (PP, Castellón) y Josep A. Durán i Lleida (UDC, Cataluña); delanteros, Miguel Ángel Flores (Madrid Arena), Gerardo Díaz Ferrán (CEOE) e Iñaki Urdangarín (Familia Real). Todos señalados, imputados o ya condenados.

Para nuestra desgracia, por ahí fuera, en Bruselas o Berlín, se nos mide más, mucho más, cada día, en cada inversión y con cada punto de la prima de riesgo por esto otros “onces”, famosos también por sus fintas y regates (a la justicia), por los goles que meten (al ciudadano), por los balones que echan fuera (la culpa siempre es de otro) y por su nivel de vida (a costa de un dinero que no se han ganado).

He visto y oído estos días pasados el anuncio de Campofrío en radio y TV, y otros con el mismo argumento que circulan por la red. Son una suerte de respuesta, quizás balsámica o analgésica, a la necesidad de gritar ahí fuera “¡Eh! que aquí también hay buena gente”.

En logística, en España, no deberíamos tener esa necesidad pero, ¡caramba! un baño de optimismo bien fundamentado no viene mal. Hago caso a quien, en una visita, hace tan solo unos días me dijo: “tú, que escribes, cuéntanos algo bueno”. Ahí va.

1) España es uno de los países que más rápido y con más calidad ha crecido en logística en los dos últimos decenios. 2) Ya no vamos a la zaga de nadie. 3) Hay ejemplos de éxito de rango mundial, Mercadona, Cortefiel, Inditex… 4) Estas dos últimas, por cierto, lideradas en su logística por mujeres, una circunstancia cada vez más común. 5) Exportamos directivos o, mejor, ellos solos se aúpan por méritos propios a los escalones más altos en logística. 6) Se acaparan premios internacionales (ELA) a las mejores aplicaciones y prácticas logísticas en nuestro suelo. 7) Se crean complejos, plataformas, zonas e infraestructuras logísticas. 8) Se articula el sector en torno a colectivos gremiales cada vez más coherentes y numerosos. 9) Se habla y se discute constantemente de cómo mejorar. 10) Se celebran reuniones foros y ferias como altavoz y nexo sectorial. 11) Se ofertan cursos, másters y toda clase de formación de base y postgrado.

Argumentos suficientes para confeccionar otro once ideal. Honesto. Reflejo del saber hacer. Y que, además, “sudan la camiseta” cada día.

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Las previsiones son mentira cochina

Hubo un tiempo -si esto le parece el principio de un cuento, es que lo es- en que los responsables de  las cuentas de la empresas se enfrascaban en estas fechas -o ya desde meses antes- en trazar el mapa económico de cada compañía, departamento, servicio o producto, para el año entrante.

Era -y es- un serio ejercicio de adivina adivinanza, basado en la experiencia y las condiciones de mercado, los recursos y la política que cada empresario trazaba para los siguientes doce meses. Luego, a lo largo del año, se iba comprobando y/o corrigiendo el rumbo según se comportara la singladura.

Tuve la fortuna de aprender mucho de estas lides -yo que soy “de letras”- gracias al jefe de administración de la primera empresa donde adquirí responsabilidades que llevaban adscrita la obligación de presupuestar. Les aseguro que nuestro índice de acierto era altísimo. Y no había truco: conocimiento del trabajo que nos traíamos entre manos, del sector, más la aportación de eso que se llaman datos macro y microeconómicos.

Y aquí está el quid de la cuestión. En esos datos, ahora tan necesarios para presupuestar como inexactos. No sé dónde está el problema, si en el exceso de “opinadores” o en su manifiesta torpeza. Antes, la economía -con crisis o sin ella- no admitía pelagatos y las previsiones de inflación, coyunturas, etc. las hacían cuatro que sabían latín. O al menos no había tanto despiste, inexactitud o corrección. Ahora, no.

Conclusión: ya no podemos tomar con consideración seria -ni en España ni en la UE- lo que se nos cuenta desde Gobiernos, Bancos Centrales, etc. porque no sirve. Es mentira cochina.

¿Qué podemos hacer? En lugar de insumisión fiscal, insumisión de fe en estos datos, que lo único que hacen es deprimirnos. Utilice los suyos propios y nada más; su experiencia; su capacidad; su sentido común: sí, ese mismo. Y actúe en consecuencia. Hágame caso. Pero sobre todo no se deje engañar, que los presuntos sabios económicos, saber, saber, solo saben pronosticar pero hacia atrás.

¿Cuántos de estos han acertado desde que comenzó esta crisis?: uno o ninguno. Y si quiere arriesgarse pronosticando como lo hacen los “gurús”, es decir, a ver qué pasa, haga como la mayoría de los españoles, sobre todo en esta época: participe en una porra o juegue a la Lotería de Navidad. Es más sano y sobre todo divertido.

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Gazpacho y mamandurrias: Cuaderno de Vacaciones

Los más optimistas dicen que la definición de trabajo es aquello que está entre dos periodos de vacaciones. Lamentablemente, este año muchos más no podrán aplicar esta acepción o quizás ya hayan acuñado otra: trabajo es aquello en lo que todos los que están dentro quieren estar fuera y todos los que están fuera quieren estar dentro. Más o menos como el matrimonio.

Bromas aparte – no quiero herir susceptibilidad alguna en un tema tan serio- ahora que muchos tenemos la doble suerte de descansar, por tener vacaciones y en consecuencia, trabajo, voy a proponerles deberes; sí como si fueran malos estudiantes.

Las tareas no exigen esfuerzo físico alguno, así que se pueden llevar a cabo en la tumbona, bajo la sombrilla playera, rebozados de arena cual croquetas, con la mochila a la espalda, en el spa, la tienda de campaña o en el coche tras la caravana de la A-III, que esa no falta a su cita vacacional.

Estos son sus deberes:
– No lea las noticias; me refiero a las políticas o económicas; compren la prensa o vean televisión, internet, etc. pero para saber cómo va el torneo de baloncesto en las Olimpiadas y quién nos tocará en los cruces de cuartos; qué resultados se dan en la pretemporada futbolera; dónde comen los mejores gazpachos; quién ha hecho el posado de este verano o qué películas se estrenan este otoño.
– Olvídese de la prima de riesgo, de su sobrina y de su tía; hasta hace un año la mayor parte vivía sin saber para nada de su existencia. Además, no está en su mano bajarla. ¡Y si lo está, ya podía haberlo hecho antes!
– Respire y diga alto y fuerte: Europa está en manos de los especuladores; hay que acabar con ellos. Se sentirá mejor.
– Renuncie a que ninguna Administración, Comunidad, Ayuntamiento o Gobierno le vaya a sacar las castañas del fuego con ayudas o subvenciones; o mejor ¡huya! ¡mic,mic! como el Correcaminos, apártese todo lo que pueda, no vaya a ser que le salpique algún escándalo de corruptelas y pague usted como justo por otros pecadores.
– Deje de hablar de crisis ¡por favor! Y dedíquese a trabajar, si tiene trabajo; o a emprender, crear, proyectar.
– Apunte y, cuando vuelva, dispare a cualquier mamandurria que conozca; nos sobran poltroneros, caraduras, vagos y maleantes a mansalva y, casi todos se concentran en edificios públicos.
– Asuma que cualquier tiempo pasado no fue mejor; más bien un espejismo que duró ¿demasiado?; ahora estamos en la realidad. Escuece, pero es porque se está curando, como me decía mi mamá.
– Haga lo que sepa hacer mejor y hágalo bien y siempre, que así se sale de los baches, pozos, fosas o simas.
– Y sea feliz que ya tenemos bastante con las acritudes, incapacidades, ineficacias, inoperancias, mentiras, falacias, abusos que nos trasladan nuestros próceres, desde los políticos hasta los banqueros, pasando por los gurús económicos.
– Ah, se me olvidaba, y disfrute entre tanto, que para eso están las vacaciones.

¡Feliz verano!

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Rescate: policías y ladrones

Hace unos días, aprovechado la coartada del fin de semana futbolero de “La roja”–háganme caso, en política nada se hace por casualidad- se anunciaba una ayuda financiera en forma crediticia para la banca española en serios apuros de liquidez. Hasta 100.000 millones de euros. Tanto dinero que si lo convirtiéramos a las antiguas pesetas -no dejen de hacer conversiones, que igual nos hace falta- necesitaríamos una “biodramina” para no marearnos.

Lo llamen como lo llamen el presidente del Gobierno, su fiel vicepresidenta, el ministro de economía y los demás, toda la “corte de Génova”, los adláteres de la prensa conservadora –aliada ciega del PP como antes lo fue la progresista del PSOE-, o los contertulios de turno en programas, programitas y basureros televisivos y radiofónicos: esto es un rescate. Rosa Díez, Barroso, Draghi, Lagarde, entre otros muchos, aciertan: RES-CA-TE.

Sí, porque rescatar es, según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua:        Liberar de un peligro, daño, trabajo, molestia, opresión. Vamos, lo que con dinero de las arcas “bruselinas” se pretende hacer para liberar de un peligro de crack, de un daño a nuestra economía, de una opresión a las finanzas y de una molestia a quienes la causaron, seguramente por ineptitud, egoísmo y falta de responsabilidad. Me decía mi hijo adolescente hace muy poco, a propósito de Bankia, que no sabía que era peor “si que los que tienen que saber, no sepan, o que nos engañen”, alternativas que, añado yo, no son excluyentes.

Un dirigente de una empresa logística me comentaba en una entrevista que había decidido dejar de hablar (política, políticos, crisis, defraudadores, …) para ponerse a trabajar, que es por el contrario crear, progresar, enriquecer…Desde entonces tengo esta frase como una suerte de letanía a la que me agarro con fuerza. Viendo hace unos días las ganas que ponen algunos a su desempeño (expositores, visitantes, organización) en SIL 2012, no me cabe duda de que la política y las altas finanzas están cada vez más alejadas de la realidad que es la que necesita, de verdad, ayuda, apoyo y líneas de crédito.

Y no quiero olvidarme de algo. De niño practicaba un juego coral en el que había dos bandos: “polícias y ladrones” y que también llamábamos “rescate”: ¿les suena? Los policías son los que  nos van a poner las condiciones –diga lo que diga el sr. Rajoy- y los ladrones, ya saben donde están.

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