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La voracidad de un gigante

Ya hemos compartido que sigue resultando muy difícil que los que nos dedicamos a esto de la logística seamos capaces de explicarlo sin más, como lo haría un médico, un constructor, un minero o un camarero: “[pregunta] ¿A qué te dedicas? [respuesta] a la logística; ah eso de los camiones”… silencio. Y cada vez resulta más increíble que eso suceda. Me explico.

Hagamos un ejercicio: mencionen conmigo una empresa global, omnipresente, que vende de todo y a la que todos recurrimos para compras o consultas. Antes, hace 15 ó 20 años, todos, en España, hubiéramos dicho El Corte Inglés; hoy estoy seguro que igualmente todos coincidimos al mencionar a la misma compañía: Amazon. Ya estamos en la casilla 1 del juego. Sigamos.

Ahora, describa brevemente –mejor en una palabra que en dos o tres- a qué se dedica Amazon: ¿vender? ¿distribuir? ¿comerciar electrónicamente? ¿venta por catálogo? ¿venta por Intenet? Si usted ha contestado con cualquiera de estas palabras o expresiones…no ha acertado. La visión del negocio que tienen Amazon no es la de vender, eso ya estaba inventado, ni siquiera hacerlo a través de la Red, eso no supone hoy diferenciación ni especialidad alguna. Amazon es una empresa de logística cuya misión es hacerle llegar casi cualquier producto (eso que en su día definió a los grandes distribuidores comerciales multiproducto) a la mayor velocidad y en las mejores condiciones. Aquí está la clave y no en la venta.

Y si alguien lo dudaba, las noticias de los últimos días (¡ojo! en apenas una semana) son, simplemente, apabullantes. El gigante pretende, aparentemente, disponer de su propia flota de aviones, barcos y camiones, adquirirá en breve una compañía de mensajería francesa –Colis Privé- de la que ya tenía un porcentaje minoritario, y sigue probando tecnologías como los drones o vehículos autónomos de transporte terrestre. Ni siquiera los alimentos frescos se le resisten. La empresa de logística quiere hacer su propia logística: lógico ¿no?

Hubo un tiempo, los menos jóvenes y más futboleros lo recordarán, que se acuñó una frase para enfatizar la capacidad goleadora de Mario Alberto Kempes, el delantero centro argentino del Valencia C.F. y de la selección albiceleste: “No diga gol, diga Kempes”, que también se expresaba viceversa. Con la voracidad de este gigante quizás algún día, no muy lejano, lleguemos a decir “no diga logística, diga Amazon”.

Al menos así el resto de los mortales sabrá, de una vez, que es lo que hacemos: “Ah ¿eso que hace Amazon?… Sí”

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Gargantúas y Pantagrueles

Creo que ya he contado que, en mi bachiller, la lengua extranjera que se estudiaba era el francés. Recuerdo una profesora, la señorita Peiró, dura como el acero, inasequible a las concesiones que, finalmente, me hizo aprender la lengua de Moliére y admirar a los clásicos de la literatura gala. Uno de esos escritores fue Rabelais (siglo XVI) quien escribió, entre sus muchas obras, un cuento de dos gigantes, a modo de fábula. Dos enormes, vulgares y groseros, padre e hijo, Gargantúa y Pantagruel, que dieron al escritor para cinco novelas, y cuya mayor seña de identidad era su glotonería sin medida.

Estos días, conocido el acuerdo entre otros dos gigantes, Correos y Amazon, que aprovecharán la enorme capilaridad de la red de 2.400 oficinas postales españolas, como centros de recogida para las compras on-line en la empresa norteamericana, he recordado a los dos enormes “devoralotodo” de Rabelais y con ello un adjetivo casi en desuso, debido al vástago de Gartgantúa, que describe la glotonería superlativa: pantagruélico.

Como esa glotonería de los personajes del literato francés,  la economía libre de mercado tiene una de sus señas de identidad en la concentración, un eufemismo para referir la compra, absorción o fusión de empresas para controlar o tener predominio en un mercado concreto. Mientras eso ha ido ocurriendo y cada vez más -creando una estirpe de gigantes que hemos llamado multinacionales- las leyes mercantiles nos han engañado procurando demostrar que en ese mismo tapiz de economía libre de mercado el monopolio es una ilegalidad indeseable, aunque sea real y universal.

Aún más. Nos empeñamos en cantar las bondades de los más pequeños, ponderando la calidad de lo que producen o proponen, cuando una y otra vez se terminan “integrando” -otro eufemismo- en estructuras más y más grandes, precisamente las que han reducido el mundo a una aldea global de la que -eso sí- todos queremos ser partícipes. No seamos mojigatos. El mundo comercial es de los modernos Gargatúa y Pantagruel y no hay por qué despreciar el modelo del que -casi- todos participamos.

Volviendo a Correos y Amazon, la multinacional norteamericana de la venta on-line, tuvo hace años, en sus primera navidades, una indigestión severa que a punto estuvo de mandarla al otro barrio de muerte por éxito. Desde entonces sus comilonas son igualmente pantagruélicas, pero mastica mejor y digiere en consecuencia, con un estómago que parece no tener fin. Este acuerdo es una prueba más.

Crean o no crean en cuentos, les gusten o no las novelas del XVI, sean monárquicos o republicanos del juguete (Reyes Magos/Papa Nöel): ¡Feliz 2015!…y hasta entonces.

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