Mesmarzo 2017

Cambio lámparas nuevas por viejas

Quienes tengan hijos o sobrinos, habrán practicado alguna vez la lectura de cuentos a los peques. La semana pasada me asaltó el recuerdo de uno de esos cuentos y una de sus frases, machaconas, a fuerza de leerlas una, otra y otra vez. Ya se sabe, la gente menuda nunca se cansa. El cuento era Aladino y la frase: “¡cambio lámparas nuevas por viejas!”.

¿Por qué de ese asalto a mi memoria? Los caminos de las neuronas son tan inescrutables como precisos y del fondo de mi mente, de un rincón en el que se había quedado el cuento y sus frases hace muchos, muchos años –se lo aseguro- emergió el recuerdo, certero, cuando escuché al profesor emérito de marketing y logística de la Universidad de Cranfield, en el Reino Unido, Martin Christopher, decir que “cada vez más convertimos los productos en servicios y vendemos esos servicios en lugar de los productos” ¿Y qué demonios hacía Aladino colándose en la magnífica conferencia de este auténtico visionario de la logística?

Mis “chips” neuronales, como el más perfecto de los ordenadores, estuvieron haciendo el trabajo de relación y conclusión hasta traerlo al presente. El protagonista del cuento cambiaba lámparas de aceite nuevas (sí, como las del genio), que ofrecía relucientes, por otras viejas y una pequeña dádiva en forma de moneda. En realidad, todas las lámparas eran viejas. Él las restauraba y limpiaba por la noche y las cambiaba-vendía a la mañana siguiente. Es decir, el truhán no ofrecía productos, sino servicios de restauración, aunque no lo dijera así: ¡Eureka! ahí estaba la conexión entre ambas frases, la del cuento y la del profesor.

Lo expresado por M. Christopher, es una de las muchas lecciones magistrales en forma de frases casi lapidarias que dejó a su paso por Madrid. Parece fácil ser tan clarividente y contarlo tan bien y cuando uno le escucha lo más habitual es pensar ¡claro! Pero hace falta una mente como la suya para llevarnos al territorio del descubrimiento obvio, si bien lo más difícil viene después: aplicar esas obviedades en nuestro negocio, en la cadena logística y en el día a día.

Y para los que aún duden de que habla de la realidad, de ahora mismo, una constatación: el mismo día que dictaba su conferencia (en realidad, dos), invitado por la consultora Global Lean, se hacía pública la compra de una compañía de soluciones intralogísticas, Vanderlande, por parte de la matriz del fabricante japonés de carretillas elevadoras Toyota.

No es el primer movimiento de este cariz que ocurre en el sector proveedor de logística. Y el objetivo es el mismo en todos los casos, el enunciado por el profesor emérito y practicado por Aladino: vender servicios por productos o vender productos con formato de servicios. Y esto no es un cuento.

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Eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca

La estiba española tiene otra oportunidad para desencallar el conflicto generado por la obligatoriedad de liberalizar un sector atípico en sus relaciones laborales, según sentencia del Tribunal de la Unión Europea. Patronal, sindicatos y Gobierno se citan hoy, 21 de marzo, para una nueva reunión, con pocas esperanzas iniciales dado lo alejado de las posturas.

Sería deseable, como mínimo, que el espectáculo que ha venido dando el Gobierno y su Ministerio de Fomento, con su titular a la cabeza, especialmente la última semana, bajara su  tono de bochorno.

Señor presidente del Gobierno, D. Mariano Rajoy, y señor ministro de Fomento, D. Íñigo de la Serna: su obligación es gobernar –ahora en minoría, recuerden- y resolver problemas. Trasladar la carga del conflicto y su frustración a la población “la falta de responsabilidad de los partidos aboca a que los españoles tengan que pagar, de su bolsillo, una sanción muy importante”, como hizo el sr. ministro el jueves pasado, no es más que el recurso del pataleo: Eso no se dice.

El tiempo es un hándicap en esta situación. Ralentización de operaciones, paros encubiertos, contenedores y buques que recalarán –quizás definitivamente- en otros puertos… Pero aquí, tampoco, pueden rasgarse las vestiduras los responsables de la Administración central. La doctrina de la indolencia no vale; las cosas no se resuelvan casi nunca por sí solas y el Gobierno del sr. Rajoy  y sus ministros de Fomento (Ana Pastor, Rafael Catalá-en funciones- e Íñigo de la Serna) sabían que debían actuar para resolver la situación desde hace ¡tres años! y se han cruzado de brazos: Eso no se hace.

La empresa pública Puertos del Estado obtuvo un ¡beneficio neto de 217 millones de euros! en 2016, una de las pocas, poquísimas actividades dentro del aparato del Estado que en lugar de costar, aportan. Además esos beneficios crecieron un 8 por 100 respecto a 2015. Obviamente, la gestión portuaria, de buques, cargas y pasajeros, fue la clave de esos beneficios. Una gestión que ahora tiene abierta una vía de agua que no se ha sabido tapar. Y crece. Los puertos españoles funcionan y no merecen ese trato: Eso no se toca.

Y ponerse a los pies de los caballos sindicales –que siguen controlando la situación sin miramientos- ofreciéndoles una bicoca, en el último momento y sin apoyos parlamentarios, se puede calificar de muchas formas, pero ya que he utilizado unas rimas de una canción de J.M. Serrat, acabaré también con ellas: hagan algo útil de una vez, todos los implicados, y ¡dejen ya de joder con la pelota! digo, con la estiba.

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Una oportunidad de negocio que está ahí y nadie ha visto

Los Ayuntamientos de las grandes ciudades están anunciando planes de restricción del tráfico rodado, que tendrán una especial incidencia en el centro de las urbes. Un problema más, si se quiere, al embudo en el que se han convertido en determinados momentos, cada vez más frecuentes, por el crecimiento y la concentración de compras y entregas del canal de comercio electrónico. Y esto no ha hecho más que empezar, si atendemos a que el porcentaje de venta on-line sigue siendo en España ínfimo comparado con la compra por el canal tradicional.

La onmicanalidad propone alternativas a la entrega para flexibilizar ese eslabón de la cadena de suministros y evitar sus roturas, sobre todo dos: consignas en la vía pública o en las comunidades de vecinos y puntos de conveniencia de recogida (tiendas, quioscos). En ambos casos, se trata de cambiar la entrega domiciliaria por la recogida a voluntad. Pero el éxito de estas alternativas ha sido muy limitado –al menos hasta ahora- y ni se acerca a solventar los problemas de la entrega: aumento de las flotas, horarios imposibles, pagos paupérrimos por el servicio de entrega domiciliaria, altos porcentajes de fallidos en primera entrega, costes medioambientales, barreras a la colaboración entre operadores del canal, etc.

Hay sin embargo otra alternativa, que ataca también el problema desde el mismo lado, pero lo profesionaliza y que nadie ha explotado, ni aquí ni en ningún otro país, que yo sepa.

Se trataría de montar un negocio especializado en la entrega de mercancías adquiridas por Internet. Se trataría de negocios “de barrio” con lo que suponen de confianza, con amplios horarios, que podrían trabajar para todos los operadores logísticos del ramo, admitiendo el depósito de la mercancía  hasta su entrega al comprador en unas determinadas condiciones económicas, con una adecuada gestión de la información, y que dado que contribuirían a mejorar el entorno (menos vehículos circulando y durante menos tiempo) podrían beneficiarse de exenciones impositivas municipales o de bajos precios del alquiler de locales.

Faltaría realizar un estudio económico detallado para comprobar qué volumen de mercancías lo haría rentable, pero estoy seguro que es posible, y cada vez lo sería más teniendo en cuenta la tendencia de las compras on-line. Desconozco si hay barreras legales a este modelo de negocio (quién es el propietario de la mercancía en depósito, ante pérdidas o robos, por ejemplo), pero también estoy seguro que pueden solventarse. Francamente, sólo veo ventajas a esta alternativa y la mayor, hoy imposible con otro modelo, la de la colaboración o utilización simultánea del mismo punto de recogida por diferentes actores.

Naturalmente, el servicio debería pagarse, y ese es el primer paso: dar un valor al transporte y entrega de productos adquiridos por comercio electrónico que hoy no existe, porque entre todos lo hemos reducido a cero ¿Se imaginan si alguien hiciera lo mismo con su trabajo?

 

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Y si no es logística ¿Entonces qué es?

Asistí la semana pasada a una interesantísima reunión profesional cuyo objetivo era descubrir o al menos vislumbrar, qué ocurrirá en diversos aspectos de la logística en un futuro más o menos inmediato. Para alguien como yo, que tiene la suerte de que le fascina el sector en el que trabaja, escuchar, aprender y participar en este debate abierto, una suerte de tormenta de ideas, eso sí, fundamentadas en el conocimiento y experiencia profesional de cada cual, fue una auténtica delicia.

Entre otras cosas, hablamos de comercio electrónico, un canal comercial cada vez más omnipresente –si tal expresión es posible- que tiene en la logística su aliado, donde no se sabe muy bien quién debe agradecer a quién su actividad. Y claro, hablando de logística y de comercio on-line, apareció inevitablemente el líder indiscutible; quien marca el paso de la oca de este fenómeno imparable: Amazon.

Y hubo un par de aspectos en ese punto de la conversación abierta, que me llamaron especialmente a la atención. El primero, en el que coincido plenamente, es la perplejidad que produce escuchar a los miembros del staff directivo de la compañía negar rotundamente que Amazon sea una empresa de logística. La última vez que oí este extremo fue en una reunión profesional como respuesta a una pregunta directa. Y es que Amazon difícilmente se define –lo que resulta cuando menos chocante- y si lo hace es para empelar expresiones que suenan un tanto peregrinas: empresa de computación en la nube, por ejemplo.

Obviamente, el gigante de la logística de comercio electrónico –definición que me parece adecuada- está en su derecho de definirse como quiera o no hacerlo. O dejarlo para más adelante, cuando quizás ya sea otra cosa. Desde luego. Pero la única razón que se me ocurre para lo segundo es el otro aspecto a que me refería de esa reciente puesta en común. La compañía de Jeff Bezos y sus directivos, escurren hábilmente el bulto para no aportar dato o referencia concreta a su propia empresa y actividad interna: “no puedo contestar a eso” es la respuesta más común. Eso sí con una amplia sonrisa. Vamos como Rajoy y sus ruedas de prensa con plasma.

Y me pregunto, porqué quien está cambiando radicalmente los hábitos de compra no es más transparente; o por qué quien acumula y mueve mercancía de terceros, tiene carretillas, sorters, distribuidores, estanterías, almacenes, gestiona pedidos, los prepara y envía con medios propios o ajenos y procura su recepción y entrega (esta podría ser, perfectamente, la definición de operador logístico), no dice que es una compañía logística. Porque si esto no es logística ¿Entonces qué es?

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