El nuevo Poderoso Caballero (o Señora)

Que el dinero lo puede todo (o casi) es una máxima que no ha dejado de ser cierta desde que a alguien se le ocurrió acuñar la primera moneda, siete siglos a. C. No han importado los avatares de la historia, las latitudes, las culturas ni los pensamientos políticos. La materias que lo hayan soportado (madera, metal, papel, plástico) hasta llegar a la virtualidad de hoy. Ni siquiera la cantidad que uno tenga (aunque sea mucha), ni los calificativos de suciedad y vileza que se le han otorgado. El que no lo tiene, lo quiere; y el que lo tiene quiere más. Ahora mismo una campaña publicitaria juega con esa ¿avaricia, anhelo sin medida? proverbial del ser humano: el dinero consigue cumplir nuestros sueños, que nunca son baratos.

Pero de vez en cuando aparece un nuevo Poderoso Caballero (o Señora) que quiere disputar ese trono inamovible de “puedelotodo” del dinero. El último es una manifestación virtual, una entelequia, un entorno a veces incomprensible, que salta de lo inane a lo físico y que no está dejando títere con cabeza, pues nada hay que no pueda cambiar ese fenómeno llamado comercio electrónico, que viene a ser un primo lejano y muy listo del parné, que diría un castizo, pues necesita de aquel, pero con una impronta de omnipresencia y universalidad que,  precisamente, no parecen tener límite.

El comercio electrónico, que depende ABSOLUTAMENTE de la logística y del buen hacer de esta –de ahí que lo traiga a colación- ha conseguido cambiar los hábitos de consumo: el comprador no va al producto (ahora es al revés) y lo quiere todo ya, de ahora para ahora, con lo que el tiempo de espera o tránsito es ya un diferencial de marketing. Ha conseguido, también, destrozar las barreras que todos, más o menos, nos impusimos inicialmente en este canal comercial: no fiarnos demasiado de las transacciones electrónicas, no comprar artículos de mucho valor, no comprar perecederos, no comprar salvo desde dispositivos cableados, no comprar en webs extranjeras, no comprar por miedo a no poder devolver el producto, etc. Ha revolucionado (o lo hará) los transportes y sus medios: drones, autómatas, vehículos autónomos, etc. Y ni los buenos propósitos de algunas corporaciones locales por limitar el tráfico en los centros urbanos, pueden con él.

Tantas barreras ha demolido, implacable, que ahora las webs más potentes de comercio electrónico mundial desembarcan en otros sectores afines (transitarios, flotas de transporte, empresas de mensajería) o no afines (banca, finanzas), y modelos sólidos como rocas (como el de Ikea) no han tenido más remedio que plegarse a Poderoso Caballero (o Señora) comercial on-line y empezar a vender como ya lo hace cualquier hijo de vecino, haciendo buena la frase que dice que “quien no vende en Internet, no podrá vender más”.

La logística está siendo el soporte, la retaguardia, los víveres y el transporte del nuevo Poderoso Caballero (o Señora), en este asalto furibundo que nos engulle inevitable y cómodamente, como consumidores. Aunque es un asalto un tanto desorganizado que, de vez en cuando, tiene episodios de desorden e ineficacia. Sin duda, un paso atrás para dar un salto hacia adelante.

¿Hasta dónde llegará este nuevo Poderoso Caballero (o Señora)? ¿Tiene límites? ¿Hay algo que nunca compraremos por Internet? y ¿Su límite estará en los propios límites de la logística y con ella los de la Física?

¿Hasta dónde? Hace un par de Navidades publiqué una inocentada el 28 de diciembre (absolutamente inventada), en la que venía a decir que una macro-web China estaba trabajando en un algoritmo para conocer afinadamente los hábitos de consumo de sus compradores, de manera que el producto era servido antes de pedirlo y de saber siquiera que se querría, al estilo del film “Minority Report”. Pues bien, alguien ya está trabajando hoy, real y seriamente en ello ¿Límites? No sé si esto me sorprende, o me da miedo.

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