¡Queremos comer!

Acabo de venir de una feria profesional. Una más que unirse a la larga lista que comencé allá por 1980 en Zaragoza.  Muchas cosas han cambiado, hemos pasado varias crisis que han tenido siempre su duro reflejo en esos salones que ponen en contacto directo y real a compradores y vendedores. Internet y todo lo que ello supone amenazaba con acabar con estos eventos. No ha sido así. El trato humano, caras, sonrisas, gestos y apretones de manos siguen siendo, por ahora, valores insustituibles no virtuales.

En mi periplo profesional he tenido la ocasión de desgastar suela sobre moquetas feriales de muchos sectores diferentes y de un puñado de países, en recintos vetustos y modernos, al aire libre y bajo techo.

Los cambios se han producido en todos los órdenes, frecuencia, stands, diseño, forma de comunicar, merchandising, etc. Todo ha sufrido la inevitable variación y evolución hacia la que empujan esos cambios tecnológicos, de mentalidad, o de tiempo que ahora dedicamos –el que podemos- a las ferias.

Pero algo no ha cambiado. En ningún recinto ferial público o privado, que yo conozca. El descanso para reponer fuerzas, comer, en una palabra, sigue siendo una aventura incómoda, tediosa, cara y desde luego culinariamente poco agradable.

El ejemplo hace apenas cuatro días en Feria de Madrid, que ha acogido una nueva edición de Logistics. Un evento magnífico desde todos los puntos de vista, menos desde este, que además no depende estrictamente de la organización de ese salón, Easyfairs, sino de la mencionada Feria de Madrid.

Y lo traigo a colación, no porque yo sea especialmente “tiquismiquis” con el almuerzo ferial. Salvo que sea una de esas cada vez más escasas comidas de negocios, se trata únicamente de reponer fuerzas, y punto. Pero la opinión y el comentario generalizado, aquí y en TODAS las ferias que conozco, insisto en esto, era y es la misma. Incluso un profesional asistente a este evento me llegó a decir que “si me dejan dos horas les organizo la logística del restaurante, que es de locos”.

A todos se nos antoja que estas situaciones se dan, aparentemente, porque las ferias no están abiertas cada día y las contratas intermitentes no tienen la preparación ni la gestión adecuada para dos o tres días de trabajo concentrados en tres o cuatro horas a lo sumo.

Que lo explique. No significa que lo justifique. Y lo que desde luego resulta ilógico y desproporcionado, es que tengamos que restar méritos a una feria profesional por este motivo. Solo porque queramos comer.

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