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Congreso de FENIE, unanimidad contra el decreto de autoconsumo

Tras la celebración del XVII Congreso de FENIE (Federación Nacional de empresarios instaladores) en Ávila la semana pasada, resuenan todavía en medios y redes sociales ecos de las ponencias, coloquios y opiniones que se sucedieron en este evento a lo largo de los días 22 y 23 de octubre. Lastres como el intrusismo y la morosidad se mantienen como preocupaciones de primer nivel entre el colectivo, ante la dejación de funciones de las distintas Administraciones Públicas, que sólo ponen el ojo fiscalizador en las empresas cumplidoras.

En este sentido, arreciaron también, y con toda la razón del mundo, las críticas y reproches ante la regulación aprobada por el Gobierno del PP, en especial en el ámbito del autoconsumo fotovoltaico y, en menor medida, aunque también, en el de las infraestructuras de carga del vehículo eléctrico, con la norma ITC-BT 52. En el primer caso, calificativos como “irracional”, “anomalía histórica” o “inútil” sirvieron para describir la

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Salir de la zona de confort

En las carreras de coches de competición hay ocasiones en que un piloto, aun con la certeza de que está conduciendo bien su bólido, de repente ve cómo le adelantan varios rivales por la izquierda o por la derecha y se da cuenta de que su conducción es mejorable. En los últimos tiempos he venido escuchando en distintos foros y encuentros profesionales una percepción similar entre el colectivo de instaladores, que están comprobando cómo su tradicional campo de acción se ve invadido por otros profesionales.

A pesar de los duros años de crisis económica, cuyos efectos llegan hasta hoy, y de los cambios que han emprendido muchos empresarios y autónomos, los instaladores eléctricos y generalistas están perdiendo terreno en ámbitos que de forma natural serían una extensión de su actividad: instalaciones de seguridad, intercomunicación, control de accesos, proyectos de eficiencia energética, etc. Por si esto fuera poco surge la competencia desleal de las Administraciones Públicas, ayuntamientos o diputaciones provinciales, que han puesto en marcha centrales de compra para gestionar la contratación de materiales y servicios, supliendo la actividad de empresas privadas.

Al margen de la denuncia que es lícito y justo hacer de estas actuaciones, hay dos aspectos a los que muchos profesionales no prestan la suficiente atención y que son fundamentales para su actividad: mejorar su perfil como comerciales y la formación. Tras hablar con diversos representantes del colectivo, se constata que los instaladores se venden muy mal, practican poco la comercialización de su empresa y servicios, por lo que en muchas ocasiones pierden oportunidades y se acaban adelantando firmas procedentes de otros sectores.

En segundo lugar, la formación continua es ineludible para las empresas instaladoras hoy en día: un instalador sin formación no tiene futuro, dada la velocidad casi de vértigo a la que se mueve el mundo en todos los órdenes: innovaciones tecnológicas y novedades normativas se suceden y es imprescindible estar al tanto para no quedarse fuera de juego. Aquí ejercen un papel fundamental las asociaciones sectoriales, que vertebran, forman y apoyan las acciones de sus empresas afiliadas. En este contexto, el instalador tiene también que crecer como gestor, como empresario: sin olvidar el apartado técnico, profundizar y formarse en todas las áreas de gestión y de estrategia comercial para buscar nuevos nichos de negocio y optimizar los procesos.

También al decir de varios dirigentes sectoriales y empresarios del sector las empresas del sector de las instalaciones han de dejar de mirar hacia el Estado como fuente de subvenciones y ayudas a la hora de resolver problemas o lanzarse a determinados proyectos.

Todo esto se resume en algo que ya han llevado a cabo muchos profesionales en estos últimos años: salir de la zona de confort en la que estaban instalados en los años de bonanza y aventurarse a otros ámbitos menos conocidos donde, en efecto, la incertidumbre crece y nadie garantiza ningún resultado, pero se puede acceder a nuevos clientes.

 

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A vueltas con la competitividad

La competitividad es uno de esos términos que políticos y representantes institucionales insertan con frecuencia en sus discursos como si fuera una especie de ingrediente aromático que confiriera a la salsa del texto un sabor evocador y más atractivo al paladar; hay otros también muy utilizados, como ‘responsabilidad’, ‘sostenibilidad’, ‘eficiencia’…, en fin, la lista sería larga. Competitividad es pues uno de esos mantras repetidos a menudo y que casi siempre viene asociado a la reducción de salarios, ya que “eso nos hará ser más competitivos”.

En este contexto, no es ninguna novedad decir que España siempre ha mostrado bajas tasas de competitividad, incluso en los periodos de bonanza económica; al contrario, desde el comienzo de la crisis económica en 2008, la productividad ha aumentado por mor del incremento del desempleo y de la caída real de salarios que se ha registrado. Es pues uno de los déficits estructurales de la economía nacional.

Pero perseguir un crecimiento de la competitividad real –más allá de la variable salarial– que nos acerque a los valores promedio de la Unión Europea debe basarse en otros aspectos, como suelen afirmar repetidamente expertos en la materia: inversión en I+D; incorporación de las nuevas tecnologías, especialmente las de información y comunicaciones (las llamadas TIC), que permitan mejorar la eficiencia de los procesos; potenciar la formación del trabajador, el capital humano; y la mejora de las infraestructuras, el capital físico.

En este sentido, un informe elaborado por la firma PwC, que ha sido patrocinado por Siemens, pone el énfasis en estos aspectos, indicando que una mejora de la competitividad en la industria española, sobre todo en el aumento de la productividad por empleado y en el alza de la inversión en I+D, podría hacer crecer el PIB nacional un 2,3%. Este trabajo enumera otros factores, como la necesidad de incrementar el tamaño medio de las empresas industriales españolas y de mejorar parcelas de España como país (la calidad de la educación, las barreras administrativas, el acceso al crédito, el coste de la energía, muy por encima de la media europea), que permitirían que el crecimiento económico fuera aún mayor.

Rosa García, presidenta de Siemens en España, señaló en la presentación de este informe que “bajar salarios no es la solución definitiva”, actuar en esta variable tiene un recorrido limitado en el que nuestro país siempre se verá superado por otras economías (no sé si llamarlas emergentes, ya que emergieron hace tiempo en algunos casos) cuya ventaja competitiva sí son unos costes salariales inferiores a los estándares occidentales, y donde siempre tendremos las de perder. Es más, esa rebaja de salarios provoca el éxodo de profesionales cualificados a otros sectores, o bien hacia otros países, lo cual es peor.

Además de lo anterior, quizá sea necesario también cambiar la mentalidad y los hábitos de una parte del tejido empresarial, que es algo reticente a la hora de incorporar nuevas tecnologías y aplicar innovaciones en los procesos, y que traduce estos elementos únicamente en costes sin ver que podrían generarle ventajas y beneficios en el medio y largo plazo. El empresario, incluso en situaciones complicadas y difíciles como las que se están viviendo, no sólo debe tener un ojo en el presente inmediato, y a veces dramático, sino también en cómo sostener el negocio en el futuro, y para ello la aplicación de tecnología y la innovación, entre otros aspectos, son fundamentales.

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