No hay polvo sin paranoia

El último acto había sido echar el cierre y, desde la cafetería de enfrente, la que le había visto desayunar en los últimos 40 años, intentó recordar cuándo se había torcido el negocio. De la memoria más próxima sólo le llegaba esa recurrente obsesión de que todos le robaban; todavía resonaban en su cerebro las palabras de su mujer: “Pero… ¿cómo te va a robar Manolo si lleva contigo toda la vida?” Le vio salir por la puerta para siempre después de dejar el guardapolvo sobre el mostrador. Después le tocó al chaval que le ayudaba en el almacén y, por último, a la señora de la limpieza. “Mejor el polvo que la pérdida desconocida”, debió pensar. Ya sólo quedaba él y para asegurarse de que, mientras estaba en el mostrador, nadie robaba por los pasillos, compró unas cámaras de seguridad que escrutaba sin pestañear después de que sonara la puerta de entrada…  Las últimas ventas las perdió cuando no le daba tiempo a llegar desde los monitores de televisión a la zona de venta. Los últimos billetes de la caja se los llevó el representante de la empresa de seguridad. Pagó el café con leche y meditabundo se dirigió a una casa, ahora, vacía. Su mujer le abandonó después de que le quitara la cartilla del banco.

Dedicado a todos aquellos tenderos/ferreteros que dejaron de atender a los representantes, que prefirieron no enterarse de las novedades de producto que llegaban al mercado, que dejaron que el polvo se adueñara de las estanterías, a aquellos que nunca hicieron un inventario decente y creyeron que las cosas irían bien mientras hubiera dinero en la caja, a los que creen que ir a las ferias del sector es una pérdida de tiempo y tener un inmovilizado en stock, desde hace mucho tiempo, es un capital, a los que apagaron la luz de la tienda para ahorrar en el recibo de la luz y no querer alumbrar sus miserias, a los que pensaron siempre en comprar mejor que en vender más, a los que siempre prefirieron ir de independientes y despreciaron las ventajas de pertenecer a un grupo. Y, especialmente, a los que, además, instalaron cámaras de seguridad para vigilar que no les robaran y, hasta el final, pensaron que el negocio se les escapaba de las manos para irse a los bolsillos de los demás.

No he tenido suerte con los restaurantes últimamente por lo que esta vez y, aprovechando que estoy de ruta por Galicia, les recomiendo un orujo tostado excepcional: el de la bodega Reboraina, en Redondela. Mañana estaremos en las Rías Altas celebrando el 10º Aniversario de Unifersa.

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