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A propósito de papá

Interesante el debate sobre el traspaso de negocios de ferreterías entre generaciones. Padres e hijos a los que la tecnología y, posiblemente una superior ( y distinta ) preparación académica, ha alejado, en cuanto a visiones de la vida en general y del negocio en particular, todavía más.

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Jugar a los chinos

Dicen que los chinos son muy aficionados al juego. La máxima demostración de este axioma debe ser la de ver a unos chinos jugando a los chinos, aunque este tipo de juego de momento sigue siendo más habitual en el personal local, especialmente a la hora del  vermut. Pero todo se andará… de momento, puede que el bar en que tomes las bravas ya sea de un chino.

De hecho dicen que juegan a la bolsa como si se tratara de un juego de azar más y, cuando la cosa se les tuerce, el resto del mundo va de culo, como ahora, que todas las bolsas dicen que bajan, porque la China ya no tira del carro de la economía como antes.

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¿Y ahora qué?

Los progresivos y continuados desencuentros entre los políticos han originado una inquietud creciente que puede afectar, si no lo hace ya, al terreno de la economía diaria, a nuestro trabajo cotidiano, con lo que, aún sin quererlo, estamos todos involucrados.

CdeComunicación ha realizado recientemente una encuesta al respecto, en la que la mayoría de los participantes no pensaba que este conflicto que plantea una secesión, tuviera demasiado impacto en las relaciones económicas del día a día entre los actores de ambos lados, aunque un porcentaje significativo sí creía que habría afectación.

Menciono el término “ambos lados” desde un punto de vista puramente geográfico, puesto que puestos a definir el terreno de juego, incluso desde la óptica de los que propugnan una separación, contradictoriamente, se cuenta con mantener un único mercado, el que ha habido siempre, que suma todos los territorios. Curiosamente aquí el acuerdo es unánime, no habría separación de mercados porque no conviene a nadie. Un planteamiento teórico que, al bajarlo al mundo real, se cuestiona a sí mismo. Atrevido e interesante axioma.

Subrayo el concepto desavenencias entre políticos y sus partidos, que no entre sociedades civiles, ni entre ciudadanos de a pie, ni entre empresarios ni profesionales y menos entre aquellos que ya llevan décadas de relaciones estables entre sí, sin incidencias, ni reticencias al respecto. Más bien al contrario, se han creado con el paso de los años lazos que trascienden, en muchos casos, el mero trato profesional llegándose a sinceros aprecios personales.

¿Y ahora qué?… Pues nada, tengo muy claro que la mejor manera de no contribuir a subvertir el normal funcionamiento de la cosa económica es no dar lugar a que la cosa política la contamine. Se trata de conseguir que la palmaria realidad del día a día, sea la visión que predomine, a modo de dique de contención contra posibles temporales de malos rollos, provocados intencionadamente.

En otras palabras, que dentro de nuestras posibilidades y en nuestro ámbito de actuación, en el campo de las relaciones y responsabilidades empresariales y profesionales que podamos desempeñar, sigamos actuando de la misma manera que lo hemos hecho durante décadas, manteniendo la fluidez natural del día a día, con toma de decisiones que prioricen, como hasta hoy, las propuestas de valor, sin entrar al trapo de incorporar otro tipo de consideraciones. Y reafirmarlo y constatarlo a todo quien quiera saberlo y oírlo.

En el secarral de predisposiciones constructivas al que nos están llevando tanto el inmovilismo como la radicalización, sólo falta que demos motivos a que aparezcan nuevos pirómanos, siempre al acecho, en busca del más leve motivo para pegar fuego al monte de nuestro marco de convivencia habitual, social y profesional.

Así pues aprovechemos nuestra experiencia pasada y presente para echar agua a según qué discursos incendiarios, apagándolos, con la positiva evidencia de que el día a día es mucho más fructífero que lo que puedan traer nuevos ensayos a saber.

Uno no es consciente de lo que vale el agua hasta que se seca el pozo.

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Encuestas de (in)satisfacción

Es habitual en estos días que, por cualquier tipo de actividad que uno realiza, sea contratar un seguro, reservar un coche de alquiler, ir a un hotel o al dentista, que justo al acabar la llamada, te pidan que no cuelgues, ya que, acto seguido, te realizarán una pequeña encuesta de satisfacción. En estos casos, la entrevistadora no suele ser una persona, sino una máquina.

Si el contacto ha sido vía Internet, es asimismo frecuente que al cabo de pocos días, una vez recibido el servicio en cuestión, reciba un mail con la petición de que conteste a una pequeña encuesta, esta vez no oralmente, sino a través de un cuestionario escrito que aparece en pantalla.

No suelo contestar nunca en el primer caso por mi aversión a tener que hablar con una máquina. Sí lo hago, excepcionalmente, en el segundo supuesto; pero sólo cuando el servicio ofrecido ha sido o extremadamente bueno o extremadamente malo, siempre, lógicamente, en relación a las expectativas iniciales y al precio pagado.

Entiendo que este tipo de comentarios son de especial utilidad si son publicados, como es el caso de los hoteles reservados o productos comprados por Internet. En este caso, uno puede tener la idea más real de dónde se va a meter, leyendo los comentarios y experiencias recientes de clientes previos… que normalmente suelen ser ciertas. Esta información a priori, por un lado, limita el margen de error o decepción del que lo va a contratar y, por otro, obliga a la propiedad a potenciar los aspectos indicados en los  comentarios positivos y tratar de mejorar los que han sido mencionados en negativo.

Respecto a las encuestas de satisfacción que sólo son para el consumo interno de la compañía, tengo serias dudas de que tengan un efecto real vía mejora de prestaciones a los usuarios de las mismas, en especial cuando se trata de empresas muy grandes y su propuesta de valor ya lleva una temporada larga sin demasiadas o ninguna variación y a ello se le añade, además, un cierto dominio del mercado.

En este caso, las encuestas de satisfacción son sólo instrumentos de propaganda para lucir porcentajes de clientes satisfechos, con tintes narcisistas, no habiendo ninguna intención de mejorar sustancialmente el servicio al resto de usuarios, que perciben importantes deficiencias en el producto o servicio ofrecido.

El caso más real y conocido de este tipo de autismo respecto a las encuestas de satisfacción son las elecciones políticas a las que uno, últimamente, está siendo llamado con una frecuencia inquietante. ¡Qué muestra de insatisfacción más evidente es la que se  desprende de una encuesta, vía voto, en que las urnas dan a algún partido un varapalo de no te menees y pierden un montón de escaños, de poder y de autoestima!

En estos casos la reacción más habitual es, en lugar de reconocer que se han hecho cosas mal, que hay descontento con lo que ofreces y que la única solución es rectificar, decía, la reacción es la de… tú has perdido más, no han captado el mensaje, hemos perdido, sí, pero todavía hay quien nos quiere… Etcétera, etcétera, negando siempre la mayor.

…Y claro, después de rechazar continuadamente la realidad, suele aparecer la desafección a la marca, a la empresa, al político, al establishment, a todo, incluso los que van más lejos, al marco de convivencia… y todo por hacer continuadamente oídos sordos a lo que durante mucho tiempo te han venido diciendo las encuestas de (in)satisfacción.

No hay peor sordo que el que no quiere oír.

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Malditos stocks

Las deficiencias en el servicio suelen tener su parte más visible en las roturas de stock. Las roturas de stock suelen ser síntoma de que algo no funciona. Es como la fiebre, si son sólo unas décimas y no dura demasiado, entra dentro de la normalidad; pero si la fiebre es alta y se prolonga en el tiempo es porque seguramente detrás hay causas serias y estructurales que las provocan.

En ello tiene mucho que ver el cambio de modelo empresarial imperante, en el que el cortoplacismo y los ratios financieros predominan sobre cualquier otro criterio.

Este hecho afecta tanto a las empresas cuya propiedad ha pasado a manos de un fondo de inversión, capital riesgo, que ya lo llevan en su ADN, (comprar barato, arreglar/maquillar, vender con plusvalía en un ciclo corto), como a las de producción, las de toda la vida, en las que ahora se prioriza el valor de la acción o el resultado a corto. Del año que viene ni hablamos.

El negocio ya no reside exclusivamente en los buenos resultados del año, que también, sino en el ratio de rendimiento del capital invertido o, en su caso, en el precio de la acción que determina el atractivo y el valor de la empresa.

Una de las consecuencias más evidentes de esta evolución es la división clara de roles en la organización. Tiene que haber alguien orientado al cliente y al consumidor, en forma de responsable comercial y de marketing, que vive, normalmente en ascuas, el día a día del operativo diario. Por otro lado, está el rol del responsable financiero, investido en estos tiempos de más poder, que decide, en función de sus propios criterios, asuntos tan importantes como la logística, la producción, las compras y los stocks. En fin, todo lo que configura el activo circulante y, por ende, el servicio. Suele haber entre ambas posiciones interpretaciones discrepantes sobre lo que debe ser la aportación de valor de la empresa y de la marca. El largo o el corto plazo. El fondo comercial versus la retribución del capital. Si hay esta discrepancia, que la hay, el drama está servido.

En este obra moderna aparece un  primer actor llamado El Cliente (la distribución), que exige al segundo actor (el proveedor) un servicio rozando la excelencia, porque en su casa también el control de existencias es muy estricto, trasladándole la patata caliente.

Este le dice que sí, que lo harán, que se compromete a servir bien, aunque sólo sea lo que le va en el envite… pero el segundo actor sabe muy bien que la logística, la producción y el nivel de stocks dependen del financiero, el tercer actor.

Este tercer actor se mueve por conceptos como “la optimización del capital circulante”, que no es otra cosa que tener los stocks y la deuda al mínimo posible; “la optimización de recursos logísticos”, léase apretón al proveedor logístico de toda la vida para reducir costes y, si no, cambio del mismo por otro más barato. Le siguen otras muchas optimizaciones como la de producción, en las que las fabricaciones de producto se ven condicionadas a criterios muy “fine tunning”, en que se produce lo justo o no se produce si, como suele ocurrir, al programador/malabarista se le cae alguna bola.

Toda esta ensalada, si nadie no lo remedia, suele tener su plasmación final en un mal servicio continuado, con roturas de stock de larga duración en productos básicos y complementarios y, ley de Murphy dixit, especialmente en las referencias que están apareciendo en folleto.

El fuerte desgaste que ello conlleva al segundo actor, por los consiguientes cabreos, tensiones, llamadas telefónicas los lunes a las ocho de la mañana, mails amenazadores, penalizaciones, reproches del equipo comercial, etc., no suele encontrar hombro sobre el que apoyarse:

– Oye, por qué no vienes conmigo a casa del cliente y le explicas lo que ha pasado… Es que a mí ya no me cree y nos va a echar.

– Lo siento, pero este es tu trabajo, el mío es que los ratios financieros planificados salgan… y están saliendo.

– Sí, pero ¿a qué coste? Podríamos ganar mucho más, si sirviéramos bien y además no tendríamos que sufrir todos la tensión que tenemos.

– Aún así estaremos cerca de los beneficios previstos en la cuenta de resultados. Ya te he dicho muchas veces que el criterio superior a los beneficios es el ratio que indica la rotación del capital invertido y este sale muy bien.

– Pero, ¿y la imagen de mal servicio que estamos dando?

– No podemos estar en misa y repicando. Esto es lo que hay.

– No estoy de acuerdo… Llamaré a Dirección General Central.

– No pierdas el tiempo, acabo de hablar con ellos y están encantados. Por cierto, la semana que viene les veo en persona. ¿ Quieres que les diga algo?

– Diles que el lunes tengo una reunión de urgencia con el equipo comercial para calmarles y tratar de explicarles lo que ha pasado… Algunos quieren dejarlo.

– Bien, si quieres se lo diré, pero no creo que les interese demasiado. Por cierto, al cliente La Pagoda le he cerrado el crédito y ya no le serviremos más, nos lleva pagando desde hace meses tarde y mal.

– ¡Pero ya te conté que necesitaba apoyo! No le podemos cerrar el crédito… Siempre ha pagado. ¡Perderemos muchas ventas y ni yo ni los vendedores podremos llegar a los objetivos!

– Lo siento, no puedo correr riesgos, perjudicaría el ratio de impagados. Adiós.

¡Vaya semana! Menos mal que es viernes. El segundo actor se siente abatido y abandonado y se prepara a ir a casa para poder por fin desconectar. Antes debe pasar por el supermercado que ya está cerrando para comprar unas pizzas y unos helados. Se acerca al lineal y… ya no queda nada, ni pizzas ni helados… Furioso, se dirige a protestar al encargado, pero en el camino se da cuenta que con sus productos suele pasar lo mismo… Lo entiende, calla y sale del súper. Así que no le quedará más remedio que ir a la única tienda abierta que queda, la del paki, que estas sí están llenas de todo… porque el dueño sólo entiende que, si no tiene, no vende.

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ITV sin pasar

Todo el mundo va con prisas. Lo malo de ir con prisas es que sólo te dedicas a lo urgente y dejas para otro día, siempre indeterminado, lo importante. No tener tiempo suele derivar en no tener ya nunca más tiempo para otra cosa que no sea el día a día. El operativo nos come y la reflexión profunda sobre lo que somos y a dónde vamos queda siempre relegado a una fecha futura… que nunca llega. Tal como la vida misma. No hay alarmas. La coartada perfecta.

España es un país en el que, si no obligaran a pasar la ITV a los coches, nadie la pasaría. Solo hay que ver lo que pasa con el seguro obligatorio, que es obligatorio como indica su propio nombre y aún así hay miles de conductores que prescinden olímpicamente de él. Sólo la coacción es argumento necesario pero no suficiente. Sería mejor el autoconvencimiento. Pero este es un país en que se vende mucho más lo curativo que lo preventivo. La prudente sentencia de “vale más prevenir que curar” es aquí “rara avis”.

Obligatorio para los vehículos, pero no para las empresas, que es el vehículo en el que va montado nuestro bienestar económico y, por tanto, personal y el de los empleados que en ella trabajan. Tema supersensible y alta responsabilidad para quien las maneja. Pero nadie obliga a las empresas a pasar su propia ITV. No hay multas ni sanciones. Todo queda al albur de la autodisciplina o de la visión y, claro, como esto escapa al día a día, escasea. Con el trajín diario que tenemos, pararse a pensar, a revisar conceptos y sistemas, parece ser un lujo, o a lo peor una pérdida de tiempo, no sea que vayamos a perder un pedido o una reunión.

Que una  empresa, como un coche, pasase una ITV de vez en cuanto debería ser también obligatorio, por pura necesidad. Pero el tiempo “goes by”, como dice la canción y nada, tiramos con lo que tenemos, buscando llegar al fin de la etapa que no es otro que superar con más o menos éxito el  ejercicio presente, reposar un poco y a por la siguiente etapa. Reponemos gasolina y a correr… hasta que un día el coche pueda pararse, porque como caballo reventado por sobreexplotado, ya no pueda dar un paso más.

Ahora que parece que la larga cuesta se ha transformado en un camino mucho más llano en que el coche/la empresa con la que transitamos por el mercado ha tenido golpes, desgaste de piezas, viajeros, pérdida de algún elemento de seguridad y otros percances que habrán podido afectar su rendimiento, ahora, hay que ver si este coche va a poder ser competitivo en el nuevo escenario, a correr más porque los aumentos de ventas y beneficios, cada vez más ambiciosos, tienen que salir sí o sí.

Al menos unos mínimos. Si el equipo comercial son los neumáticos, ver que no estén lisos del todo, que haya un poquito de dibujo. Es habitual que al menos uno de los cuatro            (paralelismo con las cuatro zonas fuertes del país, Norte, Este, Centro y Sur) esté tan desgastado por tantos kilómetros que, en medio del trayecto, haya que parar a cambiar la rueda… y, ya se sabe, con los recortes, no solemos llevar recambio. Una ITV a tiempo lo hubiera detectado y ahora tendremos que buscar el repuesto y perderemos comba… o lo que es peor, como no podemos parar, correremos con la rueda pinchada.

Habría que instaurar el día mundial de la revisión empresarial, una de trámite al menos en cada ejercicio y una a fondo, revisando el motor, es decir, la vigencia de nuestro producto y de nuestra propuesta de valor cada tres o cuatro años. No habría que ahorrar en este tipo de revisiones en las que nos jugamos la vida,, pero nadie suele gastarse un duro en ellas.

Lo hacen obligatoriamente los aviones y ¿no es nuestra empresa el avión en el que volamos cada día, con un manejo y mantenimiento, al menos, tan complejo como el de un Airbus?

¡Ah! y el GPS, no nos olvidemos de que si la ruta es nueva o complicada, o el conductor es nuevo o han cambiado las señales de tráfico, sería aconsejable disponer de un GPS, que nos ayudara a hacer el camino. Cuestan poco y ayudan mucho.

Después de tanto recorte, muchos van con lo justo. Frente a la etapa llana que se nos avecina, habrá que ir a piñón para ser competitivo. Así que yo aconsejaría pasar al menos una ITV de mínimos, para poderla afrontar con alguna garantía, no sea que ahora que tomamos velocidad nos vayan a fallar los frenos en la primera curva y nos estrellemos.

Después de la que hemos pasado, sería una pena.

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El carrito del helado

Leo que una conocida multinacional tiene un plan para luchar contra el paro juvenil en el sur de Europa. Dicen que ha desarrollado un programa de empleo para jóvenes, al que denominan “Pies en la calle”, fomentando la venta de helados (evidentemente de su marca) en las aceras, terrazas y playas de pueblos y ciudades con la ayuda de los jóvenes parados.

La noticia continúa explicando que “se facilitará  la entrega de herramientas y equipos como carritos y congeladores para proporcionar a los jóvenes su primer empleo”. Asimismo se indica que los jóvenes contratados utilizarán diversos medios aportados por la empresa, desde carritos hasta vehículos motorizados para vender los helados en todas las provincias. Denomina a los aspirantes microempresarios para mininegocios  (que consecuentemente, entiendo yo, darán microbeneficios). Para este verano está prevista la creación de 500 puestos de este tipo en España.

Además de esta opción, hay la de optar a franquicias bautizadas como Happiness Station, que requieren inversiones de 40.000 a 100.000 euros, más un fondo de maniobra de otros 100.000, según sea el establecimiento bien de 20/30 m2, de 15/20 o quioscos entre 3/5 m2. Se da más información al respecto en la web Compartefelicidad.es.

Mi madre me dijo de niño que desconfiara de los desconocidos que te dan caramelos; que nadie daba nada por nada. Además, tanto buenismo y la utilización de nombres como “Happiness Station” o “Compartefelicidad.com” dan un cierto repelús. Como en tantas otras ocasiones, una idea seguramente bienintencionada no está bien comunicada, especialmente cuando, al final del artículo, uno lee que este plan puede aportar en 2020 a la compañía una facturación adicional de 100 millones de euros.

¡Tate, ahí le has dao, de ahí sale la idea del carrito del helao!

Teniendo en cuenta que un alto porcentaje de los jóvenes españoles en paro son licenciados universitarios, no es de descartar que se puedan dar entrevistas de trabajo del tipo…

– Hola Javier, aunque ya he leído su curriculum, resúmame brevemente por qué quiere trabajar con nosotros.

– Hace un año acabé la carrera de Arquitectura. Busqué trabajo en lo mío, pero con la crisis no lo encuentro y por esto hice un máster de Urbanismo, pero ahora ya necesito trabajar en lo que sea para poder independizarme de mis padres. Ustedes son una multinacional reputada y, por tanto, atractiva de inicio, aunque sea para empezar en la parte comercial.

– Sí, por esto le hemos preseleccionado. Siendo arquitecto supongo que no se equivocará en las cuentas y su formación en Urbanismo sin duda le ayudará a identificar las rutas más rentables. Tiene buena edad, 25 años, y se le ve sano y fuerte. Podrá tirar del carrito de empresa incluso en pendiente.

– ¿Carrito?… querrá decir carro de empresa, lo que en Europa llamamos coche, ¿no?

– No, no, me expreso muy bien, carrito es carrito, carrito a pedales para empezar vendiendo nuestros helados por la calle.

– ¡Buff! No es lo que me esperaba, pero ¿cuánto tiempo estaré en esta fase?

– Si las ventas son las previstas, a los tres meses le daremos un vehículo motorizado para que pueda vender helados en toda la comarca.

– Y ¿cuál sería mi ingreso?

– Una comisión sobre ventas y todos los helados que usted pueda comer.

– Pero si hay días de lluvia o mal tiempo, la gente no comprará helados.

– Es un riesgo que corremos todos. Pero si es persistente, podrá conseguir lo mínimo para cubrir gastos. Piense en que, gracias a que habla varios idiomas, le asignaremos la playa de Sol Menguante, una zona muy turística, y ya se sabe que los extranjeros consumen helado todo el año, no importa el tiempo que haga.

– Esta  playa está llena de gente que ya vende helados, coco, piña y otros que dan masajes y no les gustará que venga uno nuevo como yo y les haga la competencia en su zona.

– Ya hemos pensado en ello. Para diferenciarse de ellos, aparte de su pinta, muy local, muy del país, le procuraremos una uniformación consistente en camiseta y bermudas a juego, con sombrerillo de paja y chancletas, todo ello  perfectamente identificado con los colores y el logo de nuestra marca. Además dispondrá de un seguro médico que cubrirá cualquier tipo de daño corporal por eventuales incidentes habidos con terceros.

– Bueno, no parece ningún chollo, pero como necesito ganar dinero como sea, si no hay otra cosa, lo aceptaré -dijo Javier, resignado.

– Espere, sólo queda una última prueba, la entonación.

– ¿Cómo?

– Si, hombre, ya he visto que usted vocaliza bien y sabe hablar y expresarse… Pero en este trabajo hay que saber también entonar.

– ¿Entonar?

– Sí, a ver, repita con voz fuerte y todo lo agradable que pueda lo que yo le voy a cantar…. ”Helado, helado, al rico helado… bombón, caramelo, para el nene y la nena… helaaaaaaado, al rico helado“.

Ahí Javier ya no pudo más, revivió sus muchas horas de estudio, sus másteres en el extranjero,  el orgullo de sus padres al acabar la carrera, su buena imagen entre el grupo de amigos, su novia…. Se levantó y dijo :

– Lo siento, pero no puedo aceptar su oferta. Pase lo del sombrerillo, lo de tirar del carrito, el jugarme el físico, la precariedad… Pero hay una cosa que nunca he podido superar: el miedo escénico de cantar en público. Por ahí sí que no paso.

– Lástima, porque parecía un aspirante ideal. Buenos días, ¿puede decir al siguiente que pase?

Entra Lucas.

– Hola Lucas, veo en su curriculum que es usted médico. Dígame, ¿por qué quiere trabajar en nuestra empresa?

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Cariño, voy a la cena de la empresa

Me refiero a las innumerables comidas y cenas de empresa que en estas fechas se multiplican y se siguen manteniendo, con el noble propósito de insuflar concordia y buen rollito a la convivencia diaria de las oficinas y despachos, que seguramente se habrá venido deteriorando por la creciente presión, las salidas forzadas, los recortes de ventajas sociales, y otros aderezos, eso sin contar con las heridas, casi siempre abiertas, que los roces de la convivencia diaria comportan. 

Esta comida o cena oficial que es organizada y subvencionada ritualmente por la empresa, o por el comité de festejos si lo hay, se considera como un acto laboral más, aunque esta vez fuera de las cuatro paredes del entorno habitual, al que hay que asistir, te guste o no. Suele, en consecuencia, tener una fuerte carga de rutina, repetición y compromiso inherente a la naturaleza del evento, independientemente de la buena voluntad supuesta a sus promotores y a los que disciplinadamente van a asistir.

Lo que en teoría está pensado para estimular la convivencia, comunicación y relación entre empleados diversos en una mesa común, difícil de conseguir en el día a día profesional, empieza siendo una agregación de islotes inconexos entre sí que se buscan y juntan espontáneamente por edades, afinidades, niveles, intereses, etc., y en este círculo afín, normalmente el mismo que tienen en el despacho, hacen sus bromas, risas, críticas y comentarios. Es decir, más de lo mismo, pero trasladado fuera, fuera del horario laboral y con comida y bebida gratis de por medio.

Todo este conglomerado de difícil digestión y disfrute, por si de por sí no fuera poco, suele trufarse en los postres con actos lúdicos varios como entrega de premios “el cascarrabias del año”, “a la colaboradora más sexy”, con los inacabables regalos del amigo invisible y sus impresentables regalitos, con juegos y concursos u otros inventos al uso, que hacen la velada interminable.

Como este largo proceso que dura horas viene normalmente regado con una generosa barra libre, el creciente tono de voz, las cada vez más frecuentes risotadas por un chiste o una gracia que en otro momento parecería estúpida, las horas que van pasando en un ambiente cada vez más caluroso, hace que aparezcan las primeras desinhibiciones imprescindibles para que este tipo de celebración tenga un recuerdo más sabrosón y desenfadado que compense el tostón previo.

Con los brindis sucesivos se acortan las distancias, los islotes ya se comunican con otros islotes, empieza a haber tránsito y visitas y comienzan las complicidades interpersonales, las habituales, más otras que nacen ahora, imposibles de producirse en el ámbito normal de la oficina. La careta va dejando paso al personaje real y ahora es cuando de verdad se produce el efecto deseado de la mejora de comunicación y relaciones, pero seguramente no en el sentido en que la empresa desearía. La cosa suele acabar de madrugada en un chiringuito cercano con música y más copas, ahora sí con una mezcla heterogénea de personajes, los que les va la marcha, que a estas alturas ya han dejado atrás el rol laboral.

La resaca en forma de pesadilla vendrá al día siguiente cuando en el archivo “temporal” de la empresa, queden colgadas, para conocimiento y cachondeo público, las fotos de la juerga tenida, en las que tu imagen de persona seria y responsable saltará por los aires al visionarse para la posteridad todos los putos selfies, que estando medio gato, te hiciste y de los que puede que te arrepientas toda la vida… especialmente si los ve tu mujer.

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La Misión / Visión empresarial. El aroma de mi hogar

“Las honestas palabras nos dan un claro indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escribe“.

Miguel de Cervantes.

Hoy en día en que ya han desaparecido los príncipes azules, cuesta horrores encontrar un buen compañero de viaje, ya se vista de proveedor o de cliente, que simplemente cumpla con los mínimos requisitos de ser aceptable compañía y de compartir camino y mochila, que no te ayude a caer cuando tropiezas, ni te deje tirado a las primeras de cambio. Decía, que hoy en día tener a alguien del que te puedas fiar, no en que te salve la vida, pero al menos en que no te va a perjudicar, ya es, dadas las circunstancias, un valor que hay que tener en cuenta.

Podréis pensar que esta afirmación procede de una visión pesimista de la vida, pero sólo falta observar el mundo que nos rodea, tanto el entorno global como en el ámbito local, sea en lo social o lo económico, para comprobar la brutal pérdida de valores, que seguramente siempre ha existido, pero que ahora se hace más evidente que nunca.

Se argumenta que es imprescindible una regeneración moral de la sociedad en todos sus estamentos para poder vivir en un mundo al menos transitable. La alternativa es la desconfianza continua con cualquier  interlocutor, al que no le daremos cancha, hasta que él haya  demostrado fehacientemente su rectitud y consistencia. Por si las moscas, hasta que esta revelación no se dé, la mano agarrando fuerte la cartera y confianzas, las mínimas.

Este ‘fundamento’ que los compradores, en general, y en particular los de las GSA y GSB, dicen encontrar a faltar en sus proveedores, cuando quieren establecer relaciones duraderas serias y con compromiso (bueno, al menos hay alguien que no se horroriza delante de un compromiso), puede empezar a crearse a través de la manifestación pública de lo que se ha venido en llamar Misión/Visión de las empresas.

Más de uno pensará: con la que tengo yo liada, sólo falta ahora meterme en desarrollar conceptos etéreos y discursos de salón. Error, estás dejando, otra vez, a un lado lo importante para dedicarte sólo a lo urgente.

Hoy en día, más que publicitar un nuevo producto de tu marca que ni siquiera es innovador, quizás valdría más plantearte, como responsable de tu empresa, si estos recursos en tiempo y dinero no estarían mejor empleados en hacer llegar, a quienes están relacionados con tu entorno empresarial y marca, el mensaje de los valores que propone y defiende tu empresa, no sólo económicos, que también, sino relacionados con aportaciones sociales, orientación al medio ambiente, sostenibilidad, mantenimiento de puestos de trabajo, promoción de la economía local, acciones solidarias… haciendo todo ello de una forma honesta y sincera.

Eso sí, no hagáis como mi admirado Groucho cuando uno de sus personajes dice: “Estos son mis principios… y, si no le gustan, tengo otros”. Desarrollar un concepto de Misión /Visión exige la previa existencia de un código deontológico de Empresa y su obligada difusión y formal seguimiento por todos los empleados de la empresa en cuestión. Sólo entonces se genera la suficiente credibilidad para poder convencer a quienes tratan contigo que tu empresa respeta escrupulosamente, no sólo la legislación, sino también es ejemplo de las mejores prácticas empresariales y que, buscando el lógico beneficio a largo plazo, trata de compartirlo con sus empleados, clientes, y consumidores, respetando siempre las reglas de juego.

Más a favor de desarrollar un proyecto de Misión–Visión de una empresa. No se requieren demasiados recursos, siendo su productividad en cuanto a resultados sociales, de imagen y económicos indudable, eso sin contar el plus de motivación al propio personal y de confianza reforzada que se puede aportar a clientes y consumidores. Una mejora indudable de imagen de marca e incluso personal del directivo que promueve este tipo de propuestas.

Eso sí, hacerlo por hacerlo es convertirlo en banal. Si se hace, que se haga con las ideas bien claras y con la profundidad, seriedad y honestidad que los tiempos reclaman.

En fin, un poco de aire fresco que tan necesario es en tiempos en que se está tirando de muchas mantas y de ellas emanan a un ambiente ya irrespirable de por sí, nuevas descargas que a modo de bombas fétidas, estallan cada día en nuestras narices.

La Misión /Visón vendría a ser como el Ambi Pur de la cosa. El Aroma de mi Hogar… Comprueba lo bien que huele mi Empresa… Sólo falta que quien tenga que oler sepa apreciar la fina fragancia que proponemos y no tenga la nariz atascada de tanto tener que tapársela.

Eso sí, si tu empresa se dedica a fabricar armas tendrás un poco complicado explicar tu Misión,  aunque puedas argumentar siempre que buscas la sostenibilidad del empleo de tus trabajadores… explicaciones más chuscas se han oído en estas últimas semanas.

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