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Consumidores malcriados o el nuevo infierno de Dante

Consentidos, mimados, malacostumbrados… amén de bombardeados con mensajes de todo tipo. Así es como últimamente nos tiene a los consumidores la casta formada por las grandes empresas que dominan el cotarro y el ritmo del consumo. A los pequeños comerciantes, como no puede ser otra, solo les toca seguir el ritmo que marcan estos modernos flautistas de Hamelín, que disponen para hacerse oír de instrumentos con amplificadores más sonoros y poderosos.

Solo hay que repasar las campañas montadas en las últimas semanas. Comenzó con el festival del Black Friday (que dura el Friday, el Saturday, el Sunday y lo que haga falta); seguido de un Cibermonday, a las pocas horas; los que vivimos en la ciudad condal, para culminar el festín de provocación al consumo, el jueves de la misma semana un Open Night o noche de tiendas abiertas, con sus correspondientes rebajas y ofertas.

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Persona, animal o cosa

Despachar es un verbo que tiene varias interpretaciones. En sentido positivo, va desde “Atender a una persona para resolver sus asuntos, problemas, etc.”, pero también tiene connotaciones negativas, en el sentido de “despedir o acabar un asunto por la vía rápida (el matador despachó al morlaco con un feo bajonazo)”.

Barrunto que la brutal diferenciación entre ambas acepciones no se produce tanto por el sujeto despachante, como por la consideración que este da al objeto despachado. Me explico. ¿Con qué o con quién trata el despachador ? ¿Es persona, animal o cosa? Si es persona, o mejor, si el despachador considera a su interlocutor persona, como indica la definición en positivo, tratará por todos los medios de resolver sus asuntos, cuestiones, o problemas… Si, por el contrario, lo considera como animal o cosa, te despacha con una faena de aliño y te da el bajonazo, sin importarle un carajo, ni tú, ni el público asistente… si es que lo hay.

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Mi nuevo amigo Mercurio

Leo que una empresa pionera en las tecnologías del comercio al por menor, con el apoyo en la financiación de la Corporación Tecnológica de Andalucía, “ha desarrollado un robot/asistente para ayudar a los clientes a hacer la compra en los supermercados”.

La cosa se llama Mercurio, en honor del dios del comercio romano. “Se trata de un robot (sic) social, de apenas medio metro de altura que podrá ejercer como nuestro personal shopper en la compra semanal en el supermercado”. El robot ya se encuentra disponible en el mercado y, según explica su promotor, “Mercurio va a suponer una “auténtica revolución en los comercios”. (De esto estoy seguro, pero conociendo al personal, más por cachondeo que se va a dar, que por otra cosa).

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¿Pondrías una ferretería?

Todos tenemos en el barrio un local, si no son varios, que han ido abriendo y cerrando una y otra vez, cambiando de dueño, de nombre, de concepto y de imagen varias veces, sin que en ninguna de ellas el nuevo negocio haya llegado a sobrevivir ni una campaña entera.

Lo que inicialmente fue un colmado de tradición familiar, de los de toda la vida, ha ido siendo, sucesivamente, una pizzería, una vinacoteca, un outlet de ropa de niño,  un consultorio de autoayuda o algo así, y,  otra vez,  otra pizzería distinta de la primera, que ha vuelto a cerrar hace pocos días. En ningún caso hubo ninguna nueva ferretería.

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Rebajas aguadas

Nos hablaba no hace muchos años el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman de la nueva modernidad que él calificaba de líquida, por la progresiva eliminación de los pilares sólidos en creencias y comportamientos que marcaban las relaciones humanas y, por tanto, las costumbres sociales y económicas. Un profundo cambio, pues, en la interacción entre personas y de estas, a su vez, con los actores sociales, instituciones y empresas.

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Manteros bricoladores

Hace pocos días bajé al centro histórico de la ciudad para hacer unos recados. Hay determinadas zonas que los oriundos de Barcelona tratamos de evitar porque entendemos que ya no nos pertenecen, nos han sido usurpadas en aras al negocio turístico y ya no son para nosotros una alternativa elegible en actos cotidianos de nuestra vida social y cultural.

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En peligro de extinción

Es evidente la progresiva incorporación de capital extranjero al tejido empresarial español, que se produce en ambos lados de la balanza, la industria y la distribución. Este hecho, conceptualmente positivo, está tomando una derivada inquietante.

En la industria ya me tocó vivirlo en primera persona y pude ver, sin intermediarios, la forma de funcionar de los fondos financieros, con lo cual la opinión que pueda tener está basada en la experiencia. Por el lado de la distribución, hemos podido conocer este verano la entrada de financiación foránea, por primera vez, en el buque insignia tradicional e histórico del comercio nacional.

Esto sin mencionar la progresiva e imparable mancha de aceite que va alcanzando, dentro de la pequeña distribución al detall, la propiedad asiática, vía lejano oriente o cercano oriente, que de todos lados llegan. Esta colonización comercial no tiene demasiada lógica, ya que no aporta ningún otro valor tangible al consumidor respecto al comercio local tradicional. Sin embargo, vemos que no cede en su expansión y parece proseguir  imparable.

En el reino animal se dan también este tipo de casos de colonización de especies foráneas como es el caso del caracol manzana. Este se apodera de espacios y medios de subsistencia que secularmente han sido de las especies autóctonas. Su único mérito parece residir en que son más atrevidos, sacrificados, resistentes y agresivos y a que también  se reproducen en mayor número vía reunificación familiar. Sea justo o no, esto es lo que hay. Los últimos que llegan son los que parece se van a quedar.

La única alternativa para que este peligro de extinción no vaya a más es hacerse más fuertes, listos y persistentes y proponer valores tangibles e interesantes a los consumidores que, con tanta oferta, cambio y mezcolanza, están siempre a la expectativa  esperando una propuesta convincente.

Malos tiempos para la lírica, porque esto no se arregla con un decreto ley o con el gremio protestando en la calle. Estamos hablando de tendencias globales, de flujos libres de mercancías, personas y capitales  y, sobre todo, del predominio del beneficio a corto plazo, cueste lo que cueste, que no es otra cosa que la cara más cruel del capitalismo salvaje en el que estamos inmersos, curiosamente también sabiamente practicados por ciudadanos de países considerados como comunistas. El dinero lo globaliza todo, incluso los idearios.

Claro que todo esto parece trivial, si lo comparamos con el sujeto que está en verdadero peligro de extinción que es todo un país entero como Siria, cuya población está siendo diezmada en una guerra sucia y los que todavía no han sido abatidos o reclutados,  huyen con lo puesto, para salvar la vida. De economía y de comercio ya ni hablamos. Esto sí que es peligro de extinción a lo bestia.

Lo malo es que todo este espanto y drama sigue sucediendo sin que nadie mueva un dedo. Ya no hay épica. No hay quien se moje, no sea que lo vayamos a pagar en alguna forma. Enviamos unos cuantos instructores y, eso sí, muchas armas y drones. Así cubrimos el expediente.

Los drones no tienen épica, tienen la mala leche que aglutina la  tecnología, la sorpresa, la impersonalidad, la falta de riesgo personal y los enormes daños “colaterales” que producen.

Las empresas de capital riesgo y los nuevos comerciantes que están continuamente desembarcando en nuestro mercado son mucho más sutiles, no hacen ruido y casi nunca sabes quién hay detrás tirando de los hilos.

Es cierto, no te matan, pero suelen dejar después de su implantación un rastro de  sujetos locales reestructurados, que nunca sabrán quién manejaba el  mando del dron que les ha mandado al paro o, con suerte, a la precariedad.

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La importancia de saber vocalizar

Dicen que ya puedes hacer la lista de la compra sin tener que escribir. Ahora puedes hacerlo solamente hablando; hablando al móvil, por supuesto (el móvil ya es un apéndice orgánico-funcional del ciudadano; se ha pasado de ser uno y su circunstancia, a ser uno y su móvil). Decía que ya puedes pedir los productos que precises a tu supermercado habitual a través de la aplicación de móvil que un distribuidor líder ha creado al efecto.

Como concepto genérico, me parece genial, pero como usuario escarmentado barrunto dificultades en su puesta en práctica en el día a día. Uno ya tiene que soportar, por desgracia, suficientes y obligadas experiencias con máquinas parlantes que proliferan hoy para cualquier gestión y debo decir que no me están resultando demasiado agradables.

Si ya nos cuesta entendernos cuando nos atiende alguien de un centro de operadores de un país lejano, de habla teóricamente hispana, que a pesar de la supuesta buena  voluntad del interlocutor, no conseguimos conectar ni hilvanar un diálogo mínimamente inteligible, ni en formas ni en contenidos, ¿vamos a conseguir esta pretendida buena comunicación con una máquina?.

No es solo por la obligación de tener que mantener una conversación preconcebida con un sistema automatizado, en la que, como en el tango, te llevan donde ellos quieren, sin que tú puedas matizar, ni percibir ninguna empatía, que a esto, aunque no nos guste, ya nos hemos tenido que ir acostumbrando, sino que el peligro viene por la potencial falta de eficacia y precisión que el susodicho sistema puede acarrear, que suele tener como consecuencia final una importante frustración y consiguiente cabreo del cliente.

Vamos a casos concretos de amenazas potenciales para el invento; siempre suponiendo que la aplicación está elaborada en base a un castellano clásico y académicamente impecable, de Valladolid dicen, como tendría que ser.

– Caso acentos. ¿Recogerá la aplicación el significativo diferencial de sonoridades que tiene para una palabra la amplia variedad de fonéticas autonómicas? Me temo que no. En Andalucía, pedir un “brick de leche” puede sonar como “bris o bri de lesche”, provocando que la maquinita puñetera te responda: ”por bris de lesche no me viene nada… ¿Debe usted referirse a queso brie? Apuntado una de queso brie”.

– Caso nacionalidades. No olvidemos que en España hay un 17 % de residentes extranjeros, de los cuales muchos no hablan español y otros, a pesar de vivir aquí hace muchos años, tienen un acento original que echa para atrás. A la mayoría les es imposible pronunciar las erres, la zeta o la che. ¿Captará la aplicación que un chino está pidiendo arroz cuando el aparato oye “alós” o un americano pidiendo chorizo cuando oye “shorisssou” o un francés pidiendo merluza cuando se escucha “merlussá” (sí, sí, con acento en la a)?

– Caso peticiones hechas a velocidad de ametralladora por los que ya suelen hablar muy deprisa y se comen la mitad de las palabras, situación que suele además agravarse con la tensión que produce hablar con un interlocutor desalmado e inmutable.

Me temo que en muchos casos el mencionado invento va a acabar con las conocidas frases “repita por favor, no hemos oído bien el producto solicitado”, “por alós no nos viene nada” o ”el proceso no ha podido finalizar satisfactoriamente, vuelva a pedir todos los productos desde el inicio”. Ahhhh, y todo ello si hay stocks, que con los tiempos que corren también puede ser muy probable que se oiga “producto sin existencias disponibles, pida otra referencia”.

Es resumen hay un polvorín latente de un sinfín de situaciones indeseables que puede se multipliquen como un mantra de pesadilla y que la llamada acabe al final con un alto y sonoro “Iros a tomar p..  c….” esta vez sí, pronunciado alto y claro y perfectamente vocalizado, mensaje que la máquina sin duda entenderá, pero a la que no afectará el tono de su inexistente sensibilidad y que responderá al exabrupto con un convencional…. “Gracias por haber utilizado nuestros servicios”.

Es que no entienden nada. No descarten que al final tengan que oír: “no cuelgue todavía. Procedemos a efectuarle una pequeña encuesta de satisfacción…”.

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El caloret

– Buenos días. Si es que se puede decir buenos con este calor.

– Buenas tardes. Sí, es lo que todo el mundo dice al entrar. ¿Qué desea?

– Venía a buscar un ventilador. A poder ser, que no sea muy caro.

– No me queda nada en ventiladores, ni de los caros ni de los baratos.

– Pero, oiga, ¡si estamos al principio del verano!

– Sí, pero se ha despertado tarde. Lorenzo hace días que pega fuerte y han desaparecido todas las existencias en unos pocos días. Teníamos poco género y hemos tenido colas de gente para comprar… así que nos hemos quedado sin género.

–  ¿Tendrán en los próximos días?

– No creo, los fabricantes han agotado stocks, que tampoco tenían muchos; así que entre vacaciones y todo, hasta finales de septiembre no creo que volvamos a tener.

–  ¡Pero entonces ya habrá pasado el verano!

– Es lo que últimamente se lleva, no tener nada cuando lo necesitas y tener mucho cuando ya no hace falta.

– ¡Pues vaya forma de llevar el negocio! Por cierto, aquí hace mucho calor. ¿No les funciona el aire acondicionado?

– Ya le digo, dicen que es por el consumo, cuando hay puntas, que en estos días las hay a todas horas, se corta el suministro de luz.

–  ¡Vaya panorama! Bueno, a ver, aunque sea más caro, déme un “pingüino” de estos.

– Espere que miro en el ordenador. (El dependiente teclea, busca y…). Lo siento, por aire acondicionado portátil  no me viene nada, ni pingüino, ni foca, ni morsa, no nos queda nada en animales que den  frío.

– Encima, cachondeo. ¡Cómo le digo yo a mi mujer, que hace tres noches que no duerme y está de una mala leche que no veas, que no le traigo nada para solucionar esta pesadilla!

– Igual no tenía que haber esperado hasta última hora.

– No quiero discutir ahora. Son ustedes los que no tiene producto. A ver, enséñeme uno de estos que hay que instalar y que quedan fijos. Por cierto, que deben costar una pasta, ¿no?

– Están entre 500 y 1.000 euros, a lo que habrá que sumar la instalación y lo que gastan, que no es poco. Tiene suerte. Me queda uno que me han devuelto hoy porque al señor que me lo compró le dio un soponcio antes de colocárselo y se lo han tenido que llevar al hospital, que allí sí que seguro estará fresquito. Este era de los caros, le saldría por 1.100 más IVA.

– ¡Joder que palo! Es muy caro, se me va la paga extra que tenía reservada para las vacaciones. Espere, que llamo a mi mujer y lo consulto.

– Mire, porque me cae bien y no quiero abusar. Sepa usted que la instalación no se la podremos hacer hasta después de agosto. El instalador tiene la agenda llena hasta finales de julio y luego toma todo agosto de vacaciones.

–  ¿Y este rollo que anuncian de que el cliente es lo primero? Mire, sabe qué, dejémoslo estar. Son demasiados inconvenientes, me voy a otra tienda, aunque esta ya es la séptima que visito.

– No le culpo, está la cosa muy mal. Incluso el paki de al lado ha agotado las existencias de abanicos, paraguas, botijos, ventiladores manuales y pistolas de agua… sí, estos juguetitos con los que los niños se echan agua uno al otro… ya no le queda ni uno. Y, si el paki no tiene, imagínese los demás.

Un mes  más tarde, la mujer de Leonardo,  “el hombre que quería comprar frío”, le decía:

– Cari, sé que  has buscado todo lo que has podido, pero este plan de venir todos los días de vacaciones a las rebajas del Corte Inglés y andar paseando sin comprar nada, aunque se esté fresquito, no es lo que yo esperaba.

– Pero por lo menos estás fresca, que es lo que me pedías, y estás de mucho mejor humor. Venga, ahora iremos al cine.

– Sí,  ¡como si fuera una novedad!, es lo que hemos hecho todos los días de esta semana.

– Bueno, esta vez no veremos la misma película varias veces. Solo estaremos un pase.

– Desde luego,  ¡qué mala vida que me estás dando! Casi te diría que estoy soñando con llegar a casa, si no fuese porque es como estar en un horno.

– Anda, no te quejes y sigue chupando el helado que ya lo tienes churretoso… ¡Ya te has manchado la camiseta… y además de chocolate!

– Desde luego, Leonardo, este es el último verano que te aguanto esto. En cuanto cobres la paga de diciembre, te vas derecho a comprar un pingüino.

– Sí mujer, te compraré no uno, sino tres pingüinos para que correteen y refresquen toda la casa…

Aunque Leonardo no dijo nada y se lo calló para sí, intuyó que entonces tampoco habría posibilidad de comprar pingüinos… porque al ser invierno, venderían (o no) calefactores y no pingüinos.

¡Jodido caloret!

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