La importancia de saber vocalizar

Dicen que ya puedes hacer la lista de la compra sin tener que escribir. Ahora puedes hacerlo solamente hablando; hablando al móvil, por supuesto (el móvil ya es un apéndice orgánico-funcional del ciudadano; se ha pasado de ser uno y su circunstancia, a ser uno y su móvil). Decía que ya puedes pedir los productos que precises a tu supermercado habitual a través de la aplicación de móvil que un distribuidor líder ha creado al efecto.

Como concepto genérico, me parece genial, pero como usuario escarmentado barrunto dificultades en su puesta en práctica en el día a día. Uno ya tiene que soportar, por desgracia, suficientes y obligadas experiencias con máquinas parlantes que proliferan hoy para cualquier gestión y debo decir que no me están resultando demasiado agradables.

Si ya nos cuesta entendernos cuando nos atiende alguien de un centro de operadores de un país lejano, de habla teóricamente hispana, que a pesar de la supuesta buena  voluntad del interlocutor, no conseguimos conectar ni hilvanar un diálogo mínimamente inteligible, ni en formas ni en contenidos, ¿vamos a conseguir esta pretendida buena comunicación con una máquina?.

No es solo por la obligación de tener que mantener una conversación preconcebida con un sistema automatizado, en la que, como en el tango, te llevan donde ellos quieren, sin que tú puedas matizar, ni percibir ninguna empatía, que a esto, aunque no nos guste, ya nos hemos tenido que ir acostumbrando, sino que el peligro viene por la potencial falta de eficacia y precisión que el susodicho sistema puede acarrear, que suele tener como consecuencia final una importante frustración y consiguiente cabreo del cliente.

Vamos a casos concretos de amenazas potenciales para el invento; siempre suponiendo que la aplicación está elaborada en base a un castellano clásico y académicamente impecable, de Valladolid dicen, como tendría que ser.

– Caso acentos. ¿Recogerá la aplicación el significativo diferencial de sonoridades que tiene para una palabra la amplia variedad de fonéticas autonómicas? Me temo que no. En Andalucía, pedir un “brick de leche” puede sonar como “bris o bri de lesche”, provocando que la maquinita puñetera te responda: ”por bris de lesche no me viene nada… ¿Debe usted referirse a queso brie? Apuntado una de queso brie”.

– Caso nacionalidades. No olvidemos que en España hay un 17 % de residentes extranjeros, de los cuales muchos no hablan español y otros, a pesar de vivir aquí hace muchos años, tienen un acento original que echa para atrás. A la mayoría les es imposible pronunciar las erres, la zeta o la che. ¿Captará la aplicación que un chino está pidiendo arroz cuando el aparato oye “alós” o un americano pidiendo chorizo cuando oye “shorisssou” o un francés pidiendo merluza cuando se escucha “merlussá” (sí, sí, con acento en la a)?

– Caso peticiones hechas a velocidad de ametralladora por los que ya suelen hablar muy deprisa y se comen la mitad de las palabras, situación que suele además agravarse con la tensión que produce hablar con un interlocutor desalmado e inmutable.

Me temo que en muchos casos el mencionado invento va a acabar con las conocidas frases “repita por favor, no hemos oído bien el producto solicitado”, “por alós no nos viene nada” o ”el proceso no ha podido finalizar satisfactoriamente, vuelva a pedir todos los productos desde el inicio”. Ahhhh, y todo ello si hay stocks, que con los tiempos que corren también puede ser muy probable que se oiga “producto sin existencias disponibles, pida otra referencia”.

Es resumen hay un polvorín latente de un sinfín de situaciones indeseables que puede se multipliquen como un mantra de pesadilla y que la llamada acabe al final con un alto y sonoro “Iros a tomar p..  c….” esta vez sí, pronunciado alto y claro y perfectamente vocalizado, mensaje que la máquina sin duda entenderá, pero a la que no afectará el tono de su inexistente sensibilidad y que responderá al exabrupto con un convencional…. “Gracias por haber utilizado nuestros servicios”.

Es que no entienden nada. No descarten que al final tengan que oír: “no cuelgue todavía. Procedemos a efectuarle una pequeña encuesta de satisfacción…”.

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Seniors y millennials

Uno es senior desde hace tiempo y está contento de serlo. Ser senior significa que has superado ya buena parte del viaje. Y como no hay excepciones al respecto “una vez terminada la partida, tanto el rey como el peón, vuelven a la misma caja”… pues encantado de haber llegado hasta aquí… y a seguir andando todo lo que nos quede.

De hecho, el concepto senior es muy elástico. Uno puede ser senior cuando deja de ser junior y esto puede darse a los 21 años. En golf uno es senior a partir de los 55 años, que es una edad que, desde el punto de vista físico, quizás hayas visto tiempos mejores, pero que de cabeza andas fenomenal por la claridad que te da la combinación de conocimientos y experiencia. Y, si no, que se lo pregunten a Miguel Ángel Jiménez, que con sus 51 años y con sus puros y sempiterna sonrisa, es vivo ejemplo de ello en campos profesionales tan competitivos física y mentalmente. Un senior que está perfectamente al día en todos los órdenes.

Es habitual encontrar ofertas especiales de viajes y cruceros para personas mayores de 55 años. Pero en este segmento de 55 años hasta que chapas (en nuestro país, 80 años los hombres, 86 las mujeres), hay un margen de 25 a 30 años.

Si en un lapso de 30 años uno evoluciona de bebé a niño, adolescente, joven, mileurista, single, casado, padre, divorciado, otra vez single, etc., siendo todos estos subgrupos foco de posicionamientos concretos para las marcas y comunicación, ¿por qué lo que se nos comunica a los seniors se simplifica? Nos suelen meter todos en el mismo saco, desde los 60 a los 85 o más, con un trato condescendiente, como si fuéramos inválidos prematuros y tocando básicamente temas relacionados con el deterioro físico.

Los de mi generación que ya nos acercamos al final del trayecto profesional (que no vital), siendo seniors, tenemos un caudal de energía y conocimientos que no perderemos, (espero) al menos, en los próximos diez años. Si a este caudal vital, le sumamos, si no hemos sido demasiado cigarras, que tenemos a la prole más o menos independizada y no hemos de pasar demasiadas pensiones a más de una ex, podemos posiblemente gozar de una posición económica solvente.

Nos transformamos pues en un grupo ideal para quien supiera vendernos un concepto de aportación de valor en esta etapa de la vida, en positivo, sin exageraciones, pero en positivo. Me refiero a que no todos los anuncios que pongan a actores de mi edad sean relativos a aparatos de sordera, seguros funerarios, adhesivos dentales, etc. No me identifico en lo absoluto.

Esta nueva etapa que sigue a la poslaboral intensa es más calmada y suele ser una etapa de parada y fonda, de reflexión y de nuevos planteamientos sociales, económicos y personales que suelen llevar implícito un gasto considerable, que uno está muy predispuesto a hacer , a no ser que su aspiración sea el ser el más rico del cementerio.

Así es habitual el cambio de coche, el multiplicar los viajes, hacer cambios en la casa (que puede incluir a veces a la propia pareja), vida social más intensa, retorno a los estudios, adherirse a ONGs, etcétera, etcétera).

Por eso, los que estamos llegando a este punto kilométrico y lo hacemos en buen estado estamos más dispuestos a dedicar nuestra atención y dinero a mensajes cuya aportación de valor sea la positividad, la formación y el desarrollo personal, el entretenimiento creativo, las actividades intelectuales y productivas, además de los bienes de consumo que uno se pueda permitir. Esto es lo que ahora toca.

Lo del Densia para fortalecer los huesos o el Danacol para el colesterol, lo consideramos colateralmente o en paralelo, pero no es ahora lo esencial. Lo de Gaes y la sordera y el Kukkident para sellar la dentadura, aún no toca.

Hoy en día se puede ser senior, ser abuelo, estar prejubilado o jubilado del todo, pero lo que es seguro que como grupo objetivo, los senior podemos dar mucho más juego que los millennials, que ahora parecen ser el foco de atención de todas las empresas que quieren captar nuevos perfiles de clientes. Somos y seremos muchos más y tenemos más dinero que los millennials y, sin embargo, no nos hacen mucho caso. Tal vez mejor.

Nadie parece saber tocar la tecla para atraernos con sus propuestas… Puede ser porque, con tanta escabechina por prejubilación y optimización de recursos humanos, ninguno de los que planifican la estrategia y el marketing de las compañías haya hecho la mili.

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El caloret

– Buenos días. Si es que se puede decir buenos con este calor.

– Buenas tardes. Sí, es lo que todo el mundo dice al entrar. ¿Qué desea?

– Venía a buscar un ventilador. A poder ser, que no sea muy caro.

– No me queda nada en ventiladores, ni de los caros ni de los baratos.

– Pero, oiga, ¡si estamos al principio del verano!

– Sí, pero se ha despertado tarde. Lorenzo hace días que pega fuerte y han desaparecido todas las existencias en unos pocos días. Teníamos poco género y hemos tenido colas de gente para comprar… así que nos hemos quedado sin género.

–  ¿Tendrán en los próximos días?

– No creo, los fabricantes han agotado stocks, que tampoco tenían muchos; así que entre vacaciones y todo, hasta finales de septiembre no creo que volvamos a tener.

–  ¡Pero entonces ya habrá pasado el verano!

– Es lo que últimamente se lleva, no tener nada cuando lo necesitas y tener mucho cuando ya no hace falta.

– ¡Pues vaya forma de llevar el negocio! Por cierto, aquí hace mucho calor. ¿No les funciona el aire acondicionado?

– Ya le digo, dicen que es por el consumo, cuando hay puntas, que en estos días las hay a todas horas, se corta el suministro de luz.

–  ¡Vaya panorama! Bueno, a ver, aunque sea más caro, déme un “pingüino” de estos.

– Espere que miro en el ordenador. (El dependiente teclea, busca y…). Lo siento, por aire acondicionado portátil  no me viene nada, ni pingüino, ni foca, ni morsa, no nos queda nada en animales que den  frío.

– Encima, cachondeo. ¡Cómo le digo yo a mi mujer, que hace tres noches que no duerme y está de una mala leche que no veas, que no le traigo nada para solucionar esta pesadilla!

– Igual no tenía que haber esperado hasta última hora.

– No quiero discutir ahora. Son ustedes los que no tiene producto. A ver, enséñeme uno de estos que hay que instalar y que quedan fijos. Por cierto, que deben costar una pasta, ¿no?

– Están entre 500 y 1.000 euros, a lo que habrá que sumar la instalación y lo que gastan, que no es poco. Tiene suerte. Me queda uno que me han devuelto hoy porque al señor que me lo compró le dio un soponcio antes de colocárselo y se lo han tenido que llevar al hospital, que allí sí que seguro estará fresquito. Este era de los caros, le saldría por 1.100 más IVA.

– ¡Joder que palo! Es muy caro, se me va la paga extra que tenía reservada para las vacaciones. Espere, que llamo a mi mujer y lo consulto.

– Mire, porque me cae bien y no quiero abusar. Sepa usted que la instalación no se la podremos hacer hasta después de agosto. El instalador tiene la agenda llena hasta finales de julio y luego toma todo agosto de vacaciones.

–  ¿Y este rollo que anuncian de que el cliente es lo primero? Mire, sabe qué, dejémoslo estar. Son demasiados inconvenientes, me voy a otra tienda, aunque esta ya es la séptima que visito.

– No le culpo, está la cosa muy mal. Incluso el paki de al lado ha agotado las existencias de abanicos, paraguas, botijos, ventiladores manuales y pistolas de agua… sí, estos juguetitos con los que los niños se echan agua uno al otro… ya no le queda ni uno. Y, si el paki no tiene, imagínese los demás.

Un mes  más tarde, la mujer de Leonardo,  “el hombre que quería comprar frío”, le decía:

– Cari, sé que  has buscado todo lo que has podido, pero este plan de venir todos los días de vacaciones a las rebajas del Corte Inglés y andar paseando sin comprar nada, aunque se esté fresquito, no es lo que yo esperaba.

– Pero por lo menos estás fresca, que es lo que me pedías, y estás de mucho mejor humor. Venga, ahora iremos al cine.

– Sí,  ¡como si fuera una novedad!, es lo que hemos hecho todos los días de esta semana.

– Bueno, esta vez no veremos la misma película varias veces. Solo estaremos un pase.

– Desde luego,  ¡qué mala vida que me estás dando! Casi te diría que estoy soñando con llegar a casa, si no fuese porque es como estar en un horno.

– Anda, no te quejes y sigue chupando el helado que ya lo tienes churretoso… ¡Ya te has manchado la camiseta… y además de chocolate!

– Desde luego, Leonardo, este es el último verano que te aguanto esto. En cuanto cobres la paga de diciembre, te vas derecho a comprar un pingüino.

– Sí mujer, te compraré no uno, sino tres pingüinos para que correteen y refresquen toda la casa…

Aunque Leonardo no dijo nada y se lo calló para sí, intuyó que entonces tampoco habría posibilidad de comprar pingüinos… porque al ser invierno, venderían (o no) calefactores y no pingüinos.

¡Jodido caloret!

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Malditos stocks

Las deficiencias en el servicio suelen tener su parte más visible en las roturas de stock. Las roturas de stock suelen ser síntoma de que algo no funciona. Es como la fiebre, si son sólo unas décimas y no dura demasiado, entra dentro de la normalidad; pero si la fiebre es alta y se prolonga en el tiempo es porque seguramente detrás hay causas serias y estructurales que las provocan.

En ello tiene mucho que ver el cambio de modelo empresarial imperante, en el que el cortoplacismo y los ratios financieros predominan sobre cualquier otro criterio.

Este hecho afecta tanto a las empresas cuya propiedad ha pasado a manos de un fondo de inversión, capital riesgo, que ya lo llevan en su ADN, (comprar barato, arreglar/maquillar, vender con plusvalía en un ciclo corto), como a las de producción, las de toda la vida, en las que ahora se prioriza el valor de la acción o el resultado a corto. Del año que viene ni hablamos.

El negocio ya no reside exclusivamente en los buenos resultados del año, que también, sino en el ratio de rendimiento del capital invertido o, en su caso, en el precio de la acción que determina el atractivo y el valor de la empresa.

Una de las consecuencias más evidentes de esta evolución es la división clara de roles en la organización. Tiene que haber alguien orientado al cliente y al consumidor, en forma de responsable comercial y de marketing, que vive, normalmente en ascuas, el día a día del operativo diario. Por otro lado, está el rol del responsable financiero, investido en estos tiempos de más poder, que decide, en función de sus propios criterios, asuntos tan importantes como la logística, la producción, las compras y los stocks. En fin, todo lo que configura el activo circulante y, por ende, el servicio. Suele haber entre ambas posiciones interpretaciones discrepantes sobre lo que debe ser la aportación de valor de la empresa y de la marca. El largo o el corto plazo. El fondo comercial versus la retribución del capital. Si hay esta discrepancia, que la hay, el drama está servido.

En este obra moderna aparece un  primer actor llamado El Cliente (la distribución), que exige al segundo actor (el proveedor) un servicio rozando la excelencia, porque en su casa también el control de existencias es muy estricto, trasladándole la patata caliente.

Este le dice que sí, que lo harán, que se compromete a servir bien, aunque sólo sea lo que le va en el envite… pero el segundo actor sabe muy bien que la logística, la producción y el nivel de stocks dependen del financiero, el tercer actor.

Este tercer actor se mueve por conceptos como “la optimización del capital circulante”, que no es otra cosa que tener los stocks y la deuda al mínimo posible; “la optimización de recursos logísticos”, léase apretón al proveedor logístico de toda la vida para reducir costes y, si no, cambio del mismo por otro más barato. Le siguen otras muchas optimizaciones como la de producción, en las que las fabricaciones de producto se ven condicionadas a criterios muy “fine tunning”, en que se produce lo justo o no se produce si, como suele ocurrir, al programador/malabarista se le cae alguna bola.

Toda esta ensalada, si nadie no lo remedia, suele tener su plasmación final en un mal servicio continuado, con roturas de stock de larga duración en productos básicos y complementarios y, ley de Murphy dixit, especialmente en las referencias que están apareciendo en folleto.

El fuerte desgaste que ello conlleva al segundo actor, por los consiguientes cabreos, tensiones, llamadas telefónicas los lunes a las ocho de la mañana, mails amenazadores, penalizaciones, reproches del equipo comercial, etc., no suele encontrar hombro sobre el que apoyarse:

– Oye, por qué no vienes conmigo a casa del cliente y le explicas lo que ha pasado… Es que a mí ya no me cree y nos va a echar.

– Lo siento, pero este es tu trabajo, el mío es que los ratios financieros planificados salgan… y están saliendo.

– Sí, pero ¿a qué coste? Podríamos ganar mucho más, si sirviéramos bien y además no tendríamos que sufrir todos la tensión que tenemos.

– Aún así estaremos cerca de los beneficios previstos en la cuenta de resultados. Ya te he dicho muchas veces que el criterio superior a los beneficios es el ratio que indica la rotación del capital invertido y este sale muy bien.

– Pero, ¿y la imagen de mal servicio que estamos dando?

– No podemos estar en misa y repicando. Esto es lo que hay.

– No estoy de acuerdo… Llamaré a Dirección General Central.

– No pierdas el tiempo, acabo de hablar con ellos y están encantados. Por cierto, la semana que viene les veo en persona. ¿ Quieres que les diga algo?

– Diles que el lunes tengo una reunión de urgencia con el equipo comercial para calmarles y tratar de explicarles lo que ha pasado… Algunos quieren dejarlo.

– Bien, si quieres se lo diré, pero no creo que les interese demasiado. Por cierto, al cliente La Pagoda le he cerrado el crédito y ya no le serviremos más, nos lleva pagando desde hace meses tarde y mal.

– ¡Pero ya te conté que necesitaba apoyo! No le podemos cerrar el crédito… Siempre ha pagado. ¡Perderemos muchas ventas y ni yo ni los vendedores podremos llegar a los objetivos!

– Lo siento, no puedo correr riesgos, perjudicaría el ratio de impagados. Adiós.

¡Vaya semana! Menos mal que es viernes. El segundo actor se siente abatido y abandonado y se prepara a ir a casa para poder por fin desconectar. Antes debe pasar por el supermercado que ya está cerrando para comprar unas pizzas y unos helados. Se acerca al lineal y… ya no queda nada, ni pizzas ni helados… Furioso, se dirige a protestar al encargado, pero en el camino se da cuenta que con sus productos suele pasar lo mismo… Lo entiende, calla y sale del súper. Así que no le quedará más remedio que ir a la única tienda abierta que queda, la del paki, que estas sí están llenas de todo… porque el dueño sólo entiende que, si no tiene, no vende.

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Logísticas actuales: entre lo cutre y lo excelso

El metro es un medio de transporte que a uno no le entusiasma especialmente. Hay que reconocerle, sin embargo, que es el sistema más rápido de llevar a un ciudadano o a un turista de un sitio a otro a un precio muy asumible. De ahí su ventaja respecto a los  medios de transporte terrestres mayoritarios en las grandes ciudades.

Ahora resulta que, en la feroz lucha por entregar en menos de una hora cualquier pedido hecho por Internet, Amazon ha descubierto que, en Nueva York, el mejor medio para entregar en el tiempo prometido es precisamente el metro. Quien dice Nueva York dice París, Londres, Madrid o Barcelona. Pues, bueno, ya ves, para descubrir esto no hace falta tanto estudio ni tanto ingeniero, basta con un poco de sentido común.

Habla de entregar productos populares como cargadores de móviles, jabón o comida para perros (sic.) en menos de una hora. Y digo yo, ¿no le saldría más a cuenta al comprador bajar a la calle y entrar en la primera droguería, supermercado o ferretería y comprar lo que necesita, sin involucrar tantos medios y comunicados… y, además, de paso, tomarse un cafelito? Parece que los compradores compulsivos por Internet no consideran la compra tradicional por eso, por ser social, por ser contemplativa y no tecnificada. Son mentalidades un tanto radicales que, en su versión extrema y por repetición incontrolada, rozan la marginalidad. De esto a los hábitos de los Hikikomori niponés hay pocos pasos. Es una versión hardcore de aquellos individuos que suelen pagarlo todo con la tarjeta de crédito, aunque sea sólo un helado o el periódico. Estos últimos, por lo menos, pisan la calle.

Volvamos al metro. Supongo que, si la tendencia se consolida, deberán instalar vagones logísticos especiales para este cometido. El vagón Amazon, o el vagón Rakuten o así. No veo yo al repartidor cargando con varias cajas en hora punta entrando a saco, a la búsqueda de un mínimo espacio. Además de comprometer la integridad de la mercancía, no haría muchos amigos entre los demás pasajeros, que sin quererlo, al tener plantificada frente a su cara el paquete en cuestión, leería  en la etiqueta que Menganito ha comprado un juguete sexual a través de Amazon. Se perdería privacidad, si es que todavía queda alguna.

Lo del metro es, pues, una alternativa logística a considerar, pero con el handicap de que es poco glamurosa. En el otro extremo, la misma compañía está experimentando con envíos por dron. Lo cutre y lo excelso en el mismo plato. Recibir un dron. ¡Ahí sí que me apunto! Trataría de ser el primero de mi comunidad en recibir un pedido vía dron, para asombro y admiración de todos mis convecinos y hacer gala de mi puesta al día.

– Oyes, qué corbata más elegante luces. ¿En qué tienda la has comprado?

– Sí, es de Longchamps y me la acaba de traer el dron. (Me apuesto un céntimo a que los drones acabarán un día no muy lejano con los Reyes Magos y Papá Noel, que hasta ahora han sido los grandes avanzados en el apartado logístico).

Hasta que nos acostumbremos. Lo importante dejará de ser el qué y pasará a ser el cómo.

–  …yo es que me lo hago traer todo por dron. Es tan cómodo. -Dice la pija en el brunch con las amigas-.

– Me han despedido la semana pasada y el comunicado me lo trajo un dron.

– Hostia, qué guay…

– ¿El qué, que me hayan despedido?

– No, no, el que lo hayan hecho vía dron. A mí nunca nadie me ha enviado ninguno.

– Sí, fue chulo, pero tenía sensaciones contrapuestas… No sabía qué contarle a mi mujer primero.

El único inconveniente que veo es que al tener que aterrizar los drones en un espacio abierto y despejado, como por ejemplo el de mi jardín, se encontrarán con incidencias no previstas.

Por ejemplo, yo tengo un perro muy cabrón, que se tira sobre todo aquello que se acerca a la casa y, claro, para Chuky un dron será una tentación irresistible; algo desconocido, que se mueve, que le vacila, que tiene lucecitas intermitentes… mucho más goloso que una pelota de tenis botando. Me temo que voy a tener que ampliar mi seguro de responsabilidad civil.

Esto o reeducar a Chuky para que no lo destroce. Lo que seguro va a ser imposible evitar es que Chuky, ante la duda que le genera el invasor, deje su impronta de macho dominante, marcando territorio y se mee en el dron.

¿Se sabe si los drones una vez mojados pueden seguir volando? ¿Habrá calculado Amazon esta contingencia y dispondrá el dron de un repelente olfativo o descarga eléctrica antimeadas.? No lo creo.

En fin, como decía Jack Lemmon en ‘Con faldas y a lo loco’… nadie es perfecto.

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Diálogos en Soto del Real

Radu y Rodri hacía ya más de cuatro horas que no habían cruzado palabra. Justo el tiempo en que Rodri acababa de entrar en la celda en la que Radu ya llevaba más de quince días cumpliendo condena. Se habían mirado fugazmente pero ningún sonido había salido de sus bocas. Radu, con larga experiencia en dormir por cuenta del estado,  había notado que Rodri era primerizo en estas lides, pero algo le había dicho que el nuevo inquilino no era como los demás, por eso, en lugar de marcar territorio de primeras, decidió esperar y ver qué pasaba. El nuevo, aunque algo desmejorado, olía muy bien, iba bien peinado y llevaba una chaqueta que no se había sacado en ningún momento. Además el guardia, le había tratado de señor y con bastante respeto, lo que no era habitual. Algo no le cuadraba. Él iba, como la mayoría, en chándal y chancletas y el nuevo calzaba zapato fino de tafilete.

Pasaron dos horas más y Radu no pudo refrenar por más tiempo su curiosidad.

– Oyes tú, me llamo Radu. Y tù, ¿cómo te llamas?

– Rodri, respondió el nuevo con desgana.

– ¿ Y por qué estas aquí?

Rodri dudó en seguir la conversación, pero entendió que, si no lo hacía, el tiempo se le haría eterno.

– Nada, unas cuentas mal interpretadas.

– ¿Actuabas tú sólo o estabas en una banda?

– No, no no era ninguna banda -dijo Rodri con una media sonrisa ante la ingenuidad de la pregunta.-  Mis temas los decidía yo solito.  Sólo tenía buenos amigos.

– Yo era de una banda que nos dedicábamos a robar en las tiendas. Pero nada de chorradas, cosas buenas tú, perfumes, móviles, whisky, taladros, cortacéspedes, zapatos, videojuegos, jamones… lo que queríamos. Todo iba de puta madre hasta que cambiaron la ley. Ahora, robar en una tienda lo consideran delito. Antes eran faltas y me dejaban ir a las pocas horas. Ahora me han metido tres años, por hacer lo mismo de siempre. ¡Vaya putada.

Acostumbrado a dar clases magistrales en paraninfos  y conferencias en todo el mundo, Rodri pensó en no perder la forma y aprovechar la oportunidad que se le presentaba.

– Yo he conseguido todo lo que tú me dices y mucho más, restaurantes, viajes, joyas, ropa… sin ningún riesgo… con una tarjeta especial con la que pagaba todo.

– Bueno sí, como todos, pero luego te lo cargaban en cuenta. ¿no?

– No, ahí está el truco. Nunca me lo cargaban en cuenta.

– ¡Pero esto no puede ser!

– Sí, sí puede ser, si tienes una tarjeta como ésta. –Rodri sacó de un bolsillo de su chaqueta una reluciente tarjeta negra y se la enseñó a Radu.

– ¡Hostia!,  ¿me la dejas ver?

– Lo siento, se mira pero no se toca. Con ella consigues todo lo que quieres y nunca nadie te pide cuentas.

– ¿Y cómo lo haces?

– El truco no te  lo puedo contar. Es secreto.

– Sí, secreto, pero estás en la cárcel, como yo.

– Pero no es por esto, idiota. Estoy aquí por vender humo.

– ¿Hay gente que te compraba humo?

– Sí, bueno, más o menos, vendía cosas que se transformaban en humo.

– No entiendo.

– Ya veo… Se trata de ingeniería financiera,  muy complejo para ti.

– Oye Rodri, ¿podría yo tener una de estas tarjetas?

– No, no, de ninguna manera. Esto es un tema muy exclusivo.

En aquel momento abrió la puerta el guardián  y le dijo a Rodri.

– Prepárese para salir. Ha llegado un auto urgente del juez para que le pongan inmediatamente en libertad. Sale en cinco minutos.

Radu acabó de comprobar que su compañero tenía un glamour, un aura especial que no se le había escapado de inicio e insistió…

– Rodri, dame algo, anda tío, dame la tarjeta, que yo me quedo aquí encerrado.

– A ver, ¿cuánto tienes encima?

– Cuatrocientos euros y un cartón de Wiston.

– Venga. Porque me has caído bien. Dámelo todo y toma la tarjeta.

Radu quedó encantado de su suerte de tener, aunque fuera por muy pocas horas, aquel compañero de celda que parecía transformar en oro todo lo que tocaba y que le había dado a conocer la versión glamurosa de su oficio. Ahora él tenía una tarjeta black que lo pagaba todo y sería en la cárcel todo un personaje.

Todavía le quedaban algo menos de tres años de condena, pero el haber conocido a Rodri, estaba Radu seguro, que le había cambiado la vida… como a otros muchos que ni siquiera habían tenido el gusto de tratar con él directamente.

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ITV sin pasar

Todo el mundo va con prisas. Lo malo de ir con prisas es que sólo te dedicas a lo urgente y dejas para otro día, siempre indeterminado, lo importante. No tener tiempo suele derivar en no tener ya nunca más tiempo para otra cosa que no sea el día a día. El operativo nos come y la reflexión profunda sobre lo que somos y a dónde vamos queda siempre relegado a una fecha futura… que nunca llega. Tal como la vida misma. No hay alarmas. La coartada perfecta.

España es un país en el que, si no obligaran a pasar la ITV a los coches, nadie la pasaría. Solo hay que ver lo que pasa con el seguro obligatorio, que es obligatorio como indica su propio nombre y aún así hay miles de conductores que prescinden olímpicamente de él. Sólo la coacción es argumento necesario pero no suficiente. Sería mejor el autoconvencimiento. Pero este es un país en que se vende mucho más lo curativo que lo preventivo. La prudente sentencia de “vale más prevenir que curar” es aquí “rara avis”.

Obligatorio para los vehículos, pero no para las empresas, que es el vehículo en el que va montado nuestro bienestar económico y, por tanto, personal y el de los empleados que en ella trabajan. Tema supersensible y alta responsabilidad para quien las maneja. Pero nadie obliga a las empresas a pasar su propia ITV. No hay multas ni sanciones. Todo queda al albur de la autodisciplina o de la visión y, claro, como esto escapa al día a día, escasea. Con el trajín diario que tenemos, pararse a pensar, a revisar conceptos y sistemas, parece ser un lujo, o a lo peor una pérdida de tiempo, no sea que vayamos a perder un pedido o una reunión.

Que una  empresa, como un coche, pasase una ITV de vez en cuanto debería ser también obligatorio, por pura necesidad. Pero el tiempo “goes by”, como dice la canción y nada, tiramos con lo que tenemos, buscando llegar al fin de la etapa que no es otro que superar con más o menos éxito el  ejercicio presente, reposar un poco y a por la siguiente etapa. Reponemos gasolina y a correr… hasta que un día el coche pueda pararse, porque como caballo reventado por sobreexplotado, ya no pueda dar un paso más.

Ahora que parece que la larga cuesta se ha transformado en un camino mucho más llano en que el coche/la empresa con la que transitamos por el mercado ha tenido golpes, desgaste de piezas, viajeros, pérdida de algún elemento de seguridad y otros percances que habrán podido afectar su rendimiento, ahora, hay que ver si este coche va a poder ser competitivo en el nuevo escenario, a correr más porque los aumentos de ventas y beneficios, cada vez más ambiciosos, tienen que salir sí o sí.

Al menos unos mínimos. Si el equipo comercial son los neumáticos, ver que no estén lisos del todo, que haya un poquito de dibujo. Es habitual que al menos uno de los cuatro            (paralelismo con las cuatro zonas fuertes del país, Norte, Este, Centro y Sur) esté tan desgastado por tantos kilómetros que, en medio del trayecto, haya que parar a cambiar la rueda… y, ya se sabe, con los recortes, no solemos llevar recambio. Una ITV a tiempo lo hubiera detectado y ahora tendremos que buscar el repuesto y perderemos comba… o lo que es peor, como no podemos parar, correremos con la rueda pinchada.

Habría que instaurar el día mundial de la revisión empresarial, una de trámite al menos en cada ejercicio y una a fondo, revisando el motor, es decir, la vigencia de nuestro producto y de nuestra propuesta de valor cada tres o cuatro años. No habría que ahorrar en este tipo de revisiones en las que nos jugamos la vida,, pero nadie suele gastarse un duro en ellas.

Lo hacen obligatoriamente los aviones y ¿no es nuestra empresa el avión en el que volamos cada día, con un manejo y mantenimiento, al menos, tan complejo como el de un Airbus?

¡Ah! y el GPS, no nos olvidemos de que si la ruta es nueva o complicada, o el conductor es nuevo o han cambiado las señales de tráfico, sería aconsejable disponer de un GPS, que nos ayudara a hacer el camino. Cuestan poco y ayudan mucho.

Después de tanto recorte, muchos van con lo justo. Frente a la etapa llana que se nos avecina, habrá que ir a piñón para ser competitivo. Así que yo aconsejaría pasar al menos una ITV de mínimos, para poderla afrontar con alguna garantía, no sea que ahora que tomamos velocidad nos vayan a fallar los frenos en la primera curva y nos estrellemos.

Después de la que hemos pasado, sería una pena.

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El carrito del helado

Leo que una conocida multinacional tiene un plan para luchar contra el paro juvenil en el sur de Europa. Dicen que ha desarrollado un programa de empleo para jóvenes, al que denominan “Pies en la calle”, fomentando la venta de helados (evidentemente de su marca) en las aceras, terrazas y playas de pueblos y ciudades con la ayuda de los jóvenes parados.

La noticia continúa explicando que “se facilitará  la entrega de herramientas y equipos como carritos y congeladores para proporcionar a los jóvenes su primer empleo”. Asimismo se indica que los jóvenes contratados utilizarán diversos medios aportados por la empresa, desde carritos hasta vehículos motorizados para vender los helados en todas las provincias. Denomina a los aspirantes microempresarios para mininegocios  (que consecuentemente, entiendo yo, darán microbeneficios). Para este verano está prevista la creación de 500 puestos de este tipo en España.

Además de esta opción, hay la de optar a franquicias bautizadas como Happiness Station, que requieren inversiones de 40.000 a 100.000 euros, más un fondo de maniobra de otros 100.000, según sea el establecimiento bien de 20/30 m2, de 15/20 o quioscos entre 3/5 m2. Se da más información al respecto en la web Compartefelicidad.es.

Mi madre me dijo de niño que desconfiara de los desconocidos que te dan caramelos; que nadie daba nada por nada. Además, tanto buenismo y la utilización de nombres como “Happiness Station” o “Compartefelicidad.com” dan un cierto repelús. Como en tantas otras ocasiones, una idea seguramente bienintencionada no está bien comunicada, especialmente cuando, al final del artículo, uno lee que este plan puede aportar en 2020 a la compañía una facturación adicional de 100 millones de euros.

¡Tate, ahí le has dao, de ahí sale la idea del carrito del helao!

Teniendo en cuenta que un alto porcentaje de los jóvenes españoles en paro son licenciados universitarios, no es de descartar que se puedan dar entrevistas de trabajo del tipo…

– Hola Javier, aunque ya he leído su curriculum, resúmame brevemente por qué quiere trabajar con nosotros.

– Hace un año acabé la carrera de Arquitectura. Busqué trabajo en lo mío, pero con la crisis no lo encuentro y por esto hice un máster de Urbanismo, pero ahora ya necesito trabajar en lo que sea para poder independizarme de mis padres. Ustedes son una multinacional reputada y, por tanto, atractiva de inicio, aunque sea para empezar en la parte comercial.

– Sí, por esto le hemos preseleccionado. Siendo arquitecto supongo que no se equivocará en las cuentas y su formación en Urbanismo sin duda le ayudará a identificar las rutas más rentables. Tiene buena edad, 25 años, y se le ve sano y fuerte. Podrá tirar del carrito de empresa incluso en pendiente.

– ¿Carrito?… querrá decir carro de empresa, lo que en Europa llamamos coche, ¿no?

– No, no, me expreso muy bien, carrito es carrito, carrito a pedales para empezar vendiendo nuestros helados por la calle.

– ¡Buff! No es lo que me esperaba, pero ¿cuánto tiempo estaré en esta fase?

– Si las ventas son las previstas, a los tres meses le daremos un vehículo motorizado para que pueda vender helados en toda la comarca.

– Y ¿cuál sería mi ingreso?

– Una comisión sobre ventas y todos los helados que usted pueda comer.

– Pero si hay días de lluvia o mal tiempo, la gente no comprará helados.

– Es un riesgo que corremos todos. Pero si es persistente, podrá conseguir lo mínimo para cubrir gastos. Piense en que, gracias a que habla varios idiomas, le asignaremos la playa de Sol Menguante, una zona muy turística, y ya se sabe que los extranjeros consumen helado todo el año, no importa el tiempo que haga.

– Esta  playa está llena de gente que ya vende helados, coco, piña y otros que dan masajes y no les gustará que venga uno nuevo como yo y les haga la competencia en su zona.

– Ya hemos pensado en ello. Para diferenciarse de ellos, aparte de su pinta, muy local, muy del país, le procuraremos una uniformación consistente en camiseta y bermudas a juego, con sombrerillo de paja y chancletas, todo ello  perfectamente identificado con los colores y el logo de nuestra marca. Además dispondrá de un seguro médico que cubrirá cualquier tipo de daño corporal por eventuales incidentes habidos con terceros.

– Bueno, no parece ningún chollo, pero como necesito ganar dinero como sea, si no hay otra cosa, lo aceptaré -dijo Javier, resignado.

– Espere, sólo queda una última prueba, la entonación.

– ¿Cómo?

– Si, hombre, ya he visto que usted vocaliza bien y sabe hablar y expresarse… Pero en este trabajo hay que saber también entonar.

– ¿Entonar?

– Sí, a ver, repita con voz fuerte y todo lo agradable que pueda lo que yo le voy a cantar…. ”Helado, helado, al rico helado… bombón, caramelo, para el nene y la nena… helaaaaaaado, al rico helado“.

Ahí Javier ya no pudo más, revivió sus muchas horas de estudio, sus másteres en el extranjero,  el orgullo de sus padres al acabar la carrera, su buena imagen entre el grupo de amigos, su novia…. Se levantó y dijo :

– Lo siento, pero no puedo aceptar su oferta. Pase lo del sombrerillo, lo de tirar del carrito, el jugarme el físico, la precariedad… Pero hay una cosa que nunca he podido superar: el miedo escénico de cantar en público. Por ahí sí que no paso.

– Lástima, porque parecía un aspirante ideal. Buenos días, ¿puede decir al siguiente que pase?

Entra Lucas.

– Hola Lucas, veo en su curriculum que es usted médico. Dígame, ¿por qué quiere trabajar en nuestra empresa?

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…Seis meses después

Transcurridos seis meses de la apertura de la nueva sección en la Ferretería de B&Q para potenciar la visibilidad de materiales asociados a las 50 sombras de Grey, puedo pensar que la reunión de su Consejo Directivo de la cadena puede haber ido más o menos así.

– Sr. Smith, presente el balance de ventas de la nueva sección.

– Hemos tenido un aumento del 44 % en ventas de cintas adhesivas, sogas y bridas, etc. por una afluencia de público mucho mayor que lo habitual y por efecto de la campaña viral que se ha originado por la innovación en la sección. Todo ello sin tener que pagar una libra en publicidad, ya que la red, periodistas y otros nos han hecho la campaña. Un éxito de notoriedad y ventas, prácticamente gratis.

– Sí, parece que ha valido la pena ser atrevidos.

– Sr. Tate, como director de compras, informe del nivel de colaboración de los proveedores.

– En general, el nivel de colaboración en la campaña ha sido satisfactorio, en especial de aquellos que han visto una oportunidad de ganar posiciones en nuestra casa, pero también ha habido proveedores que no han querido participar en una campaña basada en la película en cuestión, por razones morales y de imagen de compañía. Argumentaban que en la Misión / Visión de su compañía no había ningún capítulo dedicado a actividades sado maso, con lo cual preferían abstenerse.

– Bahh, remilgados, que no ven cuando pasa una buena oportunidad de negocio delante de sus narices.

– Sr. Windsor, usted, como director de personal, ¿cómo valoraría la campaña seis meses después de su inicio? Por cierto, ¿no se encuentra usted bien? Tiene mala cara y parece que ha perdido bastante peso.

El Sr. Windsor otrora, vital, bullicioso y ocurrente, se incorpora con dificultades desde el fondo de su sillón y derrotado manifiesta:

– No dudo de las buenas ventas conseguidas, de que se han estrechado lazos con proveedores, de que han fidelizado nuevos consumidores, pero el precio que ha pagado el departamento de Personal ha sido terrible, por todos los temas que se han derivado del invento en cuestión. Seis meses después no queda títere con cabeza en el departamento. Es el panorama después de la batalla. Las bajas por stress, depresión, acumulación de demandas, reclamaciones de consumidores, etc, han sido masivas y han acabado con la resistencia del personal bajo mi mando y con la mía propia. ¡Presento la dimisión!

– Pero, ¿qué ha pasado?.

– Mire, les voy a poner unos cuantos ejemplos de lo que ha pasado:

  • Empleados de la nueva sección, que al hacer el trabajo in situ, a plena satisfacción del cliente, han descubierto una nueva forma de ganarse la vida y han pasado a formar parte de la familia en cuestión, como mantenidos, a cambio sólo de ocuparse de las tareas de bricolaje de la casa y de cubrir las necesidades de la señora de la casa y, a veces, según me cuentan, también del señor . No han vuelto al trabajo.
  • Otros empleados de la sección, que sí que han vuelto, pero que piden un aumento salarial significativo por las “horas extras” dedicadas, por haber puesto el pabellón de nuestra enseña en lo más alto y que además piden, como los pilotos, días extras de descanso, entre “proyecto y proyecto” para recuperar fuerzas.
  • Demandas de maridos a la empresa, porque no hay forma de sacar a nuestro empleado de su casa. El empleado le ha cogido interés a la señora, se ve que el interés es mutuo y el cliente, que no había pedido tanto, se siente ahora marginado y nos pide daños y perjuicios.
  • Rotación insoportable de personal en la sección. No sólo los que van siendo bajas por agotamiento, sino por los que, tras haber estado en dos o tres proyectos exteriores, ahora el estar atendiendo normalmente al público, no les motiva nada y pasan de todo.
  • Empleados de otras secciones, chicos y chicas, que solicitan masivamente ir destinados a esta nueva sección, por lo que les han contado sus compañeros, lo que supone una alteración del orden establecido.

…Y así podríamos estar horas y horas, con temas parecidos. Lo dicho, insoportable. No podemos seguir así o se nos hunde la empresa.

– Uhhmmm, me parece que su actitud es un tanto derrotista. Tendremos que pensar cómo solucionar estos detalles internos que, evidentemente, son molestos, pero que no nos deben apartar de nuestro objetivo principal que está en el valor de la acción y no cabe duda que actividades de este tipo nos ayudan a conseguirlo. Le acepto la dimisión, Sr. Windsor. Por cierto, antes de marcharse, aconséjeme un operario que sea diestro en la materia y que esté bien dotado para el bricolaje… Usted ya me entiende.

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Nómadas en la oficina

Es una tendencia cada vez más generalizada el instaurar, en empresas de cierto tamaño, el concepto de “open space” en su versión más radical, es decir, un espacio abierto con pocos o ningún despacho, ni tan siquiera para mandos intermedios altos, compuestos por un  conjunto de mesas, sillas, conexiones, alguna sala, zonas comunes y poca cosa más, eso sí, todo muy de diseño. Pocas reglas, el que primero llega, primero se pone. Nadie tiene un puesto previamente atribuido,  ni derecho a tenerlo.

Pablo, desde que la empresa decidió cambiar el modelo de oficina tradicional por el “open space”, sólo dispone de una taquilla en la que guarda sus cosas. Cuando llega por la mañana, coge sus pertenencias depositadas en una caja. Incluye portátil, auricular sin cable que hace de teléfono. No hay papel, todo es digital. Al acabar la jornada deberá devolver todo a la taquilla.

Busca sitio donde sentarse. El proceso de búsqueda del sitio donde trabajar es como un safari matinal. Como otros especímenes, Pablo otea la zona donde suele sentarse la maciza de Comunicación a la que está pensando si le tira los trastos, pero como hoy ha llegado tarde, la zona de influencia de la susodicha está al completo. El acercamiento hoy no será posible. Las otras hienas se han movido rápido. A ver si mañana hay más suerte.

Mira alrededor y el único espacio libre que queda está donde mora un informático gordo de greñas grasientas, sudoroso, media barba sin afeitar, vestido con una descolorida camiseta de Extremoduro, tejano ajustado y bajo de cintura que vivió mejores días. Se sienta a su lado y sin poderlo evitar, le es mostrado un inquietante canalillo oscuro y peludo, cuya imagen hubiese preferido no ver nunca. Nada que ver con el otro canalillo, el que esperaba contemplar cuando escudriñaba en busca de una buena posición. Aguantará, pero sabe que tendrá que espabilar para que el espectáculo que hoy le tocará sufrir no se repita. Más presión añadida.

Si llega tarde otra vez y además es lunes o viernes, días de gran afluencia de personal, en los que además llueve y está haciendo un frío glacial, días en que los comerciales pasan por la oficina para  saludar y reportar (un afectuosos recuerdo aquí para estos esforzados de la ruta), puede que Pablo, este lunes, tenga que trabajar de pie, aunque los estudios iniciales hechos por Personal aseguraran lo contrario. Es lo que tiene viajar con Ryanair, al final, las ideas como las de volar de pie y otras se propagan y consiguen que creas que el hecho de trabajar sentado ya de por sí sea un lujo.

Pablo, como cualquier otro empleado, puede escribir graffitis en paredes creadas al efecto, en las que ya se leen unos aseados mensajes del tipo “la disciplina es el ingrediente más importante del éxito”, “los que se rinden nunca ganan” y otros laboralmente correctos.  Pero Pablo prefiere la literatura contracultural y furtiva de los lavabos, tales como la excusadora “lo intenté, pero no pude; pero os juro que lo volveré a intentar” o la filosófica “un minuto puede hacerse muy corto o muy largo dependiendo de qué lado de la puerta del baño estés”, que le parecen  bastante más entretenidas.

Pablo, que ya tiene una edad, barrunta que el paso siguiente será la oficina virtual, es decir, trabajar en casa, que es a lo que lleva la externalización y que un día le propondrán un contrato free-lance, para lo cual se tendrá que hacer autónomo. Se comunicará vía skype, videollamadas o videoconferencias. Mínimo contacto personal, sólo al inicio, cuando te contratan. El eventual despido vendrá comunicado evidentemente por mail o a lo peor, por WhatsApp, que es como se rompen ahora las relaciones.

Pablo echa de menos la antigua oficina, vivida por él como un centro de relación social y con un papel decisivo en la vida de las personas. Allí muchos encontraron a sus amigos y a sus parejas, ya fueran  la primera, la segunda, o la tercera, bien  oficiales o bien secretas.

Sumido en estas disquisiciones, Pablo llega hoy muy tarde a casa. Cierra la puerta y va a su habitación. No puede creer lo que ve: el vecino del quinto, acostado en su lado de la cama echando un cigarrillo tranquilamente.

-¡Pablo! -le dice su mujer- , ¡no es lo que tú piensas!

-¡¿Pero esto qué es ?!, exclama Pablo con un alarido.

-Nada, que en reunión de la comunidad de vecinos de hoy, han decidido por mayoría, estar en la pomada y que nuestra escalera sea un “open space”, con efectos inmediatos. El vecino del quinto me ha dicho que le gusta mucho nuestra casa y que, según las normas, si llega primero, primero se pone… y se ha puesto. Yo no he sabido qué decirle, no quería parecer anticuada. Lo siento, no sabía qué hacer.

Pablo nota que su mundo se está derrumbando por todos lados y los cimientos que desde el paleolítico han venido configurando la vida de los humanos, una cueva, un lecho de paja, una pareja, unas pinturas rupestres, una mesa en la oficina, ya no le pertenecen, ahora son “open space”.

Una lágrima va cayendo por su mejilla, mientras recoge el pijama, una muda y se dirige a buscar algún acomodo en esta triste noche, maldiciendo al maldito creador del puñetero concepto… que encima no sabe ni quién es ni cómo se llama el tío cabrón, que con sus ocurrencias, le está dando morcilla día tras día.

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