La empinada escalera que lleva al cielo

A los que fuimos educados en escuelas de curas nos explicaban que llegar al cielo y gozar de la presencia de Dios era la máxima aspiración posible. Para ello era necesario llevar toda una vida de sacrificio y dedicación en búsqueda de la perfección.

Esto sigue siendo válido para los que creen. Los que piensan que nada trasciende suelen conformarse con sacar el máximo partido de la vida terrenal y, después, ya se verá.

Trasladando este planteamiento al mundo del bricolaje o la jardinería, en el evento más importante acaecido en Eurobrico, confirmado por la expectación y resonancia habidas, se expusieron, por quien más credibilidad tenía para hacerlo, las condiciones para alcanzar el olimpo y gozar del contacto de los dioses del bricolaje.

El olimpo es por definición ‘lo más alto entre lo alto’. Pero, como no podía ser de otra manera, para alcanzar este estadio divino se nos dijo que hace falta, no solo saberse, sino cumplir más que suficientemente, al menos, la mayoría de los 15 mandamientos/tendencias del comercio del siglo XXI enumerados en la conferencia del 30/09. (Ver post de Juan Manuel del 03/10).

Pero, ¡hélas!, resulta que para poder entrar en el cielo primero hay que morirse… o, al menos, replantearse nuestra vida pecadora y llena de imperfecciones y querer aspirar sinceramente a una vida mejor.

Tratar con los dioses significa estar abierto al cambio, a la innovación, a la adaptación constante según marcan las nuevas tendencias. También, hay que ser ‘hyper’ en implicación, trazabilidad, informática , logística, etc., y, como Dios, que es omnipresente, sus seguidores han de ser, asimismo, omnicanal.

Me consta que todo el mundo quiere acceder al olimpo. Pero muchos no saben cómo hacerlo y, entre los que sí saben, pasa que igual no pueden, porque ascender por la escalinata es largo y caro. En cada escalón se encuentran entremezcladas la gloria y la esperanza, con la penitencia y el cilicio.

Pero los dioses son, en su mayoría, benevolentes. Una vez detectada la virtud del aspirante, y siempre que demuestre la firme y necesaria vocación y deseo de perfección, son acogidos a modo de seminaristas a los que espera un importante período de adoctrinamiento y aprendizaje, soportable gracias a la esperanza de alcanzar la gloria.

Los que carecen de este temperamento, o simplemente no pueden permitirse el lujo de cambiar radicalmente la propuesta de valor de su empresa, deberán seguir en el purgatorio del mercado de toda la vida, que a falta de contemplación divina, goza de más placeres terrenales, sin necesidad de recurrir periódicamente a los actos de contrición.

Lejos de los dioses hay más francachela y amiguismo, aunque también más rencor y puñaladas. Es lo que tienen las relaciones cuando pesan más las personalidades que los ratios.

Para los que, como Don Juan Tenorio, por las razones que fueren, no se cuentan entre los elegidos, siempre podrán decir aquello de:

“Clamé al cielo y no me oyó,

más si sus puertas me cierra,

de mis pasos en la tierra,

responda el cielo y no yo“.

El personaje mencionado no acabó bien, pero… ¡y lo que bailó!

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