¿Te acuerdas de aquellos largos veranos?

Por razones que no vienen al caso, me ha tocado estar varios días de agosto en Barcelona. Ya no hay vacaciones de agosto de mes completo. Muchas tiendas pequeñas, entre ellas ferreterías, estaban abiertas. Al preguntar por las vacaciones, me dicen que harán una semana o como máximo dos, si es que no abren todo el mes haciendo turnos. “Hay que aprovechar todo lo que se pueda”, “aunque menos, en agosto también hay gente”. Esto en las grandes ciudades.

Agosto en las ferreterías de las zonas turísticas es un buen mes. Especialmente, en esta época turbulenta en que países competidores en la visita de guiris van muy a la baja, golpes de estado y atentados mediante. Así, los turistas deciden venir masivamente al sol, a la sangría y a la paella. Aquí tenemos atentados de otro tipo, que producen quemaduras vía insolación o pérdidas de consciencia vía sangría. Atentados voluntarios, no solo al buen gusto, que fastidian temporalmente pero no matan.

Otro factor favorable es la brutal proliferación de pisos y apartamentos turísticos, con o sin licencia, más bien sin, que aparecen incluso en zonas industriales. No tengo duda que dado uso masivo, intensivo y extensivo que se les da a dichos alojamientos, debe provocar en ellos numerosos desperfectos, que digo yo habrá que reparar… o no. Ya puestos, donde duermen doce, duermen veinte y, si el váter está atascado por tanto uso y material variopinto depositado, un día u otro alguien lo arreglará… o no. Un día u otro tendrán que hacerlo… un precio bajo no lo resiste todo. Negocio, pues, para la ferretería, para después de fiestas.

Decía que lo máximo a que se aspira ahora es a poder disfrutar de tres semanas de vacaciones… que no de desconexión. Es lo que tiene disponer constantemente de móvil, tableta, portátil y otros medios digitales. Se está fuera del trabajo, de cuerpo no presente, pero esta facilidad de conexión, aunque sea solo para hacer selfies, te acerca peligrosamente a los archivos laborables.

La segunda semana es la que sí empieza a cambiar el semblante y la piel. Una cara más relajada, más descansada, a la vez que uno adquiere una tonalidad más morena ya sea por el mar, la piscina, las excursiones o el pádel. Es el meollo de la vacación que hay que aprovechar al máximo, con barbacoas, paellas, cenas ad hoc, gin tonics y otras distracciones. Es la semana de las apariciones inesperadas de cuñados separados con su nueva pareja que pasan a saludar… y que aceptan la invitación de quedarse, no queriendo leer que la propuesta era retórica, hecha por educación/obligación.

La tercera semana, de haberla, ya es menos redonda. Muchos de la peña o la cuadrilla ya han vuelto al tajo. Se vuelve a la conexión. Uno ya revisa la agenda con todo lo que le espera a la vuelta. Empieza el trauma posvacacional cuando aún quedan vacaciones.

Se da entonces el fenómeno del día de la marmota. Si hay suerte, nos reencontramos con el ‘dejá vu’, tanto personal, como profesional, social y político. Con mala suerte, a repetir elecciones, a sufrir un ERE posiblemente esperado pero que cae ahora, a volver a reclamar impagados o a ver cómo en el local vacío que había al lado se instala un chino.

Lo dicho, los veranos ya no son lo que eran. Ni siquiera hay tormentas al atardecer. Pasan muchas otras cosas y pasan muy deprisa, pero casi ninguna buena. El moreno y el buen rollo que da la tranquilidad se nos quitarán al mismo ritmo que se reproducen los quebraderos de cabeza.

Entonces, miraremos esperanzados el calendario para ver cuándo tocan las próximas vacaciones. ¡Somos unos ilusos incorregibles!

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